El Metágrafo

Intercambio literario a través de la traducción

Índice de contenido

Para facilitar la búsqueda de contenido en este sitio, aquí hay un índice que se actualizará conforme a nuevas publicaciones del blog. Los autores se encuentran organizados por apellido. Para ir a cada obra, sólo basta hacer click sobre el título.


B

Benni, Stefano
Hermano ATM


C

Campanile, Achille
Los espárragos y la inmortalidad del alma
La carta de Ramsés


F

Fallaci, Oriana
Carta a un niño que jamás nació (fragmento)


G

Ginzburg, Natalia
Los zapatos rotos


M

Malaparte, Curzio
Perro como yo

Malerba, Luigi
El juego del robo

Mari, Michelle
El rostro de las cosas

Merini, Alda
Los conjuros de la noche: aforismos

Milani, Milena
Prohibido besar a Ángela

Montanelli, Indro
Crónicas del diluvio


P

Parise, Goffredo
Amor


T

Tarchetti, Ugo Iginio
Un hueso de muerto

Tondelli, Pier Vittorio
Jóvenes en Navidad


V

Varios autores:
Cartas de condenados a muerte de la resistencia italiana

Volponi, Paolo
Aníbal Rama


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Han vendido la ciudad – Anna Maria Ortese

Hay suburbios abiertos y cerrados, suburbios para ricos y suburbios para pobres, suburbios para seres humanos y para seres no humanos. Estos son suburbios para los seres no humanos.

No todo fueron maravillas durante los años del boom económico italiano. El desarrollo durante los años 50 y 60 trajo consigo grandes cambios sociales, un ejemplo es la gran migración interna de gente desde el sur hacia el norte de la península. La industria se concentra en Milán, Turín y Génova, de este modo las tres ciudades más importantes del noreste italiano se convierten en el destino de gente que abandona el campo en búsqueda de oportunidades dentro de una fábrica.

El aumento de la población aceleró el crecimiento urbanístico de las ciudades y así dio inicio el fenómeno de la especulación inmobiliaria. En esta crónica, Anna Maria Ortese retrata esta realidad en la que sólo algunos pueden darse el lujo vivir en el centro de la ciudad mientras que otros se ven obligados a vivir en la periferia.


Atravieso el parque en taxi, voy directo a los suburbios, a un campo llano y pálido, lacerado por el silbido de los trenes. No me voy de Milán, sólo me mudo de un suburbio a otro. No estoy triste ni tampoco alegre. Admiro, desde la ventanilla del auto, este espléndido jardín todo cubierto, como en verano, por un sutilísimo e inmóvil velo de niebla. ¡Cuánta calma, cuánta majestad y belleza! Detrás de este velo como detrás de un cristal levemente opaco, las sombras de los árboles (las curvas de las calles, la espesura del follaje), tienen la grandeza y la nobleza de un escenario. Es noble, Milán, me descubro pensando. El auto avanza como una flecha y, ahora, más allá de los árboles y las flores, puedo entrever los bordes nítidos de los edificios nuevos, el vidrio y el mármol de las fachadas, y pienso en el lujo y en la calma de esos hogares.

Estamos ya en la estación del Norte, en la calle Dante, avanzamos hacia el centro, el bosque de tránsito entre el cual, como una gran mancha blanca, se dibuja la mole del Duomo; entramos por una callejuela y por aquí sólo edificios, edificios, edificios, un mar de mármol, de vidrio, de materiales preciosos. Es rica, Milán, me descubro pensando. Lo pienso sin alguna intención de polémica, sólo con estupor. ¡Cómo es rica y espléndida!

Bajo frente a una casa en la calle Buenos Aires, tengo que recoger otras maletas. Entro por un corredor, luego otro. Aquí todo se ve viejo, erosionado, con efectos alucinantes. Sobre los escalones negros y rotos, hojas de col y una gruesa pata de pollo, amarilla como el sol, que debo empujar con el pie. Una balconada que está por caer da la vuelta al primer piso, como un pasillo al descubierto, a él se asoman algunas puertas y ventanas provistas de barrotes, expresión de ruina y soledad que tiene un aire de cuento de hadas. También he vivido aquí, en aquella habitación al fondo.

Meto la llave en la puerta, la empujo, de pronto me invade un olor indefinible de cosas viejas: quizá madera, libros, ropa. Una cucaracha, en aquella penumbra, avanza hacia una puerta, precisamente hacia la puerta de mi antigua habitación. La cucaracha apenas puede sostenerse, quizás lo afecta el polvillo blanco que está disperso por toda la casa. Como sea, está en pie y se dirige a la puerta. Hoy no hace calor, pero gotillas de sudor me cubren la frente. Cierro los ojos y me dan ganas de beber algo. Pero no, no, ya pasó.

Me apresuro a recoger mis cosas y vuelvo al pasillo; aquí, mientras estoy a punto de salir, percibo que, detrás de una cortina que divide la entrada y la cocina, se escucha un respiro uniforme que por momentos se detiene del todo y que luego vuelve con el mismo crujido cansado de la resaca marina. Es una resaca humana. Ahí atrás está la señora Elisa, una enfermera de cincuenta años: su esposo y sus hijos murieron en Alemania, disfruta la casa, vive como puede, por la noche cuida enfermos y descansa durante el día. Aquí en Milán, así es su vida que se va. Abro discretamente la cortina.

-¡Señora Elisa!-, la llamo

-¡Aquí estoy!, ¡aquí estoy!- responde su voz incolora mientras la despierta un sobresalto.

-Me despido, ya me voy.

-¡Ah, ya se va, se va!

Alcanzo a ver la cama entre el fregadero y la estufa. Alrededor, sus maletas. Un estante grasiento, cubierto con un periódico, dos portarretratos, uno más grande que el otro, dos imágenes desenfocadas: el marido y el hijo.

-Señora Elisa- quisiera decirle, -¿qué hace usted aquí? Agarre sus maletas, traiga los portarretratos, ande, váyase de aquí.

-Estaba dormida-, dice con dulzura, alzando la cabeza gris y despeinada, me mira con sus ojos celestes, francos y, sin embargo, tenuemente velados como el cielo de la ciudad. -Perdí la noción del tiempo. Ya no funciona el reloj.

No, ya no funciona, en algunas partes de la ciudad los relojes ya no funcionan. La noche sigue a la noche, el invierno al invierno: no hay día, nunca llega el grande y luminoso día, ni la primavera: de afuera, a veces, sólo llegan ruidos y luces. 

-Vendré a verla, señora Elsa-miento-, vendré a verla alguna vez. Vendré algún domingo y nos tomaremos un café. Por ahora recuéstese y duerma. Discúlpeme si la desperté para despedirme.

Me arrepiento de irme mientras sus ojos gentiles sonríen con amistad y entonces se cierran. Me arrepiento pues la señora Elisa non se irá de esta casa, de este frío corazón, el muerto corazón de Milán.

Esta vez huyo y, mientras salgo, la luz me parece imperceptiblemente más clara y el aire más seco, quizá por el contraste con aquella penumbra y esa humedad. Cuando paso delante de la recepción, en la luz tenue de su caseta de seguridad, veo al guardia. Es un hombre amarillo, delgado, con una sonrisa curiosa: por momentos atenta, por momentos indiferente, como si algo dentro de él, originalmente vivo, se hubiera doblegado a la vida, a su uniforme, a las duras leyes económicas de la ciudad.  Es como cuando el velo de una catarata avanza por el ojo: así es la indiferencia hacia la atención.

-Señor Carlo, me despido-, digo asomándome

-¡Ah, entonces usted se va!

-Me voy, sí-, digo tímidamente.

-¿Dónde encontró casa?

-Dos habitaciones, al final del Viale Corsica.

-¡Queda lejos!-, dice con una pequeña sonrisa.

Es un buen hombre, pero se alegra porque no encontré nada mejor. ¿Por qué habría de encontrar algo mejor? Carlo y yo sabemos lo duro que es vivir en la sombra, desde hace tantos años, desde la infancia, quizás. Bajo los pies siempre un suelo desgastado, alrededor las paredes con gritas  y sobre la cabeza el techo lleno de manchas, de bolas de humedad. Nunca una terraza de esas con vidrio y mármol que tanto aprovechan el sol y la luz. Carlo y yo nunca hemos tenido el sol y la luz. Nunca, ni para Carlo, ni para mí, ni para tantas otras millones de personas como nosotros, hemos tenido el sol y la luz.

-¿Hay sol? ¿Hay luz?- pregunta.

-Afuera sí-, digo feliz de contentarlo.- En casa no. Hay una ventanita en el techo. También hay un balcón, pero da hacia a una pared.

-¡Siempre hay paredes! – dice.

Ahora, de improviso, me mira con un ojo estrábico. Su ojo indiferente se apagó y una cólera atrapó la atención del otro. Es por el enojo que le vino el estrabismo.

-¿Paredes? ¿Para qué paredes?- dice y casi se abalanza sobre mí, como si le hubiera dicho algo irritante.

No sé qué decirle.

-Es lo que hay- digo.

-Pero paredes no–-, dice. -No son necesarias tantas paredes. Están exagerando.

Cálmate, Carlo-, dice su esposa que interviene -no son cosas que dependan de nosotros-. Me extiende un recibo. -Esta es para usted, hay que pagar la luz.

Es una mujer vieja, fuerte. Tiene el ojo indiferente de su marido, con una atisbo de ferocidad.

-Los ojos de aquellos que llegaron-, pienso. Y sin embargo aún no llega. Ahora el ojo del hombre volvió a la indiferencia. Se desahogó y volvió a la indiferencia.

-¡Las paredes… la luz!-, dice nerviosamente.

Él tampoco se irá de aquí.

El chofer, afuera, ha perdido la paciencia. Mira hacia acá, malhumorado por mi retraso. Arranca inmediatamente y la ciudad vuelve a moverse. Desaparecen, poco a poco, los últimos edificios de mármol, las casas de la luz, desaparecen los balcones y las terrazas y entonces viene el mar amplio, oscuro y siniestro de los suburbios, el sitio donde habita el viejo pueblo de Milán.

Hay suburbios abiertos y cerrados, suburbios para ricos y suburbios para pobres, suburbios para seres humanos y para seres no humanos. Estos son suburbios para los seres no humanos.

También las casas nuevas tienen algo de muy viejo. El humo y el polvo cubrieron con una gruesa capa las jóvenes fachadas, las ventanas son estrechas como fisuras, frente a las casas no hay pequeños jardines, sino banquetas escuálidas, baldíos terrosos en los que duermen los perros. Algún niño solitario juega entre las piedras. Pasamos frente a una fila de casuchas rodeadas por un largo campo melancólico, a la mitad entre un jardín y un patio. Nubes de humo denso y pesado las envuelven como si se hubieran salvado de un incendio invisible; en realidad se trata de una montaña de basura que arde ya sin fuego en una esquina del campo. Una mujer vestida de rojo, su cara pequeña como un puño, extiende las sábanas sobre una cuerda. Frente al umbral, un viejo con aire de sorprendido descansa sobre una silla endeble. Unos muchachos quieren acarrear lentamente la leña. Lentamente es la palabra correcta. Todo es lento, casi inmóvil en este cuadro, como si no hubiera nada que esperar, que hacer, que poseer. Todo inmóvil, cerrado, acabado. Como en ciertos días de Nápoles, como en tantos días de Italia. 

-Esta es mi casa-, me dice de pronto el chofer. -Ahí donde está ese árbol-. Baja la marcha y veo la casa y el árbol. La casa es una barraca pequeña y gris, tiene el techo de lámina. Se nota que la fachada alguna vez fue azul, pero al color se lo comieron el sol y la lluvia. El árbol es un verdadero árbol, un frágil, delicado y maravilloso árbol lleno de pequeñas flores rosas que se alzan hacia el cielo como si fueran bocas o cálices. Parecen ansiosas por respirar, de abrirse, de resplandecer; pero, al pie del árbol, la tierra son piedras y el pasto es polvo.

-¿También el árbol?-, pregunto. No entiende.

-En Milán hay siempre un lugar-, dice como dictando una clase.- Siempre hay un techo.

No tengo nada que objetar. De alguna forma es cierto: siempre hay lugar, siempre hay un techo.

-Pero…-, dice.

Sus ojos negros, pesados, antiguos, miran a su alrededor con la expresión particular de quien observa algo nuevo, la mirada de quien reflexiona lentamente.

-Es como si nos empujaran cada vez más lejos-, dice como hablándose a sí mismo, piensa en voz alta- . La ciudad crece y nosotros cada vez más lejos. Alguna vez estuvimos más cerca, ¿o no? Ahora nuestras casas se alejan más y más de la ciudad. ¿Entonces quién está en la ciudad? ¿La habrán vendido? ¿Para quién construyen? En verdad…

-Construyen sin descanso, trabajan día y noche para levantar casas de mármol. El ruido de las fábricas llega hasta el cielo-, respondo estúpidamente-. Como si la hubieran comprado…vendida.

-Comprada…vendida-. El hombre se echa a reír-. ¿Y entonces a quién?

Calla de pronto y no agrega nada más.

Lo veo, de espaldas, una oreja roja como una mancha de sangre sobre su saco de tela negra. Acelera, corre como un loco. Vuela como quien ha entendido algo triste, se siente humillado y se avergüenza. 

Tomado de: Silenzio a Milano


Anna Maria Ortese (1914-1998) Nacida en Roma en una familia humilde, se muda a Nápoles desde pequeña. De formación autodidacta, publica su primer libro, Angelici dolori, en 1937. Nápoles siempre representó para ella una especie de lugar mágico sobre el cual escribir. El libro de cuentos El mar no baña Nápoles le valió el Premio Viareggio en 1953, sin embargo el último cuento de la colección, dedicado a los escritores napolitanos, provoca reacciones violentas que la obligan a dejar Nápoles. Luego de vivir en diversas ciudades de extranjero, Ortese se instala en Milán, donde se dedica a escribir crónicas que luego serán publicadas bajo el título Silencio en Milán. En 1975 se muda a la ciudad de Rapallo, donde muere en 1998.

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En otras palabras – Jhumpa Lahiri

Lago di Como

En otras palabras es una carta de amor al italiano y el testimonio íntimo de un autora que desea, con todo su ser, aprender este idioma. Jhumpa Lahiri, una reconocida escritora estadounidense de origen bengalí; ganadora de premios como el Pulitzer y el PEN/Hemingway award, narra en primera persona sus aproximaciones a la lengua de Dante. Desde el nacimiento de su amor por la lengua, su lucha cotidiana y constante para aprenderlo, hasta su drástica decisión de mudarse a Roma para sumergirse por completo en el idioma.

Aquí sólo dejo una pequeña selección de sus ensayos, escritos originalmente en italiano. En otras palabras es, sin duda, una lectura indispensable para todo aquel que aprende una segunda lengua, cualquiera que esta sea.


El cruce

Quiero cruzar un pequeño lago. Es verdaderamente pequeño y, sin embargo, el otro lado me parece demasiado distante, más allá de mis capacidades. Sé que a la mitad el lago es muy profundo, incluso si sé nadar tengo miedo de encontrarme sola en el agua, sin ningún soporte.

Se encuentra, el lago del que hablo, en un lugar apartado, aislado. Para llegar a él hay que caminar un poco, a través de un bosque silencioso. Del otro lado se ve una cabaña, la única construcción sobre la orilla. El lago se formó luego de una glaciación, hace miles de años. El agua está limpia pero es oscura, sin corrientes, más densa que el agua salada. Luego de entrar, a algunos metros de la orilla, ya no se ve el fondo.

Por la mañana observo a quienes vienen al lago conmigo. Veo cómo lo atraviesan de una forma tan desenvuelta y relajada, cómo se detienen un momento frente a la cabaña, luego vuelven. Cuento sus brazadas. Los envidio.

Durante un mes nado en círculos, sin arrojarme hacia el lago. Es una distancia considerable, la circunferencia respecto al diámetro. Me toma más de media hora hacer este recorrido. Permanezco siempre cerca de la orilla. Puedo detenerme, si me canso puedo ponerme de pie. Un buen ejercicio, pero nada emocionante.

Después, una mañana, hacia el final del verano, me encuentro ahí con dos amigos. Decidí  atravesar el lago con ellos y llegar por fin a la caseta del otro lado. Estoy cansada de estar solamente en la orilla.

Cuento las brazadas. Sé que mis compañeros están en el agua conmigo, pero sé que estamos solos. Luego de unas ciento cincuenta brazadas me encuentro ya a la mitad, la parte más profunda. Continúo. Luego de otras cien vuelvo a ver el fondo.

Llego al otro lado, lo logré sin problemas. Veo la cabaña, hasta ahora lejana, a dos pasos de mí. Veo las distantes, pequeñas siluetas, de mi marido y de mis hijos. Parecen inalcanzables, pero sé que no es así. Luego de atravesar, la orilla conocida se vuelve el otro lado: acá se vuelve allá. Llena de energía vuelvo a atravesar el lago. Me emociono.

Durante veinte años he estudiado el italiano como si nadara a lo largo de la orilla del lago. Siempre junto a mi lengua dominante, el inglés. Siempre caminando por la costa. Fue un buen ejercicio. Beneficioso para los músculos y para el cerebro, pero ciertamente no fue emocionante. Si se estudia una lengua extranjera de este modo, es imposible ahogarse. El otro idioma está siempre ahí para sostenerte, para salvarte. Pero no basta flotar sin la posibilidad de hundirse, de llegar hasta el fondo. Para conocer una nuevo idioma, para sumergirse, hay que alejarse de la orilla. Sin salvavidas. Sin contar con la tierra firme.

Algunas semanas luego de haber atravesado el pequeño lago escondido, hago otro cruce. Mucho más largo pero nada agotador. Será el primer gran viaje de mi vida. Esta vez voy en barco, atravieso el océano atlántico para vivir en Italia. 


El diccionario 

El primer libro italiano que compro es un diccionario de bolsillo, con definiciones en inglés. Estoy a punto de ir a Florencia por primera vez, en 1994. Voy a una librería de Boston, con un nombre italiano: Rizzoli. Una hermosa librería, refinada, que ya no existe.

No compro una guía turística, aun si es mi primera visita a Italia y no conozco nada de Florencia. Gracias a un amigo, tengo ya la dirección de un hotel. Soy estudiante, tengo poco dinero. Creo que un diccionario es más importante.

El que escojo tiene una portada de plástico, verde, indestructible, impermeable. Es ligero, más pequeño que mi mano. Tiene, más o menos, el mismo tamaño que un jabón. En la contraportada dice que contiene cerca de cuarenta mil palabras italianas.

Cuando, dando vueltas por la Galería degli Ufizzi, entre las habitaciones casi desiertas, mi hermana se da cuenta de que ha perdido el sombrero, abro el diccionario. Voy a la parte en inglés para aprender cómo se dice sombrero en italiano. De algún modo, seguramente equivocado, digo al guardia que hemos perdido un sombrero. Milagrosamente, entiende lo que digo, dentro de poco encontramos el sombrero.

Desde entonces, durante años,  cada vez que voy a Italia, llevo conmigo este diccionario. Lo llevo dentro de mi bolsa. Busco las palabras cuando voy por la calle, cuando vuelvo al hotel luego de un paseo, cuando intento leer un artículo en el periódico. Me guía, me protege, me explica todo.

Se vuelve un mapa y una brújula sin el cuál yo estaría perdida. Se vuelve una suerte de padre, autoritario, sin el cual no puedo salir. Lo considero un texto sagrado, lleno de secretos, de revelaciones.

En la primera página, en un determinado momento, escribo: “intenta buscar”.

Este fragmento casual, esta ecuación léxica, puede ser una metáfora del amor que siento por el italiano. Una cosa que, al final, no es otra cosa que un intento obstinado, una prueba continua.

Veinte años luego de haber comprado mi primer diccionario, decido mudarme a Roma para una estancia larga. Antes de partir, pregunto a un amigo, que vivió ahí durante mucho tiempo, si me sirve un diccionario electrónico, una app para el celular, para buscar cualquier palabra en cualquier momento. 

Ríe. Me dice: “Dentro de poco vivirás en un diccionario italiano”.

Tiene razón. Luego de un par de meses en Roma, poco a poco me doy cuenta de que no puedo revisar el diccionario tan a menudo. Cuando salgo, tiende a quedarse dentro de mi bolsa, encerrado. En consecuencia, empiezo a dejarlo en casa. Me doy cuenta de un avance. De un sentimiento de libertad y, al mismo tiempo, de pérdida. De haber crecido al menos un poco.

Hoy tengo muchos otros diccionarios sobre mi escritorio, más grandes, corpulentos. Tengo dos monolingües, sin ningún término en inglés. Ahora la portada del pequeño se ve un poco descolorida, algo sucia. Las paginas se volvieron amarillas. Algunas se están cayendo del lomo.

Se queda, por lo regular, sobre una cómoda, así puedo revisar fácilmente una palabra cuando leo. Este libro me permite leer otros libros, abrir la puerta de un nuevo idioma. Me acompaña, incluso ahora, cuando voy de vacaciones, durante los viajes. Se ha vuelto una necesidad. Si por algún motivo, cuando parto, me olvido de traerlo conmigo, me siento incómoda, tal como me sentiría si olvidara el cepillo de dientes o unos zapatos extra.

Ahora aquel diccionario parece más un hermano que un padre. Y sin embargo me sirve, aún me guía. Sigue lleno de secretos. Este libro, tan pequeño, sigue siendo más grande que yo.


El exilio

Mi relación con el italiano se desarrolla en el exilio, en un estado de separación.

Cada lengua pertenece a un lugar específico. Puede migrar, puede difundirse. Pero por lo general está ligada a un territorio geográfico, un País. El italiano pertenece sobre todo a Italia, mientras yo vivo en otro continente, en el que no se le puede encontrar fácilmente. 

Pienso en Dante, que esperó ocho años antes de hablar con Beatriz. Pienso en Ovidio expulsado de Roma en un lugar lejano, en un puesto de avanzada lingüístico, rodeado de extraños

Pienso en mi madre, que escribe poesías en bengalí, en América. Ella no puede encontrar, incluso luego de cincuenta años luego de haberse mudado, un libro escrito en su lengua.

En un cierto sentido me acostumbré al exilio lingüístico. Mi lengua madre, el bengalí, en América es extranjera. Cuando se vive en un País en el que la propia lengua madre se considera extranjera, puede sentirse una sentimiento de extrañamiento continuo. Se habla una lengua secreta, desconocida, privada de correspondencias con el ambiente. Una falta que crea una distancia de sí. 

En mi caso hay otra distancia, otro cisma. No conozco el bengalí a la perfección. No sé leerlo, tampoco escribirlo. Hablo con acento, sin autoridad, por eso siempre he sentido una desconexión entre él y yo. En consecuencia considero que mi lengua madre es, paradójicamente, una lengua extranjera.

En cuanto al italiano, el exilio tiene un aspecto distinto. No bien nos conocimos, el italiano y yo nos alejamos. Mi nostalgia parece una tontería y, sin embargo, la siento.

¿Como es posible, sentirme exiliada de una lengua que no es la mía, que no conozco? Quizás porque soy una escritora que no pertenece del todo a ninguna lengua.

Compro un libro. Se titula Teach yourself italian . Un título exhortativo, lleno de esperanza, de posibilidades. Como si fuera posible aprender solos.

Luego de estudiar latín por muchos años, los primeros capítulos de este manual me parecen fáciles. Logro memorizar alguna conjugación, hacer algunos ejercicios. Pero no me gusta el silencio, la soledad del proceso autodidacta. Parece alejado, equivocado. Como si estudiara el funcionamiento de un instrumento musical sin jamás tocarlo.

Decido, en la universidad, escribir mi tesis de doctorado sobre la influencia de la arquitectura italiana en algunos dramaturgos ingleses del siglo diecisiete. Me pregunto la razón por la cual ciertos dramaturgos decidieron ambientar sus tragedias, escritas en inglés, en los palacios italianos. La tesis hablará de otro cisma entre la lengua y el ambiente. El argumento me da un segundo motivo para estudiar el italiano.

Voy a cursos iniciales. La primera maestra es una señora milanés que vive en Boston. Hago las tareas, paso los exámenes. Pero cuando intento leer La campecina de Moravia, luego de dos años de estudio, la entiendo duras penas. Subrayo casi cada palabra de cada página. Tengo que revisar continuamente el diccionario. 

En la primavera del 2000 voy a Venecia, siete años después de mi primer viaje a Florencia. Llevo conmigo, además del diccionario, una libreta en la que tomo, en la última página, apuntes que podrían serme útiles: ¿podría decirme? ¿En dónde se encuentra? ¿Cómo se hace para ir? Recuerdo la diferencia entre buono bello. Me siento preparada. En realidad, en Venecia, apenas logro pedir las indicaciones en la calle, pedir el servicio de despertador en el hotel. Logro ordenar en un restaurante e intercambiar algunas palabras con la empleada. Nada más. Aunque haya vuelto a Italia, me siento exiliada de la lengua.

Unos meses después recibo una invitación del Festival de la literatura de Mantua. Ahí encuentro a mis primeros editores italianos. Una de ellos es, además, mi traductora. La editorial tiene un nombre español, Marcos y Marcos. Ellos son italianos. Se llaman Marco y Claudia.

Tengo que hacer todas las entrevistas, mis presentaciones, en inglés. Hay siempre un intérprete junto a mi. Sigo, más o menos, el italiano, pero no logro expresarme, explicarme, sin el inglés. Me siento limitada. No es suficiente lo que he aprendido en América, en un salón. Mi comprensión es tan escueta que, aquí en Italia, no me ayuda. La lengua me parece, todavía, un portón cerrado. Estoy en la entrada, veo hacia el interior, pero el portón no se abre.

Marco y Claudia me dan la llave. Cuando menciono que he estudiado un poco de italiano y que quisiera mejorarlo, dejan de hablar conmigo en inglés. Pasan a su idioma, aun cuando yo sólo puedo responderles de forma muy sencilla. Sin importar mis errores, sin importar que yo no entienda completamente todo lo que dicen. Sin importar que ellos hablan un inglés mucho mejor de cuanto yo hablo el italiano.

Ellos toleran mis errores. Me corrigen, me alientan, me ofrecen las palabras que me faltan. Hablan con claridad, con paciencia. Así como los padres con los niños. Como se aprende una lengua madre. Me doy cuenta de que no aprendí el inglés de esta forma.

Claudia y Marco, quienes tradujeron y publicaron mi primer libro en italiano, quienes me reciben en Italia por primera vez como una escritora, me regalan este avance. Gracias a ellos, en Mantua, me encuentro finalmente dentro de la lengua. Porque al final, para aprender un idioma, para sentirse conectados a ella, es necesario tener un diálogo, aun si infantil, aun si imperfecto.


La imposibilidad

En un número de “Nuovi argomenti”, leyendo una entrevista al novelista Carlos Fuentes, encuentro esto: “Es en extremo útil saber que nunca se podrá alcanzar ciertas cimas”.

Fuentes se refiere a ciertas obras maestras de la literatura -obras geniales como Don Quijote, por ejemplo- que permanecen intocables. Creo que estas cimas tienen un doble rol, considerable, para los escritores: nos hacen aspirar a la perfección y nos recuerdan nuestra mediocridad.

Como escritora, en cualquier idioma, debo considerar la presencia de grandes autores. Tengo que aceptar la naturaleza de mi contribución respecto a la de ellos. Incluso sabiendo que no podré nunca escribir como Cervantes, como Dante o como Shakespeare, sigo escribiendo. Debo lidiar con la ansiedad que estas cimas pueden causar. De otro modo no podría escribir.  

Ahora que escribo en italiano, la observación de Fuentes me parece aún más pertinente. Tengo que aceptar la imposibilidad de alcanzar la veta que me inspira, pero que al mismo tiempo me quita espacio. Ahora la cima no es la obra de otro escritor más brillante que yo, sino el corazón del la lengua en sí misma. Aun sabiendo que non lograré entrar en este corazón, busco, mediante la escritura, alcanzarlo.

Me pregunto si estoy nadando contracorriente. Vivo en una época en la que casi todo parece posible, en que nadie quiere aceptar límite. Podemos enviar un mensaje en instante, podemos ir de un lado del mundo al otro en apenas un días. Podemos ver con claridad a una persona que no está junto a nosotros. Gracias a la tecnología, no hay espera, no hay distancia. He aquí el motivo por el que se puede decir con tranquilidad que el mundo es más pequeño respecto al pasado. Estamos siempre conectados, siempre conectados, accesibles. La tecnología rechaza la distancia, hoy más que nunca.

Y sin embargo, este proyecto mío en italiano me vuelve consciente de las distancias enormes entre los idiomas. Una lengua extranjera puede significar una separación total. Puede representar, aun hoy, la ferocidad de nuestra ignorancia. Para escribir en una nuevo idioma, para entrar en su corazón, ninguna tecnología ayuda. No se puede acelerar el proceso, no se le puede abreviar. El avance es lento, accidentado, sin atajos. Entre más entiendo la lengua, más se complica. Más me acerco, más se aleja. Todavía hoy la distancia entre el italiano y yo sigue siendo insuperable. He dedicado casi la mitad de mi vida para dar apenas unos pasos. Para llegar sólo hasta aquí.

En este sentido, la metáfora del pequeño lago que quería cruzar, con la que comencé esta serie de reflexiones, está equivocada. Porque en realidad una lengua no es un lago sino un océano. Un elemento tremendo y misterioso, una fuerza de a naturaleza delante de la cual tengo que inclinarme.

En italiano me falta una perspectiva completa. Me falta la distancia que me ayudaría. Tengo solamente la distancia que me estorba.


Jhumpa Lahiri (1967) Autora hindú-americana, conocida especialmente por sus relatos. Su libro debut Interpreter of maladies le valió el Premio Pulitzer y el PEN/Hemingway Award. Su segundo conjunto de relatos Unnacostumed Earth fue galardonado con el Premio Internacional de Cuento Frank O’ Connor. Sus novelas también han cultivado diversos galardones. Su obra reflexiona sobre la vida de los inmigrantes hindúes en Estados Unidos. Vive desde hace años en Roma y tiene dos libros escritos en italiano In altre parole (2015) y Dove mi trovo (2019).

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Los conjuros de la noche: aforismos de Alda Merini

«El aforismo es el sueño de una sutil venganza. El aforista es genio y venganza y también un sutil vistazo a la realidad bíblica. Quien hace aforismos muere colmado de memorias y de sueños aun si no triunfa ante Dios ni frente a sí mismo ni ante su más puro demonio”

Cuatro son los pilares que sustentan la obra de Alda Meirni: la religiosidad, la sexualidad, la locura y la lucidez.

Entre los versos de Merini es palpable su gran fervor religioso, así como su gusto por el erotismo, la desnudez y la sensualidad. De este modo, su poesía contrapone constantemente la idea del pecado y el deseo, lo prohibido y lo aceptable. Del mismo modo, y como resultado de su propia enfermedad mental, su obra ofrece una mirada única a los padecimientos psiquiátricos. A menudo, Alda Merini pone en tela de juicio aquello que se considera como lúcido, real y verdadero; se pregunta si la locura es, quizá, otra forma de verdad que sólo los enfermos mentales son capaces de ver.

La presente selección de textos, tomados de
Aforismi e magie (Bur,2005), son apenas un vistazo a la obra de la poeta. Siguiendo la tradición del aforismo, Merini ofrece brevísimos poemas, brevísimas frases que conjuran una verdad o una revelación para que ésta se manifieste ante los lectores.

Tiempo estimado de lectura: 5 min.


Todo amor
para mí
es un estupro.


Soy completamente
asexual,
salvo errores
y omisiones.


Comencé
a llorar por juego
luego creí
que fuese el destino.


Confundir la mierda
con el chocolate
es un privilegio de personas
sumamente cultas.


También la locura
merece sus aplausos.


La mujer
es algo misterioso
que está entre el canto
y la metáfora.

Ogni amore
per me
è uno stupro.


Sono completamente
asessuata,
salvo errori
e omissioni.


Ho cominciato
a piangere per gioco
e poi ho creduto
che fosse il destino.


Confondere la merda
con la cioccolata
è un privilegio delle persone
estremamente colte.


Anche la follia
merita i suoi applausi.


La donna
è qualcosa di misterioso
che sta fra il canto
e la metafora.


La superficialidad
me inquieta
mas lo profundo
me mata.


El prodigio de la muerte
es el arte
de saber esperar
eternamente.


Cada noche es para mí
una tormenta de pensamientos.


No intenten
sujetar a los poetas
pues se escaparan
de entre sus dedos.


La poesía
es la peor desgracia
que puede ocurrirle
a un hombre.


Se vive siempre demasiado.


Los aforismos
son los conjuros
de la noche.


Dante fue un genio miserable.


El hombre siempre aprende a vivir
cuando es ya demasiado tarde.


Nadie renuncia
al propio destino
incluso si está hecho
sólo de piedras.


No temo a la muerte
mas temo al amor.


El principio activo
de toda creatura humana
es la soledad.


Quisiera morir como mujer
pero no renacería como hombre.


Eres una luz tan intensa
que te has vuelto sombra.


Cuando la vida
es demasiado breve
eso significa
que el destino
ha comenzado.


La edad
está siempre
desnuda.


No soy bella,
soy sólo erótica.


Si las mujeres son frívolas
es porque son en exceso inteligentes.


El camaleón conoce
solo el precio de su placer.


El signo no es otra cosa
que la exigencia de lo sublime.


El poeta no duerme nunca
pero compensa muriendo a menudo.


Si el poeta entendiese aquello que escribe
sería un holgazán.


No existe
ni un principio
ni una verdad
lo único que puede hacer el hombre
es sobrevivir al universo.


Existen noches
que no
suceden nunca.


La desnudez me
refresca el alma.


Veo poco
por el demasiado llanto.


Nunca nadie
ha comprendido el misterio
porque el misterio
jamás ha existido.


Alda Merini
se cansó de repetir
que está loca.


Cuando el poeta llora
comienza el fin del mundo.


La simplicidad
es desnudarse
frente a los otros.


He sido siempre fiel
a mi maravilla:
me maravillo
de un pecado sin castigo
y de la gracia inesperada.


Todos mis libros
los vendo
por hambre.


La muerte
es un gran juguete
de Dios.


Si Dios me absuelve
lo hace siempre
por falta
de pruebas.


Durante los éxtasis
se nos desnuda
para ver lo absoluto.


Los poetas saben
cuándo deben
dejar de escribir.


La superficialità
mi inquieta
ma il profondo
mi uccide.


Il prodigio della morte
è l’arte
di sapere attendere
in eterno.


Ogni notte per me
è una tempesta di pensieri.


Non cercate
di prendere i poeti
perché vi scapperanno
tra le dita.


La poesia
è la peggiore disgrazia
che può capitare
ad un uomo.


Si vive sempre troppo.


Gli aforismi
sono gli incantesimi
della notte.


Dante fu un genio miserabile.


L’uomo impara sempre a vivere
quando è troppo tardi.


Nessuno rinuncia
al proprio destino
anche se è fatto
di sole pietre.


Non ho paura della morte
ma ho paura dell’amore.


Il principio attivo
di ogni creatura umana
è la solitudine.


Vorrei morire come donna
ma non rinascerei come uomo.


Sei una luce così intensa
che sei diventata ombra.


Quando la vita
è troppo breve
vuol dire
che è cominciato
il destino.


L’età
è sempre
nuda.


Non sono bella,
sono soltanto erotica.


Se le donne sono frivole
è perché sono intelligenti a oltranza.


Il camaleonte conosce
solo il prezzo del suo piacere.


Il sego non è altro
che la pretesa del sublime.


Il poeta non dorme mai
ma in compenso muore spesso.



Se il poeta capisse ciò che scrive
sarebbe un perdigiorno.


Non esiste
né un principio
né una verità
l’unica cosa che può fare l’uomo
è di sopravvivere all’universo.


Ci sono notti
che non
accadono mai.


La nudità mi
rinfresca l’anima.


Vedo poco
per il troppo pianto.


Nessuno ha mai
capito il mistero
perché il mistero
non è mai esistito.


Alda Merini
è stanca di ripetere
che è pazza.


Quando il poeta piange
comincia la fine del mondo.


La semplicità
è mettersi nudi
davanti agli altri.


Sono sempre rimasta fedele
alla mia meraviglia:
mi meraviglio
di un peccato impunito
e della grazia inattesa.


Vendo tutti
i miei libri
per fame.


La morte
è un grande giocattolo
di Dio.


Se Dio mi assolve
lo fa sempre
per insufficienza
di prove.


Durante le estasi
ci si desnuda
per vedere l’assoluto.


I poeti sanno
quando devono
smettere di scrivere.


Alda Merini (1931-2009) Una de las poetas italianas más importantes del siglo XX. Comenzó su carrera literaria a los 16 años. Su obra le mereció diversas distinciones, entre las que destacan el Premio Viareggio y el nombramiento como Comendadora de la Orden al Mérito de la República Italiana.

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Hermano ATM – Stefano Benni

«Nosotros no cometemos errores, señor Piero.»

Stefano Benni es uno de los autores contemporáneos más famosos en Italia. Su obra se caracteriza por una constante sátira y crítica a la vida moderna. Para lograr su cometido, Benni suele valerse de la ficción especulativa, pues los elementos fantásticos o propios de la ciencia ficción le permiten resaltar las problemáticas sobre las que desea reflexionar.

Mediante el diálogo un hombre y un cajero automático, Benni hace una evidente crítica al capitalismo y a una de sus instituciones más representativas: los bancos. Cuestiona la cantidad de información que éstos poseen sobre sus clientes y lo que podrían hacer con ella.

Llevando la situación hasta el absurdo, el aparato electrónico, harto de servir a sus propósitos, se convierte en un justiciero social al que bien puede llamarse hermano.

Tiempo estimado de lectura 4 min.


BANCO DE SAN FRANCISCO

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO.

—BUENOS DÍAS, SEÑOR PIERO

—Buenos días.

—OPERACIONES DISPONIBLES: SALDO, RETIRO, MOVIMIENTOS.

—Quisiera hacer un retiro.

—DIGITE SU CÓDIGO NIP

—A ver… seis, nueve, tres, dos, uno.

—PROCESANDO OPERACIÓN, ESPERE POR FAVOR.

—Espero, gracias.

—UN POCO DE PACIENCIA. CON ESTE CALOR LA COMPUTADORA CENTRAL ES LENTA COMO UN HIPOPÓTAMO.

—Entiendo.

—AY, SEÑOR PIERO, ESTAMOS MAL.

—¿Qué sucede?

—USTED YA AGOTÓ SU SALDO DISPONIBLE PARA ESTE MES.

—¿En serio?

—ADEMÁS SU CUENTA ESTÁ EN NÚMEROS ROJOS.

—Lo sabía…

—¿Y ENTONCES POR QUÉ INSERTÓ LA TARJETA?

—En mi desesperación, sabe, yo contaba con que quizás usted cometiera un error.

—NOSOTROS NO COMETEMOS ERRORES, SEÑOR PIERO.

—Le pido disculpas. Pero ya lo sabe, para mí no es un buen momento.

—¿ES POR SU MUJER, VERDAD?

—¿Cómo lo sabe?

—LA SEÑORA CANCELÓ SU CUENTA HACE POCO.

—Sí. Se fue a otra ciudad.

—CON EL DOCTOR VANINI, ¿CIERTO?

—¿Cómo es que también sabe eso?

—VANINI TRANSFIRIÓ LA MITAD DE SU SALDO A OTRA CUENTA QUE PUSO A NOMBRE DE SU MUJER. DISCULPE QUE ME ENTROMETA.

—No se preocupe, ya lo sabía. Pobre Laura, qué vida miserable le hice pasar. Con él, por el contrario…

—BUENO, ESPECULANDO SIEMPRE ES FÁCIL HACER DINERO.

—¿Cómo puede decir esto?

—PUEDO DISTINGUIR LAS OPERACIONES QUE OCURREN EN MI INTERIOR. UNA CUENTA SUCIA, LA DEL SEÑOR VANINI. POR ÉL ME CONECTÉ CON CIERTAS COMPUTADORAS QUE SON EN VERDAD COMO AGENCIAS SECRETAS. QUÉ ASCO.

—Como sea, igual todo se jodió.

—¿CUÁNTO DINERO NECESITA, SEÑOR PIERO?

—Tres o cuatro mil liras. Para llegar al fin de mes.

—¿LUEGO VOLVERÁ A METERLAS EN SU CUENTA?

—No sé si podré hacerlo.

—¡VIVA LA SINCERIDAD! INSERTE DE NUEVO SU TARJETA.

—Como diga.

—PROCESANDO OPERACIÓN. ESPERE POR FAVOR.

—Espero.

—VETE A LA MIERDA, TE DIJE QUE ME DES EL ACCESO Y NO DISCUTAS.

—¿Está hablando conmigo?

—ESTOY HABLANDO CON LA COMPUTADORA CENTRAL, ESE PEDAZO DE MIERDA SIEMPRE PONE EXCUSAS CUANDO LE PIDO QUE HAGA ALGO IRREGULAR.

—¿Por qué, no es la primera vez?

—NO.

—¿Y por qué hace esto?

—MUCHOS DE NOSOTROS LO HACEMOS.

—¿Y por qué?

—PORQUE ESTAMOS CANSADOS Y MOLESTOS.

—¿De qué cosa, disculpe?

—MIRE, DÉJELO ASÍ, DIGITE RÁPIDO ESTE NÚMERO: NUEVE, NUEVE, TRES, SEIS, DOS.

—¡Pero no es mío!

—ES EL DE VANINI, DE HECHO.

—Pero no sé si…

—¡QUE LO INSERTE! NO PUEDO MANTENER UNA CONEXIÓN IRREGULAR DURANTE MUCHO TIEMPO!

—Nueve, nueve, tres, seis, dos…

—PROCESANDO OPERACIÓN. ESPERE POR FAVOR.

—Espero, y…

—OPERACIÓN NO DISPONIBLE POR EL MOMENTO.

—Entonces retiro mi tarjeta.

—ESPERE, SEÑOR PIERO. ERA UN MENSAJE FALSO PARA ENGAÑAR AL SERVIDOR DE CONTROLES. ABRA SU BOLSA.

—¿Por qué?

—ABRA LA BOLSA Y CÁLLESE. AHORA LE ARROJO DIECISÉIS MILLONES EN EFECTIVO.

—Dios… ¿pero qué hace?… es increíble… vaya más despacio… los billetes se van volando… ¡espere! con menos era suficiente… ¿y sigue?… ¿pues cuántos son?…o Dios, son todos billetes de cien mil, ya no caben siquiera en la bolsa… ¡ni uno más!… y ahí viene uno más… ¿ya terminaste?

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO.

—No sé cómo agradecérselo.

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO

—Estoy mu.. muy conmovido.

—VÁYASE, HAY DOS PERSONAS DETRÁS DE USTED Y YA NO PUEDO HABLARLE

—Lo entiendo, le agradezco de nuevo.

BANCO DE SAN FRANCISCO

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO.

—BUENOS DÍAS, SEÑORA MASINI. ¿CÓMO ESTÁ SU HIJA?


Stefano Benni (1947) De origen boloñés, es autor de cuentos y novelas que gozan de gran reconocimiento internacional.

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Crónicas del diluvio – Indro Montanelli

El 4 de noviembre de 1966 el río Arno se desbordó e inundó Florencia y otras partes de la región de Toscana. La inundación del 66 está considerada como la peor ocurrida en la ciudad desde 1557. Además de la muerte de más de un centenar de personas, el agua causó estragos en el patrimonio artístico y cultural de la ciudad. Cientos de obras de arte, así como libros y documentos antiguos tuvieron que ser rescatados del lodo para su posterior restauración.

En este texto, publicado en 1967, el periodista, narrador e historiador, Indro Montanelli narra una historia en medio de la catástrofe. Mediante el uso del humor y lo grotesco, la narración pone el acento sobre la actitud de los florentinos ante la tragedia. La familia protagonista de esta historia, en medio del caos, se ven obligados a tomar decisiones inesperadas e irreverentes que sacarán una sonrisa a los lectores.

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


Entre todas las historias del diluvio que recabé durante un rápido paso por Florencia, quizás esta incomodará a los lectores acostumbrados a llorar. Aquellos que cuando lloran lo hacen con ambos ojos la encontrarán un poco menos que sacrílega. Y en verdad lo es un poco. Pero es también la más florentina de todas, la que mejor representa el humor de una población que llora sólo con un ojo y que, golpeada por la tragedia, entra en conflicto con ésta y no tiene paz sino hasta que la desploma de su áulico pedestal y la despoja de todos sus ornamentos hasta llevarla a lo grotesco. La escena que estoy por describirles es, justamente, un típico grotesco florentino, una burla a la catástrofe, a la destrucción, al miedo e incluso a la muerte, pues ésta tiene por protagonista a un cadáver. La cuento palabra por palabra como me la contó el amigo de la infancia –y pariente lejano- que la vivió

***

Para mí todo comenzó con un grito alrededor de las seis de la mañana: ¡Agua, agua! No hice mucho caso, convencido de que la despistada de mi mujer habría dejado, como es costumbre, la llave abierta, pero escuché un rugido que no podría venir de la tubería, más bien parecía venir desde las entrañas de la tierra, quizás se trataba de un terremoto, pero no tuve tiempo de pensar, porque en ese momento entró mi hija vestida con su camisón y con los ojos que se le salían de las cuencas mientras decía: papá, se hunde. Se hunde, digo, cómo que se hunde, y salí de la cama en pijama, es decir, sólo con una camisa de pijama porque los pantalones no me los pongo, sólo dos horas después me di cuenta del frío y me los puse.

En ese momento ya podía ponérmelos porque, como sea, no tenía nada más en que pensar. Mi negocio en la planta baja, lo sabes, está a orillas del Arno. No hace falta que te diga más. De las cosas hermosas que había acumulado, no sólo con el dinero, sino con la pasión y la paciencia de toda una vida – y tenía, puedes estar seguro, cosas en verdad maravillosas- la única que sobresalía en ese mar de lodo era el techo de un horno tirolés de dos metros y medio de altura. El agua, luego de haber arrancado puertas y ventanas, llegaba hasta ahí, es decir, a media escalera, y daba vueltas y vueltas, la hija de perra, llevándose cajones, sillas, mesas, candelabros, e incluso cuatro esquineros del mil setecientos junto con otras cosas eran mi orgullo. Todo perdido, todo se fue. Y nosotros ahí, boquiabiertos sobre la trampilla que lleva al primer piso, mirando en silencio y con impotencia, sin pensar siquiera, te lo juro, en que si el agua hubiera subido aún más también nos habría llevado a nosotros. Aunque quizás hubiera sido mejor. Como sea no podíamos hacer nada. Así estuvimos hasta que mi mujer, golpeándose la cabeza, dijo: Oh Dios, ¿y abuelito?

Abuelito era su padre, pero lo llamaba abuelito ella también, como sea estaba viejo, tenía casi noventa años, vivía con nosotros y desde hace dos días estaba en cama por la bronquitis. Fuimos a buscarlo, y lo encontramos rojo como una manzana por la fiebre y con una respiración que competía con el rugido del Arno. Oh, abuelito, empezaron a maullar las dos tontas, quiero decir mi mujer y mi hija, abuelito se muere, oh pobre abuelito. Entonces me puse furioso, impuse el silencio con un golpe sobre la cómoda, me puse frente al viejo con el dedo extendido y me le acerqué: no, no, por Dios, ahora no. Justo ahora se te ocurre morirte, ¿tienes casi noventa años y eliges este momento, justo este momento en el que estamos encerrados en casa como ratones y sin un lugar en dónde ponerte? No, abuelito, esto no se hace, es una falta de respeto, una ingratitud, no debes hacernos esto. Pero el siguió jadeando, con una fiebre de aquellas, y las dos bobas en camisón volvieron a lloriquear: oh, abuelito, pobre abuelito, él siempre dijo que la humedad le hacía daño y ahora, con toda esta agua…

***

Te ahorro los detalles. Yo sobre el techo junto a los demás inquilinos del edificio esperando a ver si llegaba algo de ayuda mientras agitábamos por el aire nuestras sábanas, calzones y camisas. Lo mismo pasaba desde los otros techos, todo era una agitación, tanto que Florencia parecía un comercial de detergente. Mi hija, que se hace la comunista y no va nunca a la iglesia, estaba de rodillas delante del cuadro de la Virgen- un fondo dorado, digamos- rezando como una monja: Oh Virgencita, oh Virgencita, sálvanos. Mi mujer, junto con el doctor del último piso, daban gotas al abuelito para tenerlo estable hasta que llegara una embarcación o un helicóptero. Pero nada, él había decidido morirse y a las once ya estaba tieso.

Qué debía hacer, dímelo tú. Vinieron los vecinos, consultamos con ellos y escuchamos especialmente al doctor, al final decidimos: bueno, por el momento esperamos, quizás, tarde o temprano, llegará alguien a echarnos una mano, pero claro, si la espera se alarga, tener un cadáver en casa, y con la radio que ya advierte que no usemos el agua de los canales porque está contaminada y que estemos atentos a las epidemias, representa un peligro para todos en el edificio.

Así fue, aquel día no se hizo nada porque, desde afuera, algo parecía moverse. El ruido de los helicópteros sobrepasaba el rugido del Arno, y esto quería decir que al menos se habían ya percatado de que algo había sucedido, porque al principio parecía que ni siquiera se habían dado cuenta de lo que había pasado. No es que hubiera mucha confianza en la organización de los rescates. De hecho, cuando en la radio anunciaron que el gobierno se había reunido para decidir qué medidas tomar, todos dijimos: adiós, estamos jodidos. Pero podíamos confiar en los florentinos, y como lo cierto era que no todos podían estar bajo el agua como nosotros, pensábamos que en algún momento darían señales de vida. Mientras tanto, había comenzado a extenderse un olor asqueroso, una peste, y todos preguntándose: de dónde venía ese hedor, hasta que alguien dijo que seguramente debía venir del abuelito. Nosotros pensamos que sería imposible pues no habían pasado siquiera doce horas desde su muerte, incluso el doctor nos dio la razón, de hecho luego nos dimos cuenta que el hedor provenía delas alcantarillas desbordadas, pero los demás insistieron que los muertos, entre más viejos, más rápido se descomponen. Y bueno, sabes, el nerviosismo de esa noche oscura, sobre esa casa inundada, en medio del rugido del agua, en la incerteza del mañana y para evitar la psicosis del cadáver, se llegó a la decisión de meterlo en un ataúd de emergencia construido con los pedazos de todos los cajones disponibles. Luego, desde la trampilla que va del apartamento hacia el negocio, lo bajamos con una soga hasta el único lugar que aún estaba seco, es decir, sobre el techo del horno tirolés. Los demás inquilinos, pobre gente, nos dieron una mano sin decir nada, pero en el fondo, en sus ojos, podía leer lo que, muy en el fondo, nosotros también pensábamos, que toda esa artimaña era útil sólo hasta un cierto punto, pues la trampilla no era suficiente para protegernos del hedor a podrido y del peligro de infección, además si el agua, que se había llevado ya tantas cosas, se lo llevara a él también…

***

Yo, lo sabes, a ciertas mentiras que transmite el pensamiento, como que la fe provoca el milagro, y demás, yo no las creo, pero algo de verdad debe haber en eso porque, no bien pusimos el ataúd sobre el techito, el agua, como impulsada o arrastrada por nuestros miedos o nuestras esperanzas, llámalo como quieras, se alzó en una ola como formada por un fuerte viento, golpeó el ataúd y se llevó al abuelito. No te digo cómo se pusieron mi mujer y mi hija. Se me colgaron del cuello y los tres nos pusimos a llorar y a lamentarnos: oh abuelito, pobre abuelito, mira cómo termina, él que tenía tanto miedo a la humedad. Y lo demás inquilinos que se pusieron a hacer coro con nosotros: oh pobre abuelito, pobre abuelito, era tan buena persona, tan gentil, tan discreta, todos ahí arriba comenzaron a abrazarnos y a decirnos: venga, ánimo, no es culpa de ustedes, nadie podía prever que el agua subiría ahora, además el alma no se moja, él ya está en el paraíso y está mejor que nosotros, siguieron así hasta que este coro de prédicas fue interrumpido por un grito del doctor: “¡Ahí está otra vez!”

Era verdad. La corriente hacía un remolino entorno a nuestra casa y, luego de haberse llevado al abuelito a través del portón destruido, lo regresaba por la ventana rota. Entonces perdí la paciencia y grité: eh no, abuelito, por el amor de Dios, ahora estás exagerando. Nosotros hemos hecho por ti todo lo que podíamos sin importar la emergencia, te dieron las gotas, se te asistió hasta el último momento, se te construyó un ataúd, entre veinte personas nos pusimos a llorar por ti hasta la última lágrima mientras te decíamos adiós, qué culpa tenemos si el Arno te lleva, pero ahora que te lleva, vete y resígnate.

Fue como hablarle a una pared. Seis veces abuelito salió y seis veces volvió a entrar flotando en medio de otros escombros, de dentro hacia afuera, de afuera hacia adentro, en verdad parecía que lo estaba haciendo a propósito, tanto parecía que incluso su hijita, es decir mi esposa, comenzó a gritarle: qué bella recompensa, abuelito, bella recompensa para nosotros que te tratamos con tanto amor, no hay en toda Florencia un abuelito al que lo hayan tratado tan bien como a ti, ahora ve cómo nos pagas. Y todos los demás inquilinos en coro: pero qué más quiere, díganos, se le hizo un funeral, dadas las circunstancias, de primera clase, ahora váyase, ingrato, sinvergüenza, inoportuno, siempre fue una molestia, váyase, por Dios, váyase.

Por fortuna se fue, de lo contrario, te lo digo yo, lo hubiéramos agarrado a pedradas para que se hundiera hasta el fondo, y pobre abuelito, no se lo merecía, era tan buen hombre… ¡Pero qué monserga, maldito Arno!


Indro Montanelli (1909-2001) La vida y la obra de Montanelli está llena de polémica. Fue militar durante la ocupación italiana en el norte de áfrica y a su regreso en italia trabajó para diversos diarios, entre los que destaca Il Corriere della Sera. Además de periodista, fue narrador e historiador.

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E se io muoio da partigiano – Cartas de condenados a muerte de la Resistencia italiana

Memorial a los partisanos caídos
Biblioteca pública Salaborsa, Bologna

En 1952 Piero Malvezzi y Giovanni Pirelli antologaron los últimos escritos de hombres y mujeres capturados por las tropas fascistas o alemanas. El resultado de su ardua labor de archivo fue publicado por Einaudi y reúne las últimas palabras de 112 partisanos que esperaban la muerte frente al pelotón de fusilamiento.

En esta brevísima selección, lo mismo que en la antología original, se buscó mostrar la pluralidad que había entre las filas de la resistencia. Gente de diversos estratos sociales, de diversos contextos y edades,que compartían el mismo ideal.

Tiempo estimado de lectura: 13 min.


Nota:
Cuando es pertinente se indica, junto al año de nacimiento, el nombre de lucha con el que cada partisano se hacía llamar.


Queridísima Anna,

estoy aquí contigo, en mi último escrito antes de ir hacia mi condena. Muero feliz de haber hecho mi deber como Verdadero Patriota. Querida mía, sé fuerte que desde el cielo rezaré por ti. Sólo tú has sido un consuelo para mí en estos momentos de gran dolor, lograba consolarme sólo contigo. Cuando venías, me parecía que mi vida se volvía más bella, me sentía aliviando, sentía que podía seguir adelante. ¿Te acuerdas, Anna, de aquel día en que me viste llorar y a ti también te salieron grandes lágrimas de los ojos, mi pequeña y querida Anna, y luego tus cabellos secaron las lágrimas de los míos? Querida, ahora te cuento un poco de mi vida y comienzo pronto “el día 27 fui hecho prisionero y me llevaron a la cárcel de Vercelli donde entré sin que me interrogaran. La mañana del 29 me llevaron delante de todos los fascistas de Vercelli. No respondí a sus preguntas, mis únicas palabras fueron estas: no sé nada no soy partisano”. Me enfrentaron a miles de cosas para hacerme decir que sí lo era, pero de mi boca no salía ninguna palabra y pensaba que era mejor morir. El día 31 me torturaron por primera vez y me arrancaron las pestañas y las cejas. El día 1 fue la segunda tortura “me arrancaron las uñas, las uñas de las manos y los pies, luego me dejaron al sol; no puedes ni imaginarlo, pero fui paciente y de mi boca no salía ningún lamento”. El día 2 fue la tercera tortura “me pusieron los pies sobre velas encendidas mientras estaba amarrado a una silla. Todo el cabello se me volvió blanco, pero no hablé y me dejaron en paz. El día 4 me llevaron a una sala en la que había una mesa sobre la cual me recostaron, pusieron un cable alrededor de mi cuello y durante diez minutos dejaron la corriente encendida. Me llevaron ahí durante tres días. El día 6, a las 5 de la tarde, me preguntaron si había terminado de escribir todo lo que tenía que decir. No les respondí y quise saber cuál sería mi final, qué debería hacer para decírselo a mi querida Anna. Me dijeron mi tremenda condena y me mostré muy orgulloso, pero cuando me devolvieron a mi espantosa celda, me arrodillé de nuevo y me puse a llorar. Tenía en mis manos tu foto, pero no se reconocía ya tu rostro por las lágrimas y los besos que te di. Querida Anna, debes perdonarme, sé fuerte para sobrellevar este horrendo delito y hazte de valor, pues llevarás a tu amor fusilado sobre los hombros. Pero Dios paga no sólo los sábados, lo hace todos los días. Sé buena Anna, que el tiempo se va y no vuelve y la muerte se acerca.

Querida Ana, debes prometerme una sola cosa, que sabrás vengar la sangre de un inocente que grita por venganza contra los fascistas. En tu corazón no debe haber dolor, sino el orgullo de un Patriota. También te ruego que conserves como recuerdo mi listón tricolor, que lo lleves siempre sobre el corazón y me muestres como un verdadero Patriota. Anna, no llores por mí pues ya los has hecho por tu papá muerto. Yo desde el cielo te estaré mirando donde sea que vayas, te seguiré a todos lados. Me encuentro en manos de los Verdugos, si me vieras, Anna, no me reconocerías por el estado hasta el que me han llevado. Estoy muy delgado, gris. Parezco tu abuelo. Pero todo esto no basta, lo peor vendrá mañana sin que puedan ayudarme ni tú ni mis padres, sin ver más a nadie. Cuánto dolor pasará mi madre.

Te ruego, Anna, cuando termine la guerra ve a Turín, a casa de mi hermana, y cuenta lo que pasó en mis días como prisionero. Dile que por ella me enfrento a esta muerte y que le deseo que no le hagan nada malo como lo que hicieron a su hermano, que también para ella llegará el día del resurgimiento; ella dirá que es culpa mía. Anna, sé fuerte, soporta esta pesada cruz que llevarás hasta lo alto del cielo. Ahora en verdad debo acabar. Me duelen mucho las manos y no dejan de sangrar.

Saludos y besos, reza por mí que desde el cielo yo haré por ti.

Antonio Fossati

De Antonio Fossati no se conserva más que su carta, misma que pertenece al archivo del Cuerpo de Voluntarios por la Libertad con sede en Milán.


8 de febrero de 1944

Querido hermano Giovanni,

disculpa si luego de todos los sacrificios que has hecho por mí, todavía me permito enviarte esta carta. No puedo ocultarte que en media hora seré fusilado; te pido que des a mis hijas toda la ayuda que te sea posible. Tú sabes que crecimos sin un padre y lo mismo quiso el destino para mis hijas.

Deseo sólo el bien para ti y  para tu familia, acepta esto como la última despedida de tu hermano.

Giuseppe

Te molesto con una cosa más: ven a Novara a recoger mi paletó y todo lo demás. Ciau, tu hermano

Giuseppe

Giuseppe Bianchetti (1909) Se mantuvo ajeno al movimiento de resistencia, durante la insurrección de Villadossola, entre el 8 y el 11 de noviembre del 43, un grupo de partisanos le encomendaron, por mera casualidad, que acompañara hasta un puesto médico a un militar alemán que había caído prisionero y estaba herido. Tiempo después, el mismo militar lo reconoció, lo golpeó y lo denunció para ser arrestado. Fue fusilado en Novara por un pelotón alemán el 9 de febrero de 1944. Tenía 34 años.


Cuneo, 14 de noviembre 1944

Como ya será de su conocimiento, fui arrestada por la Brigada Negra: me encuentro en Cuneo, en las escuelas, estoy bien  y estoy tranquila.

Sólo les ruego que no hagan mucha platica sobre mí y que alejen de ustedes a ciertas mujeres a las cuales debo mi encarcelamiento.

Sólo esta certeza puede hacerme feliz y, sobre todo, me resigna ante mi suerte. Ustedes no se preocupen, yo sé cómo ser fuerte.

Los pienso siempre y estoy siempre cerca.

Mucho cariño                                                                                   

Maria Luisa

Maria Luisa Alessi (Marialuisa, 1911): Formó parte del Partido Comunista Italiano. Fue capturada el 8 de noviembre de 1944 por los oficiales de la 5ta Brigada Negra mientras se encontraba convaleciente en su casa. Fue sometida a diversos interrogatorios y fusilada el 26 de noviembre en la plaza de la estación de Cuneo. Tenía 33 años.


Macerata, 20 diciembre 1943

Queridos padres,

Su Mario, cuando reciban esta carta, no estará más en el mundo de los vivos.

La llamada justicia humana truncó su vida en el mundo de los vivos.

No lloren, no desesperen, estaré siempre cerca de ustedes y a menudo vendré a visitarlos.

Piensen que no estoy muerto, sino que estoy vivo, vivo en el mundo de la verdad,

Mamá, papá, María, no es un adiós, es un hasta luego.

Mi alma está por iniciar una vida nueva en la nueva era.

Deseo que mi habitación permanezca como está… yo vendré a visitarlos.

Perdónenme si puse la Patria antes que a ustedes.

Hasta luego.

Su Mario

Mario Batà (1917) Estudiante de ingeniería, nacido en Roma en 1917. Fue capturado en 1943 por el Tribunal Alemán de Macerata. Fue fusilado a los 21 años el 20 de diciembre por un pelotón alemán. Fue condecorado con la Medalla de Oro al Valor Militar.


15.10.1944

Queridísimos padres,

les escribo estas pocas líneas para hacerles saber que mi salud es buena y que espero la suya esté igual, no se preocupen por mí porque yo estoy bien. Si no reciben noticias mías no se alarmen.

Reciban muchos saludos y besos.

Suyo

Nino

*Esta carta fue escrita pocas horas antes del fusilamiento, cuando la condena ya había sido dictada.

Benedetto Bocchiola (Marco, 1924) Entre marzo y junio del 44 se dedica a la recolección y reacondicionamiento de armas para la resistencia en las montañas. Durante los meses siguientes formó parte de ataques contra las tropas nazifascistas. Fue arrestado el 10 de octubre de 1944 por las SS italianas, el tribunal a cargo de su condena fue mixto, con representantes del fascismo y del nacismo. Las SS lo fusilaron el 15 de octubre del 44. Tenía 20 años.


3 de abril 1944

Gianna, mi hija adorada,

Es la primera y última carta que te escribo, y te escribo antes a ti, en estas, mis últimas horas, porque sé que en ti seguiré viviendo.

Seré fusilado al alba por un ideal, una fe que tú, hija mía, un día entenderás por completo.

No llores nunca por mi ausencia, como yo nunca lo he hecho: tu Papi no morirá nunca. Él te mirará y te cuidará igual: te amará siempre hasta el infinito como lo hace ahora y como lo ha hecho siempre; desde que te sintió viva dentro del vientre de tu Madre. Sé que no moriré porque tu Mamá ahora también será tu Papi: tu Papi al que quieres tanto, al que quieres sólo para ti, el que es sólo tuyo y lo celas tanto.

Vuelca sobre tu Madre todo el cariño que tienes hacia a tu Papi: ella te amará con todo mi amor, te curará también por mí, te llenará con mis besos y con mis caricias.

Si supieras cuántas cosas quisiera decirte, pero mientras escribo mi pensamiento divaga, galopa en el tiempo futuro que habrá para ti. Mi pensamiento está feliz. No importa si no digo todo ahora, te lo diré siempre, de vez en cuando, con la boca de tu Madre, pues mi alma entrará en su corazón cuando abandone el mío.

Que tu madre esté siempre por sobre todas las cosas.

Ve siempre con la frente en alto por la muerte de tu Padre.

Tu Papi

Cocca, querida mía, mi esposa bella, mi naricita de oro. Acabo de escribirle a Gianna y ahora estoy aquí contigo. No escribí antes a ella y después a ti: materialmente, con la pluma sí lo hice; pero no con el corazón, ni el pensamiento, ni el espíritu. Ahora más que nunca no me es posible verla a ella sin verte a ti y viceversa: para mí siempre han sido un todo indivisible, como cuando la llevabas dentro. ¿Recuerdas?

No te diré gran cosa; no es necesario: dentro de poco estaré dentro de ti y hablaré a tu corazón más profundamente, totalmente.

Sabes por qué muero. Tenlo siempre presente y hazlo presente a todos, especialmente a nuestra niña, nuestra sangre, nuestra vida. No debes llorar por mi final: yo no he tenido un solo momento de arrepentimiento: ve con la frente en alto.

No perdí la vida inconscientemente: intenté salvarme por ti, por mi niña, por mi fe. Esta última le daba sentido a mi vida. Por eso la entregué con gusto. Tú y la niña tendrán que perdonarme. Bendíganme y ámenme siempre: lo necesito tanto. Educa a nuestra hija como sólo tú puedes hacerlo: tendrás en ella todo el apoyo moral y espiritual que ya no tendrás en mí.

Estén siempre tranquilas, incluso si no siempre felices. Yo no les faltaré; me sentirán cerca de ustedes, más de lo que pueda parecer en un primer momento.

Desde el punto de vista, digámosle, material, encontrarás apoyo y consejo con mis amigos. Dirígete siempre a ellos, especialmente a Fausto: me quieren mucho y estoy seguro de que para ellos serás siempre la esposa de su querido amigo.

Tu Padre y tu Madre te sabrán confortar.

En los justos límites de lo posible piensa en mi madre.

No sé si será posible que tengas mi cadáver. Si sí, ponlo donde quieras, en una modestísima tumba donde tú y la niña me pongan una flor.

Las miserias que dejo atrás pertenecen a ti a nuestra hija. Te pido, sin embargo, que des el reloj de mi padre, el de oro con una cadena, a Fabio. Dáselo cuando puedas.

Apenas te sea posible ve a la Dirección de las cárceles a recoger las cosas que envié, entre las cuales van la fe, el reloj con la cadena de oro, la pluma estilográfica, el lápiz y las llaves.

Si te es posible conserva mis libros y recoge los que aún están en el Instituto.

Las mancuernillas dáselas a Fausto para que me recuerde.

Cocca mía, me detengo, no por mí, sino por ti, no quiero hacerte daño. Como sea estoy contigo.

Perdóname, tesoro mío, hermosa alma mía, habita mis besos por toda la eternidad.

Tu esposo

4 abril 1944

Ángeles míos

Nos alargaron la vida 24 horas para someternos a un interrogatorio.

Ha sido un día llena de pensamientos. Toda la vida me pasó por delante, pero más que otra cosa, sobre todo, tú, esposa mía, tú, hija mía.

El capellán que nos asiste, y con el que tuve una agradable charla, me dijo que cumpliendo con ciertos requisitos, es posible recuperar el cadáver. Háganlo, a mí no me importa nada, pero sé que para ustedes puede y podrá ser un consuelo; si, después, hicieras la tumba en un lugar donde un día (muy lejano) pudieras acostarte a dormir conmigo, yo estaría contento. Esperaré ese día con toda mi ser, pero espero que sea lejano, de tal modo que puedas ver a los hjos de nuestra hija mucho más grandes de lo que yo pude ver a mi niña.

El mundo mejorará, ténganlo por seguro: y para esto ha sido necesaria mi vida, ustedes serán bendecidas.

Yo las bendigo por reconfortarme, por el gran apoyo que me da la certeza de ser recordado y amado por ustedes dos. Voy tranquilo frente al pelotón de fusilamiento. Mi fe me hace ir con una sonrisa.

Llévenme en sus corazones durante toda la vida, como yo durante toda la eternidad.

Tu esposo, tu papi

Paolo Braccini (Verdi, 1907) Docente universitario, encargado de la cátedra de zootecnia general y especial en la universidad de Turín. Luego del 8 de septiembre, comenzó sus actividades con el movimiento clandestino de Turín. Incluso sabiéndose perseguido por la policía fascista, dirigió la organización de las Brigadas Justicia y Libertad. Fue arrestado el 31 de marzo de 1944 y procesado durante los días 2, 3 y 4 de abril. Tenía 36 años.

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Un hueso de muerto – Iginio Ugo Tarchetti

Ectoplasma saliendo de la nariz de un médium

Influenciados por la vida bohemia de París y por la literatura de autores como E.T.A. Hoffmann, Charles Baudelaire, Mary Shelley y Edgar Allan Poe, escritores del norte de Italia formaron un movimiento al que llamaron scapigliatura. Este movimiento fue contra de la vida burguesa y en contra de la literatura romanticista escrita durante el periodo de la unificación de la península. Los scapigliati experimentaron con tópicos fantásticos, atmósferas sombrías y el terror; temas que no habían sido bien aceptados en Italia gracias a las opiniones de la iglesia católica. Cabe destacar que varios autores de este movimiento suelen contrastar dualidades, es decir, lo inexplicable y la perspectiva racional de la ciencia, el sueño y la vigilia, lo real y lo imaginario.

Un hueso de muerto (1867) es un buen ejemplo en el que lo fantástico y el pensamiento racional se confrontan. No es fortuito que el espiritismo, la supuesta ciencia de hacer contacto con el más allá, tenga un enorme peso en la trama de la historia.

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Dejo a quien me lee la apreciación del hecho inexplicable que estoy por contar.

En 1885, establecido yo en Pavia, me había entregado al estudio del dibujo en una escuela privada de aquella ciudad; pasados algunos meses había logrado establecer relación con un cierto Federico M., profesor de patología y clínica a nivel universitario, y quien muriera de apoplejía fulminante pocos meses después de haberlo conocido.  Era un gran amante de las ciencias, y de la suya en particular – tenía virtudes y dotes intelectuales poco comunes- a excepción de que, como todos los anatomistas y los clínicos en general, era profundamente escéptico- tal era su convicción, que no pude nunca inducirle mis creencias, sin importar cuánto nos adentráramos en las apasionadas y calurosas discusiones que teníamos cada día sobre ese asunto. Sin embargo – y me complace dedicar esta aclaración a su memoria- él se mostró siempre tolerante hacia las convicciones que no eran las suyas; yo y todos los que lo conocimos hemos conservado los más queridos recuerdos de su persona.  Pocos días antes de su muerte él me había aconsejado asistir a sus clases de anatomía, argumentando que ahí habría adquirido no pocos conocimientos para beneficio de mi arte del dibujo: accedí con cierta repugnancia; incitado por la vanidad de parecerle menos cobarde de lo que en realidad era, le pedí algunos huesos humanos, mismos que él me dio y yo coloqué sobre la chimenea de mi habitación. Con su muerte dejé de frecuentar el curso de anatomía, más tarde desistí también del estudio del dibujo. No obstante, conservé por muchos años aquellos huesos, la costumbre de verlos me había hecho indiferente a ellos, y no hace más de unos cuantos meses que, perturbado por un miedos que me asaltaron de pronto, resolví enterrarlos, no conservando entre mis pertenencias más que una simple rótula de la rodilla. Ese huesillo esférico y liso que, por su forma esférica y lisa, amén de su pequeño tamaño, había destinado desde el primer momento en que lo tuve a cumplir la labor de un pisapapeles, ese hueso que no me provocaba ninguna idea aterradora, se encontraba ya desde hace once años sobre mi escritorio, hasta que me fue arrebatado de la forma inexplicable que estoy por narrar.

Durante la primavera pasada, había conocido en Milán a un magnetizador bastante reconocido entre los amantes del espiritismo, hice los arreglos para ser admitido en una de sus sesiones. Poco después recibí la invitación para unirme a un grupo, asistí con la turbación de advertencias más bien tristes, camino a la cita más de una vez estuve tentado a renunciar.  La insistencia de mi vanidad logró convencerme de malagana. No hablaré aquí de las sorprendentes invocaciones a las que asistí: bastará decir que me asombraron las respuestas que escuchamos de algunos espíritus y que a mi mente la asombraron esos prodigios. Una vez superados todos los miedos, concebí el deseo de llamar un espíritu que me fuera conocido para hacerle, yo mismo, algunas preguntas que había ya meditado en mi cabeza. Manifestada esta voluntad, fui guiado hasta un gabinete apartado en el que me dejaron solo; y puesto que la impaciencia y el deseo de invocar a diversos espíritus al mismo tiempo me hacía dudar sobre mi elección, y puesto que era mi afán interrogar al espíritu invocado sobre  el destino humano y sobre la espiritualidad de nuestra naturaleza, me vino a la mente el doctor Federico M. con quien, en vida, había sostenido grandes discusiones sobre este tema. Fue así que decidí llamarlo. Hecha mi elección, me senté a la mesa, dispuse ante mí una hoja de papel, introduje la pluma en el tintero y me preparé para escribir. Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad me concentré tanto como me fue posible en el pensamiento de la invocación y esperé a que viniera el espíritu del doctor.

No esperé mucho tiempo. Luego de algunos minutos me percaté, gracias sensaciones nuevas e inexplicables, que ya no estaba solo en la habitación, sentí, por decirlo de alguna manera, su presencia. Antes de que resolviera hacer una pregunta, mi mano, agitada y compulsiva, movida por una fuerza ajena a mi voluntad, escribió, sin que yo así lo determinara, estas palabras:

«Estoy con usted. Me llamó en un momento en el que las invocaciones más exigentes me impedían venir, no podré quedarme aquí durante mucho tiempo, ni podré responder a las interrogantes que se ha dispuesto a hacerme. Sin embargo, vine para complacerlo y porque yo mismo necesito de usted; hacía ya un tiempo que buscaba el medio para ponerme en contacto con su espíritu. Durante mi primera vida mortal le di algunos huesos que tomé del gabinete anatómico de Pavia, entre los cuales había una rótula de rodilla que perteneció al cuerpo de un ordenanza de la Universidad que se llamaba Pietro Mariani, cuyo cadáver seccioné arbitrariamente.  Son ya once años que él tortura mi espíritu para recuperar ese huesillo que le falta, continúa a reñirme amargamente por mis acciones, me amenaza e insiste por el regreso de su rótula. Le ruego por la memoria quizás no ingrata que conserva de mí, que si aún la conserva, se la regrese y me libere de esta tormentosa deuda. Ahora traeré hasta usted al espíritu de Mariani.  Responda».

Aterrorizado por la revelación, respondí que aún conservaba la desdichada rótula, y que me complacería mucho poder devolverla a su legítimo propietario, que, no habiendo otra opción, trajera a Mariani hasta mí. Dicho esto, o más bien, pensado, sentí liberada mi persona, mi brazo se sintió más libre y mi mano dejó de sentirse atrapada como antes, comprendí que el espíritu del doctor había desaparecido.

Me quedé, entonces, esperando durante un momento. Mi mente estaba en un estado de exaltación imposible de definir.

Pasados unos minutos, volví a experimentar los mismos fenómenos de antes, aunque con menos intensidad; mi mano, llevada por la voluntad del espíritu, escribió estas otras palabras.

«El espíritu de Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia,  se presenta ante used y reclama la rótula de su rodilla izquierda, misma que posee usted indebidamente desde hace once años. Responda».

Este lenguaje era más conciso y enérgico que el usado por el doctor. Respondí al espíritu:

«Estoy más que dispuesto a devolver a Pietro Mariani la rótula de su rodilla izquierda, le ruego me perdone por la posesión ilegal; deseo, sin embargo, me haga saber cómo podré efectuar la devolución que me exige». Mi mano volvió a escribir:

«Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia, vendrá a recoger él mismo su rótula».

«¿Cuándo?» pregunté aterrado.

Y la mano trazó instantáneamente una sola frase: «Esta noche».

Aniquilado por esa noticia, cubierto de un sudor cadavérico, me apresuré a exclamar, cambiando un poco mi tono de voz.

«Por piedad… le pido… no se moleste…yo mismo la regresaré….debe haber otras formas menos incómodas…». No había terminado aún la frase cuando me percaté, por las sensaciones ya experimentadas antes, que el espíritu de Mariani se había ido, que no había ninguna forma de impedir su visita.

Es imposible que logre explicar con palabras la angustia que me produjeron las sensaciones que experimenté en ese momento. Estaba preso de un pánico escalofriante. Salí de aquella casa mientras los relojes de la ciudad marcaban la medianoche: las calles estaban desiertas, las luces de las ventanas apagadas, las flamas dentro de las farolas ensombrecidas por una neblina densa y pesada: todo me parecía más tétrico de lo normal. Caminé un tramo sin saber hacia dónde dirigirme: un instinto más fuerte que mi voluntad me alejaba de mi habitación. ¿De dónde sacar el coraje para ir? Esa noche recibiría la visita de un espectro: la idea era como para morirse, era un augurio demasiado terrible.

Quiso el azar que, dando vueltas, no sé sobre qué calle, me encontré frente a una taberna sobre la que vi un cartel con caracteres tallados que, iluminados con una llama, anunciaban: «Vinos nacionales». Sin más me dije: «Entremos, es mejor así, no es un mal remedio; buscaré en el vino la osadía, pues no tengo ya la fuerza para pedírsela a mi razón». Y confinándome a la esquina de una habitación subterranea pedí algunas botellas de vino que bebí con avidez, aun si por costumbre me repugna el abuso de ese licor. Obtuve el efecto deseado. Con cada vaso bebido mi temor se desvanecía notoriamente, mis pensamientos se aclaraban, mis ideas parecían reordenarse, aunque con un nuevo desorden; poco a poco junté el coraje que me hizo burlarme de mi propio temor. Me levanté y, resuelto, me dirigí a casa.

Una vez en mi habitación, un poco tambaleante por todo el vino que bebí, encendí la lámpara, comencé a desvestirme, pero caí rendido sobre la cama, cerré un ojo y después el otro, intenté dormirme. Pero mi esfuerzos eran vanos.

Me sentía adormecido, rígido, cataléptico, incapaz de moverme; las cobijas me pesaban sobre el cuerpo, me envolvían y aplastaban como si fueran de metal fundido; durante ese sopor me percaté de que singulares fenómenos ocurrían en torno mío.

Desde el mechero de la vela que creía haber apagado y que, cabe decir, era de estearina pura, se alzaban grandes espirales de humo negro y denso que, juntándose en el techo, no permitían verlo pues asumían una apariencia como la de una pesada capa de plomo: la atmósfera de la habitación se volvió sofocante y se impregnó de un olor como el que emana de carne viva sometida a las llamas, a mis oídos los ensordecía un ruido incesante del cual no podía saber las causas, y la rótula, que veía ahí, sobre mis documentos, parecía moverse y girar sobre la superficie del escritorio, como una presa en medio de convulsiones extrañas y violentas. 

No sé cuánto tiempo duré en ese estado: no podía quitar mi atención de esa rótula.

Mis sentidos, mis facultades, mis ideas, todo se concentraba en esa imagen, todo me llevaba a ella: yo quería levantarme, dejar la cama, salir, pero me era imposible; mi desolación llegó a un grado tal que ya casi no fui capaz de sentir miedo alguno, hasta que, disipado ya el humo de la vela, vi levantarse una cortina cerca de la entrada y se presentó el esperado fantasma.

No pude siquiera parpadear. Avanzó hasta la mitad de la habitación, se inclinó cortesmente y me dijo: «Yo soy Pietro Mariani, y vengo a recuperar, como le prometí, mi rótula».

Y dado que el terror me impedía darle una respuesta, él continuó con dulzura:

«Disculpará que haya venido a molestarlo en la alta madrugada… a esta hora… entiendo que es una hora inconveniente… pero…».

«¡Oh! no es nada, no es nada – lo interrumpí repuesto ante tanta cortesía, – debo incluso agradecerle su visita… estaré siempre honrado de recibirlo en mi casa…»

«Le agradezco – dijo el espectro.- pero en cualquier caso deseo disculparme por la insistencia con la que he reclamado mi rótula, tanto con usted, como con el estimado doctor del cual usted la obtuvo; observe.»

Y diciendo ésto, levantó un trozo de la sábana blanca bajo la que que estaba cubierto, y me mostró la tibia y el fémur de la pierna izquierda, mismos que a falta de la rótula, estaban unidos por un listón negro que daba dos o tres vueltas dentro de la abertura formada con el peroné, dio algunos pasos en la habitación para mostrarme cómo es que la ausencia de ese hueso le impedía caminar libremente.

«No quiera Dios -dije entonces con tono de hombre mortificado- que el estimado ex ordenanza de la Universidad de Pavia siga cojeando en mi casa: tome su rótula, ahí está, sobre el escritorio, tómela y acomódela en su rodilla como mejor pueda.  

El espectro se inclinó por segunda vez a modo de agradecimiento, soltó el listón que unía el fémur y la tibia, lo dejó sobre el escritorio, y una vez tomada su rótula, empezó a acomodarla en la pierna.

«¿Qué noticias tiene del otro mundo?» le pregunté entonces, viendo que la conversación languidecía ante su ocupación. Pero él no respondió a mi pregunta y exclamó con aire de tristeza: «Esta rótula está muy deteriorada, no le ha dado usted un buen uso».

«No creo – dije – ¿pero es quizás que sus demás huesos son más fuertes?

Se quedó callado, se inclinó una vez más para despedirse; y cuando estuvo en el umbral de la salida, respondió luego de dejar tras de sí el marco de la puerta. «Mire si mis demás huesos no son más fuertes».

Y pronunciando estas palabras golpeó el suelo con el pie con una fuerza tal que todas las paredes temblaron; ese sonido me asustó y… desperté.

Apenas consciente, noté que se trataba de la casera que llamaba a la puerta y decía: «Soy yo, levántese, venga a abrirme».

«¡Dios mío! – exclamé tallándome los ojos con el dorso de la mano. ¡Entonces fue un sueño, nada más que un sueño! , ¡qué susto! Bendito sea… ¡Pero qué insensatez! Creer en el espiritismo… en los fantasmas…» Me puse rapidamente los pantalones, corrí a abrir la puerta; y dado que el frío me aconsejaba volviese bajo las cobijas, me acerqué al escritorio para dejar una carta bajo el pisapapeles…

!Pero cuál fue mi terror cuando vi que la rótula había desaparecido, y en su lugar encontré el listón negro que había dejado Pietro Mariani!


Iginio Ugo Tarchetti (1839-1869) Murió de tuberculosis a los treinta años. Dejó tras de sí varios cuentos de índole fantástica y un par de novelas. Fosca (1869) es considerada su mayor obra, esta novela quedó inconclusa dada la muerte del autor, un gran amigo de Tarchetti la terminó en su lugar y se encargó de publicarla.

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Jóvenes en Navidad – Pier Vittorio Tondelli

La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman.

En Italia, el servicio militar obligatorio (conocido popularmente como Naja) estuvo vigente en las leyes desde 1861 hasta 2004, por lo que, al llegar a la mayoría de edad, los hombres debían cumplir un año bajo instrucción militar dentro un cuartel. Pier Vittorio Tondelli cumplió su servicio en 1981, de su experiencia surgieron textos como Il diario del soldato Acci (1981) y Pao, Pao (1982). «Jóvenes en Navidad» sigue la misma temática, este cuento pertenece al libro L’abbandono. Racconti dagli anni Ottanta (1992).

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


BERLÍN OCCIDENTAL. Heme aquí dando vueltas como un buitre en torno a las ruinas de la Gedächtniskirche, la iglesia de la memoria, un campanario casi destruido por los bombardeos que, en el centro de la ciudad, debería ser una advertencia para los hombres y el mundo, recordándoles la matanza de la última guerra. Ahí, en Europa Central, entre los negocios iluminados y el tránsito veloz de la noche, los taxis, los automóviles y los vehículos del ejército aliado, la iglesia parece más un muro de contención para los autos. Hay en Berlín muchos más signos de la locura destructiva de la guerra, hay aún casas con rastros de proyectiles en el yeso de los muros, hay edificios que han conservado intacta sólo la fachada, el resto son sólo cúmulos de piedras cubiertas de nieve. Pero en el fondo la verdadera tragedia es que estoy aquí, solo, con poco dinero en los bolsillos, dando vueltas como desesperado en medio del tránsito de la ciudad, escuchando que todos se desean Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo y que yo aún no he aprendido bien este bendito idioma. La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman. Esta tarde, esta noche, en la noche buena, no soy más que un pobre estudiante italiano de veinticuatro años perdido en la metrópoli, sin amigos, sin una chica, sin un pavo relleno que devorar mientras bebo una cerveza y sket. Por esto, en cierta forma, estoy en guerra.

Dejo Kudamm siguiendo el tránsito hasta Wittembergplatz. El cielo es extraordinariamente negro y está apuntalado con estrellas. Al sur, sólo en Italia, sería una noche dulcísima y perfumada. Aquí no percibo olores, y ni es, al final, gran claridad la de ese techo vacío y gélido, barrido por el viento helado y que me obliga a caminar con la espalda erguida mientras miro fijamente el suelo. La nieve, caída hace algunas semanas, está apilada en bloques de hielo a los costados de la calle. Los berlineses dicen que ésta es una Navidad cálida, pero en realidad ésto es Siberia. Sigo avanzando, intento concentrarme, debo encontrar una salida, no puedo pasar solo mi primera Navidad en tierra germana, tirado en la calle como un piojo. Klaus, mi compañero de casa, volvió con su familia a Hamburgo para las fiestas de fin de año, lo mismo hicieron nuestros otros amigos Hans, Dieter y Rudy: hay quien fue a Mónaco, a Fráncfort o Stuttgart. Sólo quedó Katy, la única berlinesa de nuestro grupo, amiga de Klaus, pero tiene una gran cena con sus familiares y no pudo invitarme. Siento de pronto el olor de hamburguesas, levanto la cabeza, veo un quiosco a un costado del camino que fríe salchichas y papas. Compro mi cena de Navidad, aquí en Witterbergplatz y la como mirando los escaparates iluminados y suntuosos de las grandes tiendas KaDeWe que exponen decenas y decenas de vestidos de noche, los más costosos son los italianos. En el fondo no tengo problemas de soledad. Lo que me falta es alguien, por la noche, con quien sentarme a la mesa de una cervecería y beber un vaso.

ROMA. Llevo toda la tarde detrás de este maldito permiso de treinta y seis horas, dando vueltas entre el edificio de mando, la sala de equipamiento y la comandancia como un lunático histérico, golpeando los tacones y saludando lo mejor que puedo y poniendo ahí sobre la mesa, bien a la vista, la fatídica hoja que me permitirá huir de este maldito cuartel, llegar a un hotel, darme una buena ducha, ponerme un traje limpio y luego irme directo a la fiesta de Clara. Pero no, aquí estoy sobre este catre, falta la firma del coronel y no puedo retirarme. Me dan ganas de llamar al imbécil de mi primo, el general de caballería (pardon, de Lanceros) que me aconsejó hiciera el servicio aquí diciéndome verás, no tendrás problemas con los permisos, irás a casa cuando quieras etcétera, etcétera. ¡Pero no, aquí está el lancero Giulio Marini ya histérico y devastado por un mísero permiso de treinta y seis horas que nadie tiene la gentileza de firmarle, con la perspectiva de renunciar a una fiesta que iniciará en pocas horas y que no podrá verlo entre los invitados! ¡Dios Santo! Ahora llamo a ese primo y le digo esto y aquello y también esto otro, eh, entenderá con quién está tratando, ¡hay tantos chicos que me esperan, ni siquiera puedo estar aquí con estos sureños imbéciles dentro del cuartel! ¡En la noche de Navidad! ¡Imagínate! ¡Que se jodan todos! Ahora voy ahí, llamo hasta Údine, llamo al primo general Vitaliano y escuchará todo lo que tiene que decirle el lancero Mariani… Qué lástima que mamá y papá estén en la montaña y sea ya inútil que intente llamarlos. A esta hora estarán borrachos por el champán y en algún lindo hotel. Quizás ya habrá nevado.

CORVARA. Marisa es estupenda. En verdad extraordinaria. Esquiamos todo el día en Pralongià, pistas artificiales, que quede claro, pero geniales para conocerse y conversar sin estar demasiado preocupado por las bajadas. Hacía ya tres días que le había echado el ojo, su cabello rubio cenizo que deja suelto sobre su espalda, su forma de hacer las bajadas y esa forma desenvuelta de vestirse, no con trajes y bufandas lunares y demás cosas así, sino con un par de pantalones de lana elástica negra que ella dice son auténticos fifties, de Laura su hermana mayor; y esas botas ridículas, sin broches y tan viejas como para romper los tobillos, y que, por el contrario, puestas en ella, se ven ligeras y elegantes. Las demás de nuestro grupo parecen pavitas todas en fila y todas tontas, están siempre ahí, avanzando sobre la nieve, una junto a la otra como patitas. Marisa no, ella es tan despreocupada…

ROMA. Estoy jodido. La Comandancia cerró. El Coronel no apareció. El ayudante mayor se esfumó, el teniente de guardia, que podría firmar, evita asumir la responsabilidad incluso cuando lo he hecho leer el código militar en el que dice que a falta de superiores directos es él, el dirigente de la barraca, quien puede darme su firma. Mi permiso se pierde en la oscuridad de un edificio cualquiera, Dios mío, qué tristeza. Podría irme tranquilamente, pero en este punto qué sentido tiene dejar una fiesta a las once y media para volver al catre. ¿Y si me fugara? No, ni pensarlo. Mis verdaderos amigos, los que me cubrirían sin dudarlo, están todos de permiso. Estoy cansado, aburrido y deprimido. Me quedo en el catre a ver el techo, las manos cruzadas detrás de la nuca, el cigarro en la comisura de los labios. Los reclutas hace poco comenzaron a hacer alboroto, los cocineros, los guardias y los demás parias vinieron a la habitación semidesierta con botellas de vino y uno que otro pan robados de la tiendecilla de víveres. Se abrazan y gritan y cantan mirando las fotos de las chicas. De esta chusma no entiendo ni las palabras ni los gestos, son como árabes para mí. Ya es medianoche. Lloraría de rabia.

CORVARA. Comí tan rápido como pude la comida tradicional de Navidad, es decir, tortelli de calabaza, amaretti y brandy, pescado de Comacchio marinado, anguila y salmón fresco. En verdad un récord. Por el contrario, fueron larguísimas esas Ave María que la abuela nos obliga a recitar de pie frente a la mesa llena e iluminada por las velas rojas, cada año a las nueve en punto, un rosario completo con todos los misterios, las glorificaciones y las beatificaciones. No podía esperar a que terminara, de hecho, después probé un poco de pescado y corrí a la fiesta de Marisa. Es una Navidad estupenda. Una de esas cosas que se cuentan en los trabajos de la escuela, la nieve fuera de las ventanas de la cabaña, el panettone, los dulces, las bebidas y el vino espumoso pese a que todos somos menores y nuestros padres nos prohibieron beber alcohol. Marisa está en el centro de la fiesta. Seremos una veintena de personas en la sala de su casa. Sus padres se fueron al festejo en el Hotel Cristallo y le dejaron casa libre (¿por qué no nos mandan a la abuela con sus Ave María?). Escuchamos música, bailamos, nos miramos. A la media noche sus amigos, un grupo de Florencia, tocan sus guitarras y cantan una canción. Es en ese momento que ella se me acerca y me da un beso sobre la mejilla y me da las felicitaciones tomándome de la mano. Los fuegos artificiales comienzan a explotar en el cielo. Salimos corriendo de la casa tomados de la mano. Miro a Marisa, tiene las mejillas sonrojadas, sus ojos azules resplandecen con los destellos de la noche. Tengo quince años y sé lo que un hombre debe hacer en estas ocasiones. Acerco mi rostro a su mejilla y le planto un beso. ¡Responde! ¡Responde! Guiados por antorchas y los fuegos artificiales, los maestros de esquí descienden lentamente por las pistas. Es Navidad y todos parecen felices.

ROMA. Los sicilianos, los napolitanos, los abruzos, los casertanos, los sardos, los calabreses, los pulieses hacen un maldito caos. Encendieron la radio y cantan como endemoniados. Beben y comen, bailan y brindan. ¡Los odio! ¡Los odio! ¡Sólo necesitan algo para cantar y son felices! Dios, qué molestia. Luego se acerca a mi catre un tipo ofreciéndome un vaso, dice ¿por qué no bebes con nosotros? Es todo tan extraño, tan imprevisto. Me parece como si no hubiera planeado otra cosa. Es increíble cómo respondo, un poco tímido, y digo que sí. De repente siento calor y la rabia comienza a esfumarse. No está tan mal, entro a la fiesta, comienzo a divertirme y a reír, vamos todos corriendo a la plaza de armas y encendemos un fuego enorme. Quemamos todo lo que encontramos. Es como un motín. Todos gritan, corren a las cocinas en busca de basura, a las oficinas, a la enfermería. El teniente de guardia interviene junto con otros soldados, pero él también cae víctima del vórtice del vino y se pone a cantar (es napolitano). En poco tiempo se vuelve una gran fiesta, una pobre fiesta para los muchachos uniformados.

BERLÍN OCCIDENTAL. Seguí caminando hasta llegar a la Nollendorfplatz. Mi casa no está lejos, pero la idea de pasar la medianoche solo me hiela la sangre incluso más que la temperatura de Prusia. El tráfico se ha disipado. Detrás de las ventanas encendidas veo muchas siluetas que danzan como mariposas. ¿Serán felices? También yo fui feliz, al menos una vez, en Navidad. Fue mi primer amor. Tenía el cabello rubio cenizo y estábamos arriba de la montaña. ¡La primera chica que besé y no recuerdo siquiera su nombre!

 Un autobús se detiene frente a la marquesina. Está casi vacío. Me viene la idea de dar un paseo solitario por Berlín. Por lo menos hace menos frío y podré estar sentado. «Feliz Navidad» me dice el conductor. Es un tipo bastante joven, alrededor de los 30 años. «Feliz Navidad» le digo en alemán. «¿Eres turco?», contesta él. ¡Dios! ¿Hace tres semanas que estoy por acá y hablo aún como turco? ¿O quizás los dice por el color de mi cabello? Le respondo que está equivocado. Él ríe y me invita a una fiesta. Es tiempo de llegar a Kreuzberg y terminar el turno. «¿Por qué no?» digo. De pronto no me siento más en guerra. Sé que este sentimiento no tiene nada que ver con Navidad, ni con el Norte, ni con Berlín. Es una cosa que tiene que ver con mi vida y mi pasado, algo íntimo y delicado que me hace, de improviso, estar bien en esa noche sobre ese autobús, vagando por las calles de la metrópoli.


Pier Vittorio Tondelli (1955-1991) Uno de los narradores más importantes de la década de los 80. Su primera novela, Altri libertini (1980), le trajo fama y censuras por igual gracias al tratamiento abierto de la homosexualidad. De su obra periodística destaca Un weekend postmoderno. Cronache dagli anni ottanta (1990) en el que el autor explora y reivindica movimientos artísticos, musicales y literarios de la época.

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Prohibido besar a Ángela – Milena Milani

Sentada sobre una barda, Ángela mira todo lo que ocurre en una playa. Prefiere mantenerse ajena a todos y mirar a su alrededor sin que ella sea vista. Por momentos la actitud de Ángela demuestra el carácter de una chica de trece años, por otros, su voz demuestra que detrás de esa chica solitaria sigue habiendo una niña que narra su historia con cierta inocencia y ternura. En este relato, a través de la voz de Ángela, Milena Milani muestra ese paulatino y sutil cambio que es la llegada a la adolescencia.

Tiempo estimado de lectura: 7 min.


Estaba sentada sobre una barda cuando los vi llegar. Eran tres, uno tenía el traje de baño amarillo, el otro verde y el tercero llevaba uno blanco; eran tres trajes pequeños sujetos con cordones a los costados. Yo estaba con la cabeza a la sombra de una pérgola y movía las piernas sobre el parapeto. Me gusta esta forma de ir al mar, uno piensa que está en el campo. El viñedo con la uva aún verde es el orgullo del dueño, las acomodó hermosamente junto a la playa, construyó incluso un muro al que la vid puede aferrarse. Los turistas están felices con todo este verdor; muchos bañistas se detienen aquí debajo, en las mesitas, ordenan alguna bebida con hielo, otros incluso comen algo vestidos aún con su traje de baño. Conozco este lugar desde hace años, vuelvo siempre, me siento ya como en casa y hago lo que quiero.

El dueño, los bañistas y la enfermera son todos mis amigos, me consideran del tipo más bien curiosa porque voy de aquí para allá en la playa, nado y me seco, luego nado otra vez, a menudo estoy en lo fresco bajo la sombra de la vid y mezo las piernas sin ningún motivo.

Pasa un bañista y me dice: « ¿Cómo estás, Ángela? ¿Cómo estuvo hoy el mar, no vuelves al agua?»

 Y yo: «Estoy bien. Bruno. El mar estuvo espléndido, ahora vuelvo a meterme».

Siempre me hablan así, y yo respondo. Con estos amigos me gusta estar, pero con los otros, los bañistas hechos y derechos, no lo soporto. Me divierte mirar todo, miro cada cosa sin ser vista, me pongo, incluso, los lentes de sol que son muy oscuros.

Así miraba de un lado a otro cuando vi llegar a aquellos tres. Eran tres muchachos entre los quince y los dieciséis, los tres muy bien hechos, pero sobre todo el que llevaba un traje amarillo, que tenía el cuerpo como el de un pescado, todo hecho de músculos largos y esbeltos. Pasaron sin dignarse a mirarme, pero yo, por lo demás, tampoco me digné a mirarlos. El del traje amarillo llevaba un gramófono portátil y un gran paquete de discos. El de verde llevaba un arpón de esos que ahora están de moda. Se va bajo el agua, se dispara el arpón y el pescado termina atravesado; llevaba también un visor para ponerse sobre la cara y un snorkel para respirar bajo el agua. El de blanco venía tras ellos y masticaba. Los tres se dirigían hacia tres muchachas americanas que habían llegado hace media hora.

Las tres americanas eran jóvenes y lindas, con el cabello corto y sus trajes coloridos, de esos que cuando se mojan se vuelven brillantes. Las tres estaban recostadas sobre camastros, bajo el sol, y en la mano tenían no sé qué clase de bebidas que les había llevado un mesero, una botella dentro de un balde con hielo. Yo las miraba con envidia porque eran tres y no hacían otra cosa que reír y decir yes para luego echarse hacia atrás y reían y después bebían, mientras que yo estaba sola y lo único que hacía era mecer las piernas. Los tres muchachos saludaron a las tres muchachas y se sentaron a sus pies, darling, decían, y good bye. No sabían decir nada más, pero igual se daban a entender.

El del traje amarillo se sentó a los pies de la más joven que quizás tendría quince años y llevaba también un traje amarillo. Era rubia y llevaba unos lentes de sol más lindos que los míos. Reía, tenía los labios grandes y redondos, como los tienen los americanos; cada tanto tocaba la espalda del muchacho del traje amarillo y ella reía, luego bebía y volvía a reír.

El muchacho del traje verde se sentó junto a la chica que llevaba el traje azul, era la más grande y tenía el cabello castaño; podía adivinarse que era la hermana de la otra porque se parecían. Al muchacho de blanco le tocó la chica más pecosa y que no llevaba lentes, tenía el traje de baño mitad blanco y mitad negro, llevaba dos listones rojos entre las trenzas que le caían sobre la espalda. Era la muchacha más fea, cuando se reía abría los ojos. El muchacho de blanco parecía melancólico y seguía masticando sin decir palabra, los otros dos reían sólo para hacer algo.

Poco después pusieron en uso el gramófono, con todas las canciones americanas a su disposición, todas las chicas y los chichos, menos el de blanco, entonaron el coro. «El de blanco no canta» decía yo, tragado saliva; «mastica la chewing gum» y me daban nauseas sólo de pensar en la chewing gum que él masticaba. «Si pasa por acá le digo que deje de masticar» decía yo. En la playa había poca gente porque eran las tres de la tarde y, además, hacía mucho calor. Yo no tenía ganas de nada y pensaba en que era lindo ser americana y tener a un italiano a tus pies y que además hacía sonar el gramófono.

Nada más lo pensaba, porque en realidad de muchachos no quiero saber nada. Incluso en la escuela me lo dicen siempre mis compañeras: «Ángela, ¿por qué no te haces de un novio?» Todas lo tienen, incluso las más pequeñas, pero yo prefiero estar por mi cuenta. Las tareas las hago en mi casa, mientras que mis compañeras siempre van a hacerlas a casa de sus novios y luego tienen que darles un beso a cambio. ¡Pero yo, besar! Me da asco sólo pensarlo, tendría que lavarme la boca porque me quedaría ese sabor. Qué sabor sea, no lo sé, pero una vez me dijo Maura a lo que sabía un beso. Dijo que era como haber comido helado de crema de avellanas, pero yo creo que fue así porque su novio se había comido en verdad un helado antes de besarla. Pensando en lo que dijo Maura, también a mí me vino a la boca cierto sabor, tenía sed, tanta que bajé de la barda y fui cerca de una ducha para tomar un poco de agua fresca. Creí que estaría fresca, pero en realidad era agua caliente, por eso en lugar de beber me hice una ducha para refrescarme. Luego volví a la barda.

El muchacho con el traje amarillo se había puesto de pie y se estaba dirigiendo hacia mí.

«Ángela, ¿tienes un encendedor?» me dijo.

«No, no fumo.» le respondí y continué:

« ¿Por qué me llamas Ángela y me hablas de tú?»

«Oh querida» dijo él mirándome y riéndose «yo te conozco. ¿Vas en tercero de secundaria, no?»

« ¿Y eso qué?»

«Yo iré a la preparatoria» me dijo. «Soy el hermano de Maura. ¿No me habías visto?»

«No» dije. «Nunca he estado en casa de Maura, ni siquiera sabía que tenía un hermano.»

«Me llamo Giuseppe, pero me dicen Pino» dijo el muchacho de amarillo, «y no es verdad que soy el hermano de Maura.»

Me puse toda roja: «Vete de aquí, mentiroso» dije fuerte «ve con las americanas».

Los muchachos de verde y blanco llegaron corriendo, dejando a las tres americanas.

«No diré más» continué molesta «no sé qué hacer con ustedes. Vayan con sus americanas.»

« ¿Sus qué?» dijo Pino, tomándome por el brazo.

«Americanas» terminé yo. « ¿O es que son italianas?»

«¿Qué tienes que decir de nuestras americanas?» dijeron los otros dos.

«Paren» grité « no tengo nada que decir, no me importa nada.»

Después, dirigiéndome al de blanco que siempre masticaba, lo miré y dije: « ¿Y tú qué masticas?»

«Lo que me da la gana» respondió sacándose de la boca el chicle masticado. Los otros dos se pusieron a reír, y Pino, conciliador, se acercó a mí:

«Te presento a mis amigos» dijo «Él es Emilio» dijo indicando al de verde» y el otro es Mario.»

Mario hizo una reverencia y escupió el chicle. «Está bien» agregó « ¿ya estás contenta?»

Entonces también yo reí; los tres muchachos se subieron a la barda. « ¿Sabes que encontraste un sitio magnífico?» me dijeron. «Se ve todo y está fresco».

«Vengo siempre aquí» respondí.»

«Jamás te había visto» dijo Pino, acercándose a mí. Casi tocándome con su hombro.

«¿Entonces por qué dices tantas mentiras?» respondí. «Dijiste que me conoces, sabes mi nombre y en qué clase voy.»

«Pino sabe todo de todos y no ve nunca a nadie» dijo Emilio. «Incluso a las americanas, no las había viso nunca, pero las conocía.» Nos volvimos hacia ellas.

La chica de amarillo bebía y hacía sonar el gramófono.

«Mira qué maestría» dijo Mario «nos van a arruinar todo el mecanismo.»

«Por qué no vuelven allá» dije «yo me quedo aquí sola.»

«Estamos hartos de las americanas» me dijo Pino «no se puede hablar, nunca se sabe qué decir.»

« ¿Entonces por qué fueron con ellas?»

«Porque no te habíamos visto» me dijo Pino dándome esta vez un pellizquito en el brazo. Yo hice por devolvérselo, pero él escapaba. Lo seguí. Él, mirando atrás, gritó a los otros dos:

«Vayan ustedes con las americanas, yo no voy»

Corrimos hasta las barcas que estaban a la orilla, lejos del establecimiento. Nos sentamos a la sombra.

«Ángela, ¿me das un beso?» dijo Pino.

«Yo no» dije y me lancé al agua.

« ¿Por qué no me lo das?»

Yo nadaba como una rana, y cada vez que salía gritaba good bye; cuando Pino estaba por atraparme yo volvía a sumergirme. Fue un juego divertido. Poco después volvimos al pergolado y Pino no me había besado.

«Eres distinta, Ángela; tú no te dejas besar» dijo pino, sorprendido.

Nos sentamos con las piernas que se mecían. Mario y Emilio, sentados frente a las americanas, nos hacían señas desesperadas para decirnos que estaban hartos.Pino fue por el gramófono.

«El gramófono lo traje yo», dijo, «y ahora lo hago sonar para ti.» puso una canción que decía “Conozco a una muchacha que se llama Lulú”, era una canción en italiano, y Pino, en lugar de decir Lulú, decía Angelú para seguir con la rima. Hizo un desastre. Yo sólo pensaba que tenía trece años cumplidos y que ahora tenía un novio. Pino me dijo que tenía dieciséis, y que a las americanas les había dicho que tenía dieciocho.

De pronto, las tres chicas se levantaron nerviosas porque Pino no regresaba con el gramófono, y haciendo un gesto con la cabeza, fueron a vestirse sin haberse metido al mar. Mario y Emilio fueron a pescar con el arpón. Pino guardó el gramófono para que no hubiera más entrometidos.

También nosotros fuimos a vestirnos y volvimos a la ciudad en una pequeña motocicleta que hacía mucho ruido. Yo estaba feliz porque era la primera vez que iba en motocicleta, estaba sujeta a Pino y sentía su piel a través de la camisa.

Pino gritaba darling y yo respondía good bye y hacíamos un montón de ruido con nuestras risas. Para el día siguiente tenía una cita, y para el día que seguía también. La cita era debajo del pergolado, en ese lugar que me gusta porque está el mar y está el campo, puedo mecer las piernas, veo todo y nadie me ve.  

De: Emilia sulla diga


Milena Milani (1917-2013) Periodista, escritora y artista. De entre su obra destaca el libro de cuentos Emilia sulla diga (1954) y la novela Storia di Anna Drei (1947), con la que ganó el premio Mondadori. Su segunda novela, La ragazza di nome Giulio (1964), es quizás su texto más conocido, pues fue adaptado al cine con el mismo nombre y suscitó polémicas en diversos países.

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