El Metágrafo

Intercambio literario a través de la traducción

Mes: octubre 2019

Los zapatos rotos – Natalia Ginzburg

Los zapatos del Danubio

Sobre la obra de Natalia Ginzburg, diversos críticos han señalado que ésta encuentra sus cimientos en la poética de las pequeñas cosas. El mejor ejemplo de esa poética está, sin dudas, en Las pequeñas virtudes. Libro de textos misceláneos escritos entre 1940 y 1960. Entre sus páginas, Natalia ofrece reflexiones sobre las relaciones humanas, deja entrever sus experiencias durante la segunda guerra mundial, reflexiona sobre el entorno que la rodea, sobre los objetos y las personas entorno a ella. De este libro proviene «Los zapatos rotos», breve texto sobre lo que es y no es necesario en determinados momentos de la vida.

Tiempo estimado de lectura: 5 min.

Esta traducción se publicó en: Revista La Peste en su edición número 39 durante el mes de agosto de 2020. Agradezco a Michelle Pérez-Lobo por la invitación a colaborar.


Tengo los zapatos rotos y la amiga con quien vivo en este momento también tiene los zapatos rotos. Cuando estamos juntas a menudo hablamos de zapatos. Si le hablo del tiempo en el que seré una escritora vieja y famosa, ella me pregunta: «¿Qué zapatos tendrás?» Entonces le digo que tendré zapatos de gamuza verde, con una gran hebilla de oro a un costado.

Pertenezco a una familia en la que todos tienen zapatos buenos y sólidos. De tantos pares que tenía, mi madre, incluso, tuvo que mandar hacer un armario a la medida para guardarlos todos. Cuando regreso a su casa, da gritos de dolor y desprecio apenas ve mis zapatos. Pero yo sé que se puede vivir también con los zapatos rotos. Durante el periodo alemán estuve sola aquí en Roma y no tenía más que un par de zapatos. Si se los hubiera dado al zapatero habría tenido que pasar dos o tres días en la cama, y eso no me era posible. Así que seguí usándolos. Si para colmo llovía, sentía cómo se deshacían lentamente, se mullían y perdían su forma, sentía el frío del empedrado bajo las plantas de mis pies. Es por eso que incluso ahora uso siempre los zapatos rotos, porque me acuerdo de aquel par y entonces los que llevo ahora no me parecen tan rotos luego de compararlos, además, si tengo dinero prefiero gastarlo en otras cosas, porque los zapatos ya no me parecen algo tan esencial. Estuve mimada al principio de mi vida, siempre rodeada de un cariño tierno y atento, pero en ese año aquí en Roma estuve sola por primera vez, por eso le tengo cariño a Roma, aunque me recuerda mi historia, me trae recuerdos de angustia, pocas horas dulces. También mi amiga tiene los zapatos rotos, y es por ello que estamos bien juntas. Mi amiga no tiene quién la regañe por los zapatos que lleva, tiene sólo un hermano que vive en el campo y anda con botas de cazador. Ambas sabemos lo que pasa cuando llueve, y las piernas están descubiertas y mojadas y entra el agua en los zapatos, y entonces suena ese pequeño rumor en cada paso, el rumor de un chapoteo.

Mi amiga tiene un rostro pálido y masculino, fuma con una boquilla negra. Cuando la vi por primera vez, sentada a la mesa, con lentes de carey sobre su rostro misterioso y despectivo, con la boquilla negra entre los dientes, pensé que parecía un general chino. Entonces no sabía que ella también tenía los zapatos rotos. Lo supe más tarde.

Nos conocemos desde hace sólo unos cuantos meses, pero es como si fueran muchos años. Mi amiga no tiene hijos, a diferencia de mí que yo sí los tengo, y para ella resulta extraño. No los ha visto nunca si no en fotografías porque ellos están en provincia con mi madre, esto entre nosotras es extrañísimo, que ella nunca haya visto a mis hijos. En cierto modo ella no tiene problemas, puede ceder a la tentación de mandar todo al diablo, yo no puedo. Mis hijos viven con mi madre y por ahora no tienen los zapatos rotos. Pero ¿cómo será cuando sean hombres? Quiero decir: ¿Qué zapatos tendrán cuando sean grandes? ¿Qué camino elegirán para sus pasos? ¿Excluirán de sus deseos todo lo que es placentero pero no necesario, o afirmarán que todo es necesario y que el hombre tiene derecho a poner en sus pies un par de zapatos buenos y sólidos?

Con mi amiga discutimos mucho sobre esto, de cómo será el mundo entonces, cuando sea una escritora vieja y famosa y ella viaje por el mundo con una mochila en la espalda, como un viejo general chino, y mis hijos vayan por la calle, con los zapatos buenos y sólidos en los pies y vayan con el paso firme de quien no renuncia, o con los zapatos rotos y el paso amplio e indolente de quien sabe lo que no es necesario.

A veces imaginamos el matrimonio entre mis hijos y los hijos de su hermano, ese que anda por el campo con las botas de cazador. Hablamos hasta bien entrada la noche, y tomamos amargo té negro. Tenemos una colchoneta y una cama, cada noche hacemos un piedra, papel o tijera para ver quién de nosotras duerme en la cama. Por la mañana cuando nos levantamos, nuestros zapatos rotos nos esperan sobre el tapete.

A veces mi amiga dice que está cansada de trabajar y quisiera mandar todo al diablo. Quisiera encerrarse en un tugurio y beberse todos su ahorros, o bien meterse en la cama y no pensar en nada más, dejar que vengan a cortarle el gas y la luz, dejar que todo se vaya poco a poco a la deriva. Dice que lo hará cuando yo me vaya. Porque nuestra vida juntas durará poco, me iré pronto y regresaré donde mi madre y mis hijos, a una casa en la que no podré usar zapatos rotos. Mi madre se hará cargo de mí, me prohibirá usar alfileres en lugar de botones, y escribir hasta bien entrada la noche. Yo, a mi vez, cuidaré de mis hijos, venciendo la tentación de mandar todo al diablo. Regresaré para ser firme y maternal, como siempre lo soy cuando estoy con ellos, una persona distinta a la que soy ahora, una persona que mi amiga no conoce.

Miraré el reloj y tendré en cuenta el tiempo, atenta a cualquier cosa, procuraré que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si es posible, al menos en la infancia. Quizá cuando se es niño es mejor tener los pies secos y calientes para luego aprender a caminar con los zapatos rotos.

Natalia Ginzburg (1916 – 1991) Nacida como Natalia Levi, tomó el apellido de su esposo, Leone Ginzburg, quien muriera durante la segunda guerra mundial. Fue periodista, escritora y política. Entre sus obras destacan Léxico familiar (1963), Querido Miguel (1973), Las pequeñas virtudes (1962).


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Amor – Goffredo Parise

Edward Hopper – «Automat»
(1927)

Un silabario es un libro de iniciación a la lectura, una herramienta de alfabetización con la que los niños poco a poco van descubriendo palabras y significados; mediante estos libros los niños van descubriendo el mundo. Emulando estos libros educativos, Goffredo Parise escribió una serie de relatos, cada uno surgido a partir de un sentimiento o un elemento de la vida cotidiana que el autor consideró esenciales. Con gran sobriedad, y una aparente sencillez, Parise crea historias alrededor de la palabra que dá título al texto. Cada cuento es una invitación a redescubrir el mundo. En esta ocasión, y proveniente del Silabario I, aquí está el relato «Amor».

Tiempo estimado de lectura: 7 min


Un día un hombre conoció a una joven señora en casa de unos amigos, no la vio bien, sólo vio que tenía el cabello largo y rojizo, un rostro de huesos robustos, pómulos marcados de campesina eslava y las manos anchas con las uñas bien cortadas. Le pareció tímida y casi asustada de hablar y expresarse. El esposo, un hombre rechoncho con ojos pequeños y desconfiados en medio de un rostro fruncido, parecía respirar hinchando el cuello, lo mismo que las ranas cantoras. Tenía, sin embargo, tobillos frágiles y seniles, ambas cosas, cuello y tobillos, daban al mismo tiempo una idea de fuerza y delicadeza.

El hombre sabía que estas primeras impresiones no podrían ser definitivas dado que se sentía distraído y porque en realidad no había ocurrido nada, de hecho casi no se percató cuando la pareja dejó la casa, tampoco pudo recordar el timbre de voz de alguno de ellos.

Pasó el tiempo y volvió a verla en un restaurante. Sí, sólo vio a la mujer, parada junto a una mesa. En el gesto de sentarse, ella se balanceó hacia un costado, arqueó un poco la espalda y, con un leve arrebato de su gruesa mano, alisó sus cabellos color zanahoria manchada de tierra. Llevaba un vestido de fiesta negro, un cinturón de metal dorado sujeto por los lados, zapatillas de charol negro adornadas con una hebilla, por una coincidencia de razones tan misteriosas como casuales, estaba bellísima. El hombre que la miraba desde una mesa lejana sintió el cómico aumento en los latidos de su corazón, aumentaban porque entendió que había entendido todo de ella. Ella también entendió todo de él (incluso que él entendía) porque en ese instante se volvió hacia él, lo reconoció y saludó con una sonrisa exultante que de inmediato (e ingenuamente) intentó contener dentro de los límites de la cortesía. Pero el ímpetu de esa sonrisa la había hecho separar los brazos y las manos de la mesa, las puntas de las zapatillas de charol presionaban el suelo para hacerla levantar. Fue cuestión de un momento, después la mujer se dirigió a sus comensales con un rostro gentil, pero serio, que ocultaba tras su cabello; las zapatillas volvieron a calmarse. Por su parte el hombre siguió mirándola hasta que los latidos de su corazón se calmaron. Entonces la miró un poco menos encantado y un poco más curioso, como si ella fuera, y cómo debería haber sido, una extraña: pero observarla de este modo, en la que habría querido percatarse de señas particulares, no hizo más que confirmar la grande y natural belleza de la presencia femenina. El restaurante le pareció desierto, o incluso, completamente inmerso dentro de una interferencia de colores y sonidos como la que se vería en películas viejas. De pronto, el hombre se sintió débil, reconoció los signos de una emoción que no sentía desde que era pequeño y veía llegar a su madre en un día claro y gélido, su cuello surgiendo desde el abrigo de piel de zorro cubierto con manchitas blancas, su boca rosada y brillante, un lunar asomándose entre el maquillaje. Eran sin duda los mismos signos. Levantó la mirada de la mesa al mismo tiempo que ella levantaba oblicuamente la suya hacia él, ya no sonriendo, pero con el rostro atravesado por una llamarada, marcado por un dolor inesperado e injusto que no lograba comprender. Los ojos entrecerrados, como si mirara hacia la oscuridad.

Una noche, junto unos amigos que mencionaron a aquella pareja, el hombre dijo en voz alta para esconder la emoción: «El destino hará que nos encontremos otra vez». Los amigos no entendieron a qué se refería, pero luego de unos instantes se escucharon algunos automóviles y un grupo de gente ruidosa y alegre, entre la cual la alegría no era plena y algo, por el contrario, la turbaba esa alegría. La mujer venía con el grupo de gente, entró a la casa: se miraron por unos instantes, se miraron, de hecho, bajando las miradas. Se hablaron luego de los primeros momentos de timidez. Ella dijo que había estudiado danza clásica durante muchos años, pero que había dejado la danza cuando se había casado, por los compromisos familia. Ahora, cada tanto, la invadía una profunda melancolía.

«¿Por qué? ».

«Pues, no lo sé ».

«¿Quizás le habría gustado convertirse en bailarina? ».

Me habría gustado, pero sabe, pocas lo logran, además yo me casé». No entiendo por qué de vez en cuando me invade una profunda melancolía. Y sin embargo son feliz, amo a mi esposo y a mis hijos, nuestra familia es perfecta y es para mí la cosa más importante de todas. Es extraño. «Mi esposo dice que es agotamiento nervioso» .

El hombre sabía que no era extraño pero, por respeto y delicadeza, no lo dijo. Dirigió su mirada hacia el esposo, al que había visto tan poco. Estaba sentado en un sillón y, por el cuello que se le hinchaba al respirar, lo envolvía una actitud de vieja autoridad. Eso decía que era autoritario, pero los tobillos débiles le restaban autoridad a su modo de decir las cosas(e incluso a las cosas mismas) pues éstas parecían salir de su enorme boca con soplidos regulares y delicados que se perdían en la habitación. Él lo entendió y se concentró en sí mismo y en el sillón, evitó hablar y de ese modo comenzó a llenarse de paciencia y astucia.

El hombre notó que la mujer fumaba y tomaba demasiado. La voz de ella, lentísima e infantil, expresaba conceptos básicos, era un poco áspera, cada tanto tosía. Y sin embargo su belleza era clara e inmaculada como si no hubiera tenido esposo, hijos y familia y no hubiera jamás fumado ni bebido.

A menudo, el hombre pasaba por la ciudad en la que habitaban los cónyuges. Volvió a verla, ahora, entre dos ventanillas mientras los autos andaban en direcciones opuestas, ella lo saludó con la misma sonrisa impuesta de aquella noche en el restaurante. Cada iba solo en su automóvil (eran automóviles de la misma marca y del mismo modelo), ambos frenaron bruscamente.  El hombre esperó hasta que la calle estuviera libre, dio vuelta al automóvil y se acercó al auto de ella, quien lo esperaba detenida del otro lado, pero apenas él se acercó, la mujer siguió su marcha y él logro verla por algunos segundos a través del espejo retrovisor, la vio con el rostro inflamado como el de un muchacho que recibió un fuerte golpe; por eso la dejó marcharse.

Un día la mujer lo llamó por teléfono para invitarlo a cenar, un domingo. Al principio él no entendió de qué se trataba, luego lo asaltaron la sorpresa y la emoción. Le dijo que recorrería cientos de kilómetros, muchas veces, sólo para verla, y balbuceó un poco. Ella respondió que debía «colgar» el teléfono.

Volvieron a verse en una gran fiesta. En medio de su gruesa cabeza redonda, el rostro de la mujer se veía hermoso, asustado e infeliz, pero en ese rostro había también, por desgracia, una obtusa soberbia que hirió al hombre, pero que, sobre todo, hirió los latidos de su corazón, que se relajaron y volvieron a la normalidad. Cuando tuvieron ocasión de hablarse (ella huía y él bailó todo el tiempo con una hermosa mujer que reía moviendo la cabeza) le dijo que estaba ofendida y molesta por lo que había dicho al teléfono. Estaba feliz, muy feliz y enamorada del esposo, su matrimonio era algo «maravilloso, excepcional» . Le dijo que había contado a su esposo todo sobre esa llamada porque entre ellos dos no había secretos.  Mientras dice ésto sonríe con firmeza , pero su rostro estaba inflamado por el dolor y la vergüenza y dos surcos habían aparecido desde las comisuras de sus labios hasta llegar casi al mentón. El hombre miró al esposo que los había observado discretamente y ahora se volvía, algo encorvado y ondulante, perdiendo y conservando la autoridad.  En un cierto punto se sentó sobre un escalón fingiendo seguir la música de la banda que estaba tocando. Con el cuello y los ojos orientados hacia arriba emitió un grito ácido, áspero, que en la confusión de la noche nadie escuchó.

De pronto la mujer dijo «Déjame en paz» , se alejó del hombre encorvando la espalda y, con pasos dolorosos y danzantes, fue a posar su frente contra el vidrio de una ventana, el vaso de whisky aún en su mano. Más tarde alguien dijo que había llorado y hecho una escena, quizás porque había bebido.

No obstante todo, la pareja invitó al hombre a una gran cena en su casa, él no quiso negarse, por educación y porque aún quería verla. Él se sentó a la derecha de la mujer, quien mantenía los surcos en las comisuras de los labios, ella le hablaba con cierto desafío y no sonrió nunca si no con desdén y sin relajar el rostro alterado aquí y allá por aquellas marcas. En dos o tres ocasiones sucedió que las manos o los hombros de ambos se tocaron, pero ella retrocedió ofendida. El hombre estuvo muy atento a que no volviera a suceder algo similar y alejó su silla, incluso, luego de un rato, se levantó y vagó un poco por la casa. Recorriendo un pasillo a media luz, en determinado momento, encontró a una niña solitaria en camisa de noche, pelirroja como su madre. Él le acarició la cabeza; la niña le tomó rápido la mano, se la posó sobre el pecho, se la apretó como ocurría en su sueño. La niña se quedó mirando hacia el pasillo, con sus largos mechones de cabello adormecidos en el aire. Después la niña soltó la mano y se fue a quién sabe dónde. El hombre volvió a la gran sala de estar en la que el esposo distribuía champaña: ella permanecía sentada en la cabecera de la mesa, fuerte y severa; su esposo sonreía y era bueno y servicial.

El hombre volvió con mayor frecuencia a esa ciudad. No vio más a la pareja de esposos, pensó en ella siempre y le pareció que hubiera pasado mucho tiempo. Por el contrario habían pasado sólo pocos meses, pero el sentimiento que él y la joven señora habían sentido (y aquí descrito) era tal que ambos, sin quererlo y sin saberlo, habían, en tan poco tiempo, vivido y arrojado al aire algunos años de sus vidas. 


Goffredo Parise (1929-1986) fue escritor y periodista. Ganó los dos premios literarios más importantes de Italia, el Viareggio con la novela Il padrone (1967) y el Strega con Silabario II (1982).

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Carta a un niño que jamás nació- Oriana Fallaci

El embajador de Italia en México Enrico Guastone visita a Oriana Fallaci en el hospital luego de que ésta recibiera impactos de bala durante la matanza de Tlatelolco el 2 de Octubre de 1968.

La primera publicación de Carta a un niño que jamás nació, en 1975, causó que los lectores se dividieran. Algunos argumentaron que Oriana concebía la vida de un infante desde el momento de la concepción, otros, por el contrario sostuvieron que, aún si la vida comenzara desde la concepción, en el libro hay claras muestras de que Fallaci defendía el libre derecho de las mujeres para decidir si querían ser madres o no.
Más allá de la postura de la autora,
Carta a un niño que jamás nació es una novela en la que una mujer muestra sus miedos e inseguridades ante el dilema de dar o no la vida. Una novela cuya lectura incita al diálogo y que hoy, más 30 años después de su primera publicación, sigue siendo relevante y necesaria en medio del constante debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo.

Tiempo estimado de lectura: 12 min.



A quien non teme a la duda
a quien se pregunta por qué
sin cansarse y a costo
de sufrir y morir
A quien asume el dilema
de dar la vida o negarla
este libro está dedicado
de una mujer
para todas las mujeres

Esta noche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Estaba con los ojos bien abiertos hacia la oscuridad y de pronto, en esa oscuridad, se encendió un rayo de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir el golpe de un disparo en el pecho. Se me detuvo el corazón. Y cuando volvió a latir con golpes sordos, cañonazos de asombro, me di cuenta que caía en un pozo donde todo era incierto y terrorífico. Ahora heme aquí, encerrada dentro un miedo que me baña el rostro, el cabello, los pensamientos. Y en ése me pierdo. Intenta entender: no es miedo a los demás. A mí no me importan los demás. No es temor de Dios. Yo no creo en Dios. No es miedo al dolor. Yo no le temo al dolor. Es miedo de ti, del hecho que escapaste de la nada para engancharte a mi vientre. Jamás estuve lista para tenerte, incluso si te esperé tanto. Siempre me hice la atroz pregunta: ¿y si no te gustara nacer? Y si un día tú me lo reprocharas gritando « ¿Quién te pidió traerme al mundo, por qué me trajiste, por qué? » La vida es un agobio, pequeño. Es una guerra que se repite cada día y sus momentos de alegría son breves paréntesis que se pagan a un cruel precio. ¿Cómo puedo saber si no sería justo sacarte, cómo intuyo que no quieres volver al silencio? No puedes siquiera hablarme. Tu gota de vida es sólo un nudo de células recién comenzadas. Quizá ni siquiera es vida, si no la posibilidad de vida. Y sin embargo, daría tanto porque pudieras ayudarme con una señal, un indicio. Mi madre insiste en que le di un indicio, que por esto me trajo al mundo.

Mi mamá, ves, no me quería. Fui concebida por error, en un momento de distracción ajena. Y para que no naciera cada tarde disolvía en agua una medicina. Después la bebía llorado. La bebió hasta la tarde en que me moví dentro de su vientre, le di una patada para decirle que no me sacara. Ella se estaba llevando el vaso a los labios. De pronto lo alejó y derramó su contenido. Algunos meses después yo daba vueltas victoriosa bajo el sol, y si eso fue bueno o malo no lo sé. Cuando soy feliz siento que fue bueno, cuando soy infeliz siento que fue malo. Pero, incluso cuando soy infeliz, pienso que me molestaría no haber nacido porque nada es peor que la nada. Yo, te lo repito, no temo al dolor. Ese nace con nosotros, crece con nosotros, al dolor uno se acostumbra como al hecho de tener dos brazos y dos piernas. Yo, en el fondo, no temo ni siquiera a la muerte: porque si uno muere quiere decir que nació, que salió de la nada. Yo temo a la nada, al no ser, a tener que decir que no fuimos, ya sea por azar, por error, o por las distracciones ajenas. Muchas mujeres se preguntan: Traer al mundo un hijo ¿para qué? ¿Para que tenga hambre, para que tenga frío, para que lo traicionen y lo ofendan, para que muera asesinado en la guerra o por una enfermedad? Y niegan la esperanza de que su hambre se sacie, que su frío se vuelva calor, que la fidelidad y el respeto le sean amigos, que tenga una vida larga e intente acabar con la guerra y la enfermedad. Quizás ellas tienen razón. Pero, ¿debe preferirse la nada sobre el sufrimiento? Incluso en los momentos en los que lloro mis fracasos, mis desilusiones, mis preocupaciones, concluyo que sufrir es preferible a la nada. Y si extiendo esto a la vida, al dilema de nacer o no nacer, termino por exclamar que nacer es mejor que no nacer. ¿Todavía es lícito imponer tal razonamiento incluso a ti? ¿No es como traerte al mundo por mí misma sólo porque sí? No me interesa traerte al mundo sólo porque sí. Tanto más que ni siquiera tengo necesidad de ti.

***

No me has pateado, no me has enviado respuestas. ¿Cómo habrías podido? Estás aquí desde hace poco: si le pidiera una confirmación al médico, sonreiría burlándose. Decidí por ti: nacerás. Decidí luego de verte en una fotografía. No era propiamente tu fotografía: era una de cualquier embrión de tres semanas, publicada en un periódico junto a un artículo sobre la formación de la vida. Y, mientras la miraba, se me fue el miedo: con la misma velocidad con la que había llegado. Parecías una flor misteriosa, una orquídea transparente. En la parte de arriba se delineaba una especie de cabeza con dos protuberancias que se convertirán en el cerebro. Más abajo una especie de cavidad que se volverá la boca. A las tres semanas eres casi invisible, explica el pie de foto. Dos milímetros y medio. Y sin embargo crecen en ti un indicio de ojos, algo que parece una espina dorsal, a un sistema nervioso, a un estómago, a un hígado, a intestinos, a pulmones. Tu corazón ya está hecho, y es grande: en proporción, nueve veces el tamaño del mío. Bombea sangre y late regularmente desde el día dieciocho: ¿podría sacarte? Qué me importa si tu comienzo fue por azar o por error, ¿acaso nuestro mundo no inicio por azar o por error? Algunos insisten que en el principio no había nada más que una gran calma, un gran silencio inmóvil, después una chispa, un desgarro, y entonces, aquello que no era fue. A ese desgarro le siguieron otros: cada vez más imprevistos, cada vez más insensatos, más ignorantes de las consecuencias. Y entre las consecuencias floreció una célula, también ella por azar, quizás por error, que de pronto se multiplicó por millones, por billones, hasta que nacieron los árboles y los peces y los hombres. ¿Crees que alguien se planteara un dilema antes del estallido o antes de la célula? ¿Crees que se hubiera preguntado si le habría gustado o no? ¿Crees que se hubiera preocupado por hambre, su frío o su infelicidad? Yo no lo creo. Incluso si hubiese existido alguien, por ejemplo un Dios comparable al inicio del inicio, más allá del tiempo y más allá del espacio, temo que no le habrían importado el bien y el mal. Todo sucedió porque podía suceder, entonces debía suceder de acuerdo a una prepotencia que es la única prepotencia legítima. Y este mismo discurso aplica para ti. Asumo la responsabilidad de la elección.

La asumo sin egoísmo, pequeño: traerte al mundo, lo juro, no me divierte. No me veo caminando por la calle con el vientre hinchado, no me veo amamantándote ni lavándote ni enseñándote a hablar. Soy una mujer que trabaja: tengo tantas otras ocupaciones, curiosidades. Ya te dije que no necesito de ti. Pero te sacaré adelante igual, te guste o no. Te impondré la misma prepotencia que se impuso a mí, a mis padres, mis abuelos, a los abuelos de mis abuelos: así hasta el primer ser humano parido por otro ser humano, le gustase o no. Probablemente, si a éste o ésta le hubieran concedido la elección, se habría asustado y habría respondido no quiero nacer, no. Pero nadie le pidió una opinión y así nació y vivió y murió luego de haber parido a otro ser humano a quien no le dio oportunidad de elegir, y éste hizo lo mismo, por millones de años hasta llegar a nosotros, y cada vez hubo una prepotencia sin la cual no existiríamos. Se valiente, pequeño. ¿Crees que la semilla de un árbol no necesita valor cuando escarba la tierra y germina? Basta sólo un soplo de viento para arrancarla, la patita de un ratón para aplastarla. Y sin embargo germina y resiste y crece produciendo otras semillas. Y se vuelve un bosque. Si un día preguntas «¿Por qué me trajiste al mundo, por qué? » yo te responderé «Hice lo que han hecho los árboles durante millones y millones de años antes que yo, y creía hacer el bien» .

Lo importante es no cambiar de idea recordando que los seres humanos no son árboles, que el sufrimiento de un ser humano, porque es consciente , es mil veces más grande que el sufrimiento de un árbol , que a ninguno de nosotros nos sirve convertirnos en bosque, que no todas las semillas de los árboles generan árboles: la gran mayoría se pierden. Un giro similar es posible, pequeño: nuestra lógica está llena de contradicciones. Apenas afirmas una cosa, ves lo contrario. Y quizá te das cuenta que lo contrario es tan válido como aquello que afirmabas. Mi razonamiento de hoy podría derrumbarse así, con un tronar de dedos. De hecho: heme aquí ya confundida y desorientada. Tal vez porque no puedo confesarme con nadie más que tú. Soy una mujer que eligió vivir sola. Tu padre no está conmigo. Y no me arrepiento incluso si, de vez en cuando, mi mirada busca la puerta por la que salió con paso decidido y sin que yo lo detuviera, como si no hubiera más que decirnos.

***

Te llevé al doctor. Más que una confirmación, quería algún consejo. Para responder inclinó la cabeza diciendo que soy impaciente, que no puede decirme mucho por ahora, que vuelva en quince días, lista para descubrir que eras sólo un producto de mi fantasía. Regresaré sólo para demostrarle que es un ignorante. Toda su ciencia no vale lo que mi intuición, ¿y cómo hace un hombre para entender a una mujer que con antelación le dice que espera a un niño? Un hombre no queda embarazado y, a propósito, dime: ¿es una ventaja o una limitación? Hasta ayer me parecía una ventaja, más bien un privilegio. Hoy me parece una limitación, más bien pobreza. Hay algo de glorioso en el llevar otra vida dentro del propio cuerpo, en el saberse dos en lugar de uno. Por momentos te invade incluso una sensación de triunfo y, en la calma que acompaña al triunfo, nada te preocupa: ni el dolor físico que deberás afrontar, ni el trabajo que sacrificarás, ni la libertad que tendrás que perder.

¿Serás hombre o mujer? Quisiera que fueras una mujer. Quisiera que vivieras un día lo que yo estoy viviendo: no estoy de acuerdo con mi madre quien piensa que nacer mujer sea una desgracia. Mi mamá, cuando es muy infeliz, suspira: «¡Ah, si hubiese sido un hombre!». Lo sé, el nuestro es un mundo fabricado por los hombres y para los hombres, su dictadura es tan antigua que se extiende incluso al lenguaje. Se dice hombre para decir hombre y mujer, se dice niño para decir niño o niña, se dice hijo para decir hijo e hija, se dice homicidio para para indicar el asesinato de un hombre y de una mujer. En las leyendas que los hombres inventaron para explicar la vida, la primera criatura no es una mujer: es un hombre llamado Adán. Eva llega después, para divertirlo y traer problemas. En las pinturas que adornan sus iglesias, Dios es un viejo con la barba blanca, jamás una vieja con los cabellos blancos. Y todos sus héroes son hombres: desde Prometeo que descubrió el fuego hasta Ícaro que intentó volar, desde Jesús al que declararon hijo del Padre y del Espíritu Santo: casi como si la mujer que lo parió fuera una incubadora o una nodriza. Sin embargo, o quizá por esto, ser mujer es fascinante. Es una aventura que necesita un cierto coraje, un desafío que no aburre nunca. Tendrás tantas cosas que llevar a cabo si naces mujer. Para comenzar, tendrás que luchar para sostener que si Dios existe podría ser también una vieja de cabellos blancos o una joven hermosa. Tendrás que luchar para explicar que el pecado no nació el mismo día que Eva tomó la manzana: ese día nació la extraordinaria virtud de la desobediencia. Al final tendrás que luchar para demostrar que dentro de tu cuerpo suave y redondo hay una inteligencia que exige ser escuchada. Ser mamá no es un oficio. No es ni siquiera un deber. Es sólo un derecho entre tantos derechos. Te cansarás de repetirlo. Y a menudo, casi siempre, perderás. Pero no te rendirás. Luchar es mucho más bello que ganar, viajar es más bello que llegar: cuando llegaste o ganaste, habrá un gran vacío. Sí, espero que seas mujer, no te preocupes si te llamo pequeño. Espero que tú jamás digas lo que dice mi madre. Yo nunca lo he dicho.

***

Pero si nacieras hombre seré igualmente feliz. Y quizá más porque te serán perdonadas muchas humillaciones, servilismos, abusos. Si serás un hombre, por ejemplo, no deberás tener miedo de que te violenten en la oscuridad de la calle. No tendrás que valerte de un rostro hermoso para ser considerado como primera opción ni valerte de un buen cuerpo para esconder tu inteligencia. No te juzgarán mal cuando duermas con quien te plazca, no te dirán que el pecado nació el día en que tomaste una manzana. Te cansarás mucho menos. Podrás luchar con mayor comodidad para sostener que, si Dios existe, podría incluso ser una vieja de cabellos blancos o una hermosa joven. Podrás molestar sin que te ridiculicen, amar sin despertarte una noche con la sensación de caer en un pozo, defenderte sin ser insultado. Naturalmente te tocarán otras esclavitudes, otras injusticias: ni siquiera para un hombre la vida es fácil, ¿sabes? Porque tendrás músculos más firmes, te pedirán que lleves cargas más pesadas, te impondrán arbitrarias responsabilidades. Porque tendrás barba, reirán si lloras o incluso si tienes necesidad del cariño. Porque llevarás una cola por delante, te ordenarán que mates o te maten en la guerra y exigirán tu complicidad para perpetuar la tiranía que instauraron en las cavernas. Y sin embargo, o quizás por esto, ser hombre será una aventura también maravillosa: una empresa que jamás te decepcionará. Al menos eso espero porque: si serás hombre, espero que te vuelvas uno como el que siempre he soñado: dulce con los débiles, feroz con los prepotentes, generoso con quien te ama, implacable con quien ordena. En fin, enemigo de quien sea que cuente que los Jesús son hijos del padre y del espíritu santo: no de la mujer que los parió.

Pequeño, estoy intentando explicarte que ser un hombre no significa tener una cola por delante: significa ser una persona. Sobre todo me interesa que seas una persona. Es una palabra estupenda, la palabra persona, porque no impone límites a un hombre o una mujer, porque no traza fronteras entre quien tiene cola y no la tiene. Por lo demás la línea que divide a quién tiene y a quien no se reduce a la facultad de poder gestar o no una creatura en el vientre. El corazón y el cerebro no tienen sexo. Tampoco el comportamiento. Si serás una persona de corazón o de cerebro, recuérdalo, yo no estaré entre aquellos que ordenen te comportes de un modo u otro en tanto a hombre o mujer. Te pediré sólo que aproveches el milagro de haber nacido, de no ceder nunca ante la cobardía. La cobardía es una bestia que está siempre acechando. Nos muerde a todos, cada día, y son pocos los que no se dejan devorar por ella. En nombre de la prudencia, en nombre de la convivencia, y a veces de la sabiduría. Cobardes hasta que un riesgo los amenaza, los hombres se vuelven audaces luego de que el riesgo ha pasado. No tendrás que evitar el riesgo, jamás: incluso si el miedo te detiene. Venir al mundo es ya un riesgo. Eso de arrepentirse, después, de haber venido.

Quizás es muy pronto para hablarte de este modo. Quizás por ahora debería ahorrarte las miserias y las melancolías, quizá debería contarte un mundo de inocencias y alegrías. Pero eso sería como atraerte hacia un engaño, pequeño. Sería como hacerte creer que la vida es una alfombra suave sobre la cual se puede andar descalzo y no una calle llena de piedras. Piedras con las que se tropieza, se cae, que lastiman. Piedras de las que hay que protegerse con zapatos de hierro. Y ni siquiera eso sirve porque, mientras proteges tus pies, siempre hay alguien que levanta una piedra para lanzártela a la cabeza y… Y por hoy tuve suficiente, hijo mío, hija mía. ¿Entendiste la lección? ¿Qué dirían de mí si alguien me escuchara? ¿Me acusarían de estar loca o simplemente cruel? Vi tu última fotografía, a las cinco semanas, no mides ni un centímetro. Estás cambiando mucho. Más que una flor misteriosa ahora pareces una larva, mejor dicho un pececito al que le salen de prisa las aletas. Cuatro aletas que se convertirán en piernas y brazos. Los ojos son ya dos minúsculos granos negros, con un aro alrededor, ¡y al final de tu cuerpo tienes una colita! El pie de foto dice que en este periodo es casi imposible distinguirte del embrión de cualquier mamífero: si fueras un gato, te verías más o menos de la manera en la que te ves ahora. De hecho aún no hay rostro. No está tampoco el cerebro. Yo te hablo, pequeño, y tú no lo sabes. En la oscuridad que te rodea incluso ignoras tu existencia: podría sacarte y no sabrías que te he sacado. No sabrías nunca si te hice daño o un regalo.


Oriana Fallaci (1929 – 2006) periodista y novelista, considerada una de las autoras italianas más leídas en el mundo. Fue la primera mujer corresponsal de guerra de su país, entrevistó a diversas personalidades del siglo XX. Fue una de las pocas periodistas extranjeras presentes en la matanza del 2 de octubre en México. Entre sus obras destacan Entrevista con la historia, El sexo inútil (1961), Penélope en la guerra (1962), Entrevista con la historia (1974) Carta a un niño que jamás nació (1975).

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Aníbal Rama – Paolo Volponi

Computadora IBMS/360
(1964)

Un artículo de Il Corriere della Sera fechado en enero de 2017 lleva el siguiente encabezado: «Cuando Volponi creó a Steve Jobs». El diario italiano usa este título como una brevísima introducción al relato Aníbal Rama, la comparación entre el fundador de Apple y el personaje no es exagerada, pues en este cuento, Paolo Volponi se imaginó a un hombre cuyo mayor deseo era llevar las grandes computadoras industriales al alcance de todos. Hay que destacar, sin embargo, que Volponi escribió este relato de ciencia ficción en 1967, más de diez años antes de la fundación de la empresa de la manzana (1976) y la producción de sus primeras computadoras personales.

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


Por la mañana, mientras se levanta, se concede gradualmente a la conciencia de su satisfacción: quiere recuperarla de a poco junto a los elementos habituales y domésticos del despertar, mezclarla con las cosas a su alrededor hasta obtener la consistencia de su suerte. Se encuentra ante un gran día, ante una victoria que será incluso más grande y que se afianza en la existencia segura de las cosas, en su físico, que se entrega a ese sistema perfecto que éste ha establecido y que se le muestra como otra prueba más del motivo de su satisfacción.

            El día anterior, sobre todo por la noche, completó, en un emocionante momento, los cálculos de una invención extraordinaria: lograr que computadora electrónica, con la que trabaja en la oficina de proyectos en una gran industria, quintuplique sus capacidades y obtenga resultados que ninguna otra máquina en el mundo puede conseguir.

            Cultivó su invención en secreto y durante mucho tiempo, dedicándose por completo fuera y dentro de la fábrica, teniendo siempre al lado de cada idea, discurso y comportamiento, una especie de pensamiento paralelo, una segunda columna en la cual apuntar toda novedad. No ha pensado nunca que su investigación pudiera ser inútil; era consciente de que no debía guiarse por el ansia de su descubrimiento, de su realidad o de cualquier insuficiencia u obstáculo de su vida: la consciencia de su victoria es una satisfacción plena y segura, una que puede medir y que considera un punto de partida hacia responsabilidades nuevas, las que tendrá y con las que lidiará hasta llegar a convertirse en uno de los diseñadores más importantes de la industria.

            Él, el diseñador, el ingeniero en electrónica, Aníbal Rama, pretende ese día mostrar e ilustrar su proyecto, amén de los cálculos pertinentes, al diseñador en jefe de la empresa; está confiado y en todas las cosas que tiene a su alrededor encuentra el espejo de esta confianza; es más, cada cosa, ella misma, e incluso el sistema en el cual se encuentra, son la prueba de la firmeza y la exactitud de sus convicciones, incrementan con su aportación material, con su peso, la confianza de Aníbal.

            Está feliz, pero la felicidad es un elemento constante de su vida y de todas sus relaciones: con la mujer y el pequeño hijo, con los colegas, con todo hecho social: felicidad como inteligencia, armonía, atención a las cosas, crítica de las circunstancias, posibilidad de intervención.

Esa misma mañana llega a la empresa junto con muchos otros y entra, con confianza, más bien con respeto, en los cubículos escuadrados, de catedral, del departamento de electrónica. Llega a su lugar, revisa sus cartas, mira las máquinas enormes y sumisas, pero también misteriosas, y luego de dar una vuelta alrededor de éstas, hace la solicitud para hablar con el diseñador en jefe. Le es concedida la entrevista y comienza a exponer su proyecto. Antes incluso de que llegue a alguna ilustración técnica que pueda demostrar la originalidad de su invención, el jefe lo detiene con discursos genéricos y banales sobre las relaciones entre la investigación y la industria, entre la industria y las exigencias del mercado, industria y costos, industria y posibilidades de realización, trabajo humano, etc. Aníbal insiste, porque tiene confianza en el hombre que tiene enfrente, incluso más que en su invención. Por ello no advierte, durante su discurso, ninguna necesidad de cautela y esas banalidades no le parecen dignas de un hombre en la posición de su jefe; por lo que las refuta con convicción y con ingenuidad creyendo que debe ayudar al jefe mismo a liberarse de ellas: pero al final, no ha podido evitar conflictos.

             El conflicto sucede porque, durante su discurso, entraron en la oficina del director otros diseñadores, aplicados subalternos colegas de Rama. El servilismo está en el ambiente, en las formas tradicionales y habituales en cualquier jerarquía. Al final, la dirección de la empresa que ha ya construido una serie de computadoras no puede aceptar la idea de modificarlas cambiándoles la presentación para el mercado y las ventas. El proyecto de Rama, incluso si posible, necesitaría, a juicio de los diseñadores y de los técnicos, al menos un año para su estudio y manufactura, necesitaría también, cosa incluso más complicada, que durante ese tiempo la fábrica no vendiera sus máquinas, incurriendo así en gastos imposibles y asentándose en el mercado hasta descalificarse comercialmente.

            Rama dice: «No estoy de acuerdo con sus proyecciones y creo que en seis meses mi variante podría no sólo ser estudiada sino también fabricada». «Un prototipo, quizás», dice el diseñador en jefe. «No, – responde Rama, – al menos una serie lista para modificar todas las máquinas que ya están hechas».

« ¡Pero sería una serie imperfecta, en el supuesto de que fuera posible construir tomando como base un proyecto apenas esbozado! No hay planos, tampoco hay un estudio de los materiales, de las tecnologías, de los tiempos de trabajo. Mis proyecciones son precisas: ¡pasaría un año de estudios para al final estar seguros en un noventa por de que esta variante es imposible!».

            Rama dice: «Este hombre es divino y no puede, por ahora, tener un tercer ojo, pero esta máquina la construimos nosotros y entonces podremos en verdad darle un tercer ojo: no haciéndolo traicionaríamos incluso nuestro propio trabajo y el objetivo de la investigación y la industria».

            El conflicto es inevitable e invitan a Rama a calmarse, pero él reacciona tan ingenua como teatralmente. Es un inventor y se siente tal, se convierte románticamente en uno delante de aquellos que lo juzgan no con mucha ciencia y con poquísima caridad.

            Aníbal se erige en su sorpresa y dice «Construiré mi máquina solo». «Bien, – le responde el jefe, inténtalo». « ¿Puedo hacerlo aquí dentro?» «No, aquí debe trabajarse seriamente». «Entonces – dice Aníbal – lo que sucede aquí dentro ya no me interesa».

« ¿Qué quiere decir?».

«Quiere decir que renuncio».

«Está bien, decida como quiera, pero ahora estos problemas ya no son técnicos. Diríjase a los compañeros en la oficina para notificar su renuncia».

 «Sí -dice Aníbal. – me haré echar». Hace una pequeña pausa y agrega: «Me quedaré aquí 30 días para completar el trabajo que tengo en curso, de acuerdo con sus normativas».

            Desde ese momento comienza frenéticamente a diseñar y construir su mecanismo, en las horas de descanso, por la mañana, por la noche, en casa, sirviéndose de todo, de piezas de los juguetes del hijo como de los utensilios domésticos de la esposa. Construye una máquina, una pequeña máquina que se mueve, avanza, que oscila y que muerde el aire con un ritmo y con una agresividad que no dejan duda de su potencia. Entre Aníbal y esta máquina hay una conexión perfecta: la máquina le responde casi como si fuera un perrito y se inserta en la vida doméstica como anillo al dedo. Mientras la familia come, la máquina espera en el piso o en una esquina de la mesa. Luego de un mes su cuerpo está hecho: Aníbal ha logrado completarla el día mismo en que debe abandonar la fábrica. Se trata ahora de hacer pruebas sobre el gran cuerpo de la computadora electrónica, para ver si en verdad el nuevo anexo la mejorará y dará los resultados que Aníbal ha calculado y declarado.

            La noche del día en que dejó la empresa, Aníbal vuelve a la fábrica, se acerca a los portones furtivamente, lleva guantes, sombrero, una gruesa bufanda. Lleva en la mano una gran caja negra, moldeada extrañamente como un estuche de instrumento musical. Logra entrar en la fábrica, infiltrarse en el sector de las computadoras, donde brillan las blancas esquinas de máquinas misteriosas, de las cuales emana una luz consistente, que se extiende como un pensamiento. Con un actuar rápido y con la seguridad de un ladrón o de un cirujano Aníbal llega hasta el sitio deseado: se quita el exceso de ropa y se detiene junto a la gran computadora: le desmonta algunas piezas, rápidamente, y las deja sobre el piso; abre su estuche, saca su máquina y comienza a montarla. A medida que ensambla, pone las piezas de su máquina a un lado de la computadora, como un brazo más. Este trabajo rápido y seguro, se desarrolla durante toda la noche. Poco antes del alba la máquina está montada, entonces se acerca a la computadora, la enciende, le impone furiosamente una tarea y luego espera mientras la máquina procede: su ruido es preciso, sus índices se mueven; cada parte funciona perfectamente, sincronizada, activa: sus luces se encienden y apagan, sus cables vibran, sus teclas están tensas y las hendiduras sobre su interfaz parecen ansiosas, listas para morder; cintas perforadas se deslizan por los lados; al final llega una tarjeta que arroja el resultado. Aníbal se mete la tarjeta en el bolsillo, desmonta su máquina, la acomoda dentro del estuche, sale de la fábrica justo a tiempo; sube a su automóvil y vuelve a casa.

            El día siguiente, con el resultado obtenido, compila numerosas quinielas de fútbol. Espera tranquilo el domingo, sentado en el sillón, con la máquina a sus pies. La máquina funcionó perfectamente y el resultado es correcto. Corroboradas sus respuestas, que le hacen ganar casi todos los premios, los días siguientes va a cobrar, disfrazándose oportunamente para no ser reconocido como el único vencedor. Con esta enorme suma de dinero ordena a la industria, que ha tenido que abandonar, una computadora y todo el material eléctrico que se le ocurre.

            Pretende construir en su casa y poseer la máquina que diseñó, con este instrumento podrá realizar, y llevar hasta sus últimas consecuencias; sus proyectos: se volverá el hombre más potente de la tierra.

Un día, un camión de mudanza avanza lentamente alrededor de su casa, busca en las calles cercanas el gran edificio o el gran banco que ha podido hacerse con un computadora; da vueltas hasta que los choferes y el técnico que los acompaña corroboran que el número cívico escrito en la orden de entrega corresponde con el de una pequeña casa de los suburbios junto a la que hay un viejo cobertizo. La esposa y el hijo, para que Aníbal no pueda ser reconocido por los hombres de la empresa, reciben la entrega de la computadora y piden que la dejen sobre el pasto, una parte en el jardín delante de la casa y otra parte dentro del garaje, y otra dentro del viejo cobertizo.

            Desde ese mismo momento Aníbal comienza a construir su máquina. La esposa es partícipe del asunto y le hace segunda perfectamente, se vuelve también ella, en el fondo, una pequeña máquina al servicio de Aníbal, con cierta coquetería particular que él no logra controlar ni prever y que se vuelve la constante novedad de su amor y el estímulo para seguir con sus investigaciones; el modo de bajar los ojos, la boca, la nariz, los hoyuelos estrechos y las palabras, son las cosas que dan a Aníbal, junto con las distancia de cinco millones de años luz hasta la última estrella conocida, el sentido de la profundidad del universo. La misma profundidad la advierte en la maldad y en los desprecios del hijo, en sus maravillosas invenciones, en los ojos y en los ataques al mundo real y circundante, en los ataques a la tierra, a los árboles, a los animales, a los insectos.

Aníbal trabaja y la máquina está prácticamente en funcionamiento durante todo el día. La mujer está también orgullosa de esta máquina, una parte de la cual, entrando desde el jardín, le invade la cocina. La máquina funciona y parece entenderse con Aníbal de un modo directo o con un lenguaje para ella desconocido que le provoca celos: entonces se acerca a los manómetros y hace una mueca a la máquina en funcionamiento.

Hasta que la construcción completa hubo terminado: los últimos repetidores fueron conectados. Aníbal puede preparar las primeras operaciones. Luego de haber realizado estas operaciones se divierte con la familia durante media hora recabando resultados domésticos como el número de gotas de lluvia que caen sobre su techo durante un año o el número de veces que cada uno sonríe o que sonríen todos juntos. Después comienza a preparar las grandes operaciones que tiene ya claras en la mente, marcadas en un libro que está siempre sobre la mesa frente a la parte central de la máquina.

Empieza a configurar las operaciones: se trata de hacer todos los pronósticos posibles para la lotería, las quinielas, sorteos y próximas extracciones en las ruletas, carreras de caballos, carreras de perros, y así para los mismos eventos en otras partes de Europa y América. Para prever los resultados de las carreras de caballos, por ejemplo, en la operación captura el peso del animal, de la montura, del jockey, el pedigrí de los caballos, las probabilidades estadísticas de victoria del jockey, la densidad de la niebla, la velocidad de los vientos, la dificultad del terreno y demás datos infinitos. Para los partidos de fútbol, por ejemplo, captura todo sobre las estadísticas de los resultados, las formaciones, hasta calcular, por ejemplo, del partido de Trieste, la fuerza promedio con la que gira del balón. Así para todos los demás eventos.

            Comienza la operación práctica. La máquina trabaja y él espera: los resultados que obtiene son siempre precisos.

            Gana por todos lados, arrasa. No se da abasto con los cobros. Se ha hecho incluso de un camioncito para ir a reclamar las sumas de las victorias. Acumula todo el dinero en el viejo cobertizo junto a la casa, entre las puertas caídas y bajo el techo caído.

Un ladronzuelo del vecindario comienza a monitorear sus salidas, sus paseos extraños y sus disfraces: finalmente ve un saco lleno de billetes y piensa que Aníbal es un falsificador. El ladrón se acerca al cobertizo y mira la inmensa montaña de dinero: libras esterlinas, francos, dólares, marcos, etc.

Aníbal lo sorprende en ese momento y el ladrón dice: « ¡La industria es buena, y la cantidad de la producción es verdaderamente asombrosa! ¡Pero me parece que no es conveniente apostar por la cantidad, sino por la calidad! ¡Es mejor fabricar pocos dólares, pero hacerlos bien en lugar de tener esta montaña de papel! ¿Se imagina usted para distribuirla toda?»

El ladrón es gentil y sensato y Aníbal lo hace socio de su negocio. Le da mucho dinero y le explica que ese dinero es real pero que solo no le sirve para nada, como no serviría de nada gastarlo para estar bien y divertirse. Con el dinero, cuando consiga la suma necesaria, construirá una gran industria para fabricar las más potentes computadoras del mundo, las más potentes y también las más pequeñas, de tipo doméstico, que sirvan a las familias, a cada hombre, para resolver sus propios problemas de cálculo, de previsión y de programación.

El ladrón se marcha con una parte de ese dinero, pero ahora está fascinado con Aníbal y su idea, así que vuelve para asociarse.

Con la ayuda del ladrón Aníbal dispone de una doble capacidad para la recolección y almacenaje del dinero.

Son dos camioncitos que viajan y en poco tiempo el cobertizo está lleno de papel moneda.

En este punto Aníbal deja las operaciones de juego y comienza a estudiar los nuevos elementos a capturar en la máquina para saber exactamente en qué parte de Italia podrá construir su fábrica de computadoras. Captura nociones geográficas, sociológicas, artísticas, antropológicas, nociones de higiene, escolaridad, aptitudes, criminalidad; nociones sobre los vientos, la humedad, la nieve y las lluvias hasta que programa la máquina. La máquina trabaja más de lo usual, como consciente de la importancia de sus respuestas. Es casi como si tuviera una labor, hasta finalmente indica el valle del Metauro, entre Urbino, Urbania y Fermignano: ahí estarían las condiciones favorables, que van desde el clima, la gentileza de los hombres, hasta el número suficiente de desempleados jóvenes y con buenas características de inteligencia, actitud y escolaridad. Los desempleados que interesarían a la empresa son 347, con edades de entre 18 y 28 años. De cada uno de éstos la máquina dio un perfil: edad peso, escolaridad, enfermedades, altura, y demás cosas.

Con estos 347 perfiles, Aníbal parte, junto con su familia, al descubrimiento del lugar y los hombres. Se instala en Urbino y recorriendo el lugar encuentra y descubre, día tras día, a los 347 individuos.

Aníbal no tiene los nombres, pero apenas uno de los hombres declara alguno de sus datos, Aníbal puede cotejarlo con todos los demás y mencionarlos al interesado: cuánto pesa, cuánto mide, grado de estudios, enfermedades sufridas, cuánto miden sus padres.

Expone su idea hasta que ha contactado a los 347, de manera individual o en grupos, ilustra su idea de construir junto a ellos una industria para la construcción de computadoras.

A cada uno de ellos les otorga en efectivo la suma de cinco millones de liras, para ello hace llegar camiones y remolques coordinados por el ladrón. Con los cinco millones cada uno debe instruirse, viajar, satisfacer las exigencias que lo turban, pagar viejas deudas, deshacerse de los deseos insatisfechos, prepararse para trabajar con tranquilidad y conciencia en la fábrica a fundar: luego de un año Aníbal comenzará con los trabajos. Mientras tanto él estudiará los planos de la fábrica, cuya arquitectura será después discutida, junto a aquellos que entrarán a trabajar.

Aníbal sabe ya que de los 347 convocados sólo 222 volverán al cabo de un año. No sabe cuáles son esos 222, porque la máquina no le proporcionó los nombres.

Cuando se presenta a la cita en un café de Urbino cerca de la plaza del mercado ha ya dispuesto 222 sillas y un refrigerio para 222. Pero a la hora indicada llegan sólo 22 personas. Aníbal espera junto a su mujer, su hijo y el ladrón. Espera, pero al final las personas son sólo 22: los demás desaparecieron, cada uno con sus cinco millones de liras: compraron una granja, una casa o migraron, se mudaron a la costa, satisfechos y escondidos. Demostraron la avaricia, la falta de iniciativa, el egoísmo, la incerteza, la astucia de tantos.

Los 22 que se presentaron son jóvenes y confiables. Aníbal está consternado y siente miedo cuando se percata que los otros no llegarán; está aterrorizado y abatido no sólo por la ingratitud humana, sino también porque su máquina, en la que ha apostado todo y en la cual cree con toda su fe, dio un resultado inexacto.

Entonces entrega a los 22 más dinero, dejando suspendido cualquier trabajo con ellos. Si no regresa, disfrutarán del dinero.

Vuelve a casa y se presenta ante el prototipo de la máquina como ante un desafío. Captura una vez más las operaciones, minuciosamente, punto por punto, no dejando fuera nada: vientos, corrientes, humedad, nociones geográficas, históricas, todo. Mientras la máquina trabaja él le da vueltas y revisa cada pieza, atento a cada componente, sigue el flujo de los mecanismos, recorre el cobertizo y el jardín alrededor de la máquina. Sigue así hasta que se percata que una fila de hormigas avanza con orden y camina, como evidentemente había hecho la vez anterior, a través de su ruta natural, rutinaria, y ahora histórica, sobre uno de los cables más sensibles que se encuentran al lado de la máquina y fuera del cobertizo. Aníbal interrumpe con delicadeza la fila, sopla para alejar las hormigas y nota que el cable hace un ligerísimo movimiento para acomodarse en el lugar adecuado. La máquina trabaja con velocidad; llega finalmente el resultado: 22, tales son los hombres con los que puede contar. El viejo resultado de 222 se obtuvo porque el cable, bajo la presión de la fila de hormigas, se había movido ligeramente.

Entonces, feliz y victorioso, Aníbal retoma su proyecto y corre al encuentro de los 22 jóvenes que son suficientes para realizar, junto a él, la nueva empresa.


Paolo Volponi (1924-1994) es considerado uno de los máximos exponentes de la literatura industrial producto del boom económico italiano. Además de escritor fue político y diplomático. Entre sus obras más destacadas se encuentran Memorial (1962), La máquina mundial (Premio Strega, 1965), Corporal (1974) y El planeta irritable (1978)

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Perro como yo – Curzio Malaparte

Curzio Malaparte y Febo
Lipari: 1934

Luego de ciertos conflictos con el partido fascista, Curzio Malaparte fue enviado a un exilio interno en la isla de Lipari. Fue ahí donde adoptó a Febo, un perro al que dedicaría no pocas páginas. «Perro como yo» es un fragmento de la novela más celebrada de Malaparte, La piel. En este breve texto, Malaparte deja constancia de la amistad única que sólo puede entablarse entre un hombre y su perro.

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Si no fuera un hombre, y no fuera el hombre que soy, quisiera ser un perro. No ya, como Cecco Angiolieri, para ladrar y morder, sino para asemejarme a Febo. Quisiera ser un perro como él: de pelo corto, de un pálido color lunar, manchado aquí y allá con zonas rojizas, de vientre delgado, de piernas rápidas y musculosas. La cabeza la quisiera fina y larga, las orejas en punta, los ojos azules. Y poder correr por las tierras, entrar en selvas en ríos en prados en montes, poseer la naturaleza mediante sentidos distintos a los que poseen los hombres. Poder inventar el mundo, e intentar, así, corregir los errores de la creación no desde el punto de vista humano, como intentan los hombres, sino desde el de un perro. Quisiera ser un perro justo por todo aquello que más tiene de animal, y que más revela en él un instinto lejanísimo del que tiene el hombre, una dignidad, una libertad, una moral distinta.

Antes del alba salir a cazar por los bosques y pantanos, detrás de olores tejidos en el aire como hilos invisibles, olfateando las huellas de las alas de los pájaros en el aire acidulado de la mañana, y los leves signos triangulares de sus patitas rojizas en el azul y verde suspendidas sobre prados y ríos. El olor lejano de los fuegos de enebro en los montes, el sabor fuerte del mar. Y de vez en cuando, volviéndome atrás, gozar ya no por panoramas de nubes, de montañas, de llanuras, sino por panoramas de olores: allá no la selva propiamente, mas el olor de la selva. Ahí abajo no el camino, mas el olor del camino. El olor de los montes, no los montes. El olor del carretero y del caballo sobre la vía polvorienta, no el carretero y su caballo. Admirable la dignidad del perro de frente a la naturaleza, un estado, diría, casi viril, un estado estoico, que revela no sólo la serenidad de una razón ajena a pretextos pictóricos y sentimentales, experimentada ante los desengaños de las imágenes, sino una sabiduría suprema, un alto equilibrio de los sentidos, una consciencia clara del propio ser en relación al inquieto, y romántico, mundo de la naturaleza.

Una naturaleza rica en olores, no en colores; de sonidos, no de imágenes. Y esencial justo por su armonía sin forma. De tal modo que no me enfrentaría al peligro, al que subyacen los hombres, de verse traicionados y corrompidos por lo que ellos llaman belleza. Que la hierba susurre, que el agua de la corriente fluya limpia entre orillas florecidas, que las hojas murmuren en el viento que las lleva, que los árboles, los montes y las nubes surjan en el aire transparente: yo no tendría que defenderme de las artes mágicas de la naturaleza, de los engaños de las apariencias que ésta continuamente crea y destruye, ni de los sentimientos que ésta inspira en el ánimo humano. Sino paseando libre por verdes selvas, entre la hierba, en aguas felices, obedecería sólo a la íntima fuerza animal, y sólo contaría para mí el ritmo de mi sangre, la elástica potencia de los músculos. Digna de noble envidia es esta libertad del perro frente a las tentaciones de la naturaleza, su extraño dominio del libre albedrío. Y si bien parece que el perro depende del hombre, y que le sea esclavo, su destino es autónomo, libre y solitario.

De mi amigo Febo, más que de los hombres, su cultura y su vanidad, aprendí que la moral es gratuita, un fin en sí misma, que ni siquiera se propone salvar el mundo: si no crear siempre nuevos pretextos al propio desinterés, al propio juego libre. El encuentro entre un hombre y un perro es siempre el encuentro entre dos espíritus libres, entre dos formas de dignidad, entre dos morales desinteresadas. El más gratuito de los encuentros. No hay momento, de toda mi vida, del cual tenga un recuerdo tan vívido y puro como el de mi primer encuentro con Febo.

Me encontraba exiliado desde hace algunos meses en la isla de Lipari: y no bastándome el abierto horizonte marino para devolverme el sentido de mi libertad moral, debilitado por mis sufrimientos físicos, y temiendo, como suele ocurrir, que la tristeza de mi selvática soledad, entre gente sospechosa de cada uno de mis pensamientos como de una amenaza o de una traición, y del estado incierto de mi salud, afectada por un una fiebre continua, me hicieran decaer de esa condición de dignidad, incluso del orgullo, que es normalmente la natural condición de mi espíritu, me persuadí de que lo mejor para mí era elegir un compañero, un amigo.

Desconfiaba de los hombres, quizás únicamente como espontanea reacción a su propia desconfianza. Elegí un animal, un perro: pareciéndome que un perro fuera el más adecuado para ser un amigo desinteresado, el que me impidiera que poco a poco me inclinara, me humillara, cayera en ese estado de indiferencia y postración que es el estado más cercano a la mezquindad. Había visto desde hace unos días un cachorro, de esos que los pastores de la isla llaman “chernegui”, y que vienen de las costas de Asia, de la familia de los lebreles. Tenía el pelo claro, todo lleno marcas de sarna. Pasaba el día escondido bajo la quilla de los barcos encallados en la playa. Por la noche seguía las jaurías de perros callejeros que partían hacia los montes en busca de corderos perdidos en medio de flores de retama y zarzas, para comerlos vivos, impulsados por el hambre y la feral naturaleza; y al alba bajaban a la costa, a la espera del pez descartado que los pescadores dejan sobre la orilla frente al muelle. Al principio su desconfianza fue amarga. Luego, un buen día, me siguió: y son ya seis años que él comparte conmigo mi fortuna e infortunio, que se convirtió en el elemento más íntimo y más noble de mi vida.

A menudo, por la noche, del alto y ventoso umbral de mi casa sobre el mar, en las ansiosas vigilas a las que me condenaba mi maligna fiebre, miraba los botes de los pescadores salir hacia la luna, escuchando el sonido lamentoso de los nichos marinos alejándose en la plateada niebla. En el monte se encendían los fuegos de los pastores, los perros callejeros ladraban en las selvas de retama, el mar respiraba dulcemente frente a mi puerta. Y luego me daba cuenta que Febo me miraba con un triste y noble reproche en los ojos afectuosos. Entonces me venía una extraña vergüenza, casi un arrepentimiento, de mi tristeza; una suerte de pudor frente a él. Sentía que Febo, en esos momentos, me despreciaba: con dolor, con delicado afecto, pero que en verdad había, en su mirada, una sombra de piedad y, al mismo tiempo, de desprecio. Así, poco a poco, lo tuve no sólo como un compañero, sino como un juez. Él era el custodio de mi dignidad.

A veces, cuando la soledad más invadía mi corazón, advertía en sus ojos no esa expresión de espera paciente que muchos leen en los ojos del perro: sino una mirada larga, pesada, llena de oscuros significados. Sentía su presencia como la de una sombra de mi sombra. Era como un reflejo de mi espíritu. Él me ayudaba, con su sola presencia, a reencontrar esa distancia entre el bien y el mal, que es la primera condición para la serenidad y la sabiduría de la vida humana. E incluso hoy, quizá más que entonces, siento que Febo me asemeja, que él no es otra cosa más que el reflejo de mi consciencia, de mi vida secreta. El retrato de mí mismo, de todo aquello que en mí existe de manera más profunda, íntima, más instintiva. Mi espectro, diría.

Ahora reconozco en él mis rasgos más misteriosos, mis momentos más inciertos, mis dudas, mis temores, mis esperanzas. Es mía esta dignidad suya frente a los hombres, mío este orgulloso coraje frente a la vida, este desprecio por los fáciles sentimientos humanos. Mía es su consciencia moral. Pero más incluso que yo, él es sensible a los oscuros presagios, a las voces de la naturaleza. Su extrema sensibilidad me llena a menudo de un extraño temor en el que la esperanza no tiene gran parte. Ni qué decir cuando él escucha llegar, desde lejos, las horas tristes y los pensamientos negros, similares a insectos muertos que el viento lleva quién sabe a dónde. Pero cuando, echado a mis pies, con las orejas altas, los ojos atentos, advierte a mi alrededor una presencia invisible, una sombra, una larva que se acerca, o se aleja, acariciándome la cabeza, espiándome detrás del vidrio de la ventana. Por los movimientos de Febo entiendo si la misteriosa presencia está cerca o lejos; y cuando se alza de golpe, y ladra feroz y desesperado, y luego calla sereno, y viene a posar su hocico sobre mis rodillas, sé que la sombra se ha ido, que ningún peligro amenaza más mi descanso o mi trabajo.

Un día Febo me mirará con mirada de adiós, se alejará por siempre. Como Alcestis, él saldrá de mi casa volviéndose atrás cada tanto: en los ojos azules, velados por lágrimas, veré un supremo sentimiento de piedad y amor. Mi único amigo, el más querido de mis hermanos, me dejará para siempre. No volverá más. Me quedaré solo junto al fuego, el libro abierto sobre las rodillas, y no tendré el coraje de volver el rostro hacia la puerta abierta. Pero estoy seguro que Febo, de pronto, me llamará desde lejos. Su ladrido cansado me llamará desde el fondo de la noche. Y yo sé que iré tras él, para seguir el destino suyo y mío. Nos alejaremos bajo la luna, entre la hierba alta, siguiendo el río, y Febo ladrará contento: así nos iremos los dos, como dos viejos amigos, como dos queridos hermanos, retozando, corriendo uno detrás del otro en ese feliz juego sin retorno.


Curzio Malaparte (1898-1957) Seudónimo Kurt Erich Suckert, fue periodista, escritor y diplomático. Trabajó para el gobierno de Mussolini, lo que permitió que su obra mostrara duras críticas al fascismo desde una posición muy cercana al mismo, razón por la cual algunas de sus obras fueron censuradas o publicadas originalmente en francés. Entre su obra destacan: La piel (1949), Kaputt (1944), Técnica del golpe de estado (1931) y el póstumo Muss: el gran imbécil (1999).

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