2012

Computadora IBMS/360
(1964)

Un artículo de Il Corriere della Sera fechado en enero de 2017 lleva el siguiente encabezado: «Cuando Volponi creó a Steve Jobs». El diario italiano usa este título como una brevísima introducción al relato Aníbal Rama, la comparación entre el fundador de Apple y el personaje no es exagerada, pues en este cuento, Paolo Volponi se imaginó a un hombre cuyo mayor deseo era llevar las grandes computadoras industriales al alcance de todos. Hay que destacar, sin embargo, que Volponi escribió este relato de ciencia ficción en 1967, más de diez años antes de la fundación de la empresa de la manzana (1976) y la producción de sus primeras computadoras personales.

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Por la mañana, mientras se levanta, se concede gradualmente a la conciencia de su satisfacción: quiere recuperarla de a poco junto a los elementos habituales y domésticos del despertar, mezclarla con las cosas a su alrededor hasta obtener la consistencia de su suerte. Se encuentra ante un gran día, ante una victoria que será incluso más grande y que se afianza en la existencia segura de las cosas, en su físico, que se entrega a ese sistema perfecto que éste ha establecido y que se le muestra como otra prueba más del motivo de su satisfacción.

            El día anterior, sobre todo por la noche, completó, en un emocionante momento, los cálculos de una invención extraordinaria: lograr que computadora electrónica, con la que trabaja en la oficina de proyectos en una gran industria, quintuplique sus capacidades y obtenga resultados que ninguna otra máquina en el mundo puede conseguir.

            Cultivó su invención en secreto y durante mucho tiempo, dedicándose por completo fuera y dentro de la fábrica, teniendo siempre al lado de cada idea, discurso y comportamiento, una especie de pensamiento paralelo, una segunda columna en la cual apuntar toda novedad. No ha pensado nunca que su investigación pudiera ser inútil; era consciente de que no debía guiarse por el ansia de su descubrimiento, de su realidad o de cualquier insuficiencia u obstáculo de su vida: la consciencia de su victoria es una satisfacción plena y segura, una que puede medir y que considera un punto de partida hacia responsabilidades nuevas, las que tendrá y con las que lidiará hasta llegar a convertirse en uno de los diseñadores más importantes de la industria.

            Él, el diseñador, el ingeniero en electrónica, Aníbal Rama, pretende ese día mostrar e ilustrar su proyecto, amén de los cálculos pertinentes, al diseñador en jefe de la empresa; está confiado y en todas las cosas que tiene a su alrededor encuentra el espejo de esta confianza; es más, cada cosa, ella misma, e incluso el sistema en el cual se encuentra, son la prueba de la firmeza y la exactitud de sus convicciones, incrementan con su aportación material, con su peso, la confianza de Aníbal.

            Está feliz, pero la felicidad es un elemento constante de su vida y de todas sus relaciones: con la mujer y el pequeño hijo, con los colegas, con todo hecho social: felicidad como inteligencia, armonía, atención a las cosas, crítica de las circunstancias, posibilidad de intervención.

Esa misma mañana llega a la empresa junto con muchos otros y entra, con confianza, más bien con respeto, en los cubículos escuadrados, de catedral, del departamento de electrónica. Llega a su lugar, revisa sus cartas, mira las máquinas enormes y sumisas, pero también misteriosas, y luego de dar una vuelta alrededor de éstas, hace la solicitud para hablar con el diseñador en jefe. Le es concedida la entrevista y comienza a exponer su proyecto. Antes incluso de que llegue a alguna ilustración técnica que pueda demostrar la originalidad de su invención, el jefe lo detiene con discursos genéricos y banales sobre las relaciones entre la investigación y la industria, entre la industria y las exigencias del mercado, industria y costos, industria y posibilidades de realización, trabajo humano, etc. Aníbal insiste, porque tiene confianza en el hombre que tiene enfrente, incluso más que en su invención. Por ello no advierte, durante su discurso, ninguna necesidad de cautela y esas banalidades no le parecen dignas de un hombre en la posición de su jefe; por lo que las refuta con convicción y con ingenuidad creyendo que debe ayudar al jefe mismo a liberarse de ellas: pero al final, no ha podido evitar conflictos.

             El conflicto sucede porque, durante su discurso, entraron en la oficina del director otros diseñadores, aplicados subalternos colegas de Rama. El servilismo está en el ambiente, en las formas tradicionales y habituales en cualquier jerarquía. Al final, la dirección de la empresa que ha ya construido una serie de computadoras no puede aceptar la idea de modificarlas cambiándoles la presentación para el mercado y las ventas. El proyecto de Rama, incluso si posible, necesitaría, a juicio de los diseñadores y de los técnicos, al menos un año para su estudio y manufactura, necesitaría también, cosa incluso más complicada, que durante ese tiempo la fábrica no vendiera sus máquinas, incurriendo así en gastos imposibles y asentándose en el mercado hasta descalificarse comercialmente.

            Rama dice: «No estoy de acuerdo con sus proyecciones y creo que en seis meses mi variante podría no sólo ser estudiada sino también fabricada». «Un prototipo, quizás», dice el diseñador en jefe. «No, – responde Rama, – al menos una serie lista para modificar todas las máquinas que ya están hechas».

« ¡Pero sería una serie imperfecta, en el supuesto de que fuera posible construir tomando como base un proyecto apenas esbozado! No hay planos, tampoco hay un estudio de los materiales, de las tecnologías, de los tiempos de trabajo. Mis proyecciones son precisas: ¡pasaría un año de estudios para al final estar seguros en un noventa por de que esta variante es imposible!».

            Rama dice: «Este hombre es divino y no puede, por ahora, tener un tercer ojo, pero esta máquina la construimos nosotros y entonces podremos en verdad darle un tercer ojo: no haciéndolo traicionaríamos incluso nuestro propio trabajo y el objetivo de la investigación y la industria».

            El conflicto es inevitable e invitan a Rama a calmarse, pero él reacciona tan ingenua como teatralmente. Es un inventor y se siente tal, se convierte románticamente en uno delante de aquellos que lo juzgan no con mucha ciencia y con poquísima caridad.

            Aníbal se erige en su sorpresa y dice «Construiré mi máquina solo». «Bien, – le responde el jefe, inténtalo». « ¿Puedo hacerlo aquí dentro?» «No, aquí debe trabajarse seriamente». «Entonces – dice Aníbal – lo que sucede aquí dentro ya no me interesa».

« ¿Qué quiere decir?».

«Quiere decir que renuncio».

«Está bien, decida como quiera, pero ahora estos problemas ya no son técnicos. Diríjase a los compañeros en la oficina para notificar su renuncia».

 «Sí -dice Aníbal. – me haré echar». Hace una pequeña pausa y agrega: «Me quedaré aquí 30 días para completar el trabajo que tengo en curso, de acuerdo con sus normativas».

            Desde ese momento comienza frenéticamente a diseñar y construir su mecanismo, en las horas de descanso, por la mañana, por la noche, en casa, sirviéndose de todo, de piezas de los juguetes del hijo como de los utensilios domésticos de la esposa. Construye una máquina, una pequeña máquina que se mueve, avanza, que oscila y que muerde el aire con un ritmo y con una agresividad que no dejan duda de su potencia. Entre Aníbal y esta máquina hay una conexión perfecta: la máquina le responde casi como si fuera un perrito y se inserta en la vida doméstica como anillo al dedo. Mientras la familia come, la máquina espera en el piso o en una esquina de la mesa. Luego de un mes su cuerpo está hecho: Aníbal ha logrado completarla el día mismo en que debe abandonar la fábrica. Se trata ahora de hacer pruebas sobre el gran cuerpo de la computadora electrónica, para ver si en verdad el nuevo anexo la mejorará y dará los resultados que Aníbal ha calculado y declarado.

            La noche del día en que dejó la empresa, Aníbal vuelve a la fábrica, se acerca a los portones furtivamente, lleva guantes, sombrero, una gruesa bufanda. Lleva en la mano una gran caja negra, moldeada extrañamente como un estuche de instrumento musical. Logra entrar en la fábrica, infiltrarse en el sector de las computadoras, donde brillan las blancas esquinas de máquinas misteriosas, de las cuales emana una luz consistente, que se extiende como un pensamiento. Con un actuar rápido y con la seguridad de un ladrón o de un cirujano Aníbal llega hasta el sitio deseado: se quita el exceso de ropa y se detiene junto a la gran computadora: le desmonta algunas piezas, rápidamente, y las deja sobre el piso; abre su estuche, saca su máquina y comienza a montarla. A medida que ensambla, pone las piezas de su máquina a un lado de la computadora, como un brazo más. Este trabajo rápido y seguro, se desarrolla durante toda la noche. Poco antes del alba la máquina está montada, entonces se acerca a la computadora, la enciende, le impone furiosamente una tarea y luego espera mientras la máquina procede: su ruido es preciso, sus índices se mueven; cada parte funciona perfectamente, sincronizada, activa: sus luces se encienden y apagan, sus cables vibran, sus teclas están tensas y las hendiduras sobre su interfaz parecen ansiosas, listas para morder; cintas perforadas se deslizan por los lados; al final llega una tarjeta que arroja el resultado. Aníbal se mete la tarjeta en el bolsillo, desmonta su máquina, la acomoda dentro del estuche, sale de la fábrica justo a tiempo; sube a su automóvil y vuelve a casa.

            El día siguiente, con el resultado obtenido, compila numerosas quinielas de fútbol. Espera tranquilo el domingo, sentado en el sillón, con la máquina a sus pies. La máquina funcionó perfectamente y el resultado es correcto. Corroboradas sus respuestas, que le hacen ganar casi todos los premios, los días siguientes va a cobrar, disfrazándose oportunamente para no ser reconocido como el único vencedor. Con esta enorme suma de dinero ordena a la industria, que ha tenido que abandonar, una computadora y todo el material eléctrico que se le ocurre.

            Pretende construir en su casa y poseer la máquina que diseñó, con este instrumento podrá realizar, y llevar hasta sus últimas consecuencias; sus proyectos: se volverá el hombre más potente de la tierra.

Un día, un camión de mudanza avanza lentamente alrededor de su casa, busca en las calles cercanas el gran edificio o el gran banco que ha podido hacerse con un computadora; da vueltas hasta que los choferes y el técnico que los acompaña corroboran que el número cívico escrito en la orden de entrega corresponde con el de una pequeña casa de los suburbios junto a la que hay un viejo cobertizo. La esposa y el hijo, para que Aníbal no pueda ser reconocido por los hombres de la empresa, reciben la entrega de la computadora y piden que la dejen sobre el pasto, una parte en el jardín delante de la casa y otra parte dentro del garaje, y otra dentro del viejo cobertizo.

            Desde ese mismo momento Aníbal comienza a construir su máquina. La esposa es partícipe del asunto y le hace segunda perfectamente, se vuelve también ella, en el fondo, una pequeña máquina al servicio de Aníbal, con cierta coquetería particular que él no logra controlar ni prever y que se vuelve la constante novedad de su amor y el estímulo para seguir con sus investigaciones; el modo de bajar los ojos, la boca, la nariz, los hoyuelos estrechos y las palabras, son las cosas que dan a Aníbal, junto con las distancia de cinco millones de años luz hasta la última estrella conocida, el sentido de la profundidad del universo. La misma profundidad la advierte en la maldad y en los desprecios del hijo, en sus maravillosas invenciones, en los ojos y en los ataques al mundo real y circundante, en los ataques a la tierra, a los árboles, a los animales, a los insectos.

Aníbal trabaja y la máquina está prácticamente en funcionamiento durante todo el día. La mujer está también orgullosa de esta máquina, una parte de la cual, entrando desde el jardín, le invade la cocina. La máquina funciona y parece entenderse con Aníbal de un modo directo o con un lenguaje para ella desconocido que le provoca celos: entonces se acerca a los manómetros y hace una mueca a la máquina en funcionamiento.

Hasta que la construcción completa hubo terminado: los últimos repetidores fueron conectados. Aníbal puede preparar las primeras operaciones. Luego de haber realizado estas operaciones se divierte con la familia durante media hora recabando resultados domésticos como el número de gotas de lluvia que caen sobre su techo durante un año o el número de veces que cada uno sonríe o que sonríen todos juntos. Después comienza a preparar las grandes operaciones que tiene ya claras en la mente, marcadas en un libro que está siempre sobre la mesa frente a la parte central de la máquina.

Empieza a configurar las operaciones: se trata de hacer todos los pronósticos posibles para la lotería, las quinielas, sorteos y próximas extracciones en las ruletas, carreras de caballos, carreras de perros, y así para los mismos eventos en otras partes de Europa y América. Para prever los resultados de las carreras de caballos, por ejemplo, en la operación captura el peso del animal, de la montura, del jockey, el pedigrí de los caballos, las probabilidades estadísticas de victoria del jockey, la densidad de la niebla, la velocidad de los vientos, la dificultad del terreno y demás datos infinitos. Para los partidos de fútbol, por ejemplo, captura todo sobre las estadísticas de los resultados, las formaciones, hasta calcular, por ejemplo, del partido de Trieste, la fuerza promedio con la que gira del balón. Así para todos los demás eventos.

            Comienza la operación práctica. La máquina trabaja y él espera: los resultados que obtiene son siempre precisos.

            Gana por todos lados, arrasa. No se da abasto con los cobros. Se ha hecho incluso de un camioncito para ir a reclamar las sumas de las victorias. Acumula todo el dinero en el viejo cobertizo junto a la casa, entre las puertas caídas y bajo el techo caído.

Un ladronzuelo del vecindario comienza a monitorear sus salidas, sus paseos extraños y sus disfraces: finalmente ve un saco lleno de billetes y piensa que Aníbal es un falsificador. El ladrón se acerca al cobertizo y mira la inmensa montaña de dinero: libras esterlinas, francos, dólares, marcos, etc.

Aníbal lo sorprende en ese momento y el ladrón dice: « ¡La industria es buena, y la cantidad de la producción es verdaderamente asombrosa! ¡Pero me parece que no es conveniente apostar por la cantidad, sino por la calidad! ¡Es mejor fabricar pocos dólares, pero hacerlos bien en lugar de tener esta montaña de papel! ¿Se imagina usted para distribuirla toda?»

El ladrón es gentil y sensato y Aníbal lo hace socio de su negocio. Le da mucho dinero y le explica que ese dinero es real pero que solo no le sirve para nada, como no serviría de nada gastarlo para estar bien y divertirse. Con el dinero, cuando consiga la suma necesaria, construirá una gran industria para fabricar las más potentes computadoras del mundo, las más potentes y también las más pequeñas, de tipo doméstico, que sirvan a las familias, a cada hombre, para resolver sus propios problemas de cálculo, de previsión y de programación.

El ladrón se marcha con una parte de ese dinero, pero ahora está fascinado con Aníbal y su idea, así que vuelve para asociarse.

Con la ayuda del ladrón Aníbal dispone de una doble capacidad para la recolección y almacenaje del dinero.

Son dos camioncitos que viajan y en poco tiempo el cobertizo está lleno de papel moneda.

En este punto Aníbal deja las operaciones de juego y comienza a estudiar los nuevos elementos a capturar en la máquina para saber exactamente en qué parte de Italia podrá construir su fábrica de computadoras. Captura nociones geográficas, sociológicas, artísticas, antropológicas, nociones de higiene, escolaridad, aptitudes, criminalidad; nociones sobre los vientos, la humedad, la nieve y las lluvias hasta que programa la máquina. La máquina trabaja más de lo usual, como consciente de la importancia de sus respuestas. Es casi como si tuviera una labor, hasta finalmente indica el valle del Metauro, entre Urbino, Urbania y Fermignano: ahí estarían las condiciones favorables, que van desde el clima, la gentileza de los hombres, hasta el número suficiente de desempleados jóvenes y con buenas características de inteligencia, actitud y escolaridad. Los desempleados que interesarían a la empresa son 347, con edades de entre 18 y 28 años. De cada uno de éstos la máquina dio un perfil: edad peso, escolaridad, enfermedades, altura, y demás cosas.

Con estos 347 perfiles, Aníbal parte, junto con su familia, al descubrimiento del lugar y los hombres. Se instala en Urbino y recorriendo el lugar encuentra y descubre, día tras día, a los 347 individuos.

Aníbal no tiene los nombres, pero apenas uno de los hombres declara alguno de sus datos, Aníbal puede cotejarlo con todos los demás y mencionarlos al interesado: cuánto pesa, cuánto mide, grado de estudios, enfermedades sufridas, cuánto miden sus padres.

Expone su idea hasta que ha contactado a los 347, de manera individual o en grupos, ilustra su idea de construir junto a ellos una industria para la construcción de computadoras.

A cada uno de ellos les otorga en efectivo la suma de cinco millones de liras, para ello hace llegar camiones y remolques coordinados por el ladrón. Con los cinco millones cada uno debe instruirse, viajar, satisfacer las exigencias que lo turban, pagar viejas deudas, deshacerse de los deseos insatisfechos, prepararse para trabajar con tranquilidad y conciencia en la fábrica a fundar: luego de un año Aníbal comenzará con los trabajos. Mientras tanto él estudiará los planos de la fábrica, cuya arquitectura será después discutida, junto a aquellos que entrarán a trabajar.

Aníbal sabe ya que de los 347 convocados sólo 222 volverán al cabo de un año. No sabe cuáles son esos 222, porque la máquina no le proporcionó los nombres.

Cuando se presenta a la cita en un café de Urbino cerca de la plaza del mercado ha ya dispuesto 222 sillas y un refrigerio para 222. Pero a la hora indicada llegan sólo 22 personas. Aníbal espera junto a su mujer, su hijo y el ladrón. Espera, pero al final las personas son sólo 22: los demás desaparecieron, cada uno con sus cinco millones de liras: compraron una granja, una casa o migraron, se mudaron a la costa, satisfechos y escondidos. Demostraron la avaricia, la falta de iniciativa, el egoísmo, la incerteza, la astucia de tantos.

Los 22 que se presentaron son jóvenes y confiables. Aníbal está consternado y siente miedo cuando se percata que los otros no llegarán; está aterrorizado y abatido no sólo por la ingratitud humana, sino también porque su máquina, en la que ha apostado todo y en la cual cree con toda su fe, dio un resultado inexacto.

Entonces entrega a los 22 más dinero, dejando suspendido cualquier trabajo con ellos. Si no regresa, disfrutarán del dinero.

Vuelve a casa y se presenta ante el prototipo de la máquina como ante un desafío. Captura una vez más las operaciones, minuciosamente, punto por punto, no dejando fuera nada: vientos, corrientes, humedad, nociones geográficas, históricas, todo. Mientras la máquina trabaja él le da vueltas y revisa cada pieza, atento a cada componente, sigue el flujo de los mecanismos, recorre el cobertizo y el jardín alrededor de la máquina. Sigue así hasta que se percata que una fila de hormigas avanza con orden y camina, como evidentemente había hecho la vez anterior, a través de su ruta natural, rutinaria, y ahora histórica, sobre uno de los cables más sensibles que se encuentran al lado de la máquina y fuera del cobertizo. Aníbal interrumpe con delicadeza la fila, sopla para alejar las hormigas y nota que el cable hace un ligerísimo movimiento para acomodarse en el lugar adecuado. La máquina trabaja con velocidad; llega finalmente el resultado: 22, tales son los hombres con los que puede contar. El viejo resultado de 222 se obtuvo porque el cable, bajo la presión de la fila de hormigas, se había movido ligeramente.

Entonces, feliz y victorioso, Aníbal retoma su proyecto y corre al encuentro de los 22 jóvenes que son suficientes para realizar, junto a él, la nueva empresa.


Paolo Volponi (1924-1994) es considerado uno de los máximos exponentes de la literatura industrial producto del boom económico italiano. Además de escritor fue político y diplomático. Entre sus obras más destacadas se encuentran Memorial (1962), La máquina mundial (Premio Strega, 1965), Corporal (1974) y El planeta irritable (1978)

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