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El embajador de Italia en México Enrico Guastone visita a Oriana Fallaci en el hospital luego de que ésta recibiera impactos de bala durante la matanza de Tlatelolco el 2 de Octubre de 1968.

La primera publicación de Carta a un niño que jamás nació, en 1975, causó que los lectores se dividieran. Algunos argumentaron que Oriana concebía la vida de un infante desde el momento de la concepción, otros, por el contrario sostuvieron que, aún si la vida comenzara desde la concepción, en el libro hay claras muestras de que Fallaci defendía el libre derecho de las mujeres para decidir si querían ser madres o no.
Más allá de la postura de la autora,
Carta a un niño que jamás nació es una novela en la que una mujer muestra sus miedos e inseguridades ante el dilema de dar o no la vida. Una novela cuya lectura incita al diálogo y que hoy, más 30 años después de su primera publicación, sigue siendo relevante y necesaria en medio del constante debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo.

Tiempo estimado de lectura: 12 min.



A quien non teme a la duda
a quien se pregunta por qué
sin cansarse y a costo
de sufrir y morir
A quien asume el dilema
de dar la vida o negarla
este libro está dedicado
de una mujer
para todas las mujeres

Esta noche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Estaba con los ojos bien abiertos hacia la oscuridad y de pronto, en esa oscuridad, se encendió un rayo de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir el golpe de un disparo en el pecho. Se me detuvo el corazón. Y cuando volvió a latir con golpes sordos, cañonazos de asombro, me di cuenta que caía en un pozo donde todo era incierto y terrorífico. Ahora heme aquí, encerrada dentro un miedo que me baña el rostro, el cabello, los pensamientos. Y en ése me pierdo. Intenta entender: no es miedo a los demás. A mí no me importan los demás. No es temor de Dios. Yo no creo en Dios. No es miedo al dolor. Yo no le temo al dolor. Es miedo de ti, del hecho que escapaste de la nada para engancharte a mi vientre. Jamás estuve lista para tenerte, incluso si te esperé tanto. Siempre me hice la atroz pregunta: ¿y si no te gustara nacer? Y si un día tú me lo reprocharas gritando « ¿Quién te pidió traerme al mundo, por qué me trajiste, por qué? » La vida es un agobio, pequeño. Es una guerra que se repite cada día y sus momentos de alegría son breves paréntesis que se pagan a un cruel precio. ¿Cómo puedo saber si no sería justo sacarte, cómo intuyo que no quieres volver al silencio? No puedes siquiera hablarme. Tu gota de vida es sólo un nudo de células recién comenzadas. Quizá ni siquiera es vida, si no la posibilidad de vida. Y sin embargo, daría tanto porque pudieras ayudarme con una señal, un indicio. Mi madre insiste en que le di un indicio, que por esto me trajo al mundo.

Mi mamá, ves, no me quería. Fui concebida por error, en un momento de distracción ajena. Y para que no naciera cada tarde disolvía en agua una medicina. Después la bebía llorado. La bebió hasta la tarde en que me moví dentro de su vientre, le di una patada para decirle que no me sacara. Ella se estaba llevando el vaso a los labios. De pronto lo alejó y derramó su contenido. Algunos meses después yo daba vueltas victoriosa bajo el sol, y si eso fue bueno o malo no lo sé. Cuando soy feliz siento que fue bueno, cuando soy infeliz siento que fue malo. Pero, incluso cuando soy infeliz, pienso que me molestaría no haber nacido porque nada es peor que la nada. Yo, te lo repito, no temo al dolor. Ese nace con nosotros, crece con nosotros, al dolor uno se acostumbra como al hecho de tener dos brazos y dos piernas. Yo, en el fondo, no temo ni siquiera a la muerte: porque si uno muere quiere decir que nació, que salió de la nada. Yo temo a la nada, al no ser, a tener que decir que no fuimos, ya sea por azar, por error, o por las distracciones ajenas. Muchas mujeres se preguntan: Traer al mundo un hijo ¿para qué? ¿Para que tenga hambre, para que tenga frío, para que lo traicionen y lo ofendan, para que muera asesinado en la guerra o por una enfermedad? Y niegan la esperanza de que su hambre se sacie, que su frío se vuelva calor, que la fidelidad y el respeto le sean amigos, que tenga una vida larga e intente acabar con la guerra y la enfermedad. Quizás ellas tienen razón. Pero, ¿debe preferirse la nada sobre el sufrimiento? Incluso en los momentos en los que lloro mis fracasos, mis desilusiones, mis preocupaciones, concluyo que sufrir es preferible a la nada. Y si extiendo esto a la vida, al dilema de nacer o no nacer, termino por exclamar que nacer es mejor que no nacer. ¿Todavía es lícito imponer tal razonamiento incluso a ti? ¿No es como traerte al mundo por mí misma sólo porque sí? No me interesa traerte al mundo sólo porque sí. Tanto más que ni siquiera tengo necesidad de ti.

***

No me has pateado, no me has enviado respuestas. ¿Cómo habrías podido? Estás aquí desde hace poco: si le pidiera una confirmación al médico, sonreiría burlándose. Decidí por ti: nacerás. Decidí luego de verte en una fotografía. No era propiamente tu fotografía: era una de cualquier embrión de tres semanas, publicada en un periódico junto a un artículo sobre la formación de la vida. Y, mientras la miraba, se me fue el miedo: con la misma velocidad con la que había llegado. Parecías una flor misteriosa, una orquídea transparente. En la parte de arriba se delineaba una especie de cabeza con dos protuberancias que se convertirán en el cerebro. Más abajo una especie de cavidad que se volverá la boca. A las tres semanas eres casi invisible, explica el pie de foto. Dos milímetros y medio. Y sin embargo crecen en ti un indicio de ojos, algo que parece una espina dorsal, a un sistema nervioso, a un estómago, a un hígado, a intestinos, a pulmones. Tu corazón ya está hecho, y es grande: en proporción, nueve veces el tamaño del mío. Bombea sangre y late regularmente desde el día dieciocho: ¿podría sacarte? Qué me importa si tu comienzo fue por azar o por error, ¿acaso nuestro mundo no inicio por azar o por error? Algunos insisten que en el principio no había nada más que una gran calma, un gran silencio inmóvil, después una chispa, un desgarro, y entonces, aquello que no era fue. A ese desgarro le siguieron otros: cada vez más imprevistos, cada vez más insensatos, más ignorantes de las consecuencias. Y entre las consecuencias floreció una célula, también ella por azar, quizás por error, que de pronto se multiplicó por millones, por billones, hasta que nacieron los árboles y los peces y los hombres. ¿Crees que alguien se planteara un dilema antes del estallido o antes de la célula? ¿Crees que se hubiera preguntado si le habría gustado o no? ¿Crees que se hubiera preocupado por hambre, su frío o su infelicidad? Yo no lo creo. Incluso si hubiese existido alguien, por ejemplo un Dios comparable al inicio del inicio, más allá del tiempo y más allá del espacio, temo que no le habrían importado el bien y el mal. Todo sucedió porque podía suceder, entonces debía suceder de acuerdo a una prepotencia que es la única prepotencia legítima. Y este mismo discurso aplica para ti. Asumo la responsabilidad de la elección.

La asumo sin egoísmo, pequeño: traerte al mundo, lo juro, no me divierte. No me veo caminando por la calle con el vientre hinchado, no me veo amamantándote ni lavándote ni enseñándote a hablar. Soy una mujer que trabaja: tengo tantas otras ocupaciones, curiosidades. Ya te dije que no necesito de ti. Pero te sacaré adelante igual, te guste o no. Te impondré la misma prepotencia que se impuso a mí, a mis padres, mis abuelos, a los abuelos de mis abuelos: así hasta el primer ser humano parido por otro ser humano, le gustase o no. Probablemente, si a éste o ésta le hubieran concedido la elección, se habría asustado y habría respondido no quiero nacer, no. Pero nadie le pidió una opinión y así nació y vivió y murió luego de haber parido a otro ser humano a quien no le dio oportunidad de elegir, y éste hizo lo mismo, por millones de años hasta llegar a nosotros, y cada vez hubo una prepotencia sin la cual no existiríamos. Se valiente, pequeño. ¿Crees que la semilla de un árbol no necesita valor cuando escarba la tierra y germina? Basta sólo un soplo de viento para arrancarla, la patita de un ratón para aplastarla. Y sin embargo germina y resiste y crece produciendo otras semillas. Y se vuelve un bosque. Si un día preguntas «¿Por qué me trajiste al mundo, por qué? » yo te responderé «Hice lo que han hecho los árboles durante millones y millones de años antes que yo, y creía hacer el bien» .

Lo importante es no cambiar de idea recordando que los seres humanos no son árboles, que el sufrimiento de un ser humano, porque es consciente , es mil veces más grande que el sufrimiento de un árbol , que a ninguno de nosotros nos sirve convertirnos en bosque, que no todas las semillas de los árboles generan árboles: la gran mayoría se pierden. Un giro similar es posible, pequeño: nuestra lógica está llena de contradicciones. Apenas afirmas una cosa, ves lo contrario. Y quizá te das cuenta que lo contrario es tan válido como aquello que afirmabas. Mi razonamiento de hoy podría derrumbarse así, con un tronar de dedos. De hecho: heme aquí ya confundida y desorientada. Tal vez porque no puedo confesarme con nadie más que tú. Soy una mujer que eligió vivir sola. Tu padre no está conmigo. Y no me arrepiento incluso si, de vez en cuando, mi mirada busca la puerta por la que salió con paso decidido y sin que yo lo detuviera, como si no hubiera más que decirnos.

***

Te llevé al doctor. Más que una confirmación, quería algún consejo. Para responder inclinó la cabeza diciendo que soy impaciente, que no puede decirme mucho por ahora, que vuelva en quince días, lista para descubrir que eras sólo un producto de mi fantasía. Regresaré sólo para demostrarle que es un ignorante. Toda su ciencia no vale lo que mi intuición, ¿y cómo hace un hombre para entender a una mujer que con antelación le dice que espera a un niño? Un hombre no queda embarazado y, a propósito, dime: ¿es una ventaja o una limitación? Hasta ayer me parecía una ventaja, más bien un privilegio. Hoy me parece una limitación, más bien pobreza. Hay algo de glorioso en el llevar otra vida dentro del propio cuerpo, en el saberse dos en lugar de uno. Por momentos te invade incluso una sensación de triunfo y, en la calma que acompaña al triunfo, nada te preocupa: ni el dolor físico que deberás afrontar, ni el trabajo que sacrificarás, ni la libertad que tendrás que perder.

¿Serás hombre o mujer? Quisiera que fueras una mujer. Quisiera que vivieras un día lo que yo estoy viviendo: no estoy de acuerdo con mi madre quien piensa que nacer mujer sea una desgracia. Mi mamá, cuando es muy infeliz, suspira: «¡Ah, si hubiese sido un hombre!». Lo sé, el nuestro es un mundo fabricado por los hombres y para los hombres, su dictadura es tan antigua que se extiende incluso al lenguaje. Se dice hombre para decir hombre y mujer, se dice niño para decir niño o niña, se dice hijo para decir hijo e hija, se dice homicidio para para indicar el asesinato de un hombre y de una mujer. En las leyendas que los hombres inventaron para explicar la vida, la primera criatura no es una mujer: es un hombre llamado Adán. Eva llega después, para divertirlo y traer problemas. En las pinturas que adornan sus iglesias, Dios es un viejo con la barba blanca, jamás una vieja con los cabellos blancos. Y todos sus héroes son hombres: desde Prometeo que descubrió el fuego hasta Ícaro que intentó volar, desde Jesús al que declararon hijo del Padre y del Espíritu Santo: casi como si la mujer que lo parió fuera una incubadora o una nodriza. Sin embargo, o quizá por esto, ser mujer es fascinante. Es una aventura que necesita un cierto coraje, un desafío que no aburre nunca. Tendrás tantas cosas que llevar a cabo si naces mujer. Para comenzar, tendrás que luchar para sostener que si Dios existe podría ser también una vieja de cabellos blancos o una joven hermosa. Tendrás que luchar para explicar que el pecado no nació el mismo día que Eva tomó la manzana: ese día nació la extraordinaria virtud de la desobediencia. Al final tendrás que luchar para demostrar que dentro de tu cuerpo suave y redondo hay una inteligencia que exige ser escuchada. Ser mamá no es un oficio. No es ni siquiera un deber. Es sólo un derecho entre tantos derechos. Te cansarás de repetirlo. Y a menudo, casi siempre, perderás. Pero no te rendirás. Luchar es mucho más bello que ganar, viajar es más bello que llegar: cuando llegaste o ganaste, habrá un gran vacío. Sí, espero que seas mujer, no te preocupes si te llamo pequeño. Espero que tú jamás digas lo que dice mi madre. Yo nunca lo he dicho.

***

Pero si nacieras hombre seré igualmente feliz. Y quizá más porque te serán perdonadas muchas humillaciones, servilismos, abusos. Si serás un hombre, por ejemplo, no deberás tener miedo de que te violenten en la oscuridad de la calle. No tendrás que valerte de un rostro hermoso para ser considerado como primera opción ni valerte de un buen cuerpo para esconder tu inteligencia. No te juzgarán mal cuando duermas con quien te plazca, no te dirán que el pecado nació el día en que tomaste una manzana. Te cansarás mucho menos. Podrás luchar con mayor comodidad para sostener que, si Dios existe, podría incluso ser una vieja de cabellos blancos o una hermosa joven. Podrás molestar sin que te ridiculicen, amar sin despertarte una noche con la sensación de caer en un pozo, defenderte sin ser insultado. Naturalmente te tocarán otras esclavitudes, otras injusticias: ni siquiera para un hombre la vida es fácil, ¿sabes? Porque tendrás músculos más firmes, te pedirán que lleves cargas más pesadas, te impondrán arbitrarias responsabilidades. Porque tendrás barba, reirán si lloras o incluso si tienes necesidad del cariño. Porque llevarás una cola por delante, te ordenarán que mates o te maten en la guerra y exigirán tu complicidad para perpetuar la tiranía que instauraron en las cavernas. Y sin embargo, o quizás por esto, ser hombre será una aventura también maravillosa: una empresa que jamás te decepcionará. Al menos eso espero porque: si serás hombre, espero que te vuelvas uno como el que siempre he soñado: dulce con los débiles, feroz con los prepotentes, generoso con quien te ama, implacable con quien ordena. En fin, enemigo de quien sea que cuente que los Jesús son hijos del padre y del espíritu santo: no de la mujer que los parió.

Pequeño, estoy intentando explicarte que ser un hombre no significa tener una cola por delante: significa ser una persona. Sobre todo me interesa que seas una persona. Es una palabra estupenda, la palabra persona, porque no impone límites a un hombre o una mujer, porque no traza fronteras entre quien tiene cola y no la tiene. Por lo demás la línea que divide a quién tiene y a quien no se reduce a la facultad de poder gestar o no una creatura en el vientre. El corazón y el cerebro no tienen sexo. Tampoco el comportamiento. Si serás una persona de corazón o de cerebro, recuérdalo, yo no estaré entre aquellos que ordenen te comportes de un modo u otro en tanto a hombre o mujer. Te pediré sólo que aproveches el milagro de haber nacido, de no ceder nunca ante la cobardía. La cobardía es una bestia que está siempre acechando. Nos muerde a todos, cada día, y son pocos los que no se dejan devorar por ella. En nombre de la prudencia, en nombre de la convivencia, y a veces de la sabiduría. Cobardes hasta que un riesgo los amenaza, los hombres se vuelven audaces luego de que el riesgo ha pasado. No tendrás que evitar el riesgo, jamás: incluso si el miedo te detiene. Venir al mundo es ya un riesgo. Eso de arrepentirse, después, de haber venido.

Quizás es muy pronto para hablarte de este modo. Quizás por ahora debería ahorrarte las miserias y las melancolías, quizá debería contarte un mundo de inocencias y alegrías. Pero eso sería como atraerte hacia un engaño, pequeño. Sería como hacerte creer que la vida es una alfombra suave sobre la cual se puede andar descalzo y no una calle llena de piedras. Piedras con las que se tropieza, se cae, que lastiman. Piedras de las que hay que protegerse con zapatos de hierro. Y ni siquiera eso sirve porque, mientras proteges tus pies, siempre hay alguien que levanta una piedra para lanzártela a la cabeza y… Y por hoy tuve suficiente, hijo mío, hija mía. ¿Entendiste la lección? ¿Qué dirían de mí si alguien me escuchara? ¿Me acusarían de estar loca o simplemente cruel? Vi tu última fotografía, a las cinco semanas, no mides ni un centímetro. Estás cambiando mucho. Más que una flor misteriosa ahora pareces una larva, mejor dicho un pececito al que le salen de prisa las aletas. Cuatro aletas que se convertirán en piernas y brazos. Los ojos son ya dos minúsculos granos negros, con un aro alrededor, ¡y al final de tu cuerpo tienes una colita! El pie de foto dice que en este periodo es casi imposible distinguirte del embrión de cualquier mamífero: si fueras un gato, te verías más o menos de la manera en la que te ves ahora. De hecho aún no hay rostro. No está tampoco el cerebro. Yo te hablo, pequeño, y tú no lo sabes. En la oscuridad que te rodea incluso ignoras tu existencia: podría sacarte y no sabrías que te he sacado. No sabrías nunca si te hice daño o un regalo.


Oriana Fallaci (1929 – 2006) periodista y novelista, considerada una de las autoras italianas más leídas en el mundo. Fue la primera mujer corresponsal de guerra de su país, entrevistó a diversas personalidades del siglo XX. Fue una de las pocas periodistas extranjeras presentes en la matanza del 2 de octubre en México. Entre sus obras destacan Entrevista con la historia, El sexo inútil (1961), Penélope en la guerra (1962), Entrevista con la historia (1974) Carta a un niño que jamás nació (1975).

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