El Metágrafo

Intercambio literario a través de la traducción

Mes: noviembre 2019

Los espárragos y la inmortalidad del alma y otro texto de Achille Campanile

«Algunos prefieren el limón al vinagre»

Umberto Eco señaló: «el humorismo de Campanile busca desmontar automatismos lingüísticos «. Y es cierto,el humor, junto con la brevedad, son los dos pilares que sostienen la obra de Achille Campanile. Como muestra de su trabajo en esta ocasión ofrezco la traducción del texto que da título a su libro más reconocido: Los espárragos y la inmortalidad del alma y otro breve cuento titulado «La carta de Ramsés«.

El primero se vale del tono ensayístico para disertar sobre las similitudes y diferencias entre esta verdura y la permanencia del alma. El segundo, se atiene más a la estructura del cuento y entreteje una serie de malentendidos que surgen entre los protagonistas gracias a la peculiar forma de escribir en el antiguo Egipto.
Tiempo estimado de lectura: 9 min.


Los espárragos y la inmortalidad del alma

No hay relación alguna entre los espárragos y la inmortalidad del alma. Éstos son una verdura perteneciente a la familia de los asparagaceae, creo, deliciosos hervidos y preparados con aceite, vinagre sal y pimienta.  Algunos prefieren el limón al vinagre. Igual de bueno es el espárrago cocido con mantequilla y acompañado con queso parmesano. Algunos le ponen encima un huevo estrellado, le va de maravilla. La inmoralidad del alma, por el contrario, es un problema; un problema, cabe agregar, que desde hace siglos turba las mentes de los filósofos.  Además, los espárragos se comen, mientras la inmortalidad del alma no. Ésta, de hecho, pertenece al mundo de las ideas. Naturalmente, en el presente caso, a la idea corresponde un hecho. Desde este punto de vista puede decirse que la inmortalidad del alma es una cualidad del alma, una propiedad peculiar del alma, incluso un concepto, el cual indica el hecho de que las almas son inmortales. Estamos verdaderamente lejos de los espárragos.

Otra diferencia es que se han escrito muchas más obras sobre la inmortalidad del alma que sobre los espárragos. Al menos eso creo. Ahora: no todos creen en la inmortalidad del alma, mientras que en los espárragos y de su existencia todos estamos seguros, nadie duda. Sin embargo la verdad es justo lo contrario: puede dudarse de la existencia de los espárragos, no de la inmortalidad del alma. Con todo, aún así, entre los unos y la otra hay una enorme abismo.

Eso sin mencionar las demás, e infinitas, diferencias entre unos y la otra.  

Veamos entonces si en algún caso se pueden encontrar puntos de contacto entre los espárragos y la inmortalidad del alma. Ésta y ésos pueden considerarse generalmente como cosas agradables. De hecho, si el alma no fuera inmortal, nada quedaría de nosotros y ésto sería muy desagradable. Completamente distinta es la grandeza de los espárragos, que son tan agradables al paladar.

Ahora me doy cuenta de que casualmente me surgió bajo la pluma una analogía completamente accidental entre los espárragos y la inmortalidad del alma: me surgió decir que, si el alma no fuera inmortal, nada quedaría de nosotros; por el contrario, siendo ésta inmortal, permanece mucho, permanece lo mejor de nosotros.   También de los espárragos queda mucho, por desgracia; y al contrario de nosotros, no queda la mejor parte ni la más noble. Es más, queda lo peor, el tallo. Sin embargo, aquello que resta es una cantidad considerable, lo que no siempre sucede en el caso de otros vegetales ya cocinados, como, por ejemplo, las espinacas, que son íntegramente comestibles.  Quizás éste es el único punto di contacto entre la inmortalidad del alma y los espárragos y estoy satisfecho de haberlo encontrado, aunque sea involuntariamente o por mera suerte, porque esto agrega un contenido positivo a la investigación que nos habíamos propuesto y llegamos a resultados que van más allá los pronósticos más optimistas. Pero repito, es un contacto meramente formal y exterior, pues, !hay una gran diferencia entre el alma y un tallo de espárragos! Y lo que es más, esta analogía del todo formal no es siquiera exclusiva de los espárragos, ya que las alcachofas se encuentran en la misma situación, en lo que respecta al porcentaje de desechos.

Para concluir y poner fin a una investigación a la que la falta de resultados apropiados vuelve de lo más vergonzosa, debemos decir que, desde cualquier perspectiva que se examine este problema, no hay nada en común entre los espárragos y la inmortalidad del alma.

De: Los espárragos y la inmortalidad del alma


La carta de Ramsés

Dulce era la tarde a orillas del sagrado Nilo. Los colores del atardecer se recostaban sobre las aguas, que se veían brillantes y trémulas entre las palmas, detrás del templo de Anubis.  Se alzó un débil canto de sacerdotes. Después todo quedó en silencio.

Ramsés paseaba meditabundo y la soledad del lugar, que parecía hecho para encuentros de amor, incrementaba su tristeza.

No muy lejos, parejas se deslizaban entre las sombras. Sólo él no tenía una compañera. Aquí la había visto por primera vez hace algunos días y aquí volvía cada tarde en amoroso peregrinaje con la esperanza de encontrarla de nuevo y declararle su amor.

Pero no había vuelto a ver a la chica.

«La amo», se decía el joven egipcio, «la amo apasionadamente.  ¿Pero, cómo hacérselo saber? … Ya sé, le escribiré una carta»

Corrió a casa, se hizo traer un papiro y se dispuso a escribir su declaración de amor, maldiciendo el extraño modo de escribir de los egipcios, que lo obligaba, a él que no era muy bueno en el dibujo, a expresarse mediante muñequitos.

«Veo con gusto que te has entregado a la pintura», le dijo el padre cuando lo vio trabajando.

«No, estoy escribiendo una carta», explicó Ramsés.

Y se puso de lleno a trabajar con buen talante.


«Le diré» trazó: «Hermosa doncella…»

(Y dibujó lo mejor que pudo a una joven a la que intentó dar un la mayor hermosura que le fuera posible).

… desde el primer momento en que la vi…

(Intentó dibujar un ojo abierto y apasionado).

… mi pensamiento vuela hacia usted…

(¿Cómo expresar este concepto poético? ¡Eso es!: dibujó un pájaro sobre el papiro).

… Si no es insensible a mis dardos de amor…

(Y dibujó una flecha disparada).

… la encontraré dentro de siete meses…

(Siete pequeñas lunas se formaron sobre el papiro).

… ahí donde el sagrado Nilo forma un codo…

(Ésto era muy fácil: al enamorado le bastó esbozar un riachuelo haciendo zig-zag).

…. y precisamente junto al templo de Anúbis…

(También ésto era muy fácil, pues la imagen del dios con cuerpo de hombre y cabeza de perro era conocida por todos).

…para que pueda expresarle los sentimientos de una respetuosa admiración…

(Se dibujó a sí mismo de rodillas).

… Créame, con mi mayor respeto, etcétera, etcétera.


Terminada la empresa el joven e ingenioso egipcio entregó la carta a su sirviente:

«Llévala a la hija de Psamético» dijo. «Es urgente».

«¡Oh”, dijo el viejo analfabeta, «qué gracioso catalejo!»

«Es un papiro, burro. Espero una respuesta».

Poco después, la hermosa hija de Psamético descifraba los no muy bien logrados dibujos del joven Ramsés, otorgándoles la siguiente interpretación.


Coja detestable

comí un huevo estrellado

es usted una tan tonta como un ganso…

pero, en lo físico, se parece más a la espina de un pescado…

… La agarraré a pedradas…

Es un despreciable gusano…

y necesita de la protección de Anubis…

(“¡Desgraciado!» pensó la muchacha. «¡Anubis es quien protege a las momias!»)

…Dejo de escribirle porque voy a limpiarme los zapatos.

Saludos, etcétera, etcétera.


«Qué gradísimo cobarde» chilló la joven. «¡Ahora verás!».

Tomó la pluma y debajo de la misma carta escribió:


Si yo soy como un ganso…

… pero jamás como una momia…

usted es un buey…

y lo agarraré a golpes.

Frase que logró al dibujar con gran pericia agregando al ganso, tachando a Anubis, agregando a un animal con cuernos y después un puño cerrado.


Devolvió la carta al sirviente de Ramsés, quien volvió con su dueño.

Cabe imaginar la alegría de éste cuando creyó descifrar – sin que se olvide su escasa habilidad para los dibujos- los jeroglíficos de la muchacha:


Mi pensamiento también vuela constantemente hacia usted…

… pero considero prudente no vernos en el templo de Anubis;

… en su lugar creo que un lugar tranquilo pueda encontrarse en los parajes del de templo al gran buey Apis

donde voy a concederle mi mano.


Pasaron cuatro mil años. El papiro de Ramsés salió a la luz gracias a un gran egiptólogo, el cual, luego de dos lustros de profundísimos estudios rescató, para admiración de todos los hombres, la pieza de sublime poesía contenida en el mismo.

Aquí está la traducción íntegra que realizó el especialista:


Oh Osiris que danzas pesadamente

sobre la flor de loto,

y seguida por Ibis, pájaro sagrado,

a ti ofrezco la espiga del grano

y siete pequeñas habas frescas,

todo para que alejes de mí a la serpiente de la envidia.

Al sumo Anúbis,

ante el cual me postro,

seguido también yo por el sagrado Ibis,

sacrificaré un gran buey

que he de matar con mi propio puño.

De: In campagna a un’altra cosa


Achille Campanile (1899-1977) Fue periodista, narrador, dramaturgo y guionista. Su obra se caracteriza por el «humor surrealista»conformado por elementos como el absurdo, la ironía y constantes juegos de palabras. De entre su obra destaca Los espárragos y la inmortalidad del alma (1974) y sus numerosas obras de microtragedias publicadas originalmente de forma periódica en diversos diarios italianos.

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El rostro de las cosas – Michele Mari

El Palazzo della civiltà italiana, mejor conocido como el coliseo cuadrado, es el mejor ejemplo de arquitectura fascista. La fotografía de su construcción está fechada en 1940.

Nuestra percepción del mundo varía de acuerdo al estado de ánimo y de las circunstancias que atravesamos en un determinado momento. En este breve relato, Michele Mari conjuga fondo y forma para mostrar un día terrible en la vida de su protagonista. Un momento en el que las cosas no fluyen como deberían y en el que todo se vuelve tedioso e insoportable.

Tiempo estimado de lectura: 3 min.


El niño gordo subió pesadamente las grandes escaleras de la enorme escuela, después se apresuró hacia su lejanísima aula (pasillo interminable, aserrín suicida sobre sobre las baldosas mojadas, percheros afilados, varicosísimas venas sobre las jamonosas pantorrillas de las desagradables conserjes). Entró en la clase maloliente un momento antes de que el odiado maestro comenzara con el inquietantísimo examen, sin que ello le evitara una sospechosa ojeada de preconcebida reprimenda: y caminando entre los pupitres dobles, los hábiles chistes de los crueles compañeritos.

Por fin sentado, ¡uf!, el preocupado niño sacó de la pegajosa mochila los preciosos instrumentos ante la triste necesidad del terrible asunto: la masticada pluma que esperaba no perdiese tinta azulada en infamísimas manchas, la goma bicolor con encima un hermoso pelícano, la primera franja para el feo atormentado, la segunda franja para la bella azarosa. Después arrojó un singular suspiro de persona vieja, y esperando el temido título, observó a sus compañeros bastardos: frente a él la espalda encorvada del cerebrito Ranzani, los cabellos cortos que recordaban un glamoroso cepillo, el cuello obscenamente bronceado: a su izquierda esa bestia desagradable del pestilente Cifoni, apodado pega-pega; a la derecha el infeliz Vallazze, que todos los días jodía porque se le había muerto su huesuda madre, y que por este insólito hecho se permitía cualquier excesivo capricho en contra de sus desafortunados vecinos…

La irritante voz del severo maestro interrumpe su distraída contemplación dando rápido inicio al dictado de pesadilla, sus fuertes dedos sudados guiaron el tibio plástico de su única pluma sobre las rayas grisáceas de la correspondiente hoja.  Aquí está, ahora debe afrontar el ingrato ejercicio, no más benévolas excusas por su penoso retraso.

El niño gordo recorre el largo pasillo blandiendo con las regordetas manos la hoja arrugada; sus bonitos ojos están llenos de aderezadas lágrimas, pero irritado como está por el juicio definitivo y por la amarga evidencia de la calificación fatal, él está alejadísimo de su propia e inconsciente belleza. Con la aguda escritura del maestro enfadado la calificación fatal tiene la forma perfecta de un insoportable 4, el juicio definitivo consiste en sólo dos palabras enmarcadas por signos de exclamación: ¡DEMASIADOS ADJETIVOS!

Gordinflón como un adorable bebito, el niño gordo baja melancólico las grandes, resbaladizas escaleras de la enorme escuela de insolente arquitectura fascista, ve un mundo sucio hecho de feas y presuntuosas personas deprimidas, ve las asquerosas banquetas llenas de vomitivos escupitajos amarillentos y de papeles voladores, de holgazanes manchas aplastadas hechas de colillas ya fumadas o de salivosos chicles escupidos, ve el claror grisáceo del cielo pluvial, lluvioso, lloviznoso reflejarse en los charcos llenos de lodo, la punta redonda de sus ridículos zapatos rojos agujerados espolvoreados de aserrín mojado que forma una costra sutil como de pan molido sobre escalopes, la hebilla oxidada de la pegajosa e incluso amada mochila dentro de la cual, junto a la pluma mordida y destapada y la áspera goma bicolor, yace olvidada una frágil merienda rellena de mermelada anaranjada y espesa. Muy espesa.

De: Euridice aveva un cane (1993)


Michele Mari (1955) Narrador, poeta, ensayista y dramaturgo. Su obra, en los diversos géneros, ha sido merecedora de diversos galardones. Entre sus libros más destacados se encuentran Euridice aveva un cane (1993) Tu, sanguinosa infanzia (1997) Leggenda privata (2017).

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