Sentada sobre una barda, Ángela mira todo lo que ocurre en una playa. Prefiere mantenerse ajena a todos y mirar a su alrededor sin que ella sea vista. Por momentos la actitud de Ángela demuestra el carácter de una chica de trece años, por otros, su voz demuestra que detrás de esa chica solitaria sigue habiendo una niña que narra su historia con cierta inocencia y ternura. En este relato, a través de la voz de Ángela, Milena Milani muestra ese paulatino y sutil cambio que es la llegada a la adolescencia.

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Estaba sentada sobre una barda cuando los vi llegar. Eran tres, uno tenía el traje de baño amarillo, el otro verde y el tercero llevaba uno blanco; eran tres trajes pequeños sujetos con cordones a los costados. Yo estaba con la cabeza a la sombra de una pérgola y movía las piernas sobre el parapeto. Me gusta esta forma de ir al mar, uno piensa que está en el campo. El viñedo con la uva aún verde es el orgullo del dueño, las acomodó hermosamente junto a la playa, construyó incluso un muro al que la vid puede aferrarse. Los turistas están felices con todo este verdor; muchos bañistas se detienen aquí debajo, en las mesitas, ordenan alguna bebida con hielo, otros incluso comen algo vestidos aún con su traje de baño. Conozco este lugar desde hace años, vuelvo siempre, me siento ya como en casa y hago lo que quiero.

El dueño, los bañistas y la enfermera son todos mis amigos, me consideran del tipo más bien curiosa porque voy de aquí para allá en la playa, nado y me seco, luego nado otra vez, a menudo estoy en lo fresco bajo la sombra de la vid y mezo las piernas sin ningún motivo.

Pasa un bañista y me dice: « ¿Cómo estás, Ángela? ¿Cómo estuvo hoy el mar, no vuelves al agua?»

 Y yo: «Estoy bien. Bruno. El mar estuvo espléndido, ahora vuelvo a meterme».

Siempre me hablan así, y yo respondo. Con estos amigos me gusta estar, pero con los otros, los bañistas hechos y derechos, no lo soporto. Me divierte mirar todo, miro cada cosa sin ser vista, me pongo, incluso, los lentes de sol que son muy oscuros.

Así miraba de un lado a otro cuando vi llegar a aquellos tres. Eran tres muchachos entre los quince y los dieciséis, los tres muy bien hechos, pero sobre todo el que llevaba un traje amarillo, que tenía el cuerpo como el de un pescado, todo hecho de músculos largos y esbeltos. Pasaron sin dignarse a mirarme, pero yo, por lo demás, tampoco me digné a mirarlos. El del traje amarillo llevaba un gramófono portátil y un gran paquete de discos. El de verde llevaba un arpón de esos que ahora están de moda. Se va bajo el agua, se dispara el arpón y el pescado termina atravesado; llevaba también un visor para ponerse sobre la cara y un snorkel para respirar bajo el agua. El de blanco venía tras ellos y masticaba. Los tres se dirigían hacia tres muchachas americanas que habían llegado hace media hora.

Las tres americanas eran jóvenes y lindas, con el cabello corto y sus trajes coloridos, de esos que cuando se mojan se vuelven brillantes. Las tres estaban recostadas sobre camastros, bajo el sol, y en la mano tenían no sé qué clase de bebidas que les había llevado un mesero, una botella dentro de un balde con hielo. Yo las miraba con envidia porque eran tres y no hacían otra cosa que reír y decir yes para luego echarse hacia atrás y reían y después bebían, mientras que yo estaba sola y lo único que hacía era mecer las piernas. Los tres muchachos saludaron a las tres muchachas y se sentaron a sus pies, darling, decían, y good bye. No sabían decir nada más, pero igual se daban a entender.

El del traje amarillo se sentó a los pies de la más joven que quizás tendría quince años y llevaba también un traje amarillo. Era rubia y llevaba unos lentes de sol más lindos que los míos. Reía, tenía los labios grandes y redondos, como los tienen los americanos; cada tanto tocaba la espalda del muchacho del traje amarillo y ella reía, luego bebía y volvía a reír.

El muchacho del traje verde se sentó junto a la chica que llevaba el traje azul, era la más grande y tenía el cabello castaño; podía adivinarse que era la hermana de la otra porque se parecían. Al muchacho de blanco le tocó la chica más pecosa y que no llevaba lentes, tenía el traje de baño mitad blanco y mitad negro, llevaba dos listones rojos entre las trenzas que le caían sobre la espalda. Era la muchacha más fea, cuando se reía abría los ojos. El muchacho de blanco parecía melancólico y seguía masticando sin decir palabra, los otros dos reían sólo para hacer algo.

Poco después pusieron en uso el gramófono, con todas las canciones americanas a su disposición, todas las chicas y los chichos, menos el de blanco, entonaron el coro. «El de blanco no canta» decía yo, tragado saliva; «mastica la chewing gum» y me daban nauseas sólo de pensar en la chewing gum que él masticaba. «Si pasa por acá le digo que deje de masticar» decía yo. En la playa había poca gente porque eran las tres de la tarde y, además, hacía mucho calor. Yo no tenía ganas de nada y pensaba en que era lindo ser americana y tener a un italiano a tus pies y que además hacía sonar el gramófono.

Nada más lo pensaba, porque en realidad de muchachos no quiero saber nada. Incluso en la escuela me lo dicen siempre mis compañeras: «Ángela, ¿por qué no te haces de un novio?» Todas lo tienen, incluso las más pequeñas, pero yo prefiero estar por mi cuenta. Las tareas las hago en mi casa, mientras que mis compañeras siempre van a hacerlas a casa de sus novios y luego tienen que darles un beso a cambio. ¡Pero yo, besar! Me da asco sólo pensarlo, tendría que lavarme la boca porque me quedaría ese sabor. Qué sabor sea, no lo sé, pero una vez me dijo Maura a lo que sabía un beso. Dijo que era como haber comido helado de crema de avellanas, pero yo creo que fue así porque su novio se había comido en verdad un helado antes de besarla. Pensando en lo que dijo Maura, también a mí me vino a la boca cierto sabor, tenía sed, tanta que bajé de la barda y fui cerca de una ducha para tomar un poco de agua fresca. Creí que estaría fresca, pero en realidad era agua caliente, por eso en lugar de beber me hice una ducha para refrescarme. Luego volví a la barda.

El muchacho con el traje amarillo se había puesto de pie y se estaba dirigiendo hacia mí.

«Ángela, ¿tienes un encendedor?» me dijo.

«No, no fumo.» le respondí y continué:

« ¿Por qué me llamas Ángela y me hablas de tú?»

«Oh querida» dijo él mirándome y riéndose «yo te conozco. ¿Vas en tercero de secundaria, no?»

« ¿Y eso qué?»

«Yo iré a la preparatoria» me dijo. «Soy el hermano de Maura. ¿No me habías visto?»

«No» dije. «Nunca he estado en casa de Maura, ni siquiera sabía que tenía un hermano.»

«Me llamo Giuseppe, pero me dicen Pino» dijo el muchacho de amarillo, «y no es verdad que soy el hermano de Maura.»

Me puse toda roja: «Vete de aquí, mentiroso» dije fuerte «ve con las americanas».

Los muchachos de verde y blanco llegaron corriendo, dejando a las tres americanas.

«No diré más» continué molesta «no sé qué hacer con ustedes. Vayan con sus americanas.»

« ¿Sus qué?» dijo Pino, tomándome por el brazo.

«Americanas» terminé yo. « ¿O es que son italianas?»

«¿Qué tienes que decir de nuestras americanas?» dijeron los otros dos.

«Paren» grité « no tengo nada que decir, no me importa nada.»

Después, dirigiéndome al de blanco que siempre masticaba, lo miré y dije: « ¿Y tú qué masticas?»

«Lo que me da la gana» respondió sacándose de la boca el chicle masticado. Los otros dos se pusieron a reír, y Pino, conciliador, se acercó a mí:

«Te presento a mis amigos» dijo «Él es Emilio» dijo indicando al de verde» y el otro es Mario.»

Mario hizo una reverencia y escupió el chicle. «Está bien» agregó « ¿ya estás contenta?»

Entonces también yo reí; los tres muchachos se subieron a la barda. « ¿Sabes que encontraste un sitio magnífico?» me dijeron. «Se ve todo y está fresco».

«Vengo siempre aquí» respondí.»

«Jamás te había visto» dijo Pino, acercándose a mí. Casi tocándome con su hombro.

«¿Entonces por qué dices tantas mentiras?» respondí. «Dijiste que me conoces, sabes mi nombre y en qué clase voy.»

«Pino sabe todo de todos y no ve nunca a nadie» dijo Emilio. «Incluso a las americanas, no las había viso nunca, pero las conocía.» Nos volvimos hacia ellas.

La chica de amarillo bebía y hacía sonar el gramófono.

«Mira qué maestría» dijo Mario «nos van a arruinar todo el mecanismo.»

«Por qué no vuelven allá» dije «yo me quedo aquí sola.»

«Estamos hartos de las americanas» me dijo Pino «no se puede hablar, nunca se sabe qué decir.»

« ¿Entonces por qué fueron con ellas?»

«Porque no te habíamos visto» me dijo Pino dándome esta vez un pellizquito en el brazo. Yo hice por devolvérselo, pero él escapaba. Lo seguí. Él, mirando atrás, gritó a los otros dos:

«Vayan ustedes con las americanas, yo no voy»

Corrimos hasta las barcas que estaban a la orilla, lejos del establecimiento. Nos sentamos a la sombra.

«Ángela, ¿me das un beso?» dijo Pino.

«Yo no» dije y me lancé al agua.

« ¿Por qué no me lo das?»

Yo nadaba como una rana, y cada vez que salía gritaba good bye; cuando Pino estaba por atraparme yo volvía a sumergirme. Fue un juego divertido. Poco después volvimos al pergolado y Pino no me había besado.

«Eres distinta, Ángela; tú no te dejas besar» dijo pino, sorprendido.

Nos sentamos con las piernas que se mecían. Mario y Emilio, sentados frente a las americanas, nos hacían señas desesperadas para decirnos que estaban hartos.Pino fue por el gramófono.

«El gramófono lo traje yo», dijo, «y ahora lo hago sonar para ti.» puso una canción que decía “Conozco a una muchacha que se llama Lulú”, era una canción en italiano, y Pino, en lugar de decir Lulú, decía Angelú para seguir con la rima. Hizo un desastre. Yo sólo pensaba que tenía trece años cumplidos y que ahora tenía un novio. Pino me dijo que tenía dieciséis, y que a las americanas les había dicho que tenía dieciocho.

De pronto, las tres chicas se levantaron nerviosas porque Pino no regresaba con el gramófono, y haciendo un gesto con la cabeza, fueron a vestirse sin haberse metido al mar. Mario y Emilio fueron a pescar con el arpón. Pino guardó el gramófono para que no hubiera más entrometidos.

También nosotros fuimos a vestirnos y volvimos a la ciudad en una pequeña motocicleta que hacía mucho ruido. Yo estaba feliz porque era la primera vez que iba en motocicleta, estaba sujeta a Pino y sentía su piel a través de la camisa.

Pino gritaba darling y yo respondía good bye y hacíamos un montón de ruido con nuestras risas. Para el día siguiente tenía una cita, y para el día que seguía también. La cita era debajo del pergolado, en ese lugar que me gusta porque está el mar y está el campo, puedo mecer las piernas, veo todo y nadie me ve.  

De: Emilia sulla diga


Milena Milani (1917-2013) Periodista, escritora y artista. De entre su obra destaca el libro de cuentos Emilia sulla diga (1954) y la novela Storia di Anna Drei (1947), con la que ganó el premio Mondadori. Su segunda novela, La ragazza di nome Giulio (1964), es quizás su texto más conocido, pues fue adaptado al cine con el mismo nombre y suscitó polémicas en diversos países.

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