El Metágrafo

Intercambio literario a través de la traducción

Mes: enero 2020

Un hueso de muerto – Iginio Ugo Tarchetti

Ectoplasma saliendo de la nariz de un médium

Influenciados por la vida bohemia de París y por la literatura de autores como E.T.A. Hoffmann, Charles Baudelaire, Mary Shelley y Edgar Allan Poe, escritores del norte de Italia formaron un movimiento al que llamaron scapigliatura. Este movimiento fue contra de la vida burguesa y en contra de la literatura romanticista escrita durante el periodo de la unificación de la península. Los scapigliati experimentaron con tópicos fantásticos, atmósferas sombrías y el terror; temas que no habían sido bien aceptados en Italia gracias a las opiniones de la iglesia católica. Cabe destacar que varios autores de este movimiento suelen contrastar dualidades, es decir, lo inexplicable y la perspectiva racional de la ciencia, el sueño y la vigilia, lo real y lo imaginario.

Un hueso de muerto (1867) es un buen ejemplo en el que lo fantástico y el pensamiento racional se confrontan. No es fortuito que el espiritismo, la supuesta ciencia de hacer contacto con el más allá, tenga un enorme peso en la trama de la historia.

Tiempo estimado de lectura:
12 min.


Dejo a quien me lee la apreciación del hecho inexplicable que estoy por contar.

En 1885, establecido yo en Pavia, me había entregado al estudio del dibujo en una escuela privada de aquella ciudad; pasados algunos meses había logrado establecer relación con un cierto Federico M., profesor de patología y clínica a nivel universitario, y quien muriera de apoplejía fulminante pocos meses después de haberlo conocido.  Era un gran amante de las ciencias, y de la suya en particular – tenía virtudes y dotes intelectuales poco comunes- a excepción de que, como todos los anatomistas y los clínicos en general, era profundamente escéptico- tal era su convicción, que no pude nunca inducirle mis creencias, sin importar cuánto nos adentráramos en las apasionadas y calurosas discusiones que teníamos cada día sobre ese asunto. Sin embargo – y me complace dedicar esta aclaración a su memoria- él se mostró siempre tolerante hacia las convicciones que no eran las suyas; yo y todos los que lo conocimos hemos conservado los más queridos recuerdos de su persona.  Pocos días antes de su muerte él me había aconsejado asistir a sus clases de anatomía, argumentando que ahí habría adquirido no pocos conocimientos para beneficio de mi arte del dibujo: accedí con cierta repugnancia; incitado por la vanidad de parecerle menos cobarde de lo que en realidad era, le pedí algunos huesos humanos, mismos que él me dio y yo coloqué sobre la chimenea de mi habitación. Con su muerte dejé de frecuentar el curso de anatomía, más tarde desistí también del estudio del dibujo. No obstante, conservé por muchos años aquellos huesos, la costumbre de verlos me había hecho indiferente a ellos, y no hace más de unos cuantos meses que, perturbado por un miedos que me asaltaron de pronto, resolví enterrarlos, no conservando entre mis pertenencias más que una simple rótula de la rodilla. Ese huesillo esférico y liso que, por su forma esférica y lisa, amén de su pequeño tamaño, había destinado desde el primer momento en que lo tuve a cumplir la labor de un pisapapeles, ese hueso que no me provocaba ninguna idea aterradora, se encontraba ya desde hace once años sobre mi escritorio, hasta que me fue arrebatado de la forma inexplicable que estoy por narrar.

Durante la primavera pasada, había conocido en Milán a un magnetizador bastante reconocido entre los amantes del espiritismo, hice los arreglos para ser admitido en una de sus sesiones. Poco después recibí la invitación para unirme a un grupo, asistí con la turbación de advertencias más bien tristes, camino a la cita más de una vez estuve tentado a renunciar.  La insistencia de mi vanidad logró convencerme de malagana. No hablaré aquí de las sorprendentes invocaciones a las que asistí: bastará decir que me asombraron las respuestas que escuchamos de algunos espíritus y que a mi mente la asombraron esos prodigios. Una vez superados todos los miedos, concebí el deseo de llamar un espíritu que me fuera conocido para hacerle, yo mismo, algunas preguntas que había ya meditado en mi cabeza. Manifestada esta voluntad, fui guiado hasta un gabinete apartado en el que me dejaron solo; y puesto que la impaciencia y el deseo de invocar a diversos espíritus al mismo tiempo me hacía dudar sobre mi elección, y puesto que era mi afán interrogar al espíritu invocado sobre  el destino humano y sobre la espiritualidad de nuestra naturaleza, me vino a la mente el doctor Federico M. con quien, en vida, había sostenido grandes discusiones sobre este tema. Fue así que decidí llamarlo. Hecha mi elección, me senté a la mesa, dispuse ante mí una hoja de papel, introduje la pluma en el tintero y me preparé para escribir. Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad me concentré tanto como me fue posible en el pensamiento de la invocación y esperé a que viniera el espíritu del doctor.

No esperé mucho tiempo. Luego de algunos minutos me percaté, gracias sensaciones nuevas e inexplicables, que ya no estaba solo en la habitación, sentí, por decirlo de alguna manera, su presencia. Antes de que resolviera hacer una pregunta, mi mano, agitada y compulsiva, movida por una fuerza ajena a mi voluntad, escribió, sin que yo así lo determinara, estas palabras:

«Estoy con usted. Me llamó en un momento en el que las invocaciones más exigentes me impedían venir, no podré quedarme aquí durante mucho tiempo, ni podré responder a las interrogantes que se ha dispuesto a hacerme. Sin embargo, vine para complacerlo y porque yo mismo necesito de usted; hacía ya un tiempo que buscaba el medio para ponerme en contacto con su espíritu. Durante mi primera vida mortal le di algunos huesos que tomé del gabinete anatómico de Pavia, entre los cuales había una rótula de rodilla que perteneció al cuerpo de un ordenanza de la Universidad que se llamaba Pietro Mariani, cuyo cadáver seccioné arbitrariamente.  Son ya once años que él tortura mi espíritu para recuperar ese huesillo que le falta, continúa a reñirme amargamente por mis acciones, me amenaza e insiste por el regreso de su rótula. Le ruego por la memoria quizás no ingrata que conserva de mí, que si aún la conserva, se la regrese y me libere de esta tormentosa deuda. Ahora traeré hasta usted al espíritu de Mariani.  Responda».

Aterrorizado por la revelación, respondí que aún conservaba la desdichada rótula, y que me complacería mucho poder devolverla a su legítimo propietario, que, no habiendo otra opción, trajera a Mariani hasta mí. Dicho esto, o más bien, pensado, sentí liberada mi persona, mi brazo se sintió más libre y mi mano dejó de sentirse atrapada como antes, comprendí que el espíritu del doctor había desaparecido.

Me quedé, entonces, esperando durante un momento. Mi mente estaba en un estado de exaltación imposible de definir.

Pasados unos minutos, volví a experimentar los mismos fenómenos de antes, aunque con menos intensidad; mi mano, llevada por la voluntad del espíritu, escribió estas otras palabras.

«El espíritu de Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia,  se presenta ante used y reclama la rótula de su rodilla izquierda, misma que posee usted indebidamente desde hace once años. Responda».

Este lenguaje era más conciso y enérgico que el usado por el doctor. Respondí al espíritu:

«Estoy más que dispuesto a devolver a Pietro Mariani la rótula de su rodilla izquierda, le ruego me perdone por la posesión ilegal; deseo, sin embargo, me haga saber cómo podré efectuar la devolución que me exige». Mi mano volvió a escribir:

«Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia, vendrá a recoger él mismo su rótula».

«¿Cuándo?» pregunté aterrado.

Y la mano trazó instantáneamente una sola frase: «Esta noche».

Aniquilado por esa noticia, cubierto de un sudor cadavérico, me apresuré a exclamar, cambiando un poco mi tono de voz.

«Por piedad… le pido… no se moleste…yo mismo la regresaré….debe haber otras formas menos incómodas…». No había terminado aún la frase cuando me percaté, por las sensaciones ya experimentadas antes, que el espíritu de Mariani se había ido, que no había ninguna forma de impedir su visita.

Es imposible que logre explicar con palabras la angustia que me produjeron las sensaciones que experimenté en ese momento. Estaba preso de un pánico escalofriante. Salí de aquella casa mientras los relojes de la ciudad marcaban la medianoche: las calles estaban desiertas, las luces de las ventanas apagadas, las flamas dentro de las farolas ensombrecidas por una neblina densa y pesada: todo me parecía más tétrico de lo normal. Caminé un tramo sin saber hacia dónde dirigirme: un instinto más fuerte que mi voluntad me alejaba de mi habitación. ¿De dónde sacar el coraje para ir? Esa noche recibiría la visita de un espectro: la idea era como para morirse, era un augurio demasiado terrible.

Quiso el azar que, dando vueltas, no sé sobre qué calle, me encontré frente a una taberna sobre la que vi un cartel con caracteres tallados que, iluminados con una llama, anunciaban: «Vinos nacionales». Sin más me dije: «Entremos, es mejor así, no es un mal remedio; buscaré en el vino la osadía, pues no tengo ya la fuerza para pedírsela a mi razón». Y confinándome a la esquina de una habitación subterranea pedí algunas botellas de vino que bebí con avidez, aun si por costumbre me repugna el abuso de ese licor. Obtuve el efecto deseado. Con cada vaso bebido mi temor se desvanecía notoriamente, mis pensamientos se aclaraban, mis ideas parecían reordenarse, aunque con un nuevo desorden; poco a poco junté el coraje que me hizo burlarme de mi propio temor. Me levanté y, resuelto, me dirigí a casa.

Una vez en mi habitación, un poco tambaleante por todo el vino que bebí, encendí la lámpara, comencé a desvestirme, pero caí rendido sobre la cama, cerré un ojo y después el otro, intenté dormirme. Pero mi esfuerzos eran vanos.

Me sentía adormecido, rígido, cataléptico, incapaz de moverme; las cobijas me pesaban sobre el cuerpo, me envolvían y aplastaban como si fueran de metal fundido; durante ese sopor me percaté de que singulares fenómenos ocurrían en torno mío.

Desde el mechero de la vela que creía haber apagado y que, cabe decir, era de estearina pura, se alzaban grandes espirales de humo negro y denso que, juntándose en el techo, no permitían verlo pues asumían una apariencia como la de una pesada capa de plomo: la atmósfera de la habitación se volvió sofocante y se impregnó de un olor como el que emana de carne viva sometida a las llamas, a mis oídos los ensordecía un ruido incesante del cual no podía saber las causas, y la rótula, que veía ahí, sobre mis documentos, parecía moverse y girar sobre la superficie del escritorio, como una presa en medio de convulsiones extrañas y violentas. 

No sé cuánto tiempo duré en ese estado: no podía quitar mi atención de esa rótula.

Mis sentidos, mis facultades, mis ideas, todo se concentraba en esa imagen, todo me llevaba a ella: yo quería levantarme, dejar la cama, salir, pero me era imposible; mi desolación llegó a un grado tal que ya casi no fui capaz de sentir miedo alguno, hasta que, disipado ya el humo de la vela, vi levantarse una cortina cerca de la entrada y se presentó el esperado fantasma.

No pude siquiera parpadear. Avanzó hasta la mitad de la habitación, se inclinó cortesmente y me dijo: «Yo soy Pietro Mariani, y vengo a recuperar, como le prometí, mi rótula».

Y dado que el terror me impedía darle una respuesta, él continuó con dulzura:

«Disculpará que haya venido a molestarlo en la alta madrugada… a esta hora… entiendo que es una hora inconveniente… pero…».

«¡Oh! no es nada, no es nada – lo interrumpí repuesto ante tanta cortesía, – debo incluso agradecerle su visita… estaré siempre honrado de recibirlo en mi casa…»

«Le agradezco – dijo el espectro.- pero en cualquier caso deseo disculparme por la insistencia con la que he reclamado mi rótula, tanto con usted, como con el estimado doctor del cual usted la obtuvo; observe.»

Y diciendo ésto, levantó un trozo de la sábana blanca bajo la que que estaba cubierto, y me mostró la tibia y el fémur de la pierna izquierda, mismos que a falta de la rótula, estaban unidos por un listón negro que daba dos o tres vueltas dentro de la abertura formada con el peroné, dio algunos pasos en la habitación para mostrarme cómo es que la ausencia de ese hueso le impedía caminar libremente.

«No quiera Dios -dije entonces con tono de hombre mortificado- que el estimado ex ordenanza de la Universidad de Pavia siga cojeando en mi casa: tome su rótula, ahí está, sobre el escritorio, tómela y acomódela en su rodilla como mejor pueda.  

El espectro se inclinó por segunda vez a modo de agradecimiento, soltó el listón que unía el fémur y la tibia, lo dejó sobre el escritorio, y una vez tomada su rótula, empezó a acomodarla en la pierna.

«¿Qué noticias tiene del otro mundo?» le pregunté entonces, viendo que la conversación languidecía ante su ocupación. Pero él no respondió a mi pregunta y exclamó con aire de tristeza: «Esta rótula está muy deteriorada, no le ha dado usted un buen uso».

«No creo – dije – ¿pero es quizás que sus demás huesos son más fuertes?

Se quedó callado, se inclinó una vez más para despedirse; y cuando estuvo en el umbral de la salida, respondió luego de dejar tras de sí el marco de la puerta. «Mire si mis demás huesos no son más fuertes».

Y pronunciando estas palabras golpeó el suelo con el pie con una fuerza tal que todas las paredes temblaron; ese sonido me asustó y… desperté.

Apenas consciente, noté que se trataba de la casera que llamaba a la puerta y decía: «Soy yo, levántese, venga a abrirme».

«¡Dios mío! – exclamé tallándome los ojos con el dorso de la mano. ¡Entonces fue un sueño, nada más que un sueño! , ¡qué susto! Bendito sea… ¡Pero qué insensatez! Creer en el espiritismo… en los fantasmas…» Me puse rapidamente los pantalones, corrí a abrir la puerta; y dado que el frío me aconsejaba volviese bajo las cobijas, me acerqué al escritorio para dejar una carta bajo el pisapapeles…

!Pero cuál fue mi terror cuando vi que la rótula había desaparecido, y en su lugar encontré el listón negro que había dejado Pietro Mariani!


Iginio Ugo Tarchetti (1839-1869) Murió de tuberculosis a los treinta años. Dejó tras de sí varios cuentos de índole fantástica y un par de novelas. Fosca (1869) es considerada su mayor obra, esta novela quedó inconclusa dada la muerte del autor, un gran amigo de Tarchetti la terminó en su lugar y se encargó de publicarla.

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Índice de contenido

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B

Benni, Stefano
Hermano ATM


C

Campanile, Achille
Los espárragos y la inmortalidad del alma
La carta de Ramsés


F

Fallaci, Oriana
Carta a un niño que jamás nació (fragmento)


G

Ginzburg, Natalia
Los zapatos rotos


M

Malaparte, Curzio
Perro como yo

Malerba, Luigi
El juego del robo

Mari, Michelle
El rostro de las cosas

Merini, Alda
Los conjuros de la noche: aforismos

Milani, Milena
Prohibido besar a Ángela

Montanelli, Indro
Crónicas del diluvio


P

Parise, Goffredo
Amor


T

Tarchetti, Ugo Iginio
Un hueso de muerto

Tondelli, Pier Vittorio
Jóvenes en Navidad


V

Varios autores:
Cartas de condenados a muerte de la resistencia italiana

Volponi, Paolo
Aníbal Rama


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Jóvenes en Navidad – Pier Vittorio Tondelli

La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman.

En Italia, el servicio militar obligatorio (conocido popularmente como Naja) estuvo vigente en las leyes desde 1861 hasta 2004, por lo que, al llegar a la mayoría de edad, los hombres debían cumplir un año bajo instrucción militar dentro un cuartel. Pier Vittorio Tondelli cumplió su servicio en 1981, de su experiencia surgieron textos como Il diario del soldato Acci (1981) y Pao, Pao (1982). «Jóvenes en Navidad» sigue la misma temática, este cuento pertenece al libro L’abbandono. Racconti dagli anni Ottanta (1992).

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


BERLÍN OCCIDENTAL. Heme aquí dando vueltas como un buitre en torno a las ruinas de la Gedächtniskirche, la iglesia de la memoria, un campanario casi destruido por los bombardeos que, en el centro de la ciudad, debería ser una advertencia para los hombres y el mundo, recordándoles la matanza de la última guerra. Ahí, en Europa Central, entre los negocios iluminados y el tránsito veloz de la noche, los taxis, los automóviles y los vehículos del ejército aliado, la iglesia parece más un muro de contención para los autos. Hay en Berlín muchos más signos de la locura destructiva de la guerra, hay aún casas con rastros de proyectiles en el yeso de los muros, hay edificios que han conservado intacta sólo la fachada, el resto son sólo cúmulos de piedras cubiertas de nieve. Pero en el fondo la verdadera tragedia es que estoy aquí, solo, con poco dinero en los bolsillos, dando vueltas como desesperado en medio del tránsito de la ciudad, escuchando que todos se desean Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo y que yo aún no he aprendido bien este bendito idioma. La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman. Esta tarde, esta noche, en la noche buena, no soy más que un pobre estudiante italiano de veinticuatro años perdido en la metrópoli, sin amigos, sin una chica, sin un pavo relleno que devorar mientras bebo una cerveza y sket. Por esto, en cierta forma, estoy en guerra.

Dejo Kudamm siguiendo el tránsito hasta Wittembergplatz. El cielo es extraordinariamente negro y está apuntalado con estrellas. Al sur, sólo en Italia, sería una noche dulcísima y perfumada. Aquí no percibo olores, y ni es, al final, gran claridad la de ese techo vacío y gélido, barrido por el viento helado y que me obliga a caminar con la espalda erguida mientras miro fijamente el suelo. La nieve, caída hace algunas semanas, está apilada en bloques de hielo a los costados de la calle. Los berlineses dicen que ésta es una Navidad cálida, pero en realidad ésto es Siberia. Sigo avanzando, intento concentrarme, debo encontrar una salida, no puedo pasar solo mi primera Navidad en tierra germana, tirado en la calle como un piojo. Klaus, mi compañero de casa, volvió con su familia a Hamburgo para las fiestas de fin de año, lo mismo hicieron nuestros otros amigos Hans, Dieter y Rudy: hay quien fue a Mónaco, a Fráncfort o Stuttgart. Sólo quedó Katy, la única berlinesa de nuestro grupo, amiga de Klaus, pero tiene una gran cena con sus familiares y no pudo invitarme. Siento de pronto el olor de hamburguesas, levanto la cabeza, veo un quiosco a un costado del camino que fríe salchichas y papas. Compro mi cena de Navidad, aquí en Witterbergplatz y la como mirando los escaparates iluminados y suntuosos de las grandes tiendas KaDeWe que exponen decenas y decenas de vestidos de noche, los más costosos son los italianos. En el fondo no tengo problemas de soledad. Lo que me falta es alguien, por la noche, con quien sentarme a la mesa de una cervecería y beber un vaso.

ROMA. Llevo toda la tarde detrás de este maldito permiso de treinta y seis horas, dando vueltas entre el edificio de mando, la sala de equipamiento y la comandancia como un lunático histérico, golpeando los tacones y saludando lo mejor que puedo y poniendo ahí sobre la mesa, bien a la vista, la fatídica hoja que me permitirá huir de este maldito cuartel, llegar a un hotel, darme una buena ducha, ponerme un traje limpio y luego irme directo a la fiesta de Clara. Pero no, aquí estoy sobre este catre, falta la firma del coronel y no puedo retirarme. Me dan ganas de llamar al imbécil de mi primo, el general de caballería (pardon, de Lanceros) que me aconsejó hiciera el servicio aquí diciéndome verás, no tendrás problemas con los permisos, irás a casa cuando quieras etcétera, etcétera. ¡Pero no, aquí está el lancero Giulio Marini ya histérico y devastado por un mísero permiso de treinta y seis horas que nadie tiene la gentileza de firmarle, con la perspectiva de renunciar a una fiesta que iniciará en pocas horas y que no podrá verlo entre los invitados! ¡Dios Santo! Ahora llamo a ese primo y le digo esto y aquello y también esto otro, eh, entenderá con quién está tratando, ¡hay tantos chicos que me esperan, ni siquiera puedo estar aquí con estos sureños imbéciles dentro del cuartel! ¡En la noche de Navidad! ¡Imagínate! ¡Que se jodan todos! Ahora voy ahí, llamo hasta Údine, llamo al primo general Vitaliano y escuchará todo lo que tiene que decirle el lancero Mariani… Qué lástima que mamá y papá estén en la montaña y sea ya inútil que intente llamarlos. A esta hora estarán borrachos por el champán y en algún lindo hotel. Quizás ya habrá nevado.

CORVARA. Marisa es estupenda. En verdad extraordinaria. Esquiamos todo el día en Pralongià, pistas artificiales, que quede claro, pero geniales para conocerse y conversar sin estar demasiado preocupado por las bajadas. Hacía ya tres días que le había echado el ojo, su cabello rubio cenizo que deja suelto sobre su espalda, su forma de hacer las bajadas y esa forma desenvuelta de vestirse, no con trajes y bufandas lunares y demás cosas así, sino con un par de pantalones de lana elástica negra que ella dice son auténticos fifties, de Laura su hermana mayor; y esas botas ridículas, sin broches y tan viejas como para romper los tobillos, y que, por el contrario, puestas en ella, se ven ligeras y elegantes. Las demás de nuestro grupo parecen pavitas todas en fila y todas tontas, están siempre ahí, avanzando sobre la nieve, una junto a la otra como patitas. Marisa no, ella es tan despreocupada…

ROMA. Estoy jodido. La Comandancia cerró. El Coronel no apareció. El ayudante mayor se esfumó, el teniente de guardia, que podría firmar, evita asumir la responsabilidad incluso cuando lo he hecho leer el código militar en el que dice que a falta de superiores directos es él, el dirigente de la barraca, quien puede darme su firma. Mi permiso se pierde en la oscuridad de un edificio cualquiera, Dios mío, qué tristeza. Podría irme tranquilamente, pero en este punto qué sentido tiene dejar una fiesta a las once y media para volver al catre. ¿Y si me fugara? No, ni pensarlo. Mis verdaderos amigos, los que me cubrirían sin dudarlo, están todos de permiso. Estoy cansado, aburrido y deprimido. Me quedo en el catre a ver el techo, las manos cruzadas detrás de la nuca, el cigarro en la comisura de los labios. Los reclutas hace poco comenzaron a hacer alboroto, los cocineros, los guardias y los demás parias vinieron a la habitación semidesierta con botellas de vino y uno que otro pan robados de la tiendecilla de víveres. Se abrazan y gritan y cantan mirando las fotos de las chicas. De esta chusma no entiendo ni las palabras ni los gestos, son como árabes para mí. Ya es medianoche. Lloraría de rabia.

CORVARA. Comí tan rápido como pude la comida tradicional de Navidad, es decir, tortelli de calabaza, amaretti y brandy, pescado de Comacchio marinado, anguila y salmón fresco. En verdad un récord. Por el contrario, fueron larguísimas esas Ave María que la abuela nos obliga a recitar de pie frente a la mesa llena e iluminada por las velas rojas, cada año a las nueve en punto, un rosario completo con todos los misterios, las glorificaciones y las beatificaciones. No podía esperar a que terminara, de hecho, después probé un poco de pescado y corrí a la fiesta de Marisa. Es una Navidad estupenda. Una de esas cosas que se cuentan en los trabajos de la escuela, la nieve fuera de las ventanas de la cabaña, el panettone, los dulces, las bebidas y el vino espumoso pese a que todos somos menores y nuestros padres nos prohibieron beber alcohol. Marisa está en el centro de la fiesta. Seremos una veintena de personas en la sala de su casa. Sus padres se fueron al festejo en el Hotel Cristallo y le dejaron casa libre (¿por qué no nos mandan a la abuela con sus Ave María?). Escuchamos música, bailamos, nos miramos. A la media noche sus amigos, un grupo de Florencia, tocan sus guitarras y cantan una canción. Es en ese momento que ella se me acerca y me da un beso sobre la mejilla y me da las felicitaciones tomándome de la mano. Los fuegos artificiales comienzan a explotar en el cielo. Salimos corriendo de la casa tomados de la mano. Miro a Marisa, tiene las mejillas sonrojadas, sus ojos azules resplandecen con los destellos de la noche. Tengo quince años y sé lo que un hombre debe hacer en estas ocasiones. Acerco mi rostro a su mejilla y le planto un beso. ¡Responde! ¡Responde! Guiados por antorchas y los fuegos artificiales, los maestros de esquí descienden lentamente por las pistas. Es Navidad y todos parecen felices.

ROMA. Los sicilianos, los napolitanos, los abruzos, los casertanos, los sardos, los calabreses, los pulieses hacen un maldito caos. Encendieron la radio y cantan como endemoniados. Beben y comen, bailan y brindan. ¡Los odio! ¡Los odio! ¡Sólo necesitan algo para cantar y son felices! Dios, qué molestia. Luego se acerca a mi catre un tipo ofreciéndome un vaso, dice ¿por qué no bebes con nosotros? Es todo tan extraño, tan imprevisto. Me parece como si no hubiera planeado otra cosa. Es increíble cómo respondo, un poco tímido, y digo que sí. De repente siento calor y la rabia comienza a esfumarse. No está tan mal, entro a la fiesta, comienzo a divertirme y a reír, vamos todos corriendo a la plaza de armas y encendemos un fuego enorme. Quemamos todo lo que encontramos. Es como un motín. Todos gritan, corren a las cocinas en busca de basura, a las oficinas, a la enfermería. El teniente de guardia interviene junto con otros soldados, pero él también cae víctima del vórtice del vino y se pone a cantar (es napolitano). En poco tiempo se vuelve una gran fiesta, una pobre fiesta para los muchachos uniformados.

BERLÍN OCCIDENTAL. Seguí caminando hasta llegar a la Nollendorfplatz. Mi casa no está lejos, pero la idea de pasar la medianoche solo me hiela la sangre incluso más que la temperatura de Prusia. El tráfico se ha disipado. Detrás de las ventanas encendidas veo muchas siluetas que danzan como mariposas. ¿Serán felices? También yo fui feliz, al menos una vez, en Navidad. Fue mi primer amor. Tenía el cabello rubio cenizo y estábamos arriba de la montaña. ¡La primera chica que besé y no recuerdo siquiera su nombre!

 Un autobús se detiene frente a la marquesina. Está casi vacío. Me viene la idea de dar un paseo solitario por Berlín. Por lo menos hace menos frío y podré estar sentado. «Feliz Navidad» me dice el conductor. Es un tipo bastante joven, alrededor de los 30 años. «Feliz Navidad» le digo en alemán. «¿Eres turco?», contesta él. ¡Dios! ¿Hace tres semanas que estoy por acá y hablo aún como turco? ¿O quizás los dice por el color de mi cabello? Le respondo que está equivocado. Él ríe y me invita a una fiesta. Es tiempo de llegar a Kreuzberg y terminar el turno. «¿Por qué no?» digo. De pronto no me siento más en guerra. Sé que este sentimiento no tiene nada que ver con Navidad, ni con el Norte, ni con Berlín. Es una cosa que tiene que ver con mi vida y mi pasado, algo íntimo y delicado que me hace, de improviso, estar bien en esa noche sobre ese autobús, vagando por las calles de la metrópoli.


Pier Vittorio Tondelli (1955-1991) Uno de los narradores más importantes de la década de los 80. Su primera novela, Altri libertini (1980), le trajo fama y censuras por igual gracias al tratamiento abierto de la homosexualidad. De su obra periodística destaca Un weekend postmoderno. Cronache dagli anni ottanta (1990) en el que el autor explora y reivindica movimientos artísticos, musicales y literarios de la época.

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