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Ectoplasma saliendo de la nariz de un médium

Influenciados por la vida bohemia de París y por la literatura de autores como E.T.A. Hoffmann, Charles Baudelaire, Mary Shelley y Edgar Allan Poe, escritores del norte de Italia formaron un movimiento al que llamaron scapigliatura. Este movimiento fue contra de la vida burguesa y en contra de la literatura romanticista escrita durante el periodo de la unificación de la península. Los scapigliati experimentaron con tópicos fantásticos, atmósferas sombrías y el terror; temas que no habían sido bien aceptados en Italia gracias a las opiniones de la iglesia católica. Cabe destacar que varios autores de este movimiento suelen contrastar dualidades, es decir, lo inexplicable y la perspectiva racional de la ciencia, el sueño y la vigilia, lo real y lo imaginario.

Un hueso de muerto (1867) es un buen ejemplo en el que lo fantástico y el pensamiento racional se confrontan. No es fortuito que el espiritismo, la supuesta ciencia de hacer contacto con el más allá, tenga un enorme peso en la trama de la historia.

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Dejo a quien me lee la apreciación del hecho inexplicable que estoy por contar.

En 1885, establecido yo en Pavia, me había entregado al estudio del dibujo en una escuela privada de aquella ciudad; pasados algunos meses había logrado establecer relación con un cierto Federico M., profesor de patología y clínica a nivel universitario, y quien muriera de apoplejía fulminante pocos meses después de haberlo conocido.  Era un gran amante de las ciencias, y de la suya en particular – tenía virtudes y dotes intelectuales poco comunes- a excepción de que, como todos los anatomistas y los clínicos en general, era profundamente escéptico- tal era su convicción, que no pude nunca inducirle mis creencias, sin importar cuánto nos adentráramos en las apasionadas y calurosas discusiones que teníamos cada día sobre ese asunto. Sin embargo – y me complace dedicar esta aclaración a su memoria- él se mostró siempre tolerante hacia las convicciones que no eran las suyas; yo y todos los que lo conocimos hemos conservado los más queridos recuerdos de su persona.  Pocos días antes de su muerte él me había aconsejado asistir a sus clases de anatomía, argumentando que ahí habría adquirido no pocos conocimientos para beneficio de mi arte del dibujo: accedí con cierta repugnancia; incitado por la vanidad de parecerle menos cobarde de lo que en realidad era, le pedí algunos huesos humanos, mismos que él me dio y yo coloqué sobre la chimenea de mi habitación. Con su muerte dejé de frecuentar el curso de anatomía, más tarde desistí también del estudio del dibujo. No obstante, conservé por muchos años aquellos huesos, la costumbre de verlos me había hecho indiferente a ellos, y no hace más de unos cuantos meses que, perturbado por un miedos que me asaltaron de pronto, resolví enterrarlos, no conservando entre mis pertenencias más que una simple rótula de la rodilla. Ese huesillo esférico y liso que, por su forma esférica y lisa, amén de su pequeño tamaño, había destinado desde el primer momento en que lo tuve a cumplir la labor de un pisapapeles, ese hueso que no me provocaba ninguna idea aterradora, se encontraba ya desde hace once años sobre mi escritorio, hasta que me fue arrebatado de la forma inexplicable que estoy por narrar.

Durante la primavera pasada, había conocido en Milán a un magnetizador bastante reconocido entre los amantes del espiritismo, hice los arreglos para ser admitido en una de sus sesiones. Poco después recibí la invitación para unirme a un grupo, asistí con la turbación de advertencias más bien tristes, camino a la cita más de una vez estuve tentado a renunciar.  La insistencia de mi vanidad logró convencerme de malagana. No hablaré aquí de las sorprendentes invocaciones a las que asistí: bastará decir que me asombraron las respuestas que escuchamos de algunos espíritus y que a mi mente la asombraron esos prodigios. Una vez superados todos los miedos, concebí el deseo de llamar un espíritu que me fuera conocido para hacerle, yo mismo, algunas preguntas que había ya meditado en mi cabeza. Manifestada esta voluntad, fui guiado hasta un gabinete apartado en el que me dejaron solo; y puesto que la impaciencia y el deseo de invocar a diversos espíritus al mismo tiempo me hacía dudar sobre mi elección, y puesto que era mi afán interrogar al espíritu invocado sobre  el destino humano y sobre la espiritualidad de nuestra naturaleza, me vino a la mente el doctor Federico M. con quien, en vida, había sostenido grandes discusiones sobre este tema. Fue así que decidí llamarlo. Hecha mi elección, me senté a la mesa, dispuse ante mí una hoja de papel, introduje la pluma en el tintero y me preparé para escribir. Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad me concentré tanto como me fue posible en el pensamiento de la invocación y esperé a que viniera el espíritu del doctor.

No esperé mucho tiempo. Luego de algunos minutos me percaté, gracias sensaciones nuevas e inexplicables, que ya no estaba solo en la habitación, sentí, por decirlo de alguna manera, su presencia. Antes de que resolviera hacer una pregunta, mi mano, agitada y compulsiva, movida por una fuerza ajena a mi voluntad, escribió, sin que yo así lo determinara, estas palabras:

«Estoy con usted. Me llamó en un momento en el que las invocaciones más exigentes me impedían venir, no podré quedarme aquí durante mucho tiempo, ni podré responder a las interrogantes que se ha dispuesto a hacerme. Sin embargo, vine para complacerlo y porque yo mismo necesito de usted; hacía ya un tiempo que buscaba el medio para ponerme en contacto con su espíritu. Durante mi primera vida mortal le di algunos huesos que tomé del gabinete anatómico de Pavia, entre los cuales había una rótula de rodilla que perteneció al cuerpo de un ordenanza de la Universidad que se llamaba Pietro Mariani, cuyo cadáver seccioné arbitrariamente.  Son ya once años que él tortura mi espíritu para recuperar ese huesillo que le falta, continúa a reñirme amargamente por mis acciones, me amenaza e insiste por el regreso de su rótula. Le ruego por la memoria quizás no ingrata que conserva de mí, que si aún la conserva, se la regrese y me libere de esta tormentosa deuda. Ahora traeré hasta usted al espíritu de Mariani.  Responda».

Aterrorizado por la revelación, respondí que aún conservaba la desdichada rótula, y que me complacería mucho poder devolverla a su legítimo propietario, que, no habiendo otra opción, trajera a Mariani hasta mí. Dicho esto, o más bien, pensado, sentí liberada mi persona, mi brazo se sintió más libre y mi mano dejó de sentirse atrapada como antes, comprendí que el espíritu del doctor había desaparecido.

Me quedé, entonces, esperando durante un momento. Mi mente estaba en un estado de exaltación imposible de definir.

Pasados unos minutos, volví a experimentar los mismos fenómenos de antes, aunque con menos intensidad; mi mano, llevada por la voluntad del espíritu, escribió estas otras palabras.

«El espíritu de Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia,  se presenta ante used y reclama la rótula de su rodilla izquierda, misma que posee usted indebidamente desde hace once años. Responda».

Este lenguaje era más conciso y enérgico que el usado por el doctor. Respondí al espíritu:

«Estoy más que dispuesto a devolver a Pietro Mariani la rótula de su rodilla izquierda, le ruego me perdone por la posesión ilegal; deseo, sin embargo, me haga saber cómo podré efectuar la devolución que me exige». Mi mano volvió a escribir:

«Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia, vendrá a recoger él mismo su rótula».

«¿Cuándo?» pregunté aterrado.

Y la mano trazó instantáneamente una sola frase: «Esta noche».

Aniquilado por esa noticia, cubierto de un sudor cadavérico, me apresuré a exclamar, cambiando un poco mi tono de voz.

«Por piedad… le pido… no se moleste…yo mismo la regresaré….debe haber otras formas menos incómodas…». No había terminado aún la frase cuando me percaté, por las sensaciones ya experimentadas antes, que el espíritu de Mariani se había ido, que no había ninguna forma de impedir su visita.

Es imposible que logre explicar con palabras la angustia que me produjeron las sensaciones que experimenté en ese momento. Estaba preso de un pánico escalofriante. Salí de aquella casa mientras los relojes de la ciudad marcaban la medianoche: las calles estaban desiertas, las luces de las ventanas apagadas, las flamas dentro de las farolas ensombrecidas por una neblina densa y pesada: todo me parecía más tétrico de lo normal. Caminé un tramo sin saber hacia dónde dirigirme: un instinto más fuerte que mi voluntad me alejaba de mi habitación. ¿De dónde sacar el coraje para ir? Esa noche recibiría la visita de un espectro: la idea era como para morirse, era un augurio demasiado terrible.

Quiso el azar que, dando vueltas, no sé sobre qué calle, me encontré frente a una taberna sobre la que vi un cartel con caracteres tallados que, iluminados con una llama, anunciaban: «Vinos nacionales». Sin más me dije: «Entremos, es mejor así, no es un mal remedio; buscaré en el vino la osadía, pues no tengo ya la fuerza para pedírsela a mi razón». Y confinándome a la esquina de una habitación subterranea pedí algunas botellas de vino que bebí con avidez, aun si por costumbre me repugna el abuso de ese licor. Obtuve el efecto deseado. Con cada vaso bebido mi temor se desvanecía notoriamente, mis pensamientos se aclaraban, mis ideas parecían reordenarse, aunque con un nuevo desorden; poco a poco junté el coraje que me hizo burlarme de mi propio temor. Me levanté y, resuelto, me dirigí a casa.

Una vez en mi habitación, un poco tambaleante por todo el vino que bebí, encendí la lámpara, comencé a desvestirme, pero caí rendido sobre la cama, cerré un ojo y después el otro, intenté dormirme. Pero mi esfuerzos eran vanos.

Me sentía adormecido, rígido, cataléptico, incapaz de moverme; las cobijas me pesaban sobre el cuerpo, me envolvían y aplastaban como si fueran de metal fundido; durante ese sopor me percaté de que singulares fenómenos ocurrían en torno mío.

Desde el mechero de la vela que creía haber apagado y que, cabe decir, era de estearina pura, se alzaban grandes espirales de humo negro y denso que, juntándose en el techo, no permitían verlo pues asumían una apariencia como la de una pesada capa de plomo: la atmósfera de la habitación se volvió sofocante y se impregnó de un olor como el que emana de carne viva sometida a las llamas, a mis oídos los ensordecía un ruido incesante del cual no podía saber las causas, y la rótula, que veía ahí, sobre mis documentos, parecía moverse y girar sobre la superficie del escritorio, como una presa en medio de convulsiones extrañas y violentas. 

No sé cuánto tiempo duré en ese estado: no podía quitar mi atención de esa rótula.

Mis sentidos, mis facultades, mis ideas, todo se concentraba en esa imagen, todo me llevaba a ella: yo quería levantarme, dejar la cama, salir, pero me era imposible; mi desolación llegó a un grado tal que ya casi no fui capaz de sentir miedo alguno, hasta que, disipado ya el humo de la vela, vi levantarse una cortina cerca de la entrada y se presentó el esperado fantasma.

No pude siquiera parpadear. Avanzó hasta la mitad de la habitación, se inclinó cortesmente y me dijo: «Yo soy Pietro Mariani, y vengo a recuperar, como le prometí, mi rótula».

Y dado que el terror me impedía darle una respuesta, él continuó con dulzura:

«Disculpará que haya venido a molestarlo en la alta madrugada… a esta hora… entiendo que es una hora inconveniente… pero…».

«¡Oh! no es nada, no es nada – lo interrumpí repuesto ante tanta cortesía, – debo incluso agradecerle su visita… estaré siempre honrado de recibirlo en mi casa…»

«Le agradezco – dijo el espectro.- pero en cualquier caso deseo disculparme por la insistencia con la que he reclamado mi rótula, tanto con usted, como con el estimado doctor del cual usted la obtuvo; observe.»

Y diciendo ésto, levantó un trozo de la sábana blanca bajo la que que estaba cubierto, y me mostró la tibia y el fémur de la pierna izquierda, mismos que a falta de la rótula, estaban unidos por un listón negro que daba dos o tres vueltas dentro de la abertura formada con el peroné, dio algunos pasos en la habitación para mostrarme cómo es que la ausencia de ese hueso le impedía caminar libremente.

«No quiera Dios -dije entonces con tono de hombre mortificado- que el estimado ex ordenanza de la Universidad de Pavia siga cojeando en mi casa: tome su rótula, ahí está, sobre el escritorio, tómela y acomódela en su rodilla como mejor pueda.  

El espectro se inclinó por segunda vez a modo de agradecimiento, soltó el listón que unía el fémur y la tibia, lo dejó sobre el escritorio, y una vez tomada su rótula, empezó a acomodarla en la pierna.

«¿Qué noticias tiene del otro mundo?» le pregunté entonces, viendo que la conversación languidecía ante su ocupación. Pero él no respondió a mi pregunta y exclamó con aire de tristeza: «Esta rótula está muy deteriorada, no le ha dado usted un buen uso».

«No creo – dije – ¿pero es quizás que sus demás huesos son más fuertes?

Se quedó callado, se inclinó una vez más para despedirse; y cuando estuvo en el umbral de la salida, respondió luego de dejar tras de sí el marco de la puerta. «Mire si mis demás huesos no son más fuertes».

Y pronunciando estas palabras golpeó el suelo con el pie con una fuerza tal que todas las paredes temblaron; ese sonido me asustó y… desperté.

Apenas consciente, noté que se trataba de la casera que llamaba a la puerta y decía: «Soy yo, levántese, venga a abrirme».

«¡Dios mío! – exclamé tallándome los ojos con el dorso de la mano. ¡Entonces fue un sueño, nada más que un sueño! , ¡qué susto! Bendito sea… ¡Pero qué insensatez! Creer en el espiritismo… en los fantasmas…» Me puse rapidamente los pantalones, corrí a abrir la puerta; y dado que el frío me aconsejaba volviese bajo las cobijas, me acerqué al escritorio para dejar una carta bajo el pisapapeles…

!Pero cuál fue mi terror cuando vi que la rótula había desaparecido, y en su lugar encontré el listón negro que había dejado Pietro Mariani!


Iginio Ugo Tarchetti (1839-1869) Murió de tuberculosis a los treinta años. Dejó tras de sí varios cuentos de índole fantástica y un par de novelas. Fosca (1869) es considerada su mayor obra, esta novela quedó inconclusa dada la muerte del autor, un gran amigo de Tarchetti la terminó en su lugar y se encargó de publicarla.

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