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El 4 de noviembre de 1966 el río Arno se desbordó e inundó Florencia y otras partes de la región de Toscana. La inundación del 66 está considerada como la peor ocurrida en la ciudad desde 1557. Además de la muerte de más de un centenar de personas, el agua causó estragos en el patrimonio artístico y cultural de la ciudad. Cientos de obras de arte, así como libros y documentos antiguos tuvieron que ser rescatados del lodo para su posterior restauración.

En este texto, publicado en 1967, el periodista, narrador e historiador, Indro Montanelli narra una historia en medio de la catástrofe. Mediante el uso del humor y lo grotesco, la narración pone el acento sobre la actitud de los florentinos ante la tragedia. La familia protagonista de esta historia, en medio del caos, se ven obligados a tomar decisiones inesperadas e irreverentes que sacarán una sonrisa a los lectores.

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Entre todas las historias del diluvio que recabé durante un rápido paso por Florencia, quizás esta incomodará a los lectores acostumbrados a llorar. Aquellos que cuando lloran lo hacen con ambos ojos la encontrarán un poco menos que sacrílega. Y en verdad lo es un poco. Pero es también la más florentina de todas, la que mejor representa el humor de una población que llora sólo con un ojo y que, golpeada por la tragedia, entra en conflicto con ésta y no tiene paz sino hasta que la desploma de su áulico pedestal y la despoja de todos sus ornamentos hasta llevarla a lo grotesco. La escena que estoy por describirles es, justamente, un típico grotesco florentino, una burla a la catástrofe, a la destrucción, al miedo e incluso a la muerte, pues ésta tiene por protagonista a un cadáver. La cuento palabra por palabra como me la contó el amigo de la infancia –y pariente lejano- que la vivió

***

Para mí todo comenzó con un grito alrededor de las seis de la mañana: ¡Agua, agua! No hice mucho caso, convencido de que la despistada de mi mujer habría dejado, como es costumbre, la llave abierta, pero escuché un rugido que no podría venir de la tubería, más bien parecía venir desde las entrañas de la tierra, quizás se trataba de un terremoto, pero no tuve tiempo de pensar, porque en ese momento entró mi hija vestida con su camisón y con los ojos que se le salían de las cuencas mientras decía: papá, se hunde. Se hunde, digo, cómo que se hunde, y salí de la cama en pijama, es decir, sólo con una camisa de pijama porque los pantalones no me los pongo, sólo dos horas después me di cuenta del frío y me los puse.

En ese momento ya podía ponérmelos porque, como sea, no tenía nada más en que pensar. Mi negocio en la planta baja, lo sabes, está a orillas del Arno. No hace falta que te diga más. De las cosas hermosas que había acumulado, no sólo con el dinero, sino con la pasión y la paciencia de toda una vida – y tenía, puedes estar seguro, cosas en verdad maravillosas- la única que sobresalía en ese mar de lodo era el techo de un horno tirolés de dos metros y medio de altura. El agua, luego de haber arrancado puertas y ventanas, llegaba hasta ahí, es decir, a media escalera, y daba vueltas y vueltas, la hija de perra, llevándose cajones, sillas, mesas, candelabros, e incluso cuatro esquineros del mil setecientos junto con otras cosas eran mi orgullo. Todo perdido, todo se fue. Y nosotros ahí, boquiabiertos sobre la trampilla que lleva al primer piso, mirando en silencio y con impotencia, sin pensar siquiera, te lo juro, en que si el agua hubiera subido aún más también nos habría llevado a nosotros. Aunque quizás hubiera sido mejor. Como sea no podíamos hacer nada. Así estuvimos hasta que mi mujer, golpeándose la cabeza, dijo: Oh Dios, ¿y abuelito?

Abuelito era su padre, pero lo llamaba abuelito ella también, como sea estaba viejo, tenía casi noventa años, vivía con nosotros y desde hace dos días estaba en cama por la bronquitis. Fuimos a buscarlo, y lo encontramos rojo como una manzana por la fiebre y con una respiración que competía con el rugido del Arno. Oh, abuelito, empezaron a maullar las dos tontas, quiero decir mi mujer y mi hija, abuelito se muere, oh pobre abuelito. Entonces me puse furioso, impuse el silencio con un golpe sobre la cómoda, me puse frente al viejo con el dedo extendido y me le acerqué: no, no, por Dios, ahora no. Justo ahora se te ocurre morirte, ¿tienes casi noventa años y eliges este momento, justo este momento en el que estamos encerrados en casa como ratones y sin un lugar en dónde ponerte? No, abuelito, esto no se hace, es una falta de respeto, una ingratitud, no debes hacernos esto. Pero el siguió jadeando, con una fiebre de aquellas, y las dos bobas en camisón volvieron a lloriquear: oh, abuelito, pobre abuelito, él siempre dijo que la humedad le hacía daño y ahora, con toda esta agua…

***

Te ahorro los detalles. Yo sobre el techo junto a los demás inquilinos del edificio esperando a ver si llegaba algo de ayuda mientras agitábamos por el aire nuestras sábanas, calzones y camisas. Lo mismo pasaba desde los otros techos, todo era una agitación, tanto que Florencia parecía un comercial de detergente. Mi hija, que se hace la comunista y no va nunca a la iglesia, estaba de rodillas delante del cuadro de la Virgen- un fondo dorado, digamos- rezando como una monja: Oh Virgencita, oh Virgencita, sálvanos. Mi mujer, junto con el doctor del último piso, daban gotas al abuelito para tenerlo estable hasta que llegara una embarcación o un helicóptero. Pero nada, él había decidido morirse y a las once ya estaba tieso.

Qué debía hacer, dímelo tú. Vinieron los vecinos, consultamos con ellos y escuchamos especialmente al doctor, al final decidimos: bueno, por el momento esperamos, quizás, tarde o temprano, llegará alguien a echarnos una mano, pero claro, si la espera se alarga, tener un cadáver en casa, y con la radio que ya advierte que no usemos el agua de los canales porque está contaminada y que estemos atentos a las epidemias, representa un peligro para todos en el edificio.

Así fue, aquel día no se hizo nada porque, desde afuera, algo parecía moverse. El ruido de los helicópteros sobrepasaba el rugido del Arno, y esto quería decir que al menos se habían ya percatado de que algo había sucedido, porque al principio parecía que ni siquiera se habían dado cuenta de lo que había pasado. No es que hubiera mucha confianza en la organización de los rescates. De hecho, cuando en la radio anunciaron que el gobierno se había reunido para decidir qué medidas tomar, todos dijimos: adiós, estamos jodidos. Pero podíamos confiar en los florentinos, y como lo cierto era que no todos podían estar bajo el agua como nosotros, pensábamos que en algún momento darían señales de vida. Mientras tanto, había comenzado a extenderse un olor asqueroso, una peste, y todos preguntándose: de dónde venía ese hedor, hasta que alguien dijo que seguramente debía venir del abuelito. Nosotros pensamos que sería imposible pues no habían pasado siquiera doce horas desde su muerte, incluso el doctor nos dio la razón, de hecho luego nos dimos cuenta que el hedor provenía delas alcantarillas desbordadas, pero los demás insistieron que los muertos, entre más viejos, más rápido se descomponen. Y bueno, sabes, el nerviosismo de esa noche oscura, sobre esa casa inundada, en medio del rugido del agua, en la incerteza del mañana y para evitar la psicosis del cadáver, se llegó a la decisión de meterlo en un ataúd de emergencia construido con los pedazos de todos los cajones disponibles. Luego, desde la trampilla que va del apartamento hacia el negocio, lo bajamos con una soga hasta el único lugar que aún estaba seco, es decir, sobre el techo del horno tirolés. Los demás inquilinos, pobre gente, nos dieron una mano sin decir nada, pero en el fondo, en sus ojos, podía leer lo que, muy en el fondo, nosotros también pensábamos, que toda esa artimaña era útil sólo hasta un cierto punto, pues la trampilla no era suficiente para protegernos del hedor a podrido y del peligro de infección, además si el agua, que se había llevado ya tantas cosas, se lo llevara a él también…

***

Yo, lo sabes, a ciertas mentiras que transmite el pensamiento, como que la fe provoca el milagro, y demás, yo no las creo, pero algo de verdad debe haber en eso porque, no bien pusimos el ataúd sobre el techito, el agua, como impulsada o arrastrada por nuestros miedos o nuestras esperanzas, llámalo como quieras, se alzó en una ola como formada por un fuerte viento, golpeó el ataúd y se llevó al abuelito. No te digo cómo se pusieron mi mujer y mi hija. Se me colgaron del cuello y los tres nos pusimos a llorar y a lamentarnos: oh abuelito, pobre abuelito, mira cómo termina, él que tenía tanto miedo a la humedad. Y lo demás inquilinos que se pusieron a hacer coro con nosotros: oh pobre abuelito, pobre abuelito, era tan buena persona, tan gentil, tan discreta, todos ahí arriba comenzaron a abrazarnos y a decirnos: venga, ánimo, no es culpa de ustedes, nadie podía prever que el agua subiría ahora, además el alma no se moja, él ya está en el paraíso y está mejor que nosotros, siguieron así hasta que este coro de prédicas fue interrumpido por un grito del doctor: “¡Ahí está otra vez!”

Era verdad. La corriente hacía un remolino entorno a nuestra casa y, luego de haberse llevado al abuelito a través del portón destruido, lo regresaba por la ventana rota. Entonces perdí la paciencia y grité: eh no, abuelito, por el amor de Dios, ahora estás exagerando. Nosotros hemos hecho por ti todo lo que podíamos sin importar la emergencia, te dieron las gotas, se te asistió hasta el último momento, se te construyó un ataúd, entre veinte personas nos pusimos a llorar por ti hasta la última lágrima mientras te decíamos adiós, qué culpa tenemos si el Arno te lleva, pero ahora que te lleva, vete y resígnate.

Fue como hablarle a una pared. Seis veces abuelito salió y seis veces volvió a entrar flotando en medio de otros escombros, de dentro hacia afuera, de afuera hacia adentro, en verdad parecía que lo estaba haciendo a propósito, tanto parecía que incluso su hijita, es decir mi esposa, comenzó a gritarle: qué bella recompensa, abuelito, bella recompensa para nosotros que te tratamos con tanto amor, no hay en toda Florencia un abuelito al que lo hayan tratado tan bien como a ti, ahora ve cómo nos pagas. Y todos los demás inquilinos en coro: pero qué más quiere, díganos, se le hizo un funeral, dadas las circunstancias, de primera clase, ahora váyase, ingrato, sinvergüenza, inoportuno, siempre fue una molestia, váyase, por Dios, váyase.

Por fortuna se fue, de lo contrario, te lo digo yo, lo hubiéramos agarrado a pedradas para que se hundiera hasta el fondo, y pobre abuelito, no se lo merecía, era tan buen hombre… ¡Pero qué monserga, maldito Arno!


Indro Montanelli (1909-2001) La vida y la obra de Montanelli está llena de polémica. Fue militar durante la ocupación italiana en el norte de áfrica y a su regreso en italia trabajó para diversos diarios, entre los que destaca Il Corriere della Sera. Además de periodista, fue narrador e historiador.

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