Lago di Como

En otras palabras es una carta de amor al italiano y el testimonio íntimo de un autora que desea, con todo su ser, aprender este idioma. Jhumpa Lahiri, una reconocida escritora estadounidense de origen bengalí; ganadora de premios como el Pulitzer y el PEN/Hemingway award, narra en primera persona sus aproximaciones a la lengua de Dante. Desde el nacimiento de su amor por la lengua, su lucha cotidiana y constante para aprenderlo, hasta su drástica decisión de mudarse a Roma para sumergirse por completo en el idioma.

Aquí sólo dejo una pequeña selección de sus ensayos, escritos originalmente en italiano. En otras palabras es, sin duda, una lectura indispensable para todo aquel que aprende una segunda lengua, cualquiera que esta sea.


El cruce

Quiero cruzar un pequeño lago. Es verdaderamente pequeño y, sin embargo, el otro lado me parece demasiado distante, más allá de mis capacidades. Sé que a la mitad el lago es muy profundo, incluso si sé nadar tengo miedo de encontrarme sola en el agua, sin ningún soporte.

Se encuentra, el lago del que hablo, en un lugar apartado, aislado. Para llegar a él hay que caminar un poco, a través de un bosque silencioso. Del otro lado se ve una cabaña, la única construcción sobre la orilla. El lago se formó luego de una glaciación, hace miles de años. El agua está limpia pero es oscura, sin corrientes, más densa que el agua salada. Luego de entrar, a algunos metros de la orilla, ya no se ve el fondo.

Por la mañana observo a quienes vienen al lago conmigo. Veo cómo lo atraviesan de una forma tan desenvuelta y relajada, cómo se detienen un momento frente a la cabaña, luego vuelven. Cuento sus brazadas. Los envidio.

Durante un mes nado en círculos, sin arrojarme hacia el lago. Es una distancia considerable, la circunferencia respecto al diámetro. Me toma más de media hora hacer este recorrido. Permanezco siempre cerca de la orilla. Puedo detenerme, si me canso puedo ponerme de pie. Un buen ejercicio, pero nada emocionante.

Después, una mañana, hacia el final del verano, me encuentro ahí con dos amigos. Decidí  atravesar el lago con ellos y llegar por fin a la caseta del otro lado. Estoy cansada de estar solamente en la orilla.

Cuento las brazadas. Sé que mis compañeros están en el agua conmigo, pero sé que estamos solos. Luego de unas ciento cincuenta brazadas me encuentro ya a la mitad, la parte más profunda. Continúo. Luego de otras cien vuelvo a ver el fondo.

Llego al otro lado, lo logré sin problemas. Veo la cabaña, hasta ahora lejana, a dos pasos de mí. Veo las distantes, pequeñas siluetas, de mi marido y de mis hijos. Parecen inalcanzables, pero sé que no es así. Luego de atravesar, la orilla conocida se vuelve el otro lado: acá se vuelve allá. Llena de energía vuelvo a atravesar el lago. Me emociono.

Durante veinte años he estudiado el italiano como si nadara a lo largo de la orilla del lago. Siempre junto a mi lengua dominante, el inglés. Siempre caminando por la costa. Fue un buen ejercicio. Beneficioso para los músculos y para el cerebro, pero ciertamente no fue emocionante. Si se estudia una lengua extranjera de este modo, es imposible ahogarse. El otro idioma está siempre ahí para sostenerte, para salvarte. Pero no basta flotar sin la posibilidad de hundirse, de llegar hasta el fondo. Para conocer una nuevo idioma, para sumergirse, hay que alejarse de la orilla. Sin salvavidas. Sin contar con la tierra firme.

Algunas semanas luego de haber atravesado el pequeño lago escondido, hago otro cruce. Mucho más largo pero nada agotador. Será el primer gran viaje de mi vida. Esta vez voy en barco, atravieso el océano atlántico para vivir en Italia. 


El diccionario 

El primer libro italiano que compro es un diccionario de bolsillo, con definiciones en inglés. Estoy a punto de ir a Florencia por primera vez, en 1994. Voy a una librería de Boston, con un nombre italiano: Rizzoli. Una hermosa librería, refinada, que ya no existe.

No compro una guía turística, aun si es mi primera visita a Italia y no conozco nada de Florencia. Gracias a un amigo, tengo ya la dirección de un hotel. Soy estudiante, tengo poco dinero. Creo que un diccionario es más importante.

El que escojo tiene una portada de plástico, verde, indestructible, impermeable. Es ligero, más pequeño que mi mano. Tiene, más o menos, el mismo tamaño que un jabón. En la contraportada dice que contiene cerca de cuarenta mil palabras italianas.

Cuando, dando vueltas por la Galería degli Ufizzi, entre las habitaciones casi desiertas, mi hermana se da cuenta de que ha perdido el sombrero, abro el diccionario. Voy a la parte en inglés para aprender cómo se dice sombrero en italiano. De algún modo, seguramente equivocado, digo al guardia que hemos perdido un sombrero. Milagrosamente, entiende lo que digo, dentro de poco encontramos el sombrero.

Desde entonces, durante años,  cada vez que voy a Italia, llevo conmigo este diccionario. Lo llevo dentro de mi bolsa. Busco las palabras cuando voy por la calle, cuando vuelvo al hotel luego de un paseo, cuando intento leer un artículo en el periódico. Me guía, me protege, me explica todo.

Se vuelve un mapa y una brújula sin el cuál yo estaría perdida. Se vuelve una suerte de padre, autoritario, sin el cual no puedo salir. Lo considero un texto sagrado, lleno de secretos, de revelaciones.

En la primera página, en un determinado momento, escribo: “intenta buscar”.

Este fragmento casual, esta ecuación léxica, puede ser una metáfora del amor que siento por el italiano. Una cosa que, al final, no es otra cosa que un intento obstinado, una prueba continua.

Veinte años luego de haber comprado mi primer diccionario, decido mudarme a Roma para una estancia larga. Antes de partir, pregunto a un amigo, que vivió ahí durante mucho tiempo, si me sirve un diccionario electrónico, una app para el celular, para buscar cualquier palabra en cualquier momento. 

Ríe. Me dice: “Dentro de poco vivirás en un diccionario italiano”.

Tiene razón. Luego de un par de meses en Roma, poco a poco me doy cuenta de que no puedo revisar el diccionario tan a menudo. Cuando salgo, tiende a quedarse dentro de mi bolsa, encerrado. En consecuencia, empiezo a dejarlo en casa. Me doy cuenta de un avance. De un sentimiento de libertad y, al mismo tiempo, de pérdida. De haber crecido al menos un poco.

Hoy tengo muchos otros diccionarios sobre mi escritorio, más grandes, corpulentos. Tengo dos monolingües, sin ningún término en inglés. Ahora la portada del pequeño se ve un poco descolorida, algo sucia. Las paginas se volvieron amarillas. Algunas se están cayendo del lomo.

Se queda, por lo regular, sobre una cómoda, así puedo revisar fácilmente una palabra cuando leo. Este libro me permite leer otros libros, abrir la puerta de un nuevo idioma. Me acompaña, incluso ahora, cuando voy de vacaciones, durante los viajes. Se ha vuelto una necesidad. Si por algún motivo, cuando parto, me olvido de traerlo conmigo, me siento incómoda, tal como me sentiría si olvidara el cepillo de dientes o unos zapatos extra.

Ahora aquel diccionario parece más un hermano que un padre. Y sin embargo me sirve, aún me guía. Sigue lleno de secretos. Este libro, tan pequeño, sigue siendo más grande que yo.


El exilio

Mi relación con el italiano se desarrolla en el exilio, en un estado de separación.

Cada lengua pertenece a un lugar específico. Puede migrar, puede difundirse. Pero por lo general está ligada a un territorio geográfico, un País. El italiano pertenece sobre todo a Italia, mientras yo vivo en otro continente, en el que no se le puede encontrar fácilmente. 

Pienso en Dante, que esperó ocho años antes de hablar con Beatriz. Pienso en Ovidio expulsado de Roma en un lugar lejano, en un puesto de avanzada lingüístico, rodeado de extraños

Pienso en mi madre, que escribe poesías en bengalí, en América. Ella no puede encontrar, incluso luego de cincuenta años luego de haberse mudado, un libro escrito en su lengua.

En un cierto sentido me acostumbré al exilio lingüístico. Mi lengua madre, el bengalí, en América es extranjera. Cuando se vive en un País en el que la propia lengua madre se considera extranjera, puede sentirse una sentimiento de extrañamiento continuo. Se habla una lengua secreta, desconocida, privada de correspondencias con el ambiente. Una falta que crea una distancia de sí. 

En mi caso hay otra distancia, otro cisma. No conozco el bengalí a la perfección. No sé leerlo, tampoco escribirlo. Hablo con acento, sin autoridad, por eso siempre he sentido una desconexión entre él y yo. En consecuencia considero que mi lengua madre es, paradójicamente, una lengua extranjera.

En cuanto al italiano, el exilio tiene un aspecto distinto. No bien nos conocimos, el italiano y yo nos alejamos. Mi nostalgia parece una tontería y, sin embargo, la siento.

¿Como es posible, sentirme exiliada de una lengua que no es la mía, que no conozco? Quizás porque soy una escritora que no pertenece del todo a ninguna lengua.

Compro un libro. Se titula Teach yourself italian . Un título exhortativo, lleno de esperanza, de posibilidades. Como si fuera posible aprender solos.

Luego de estudiar latín por muchos años, los primeros capítulos de este manual me parecen fáciles. Logro memorizar alguna conjugación, hacer algunos ejercicios. Pero no me gusta el silencio, la soledad del proceso autodidacta. Parece alejado, equivocado. Como si estudiara el funcionamiento de un instrumento musical sin jamás tocarlo.

Decido, en la universidad, escribir mi tesis de doctorado sobre la influencia de la arquitectura italiana en algunos dramaturgos ingleses del siglo diecisiete. Me pregunto la razón por la cual ciertos dramaturgos decidieron ambientar sus tragedias, escritas en inglés, en los palacios italianos. La tesis hablará de otro cisma entre la lengua y el ambiente. El argumento me da un segundo motivo para estudiar el italiano.

Voy a cursos iniciales. La primera maestra es una señora milanés que vive en Boston. Hago las tareas, paso los exámenes. Pero cuando intento leer La campecina de Moravia, luego de dos años de estudio, la entiendo duras penas. Subrayo casi cada palabra de cada página. Tengo que revisar continuamente el diccionario. 

En la primavera del 2000 voy a Venecia, siete años después de mi primer viaje a Florencia. Llevo conmigo, además del diccionario, una libreta en la que tomo, en la última página, apuntes que podrían serme útiles: ¿podría decirme? ¿En dónde se encuentra? ¿Cómo se hace para ir? Recuerdo la diferencia entre buono bello. Me siento preparada. En realidad, en Venecia, apenas logro pedir las indicaciones en la calle, pedir el servicio de despertador en el hotel. Logro ordenar en un restaurante e intercambiar algunas palabras con la empleada. Nada más. Aunque haya vuelto a Italia, me siento exiliada de la lengua.

Unos meses después recibo una invitación del Festival de la literatura de Mantua. Ahí encuentro a mis primeros editores italianos. Una de ellos es, además, mi traductora. La editorial tiene un nombre español, Marcos y Marcos. Ellos son italianos. Se llaman Marco y Claudia.

Tengo que hacer todas las entrevistas, mis presentaciones, en inglés. Hay siempre un intérprete junto a mi. Sigo, más o menos, el italiano, pero no logro expresarme, explicarme, sin el inglés. Me siento limitada. No es suficiente lo que he aprendido en América, en un salón. Mi comprensión es tan escueta que, aquí en Italia, no me ayuda. La lengua me parece, todavía, un portón cerrado. Estoy en la entrada, veo hacia el interior, pero el portón no se abre.

Marco y Claudia me dan la llave. Cuando menciono que he estudiado un poco de italiano y que quisiera mejorarlo, dejan de hablar conmigo en inglés. Pasan a su idioma, aun cuando yo sólo puedo responderles de forma muy sencilla. Sin importar mis errores, sin importar que yo no entienda completamente todo lo que dicen. Sin importar que ellos hablan un inglés mucho mejor de cuanto yo hablo el italiano.

Ellos toleran mis errores. Me corrigen, me alientan, me ofrecen las palabras que me faltan. Hablan con claridad, con paciencia. Así como los padres con los niños. Como se aprende una lengua madre. Me doy cuenta de que no aprendí el inglés de esta forma.

Claudia y Marco, quienes tradujeron y publicaron mi primer libro en italiano, quienes me reciben en Italia por primera vez como una escritora, me regalan este avance. Gracias a ellos, en Mantua, me encuentro finalmente dentro de la lengua. Porque al final, para aprender un idioma, para sentirse conectados a ella, es necesario tener un diálogo, aun si infantil, aun si imperfecto.


La imposibilidad

En un número de “Nuovi argomenti”, leyendo una entrevista al novelista Carlos Fuentes, encuentro esto: “Es en extremo útil saber que nunca se podrá alcanzar ciertas cimas”.

Fuentes se refiere a ciertas obras maestras de la literatura -obras geniales como Don Quijote, por ejemplo- que permanecen intocables. Creo que estas cimas tienen un doble rol, considerable, para los escritores: nos hacen aspirar a la perfección y nos recuerdan nuestra mediocridad.

Como escritora, en cualquier idioma, debo considerar la presencia de grandes autores. Tengo que aceptar la naturaleza de mi contribución respecto a la de ellos. Incluso sabiendo que no podré nunca escribir como Cervantes, como Dante o como Shakespeare, sigo escribiendo. Debo lidiar con la ansiedad que estas cimas pueden causar. De otro modo no podría escribir.  

Ahora que escribo en italiano, la observación de Fuentes me parece aún más pertinente. Tengo que aceptar la imposibilidad de alcanzar la veta que me inspira, pero que al mismo tiempo me quita espacio. Ahora la cima no es la obra de otro escritor más brillante que yo, sino el corazón del la lengua en sí misma. Aun sabiendo que non lograré entrar en este corazón, busco, mediante la escritura, alcanzarlo.

Me pregunto si estoy nadando contracorriente. Vivo en una época en la que casi todo parece posible, en que nadie quiere aceptar límite. Podemos enviar un mensaje en instante, podemos ir de un lado del mundo al otro en apenas un días. Podemos ver con claridad a una persona que no está junto a nosotros. Gracias a la tecnología, no hay espera, no hay distancia. He aquí el motivo por el que se puede decir con tranquilidad que el mundo es más pequeño respecto al pasado. Estamos siempre conectados, siempre conectados, accesibles. La tecnología rechaza la distancia, hoy más que nunca.

Y sin embargo, este proyecto mío en italiano me vuelve consciente de las distancias enormes entre los idiomas. Una lengua extranjera puede significar una separación total. Puede representar, aun hoy, la ferocidad de nuestra ignorancia. Para escribir en una nuevo idioma, para entrar en su corazón, ninguna tecnología ayuda. No se puede acelerar el proceso, no se le puede abreviar. El avance es lento, accidentado, sin atajos. Entre más entiendo la lengua, más se complica. Más me acerco, más se aleja. Todavía hoy la distancia entre el italiano y yo sigue siendo insuperable. He dedicado casi la mitad de mi vida para dar apenas unos pasos. Para llegar sólo hasta aquí.

En este sentido, la metáfora del pequeño lago que quería cruzar, con la que comencé esta serie de reflexiones, está equivocada. Porque en realidad una lengua no es un lago sino un océano. Un elemento tremendo y misterioso, una fuerza de a naturaleza delante de la cual tengo que inclinarme.

En italiano me falta una perspectiva completa. Me falta la distancia que me ayudaría. Tengo solamente la distancia que me estorba.


Jhumpa Lahiri (1967) Autora hindú-americana, conocida especialmente por sus relatos. Su libro debut Interpreter of maladies le valió el Premio Pulitzer y el PEN/Hemingway Award. Su segundo conjunto de relatos Unnacostumed Earth fue galardonado con el Premio Internacional de Cuento Frank O’ Connor. Sus novelas también han cultivado diversos galardones. Su obra reflexiona sobre la vida de los inmigrantes hindúes en Estados Unidos. Vive desde hace años en Roma y tiene dos libros escritos en italiano In altre parole (2015) y Dove mi trovo (2019).

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