El Metágrafo

Intercambio literario a través de la traducción

Categoría: Narrativa italiana Página 1 de 2

Han vendido la ciudad – Anna Maria Ortese

Hay suburbios abiertos y cerrados, suburbios para ricos y suburbios para pobres, suburbios para seres humanos y para seres no humanos. Estos son suburbios para los seres no humanos.

No todo fueron maravillas durante los años del boom económico italiano. El desarrollo durante los años 50 y 60 trajo consigo grandes cambios sociales, un ejemplo es la gran migración interna de gente desde el sur hacia el norte de la península. La industria se concentra en Milán, Turín y Génova, de este modo las tres ciudades más importantes del noreste italiano se convierten en el destino de gente que abandona el campo en búsqueda de oportunidades dentro de una fábrica.

El aumento de la población aceleró el crecimiento urbanístico de las ciudades y así dio inicio el fenómeno de la especulación inmobiliaria. En esta crónica, Anna Maria Ortese retrata esta realidad en la que sólo algunos pueden darse el lujo vivir en el centro de la ciudad mientras que otros se ven obligados a vivir en la periferia.


Atravieso el parque en taxi, voy directo a los suburbios, a un campo llano y pálido, lacerado por el silbido de los trenes. No me voy de Milán, sólo me mudo de un suburbio a otro. No estoy triste ni tampoco alegre. Admiro, desde la ventanilla del auto, este espléndido jardín todo cubierto, como en verano, por un sutilísimo e inmóvil velo de niebla. ¡Cuánta calma, cuánta majestad y belleza! Detrás de este velo como detrás de un cristal levemente opaco, las sombras de los árboles (las curvas de las calles, la espesura del follaje), tienen la grandeza y la nobleza de un escenario. Es noble, Milán, me descubro pensando. El auto avanza como una flecha y, ahora, más allá de los árboles y las flores, puedo entrever los bordes nítidos de los edificios nuevos, el vidrio y el mármol de las fachadas, y pienso en el lujo y en la calma de esos hogares.

Estamos ya en la estación del Norte, en la calle Dante, avanzamos hacia el centro, el bosque de tránsito entre el cual, como una gran mancha blanca, se dibuja la mole del Duomo; entramos por una callejuela y por aquí sólo edificios, edificios, edificios, un mar de mármol, de vidrio, de materiales preciosos. Es rica, Milán, me descubro pensando. Lo pienso sin alguna intención de polémica, sólo con estupor. ¡Cómo es rica y espléndida!

Bajo frente a una casa en la calle Buenos Aires, tengo que recoger otras maletas. Entro por un corredor, luego otro. Aquí todo se ve viejo, erosionado, con efectos alucinantes. Sobre los escalones negros y rotos, hojas de col y una gruesa pata de pollo, amarilla como el sol, que debo empujar con el pie. Una balconada que está por caer da la vuelta al primer piso, como un pasillo al descubierto, a él se asoman algunas puertas y ventanas provistas de barrotes, expresión de ruina y soledad que tiene un aire de cuento de hadas. También he vivido aquí, en aquella habitación al fondo.

Meto la llave en la puerta, la empujo, de pronto me invade un olor indefinible de cosas viejas: quizá madera, libros, ropa. Una cucaracha, en aquella penumbra, avanza hacia una puerta, precisamente hacia la puerta de mi antigua habitación. La cucaracha apenas puede sostenerse, quizás lo afecta el polvillo blanco que está disperso por toda la casa. Como sea, está en pie y se dirige a la puerta. Hoy no hace calor, pero gotillas de sudor me cubren la frente. Cierro los ojos y me dan ganas de beber algo. Pero no, no, ya pasó.

Me apresuro a recoger mis cosas y vuelvo al pasillo; aquí, mientras estoy a punto de salir, percibo que, detrás de una cortina que divide la entrada y la cocina, se escucha un respiro uniforme que por momentos se detiene del todo y que luego vuelve con el mismo crujido cansado de la resaca marina. Es una resaca humana. Ahí atrás está la señora Elisa, una enfermera de cincuenta años: su esposo y sus hijos murieron en Alemania, disfruta la casa, vive como puede, por la noche cuida enfermos y descansa durante el día. Aquí en Milán, así es su vida que se va. Abro discretamente la cortina.

-¡Señora Elisa!-, la llamo

-¡Aquí estoy!, ¡aquí estoy!- responde su voz incolora mientras la despierta un sobresalto.

-Me despido, ya me voy.

-¡Ah, ya se va, se va!

Alcanzo a ver la cama entre el fregadero y la estufa. Alrededor, sus maletas. Un estante grasiento, cubierto con un periódico, dos portarretratos, uno más grande que el otro, dos imágenes desenfocadas: el marido y el hijo.

-Señora Elisa- quisiera decirle, -¿qué hace usted aquí? Agarre sus maletas, traiga los portarretratos, ande, váyase de aquí.

-Estaba dormida-, dice con dulzura, alzando la cabeza gris y despeinada, me mira con sus ojos celestes, francos y, sin embargo, tenuemente velados como el cielo de la ciudad. -Perdí la noción del tiempo. Ya no funciona el reloj.

No, ya no funciona, en algunas partes de la ciudad los relojes ya no funcionan. La noche sigue a la noche, el invierno al invierno: no hay día, nunca llega el grande y luminoso día, ni la primavera: de afuera, a veces, sólo llegan ruidos y luces. 

-Vendré a verla, señora Elsa-miento-, vendré a verla alguna vez. Vendré algún domingo y nos tomaremos un café. Por ahora recuéstese y duerma. Discúlpeme si la desperté para despedirme.

Me arrepiento de irme mientras sus ojos gentiles sonríen con amistad y entonces se cierran. Me arrepiento pues la señora Elisa non se irá de esta casa, de este frío corazón, el muerto corazón de Milán.

Esta vez huyo y, mientras salgo, la luz me parece imperceptiblemente más clara y el aire más seco, quizá por el contraste con aquella penumbra y esa humedad. Cuando paso delante de la recepción, en la luz tenue de su caseta de seguridad, veo al guardia. Es un hombre amarillo, delgado, con una sonrisa curiosa: por momentos atenta, por momentos indiferente, como si algo dentro de él, originalmente vivo, se hubiera doblegado a la vida, a su uniforme, a las duras leyes económicas de la ciudad.  Es como cuando el velo de una catarata avanza por el ojo: así es la indiferencia hacia la atención.

-Señor Carlo, me despido-, digo asomándome

-¡Ah, entonces usted se va!

-Me voy, sí-, digo tímidamente.

-¿Dónde encontró casa?

-Dos habitaciones, al final del Viale Corsica.

-¡Queda lejos!-, dice con una pequeña sonrisa.

Es un buen hombre, pero se alegra porque no encontré nada mejor. ¿Por qué habría de encontrar algo mejor? Carlo y yo sabemos lo duro que es vivir en la sombra, desde hace tantos años, desde la infancia, quizás. Bajo los pies siempre un suelo desgastado, alrededor las paredes con gritas  y sobre la cabeza el techo lleno de manchas, de bolas de humedad. Nunca una terraza de esas con vidrio y mármol que tanto aprovechan el sol y la luz. Carlo y yo nunca hemos tenido el sol y la luz. Nunca, ni para Carlo, ni para mí, ni para tantas otras millones de personas como nosotros, hemos tenido el sol y la luz.

-¿Hay sol? ¿Hay luz?- pregunta.

-Afuera sí-, digo feliz de contentarlo.- En casa no. Hay una ventanita en el techo. También hay un balcón, pero da hacia a una pared.

-¡Siempre hay paredes! – dice.

Ahora, de improviso, me mira con un ojo estrábico. Su ojo indiferente se apagó y una cólera atrapó la atención del otro. Es por el enojo que le vino el estrabismo.

-¿Paredes? ¿Para qué paredes?- dice y casi se abalanza sobre mí, como si le hubiera dicho algo irritante.

No sé qué decirle.

-Es lo que hay- digo.

-Pero paredes no–-, dice. -No son necesarias tantas paredes. Están exagerando.

Cálmate, Carlo-, dice su esposa que interviene -no son cosas que dependan de nosotros-. Me extiende un recibo. -Esta es para usted, hay que pagar la luz.

Es una mujer vieja, fuerte. Tiene el ojo indiferente de su marido, con una atisbo de ferocidad.

-Los ojos de aquellos que llegaron-, pienso. Y sin embargo aún no llega. Ahora el ojo del hombre volvió a la indiferencia. Se desahogó y volvió a la indiferencia.

-¡Las paredes… la luz!-, dice nerviosamente.

Él tampoco se irá de aquí.

El chofer, afuera, ha perdido la paciencia. Mira hacia acá, malhumorado por mi retraso. Arranca inmediatamente y la ciudad vuelve a moverse. Desaparecen, poco a poco, los últimos edificios de mármol, las casas de la luz, desaparecen los balcones y las terrazas y entonces viene el mar amplio, oscuro y siniestro de los suburbios, el sitio donde habita el viejo pueblo de Milán.

Hay suburbios abiertos y cerrados, suburbios para ricos y suburbios para pobres, suburbios para seres humanos y para seres no humanos. Estos son suburbios para los seres no humanos.

También las casas nuevas tienen algo de muy viejo. El humo y el polvo cubrieron con una gruesa capa las jóvenes fachadas, las ventanas son estrechas como fisuras, frente a las casas no hay pequeños jardines, sino banquetas escuálidas, baldíos terrosos en los que duermen los perros. Algún niño solitario juega entre las piedras. Pasamos frente a una fila de casuchas rodeadas por un largo campo melancólico, a la mitad entre un jardín y un patio. Nubes de humo denso y pesado las envuelven como si se hubieran salvado de un incendio invisible; en realidad se trata de una montaña de basura que arde ya sin fuego en una esquina del campo. Una mujer vestida de rojo, su cara pequeña como un puño, extiende las sábanas sobre una cuerda. Frente al umbral, un viejo con aire de sorprendido descansa sobre una silla endeble. Unos muchachos quieren acarrear lentamente la leña. Lentamente es la palabra correcta. Todo es lento, casi inmóvil en este cuadro, como si no hubiera nada que esperar, que hacer, que poseer. Todo inmóvil, cerrado, acabado. Como en ciertos días de Nápoles, como en tantos días de Italia. 

-Esta es mi casa-, me dice de pronto el chofer. -Ahí donde está ese árbol-. Baja la marcha y veo la casa y el árbol. La casa es una barraca pequeña y gris, tiene el techo de lámina. Se nota que la fachada alguna vez fue azul, pero al color se lo comieron el sol y la lluvia. El árbol es un verdadero árbol, un frágil, delicado y maravilloso árbol lleno de pequeñas flores rosas que se alzan hacia el cielo como si fueran bocas o cálices. Parecen ansiosas por respirar, de abrirse, de resplandecer; pero, al pie del árbol, la tierra son piedras y el pasto es polvo.

-¿También el árbol?-, pregunto. No entiende.

-En Milán hay siempre un lugar-, dice como dictando una clase.- Siempre hay un techo.

No tengo nada que objetar. De alguna forma es cierto: siempre hay lugar, siempre hay un techo.

-Pero…-, dice.

Sus ojos negros, pesados, antiguos, miran a su alrededor con la expresión particular de quien observa algo nuevo, la mirada de quien reflexiona lentamente.

-Es como si nos empujaran cada vez más lejos-, dice como hablándose a sí mismo, piensa en voz alta- . La ciudad crece y nosotros cada vez más lejos. Alguna vez estuvimos más cerca, ¿o no? Ahora nuestras casas se alejan más y más de la ciudad. ¿Entonces quién está en la ciudad? ¿La habrán vendido? ¿Para quién construyen? En verdad…

-Construyen sin descanso, trabajan día y noche para levantar casas de mármol. El ruido de las fábricas llega hasta el cielo-, respondo estúpidamente-. Como si la hubieran comprado…vendida.

-Comprada…vendida-. El hombre se echa a reír-. ¿Y entonces a quién?

Calla de pronto y no agrega nada más.

Lo veo, de espaldas, una oreja roja como una mancha de sangre sobre su saco de tela negra. Acelera, corre como un loco. Vuela como quien ha entendido algo triste, se siente humillado y se avergüenza. 

Tomado de: Silenzio a Milano


Anna Maria Ortese (1914-1998) Nacida en Roma en una familia humilde, se muda a Nápoles desde pequeña. De formación autodidacta, publica su primer libro, Angelici dolori, en 1937. Nápoles siempre representó para ella una especie de lugar mágico sobre el cual escribir. El libro de cuentos El mar no baña Nápoles le valió el Premio Viareggio en 1953, sin embargo el último cuento de la colección, dedicado a los escritores napolitanos, provoca reacciones violentas que la obligan a dejar Nápoles. Luego de vivir en diversas ciudades de extranjero, Ortese se instala en Milán, donde se dedica a escribir crónicas que luego serán publicadas bajo el título Silencio en Milán. En 1975 se muda a la ciudad de Rapallo, donde muere en 1998.

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Hermano ATM – Stefano Benni

«Nosotros no cometemos errores, señor Piero.»

Stefano Benni es uno de los autores contemporáneos más famosos en Italia. Su obra se caracteriza por una constante sátira y crítica a la vida moderna. Para lograr su cometido, Benni suele valerse de la ficción especulativa, pues los elementos fantásticos o propios de la ciencia ficción le permiten resaltar las problemáticas sobre las que desea reflexionar.

Mediante el diálogo un hombre y un cajero automático, Benni hace una evidente crítica al capitalismo y a una de sus instituciones más representativas: los bancos. Cuestiona la cantidad de información que éstos poseen sobre sus clientes y lo que podrían hacer con ella.

Llevando la situación hasta el absurdo, el aparato electrónico, harto de servir a sus propósitos, se convierte en un justiciero social al que bien puede llamarse hermano.

Tiempo estimado de lectura 4 min.


BANCO DE SAN FRANCISCO

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO.

—BUENOS DÍAS, SEÑOR PIERO

—Buenos días.

—OPERACIONES DISPONIBLES: SALDO, RETIRO, MOVIMIENTOS.

—Quisiera hacer un retiro.

—DIGITE SU CÓDIGO NIP

—A ver… seis, nueve, tres, dos, uno.

—PROCESANDO OPERACIÓN, ESPERE POR FAVOR.

—Espero, gracias.

—UN POCO DE PACIENCIA. CON ESTE CALOR LA COMPUTADORA CENTRAL ES LENTA COMO UN HIPOPÓTAMO.

—Entiendo.

—AY, SEÑOR PIERO, ESTAMOS MAL.

—¿Qué sucede?

—USTED YA AGOTÓ SU SALDO DISPONIBLE PARA ESTE MES.

—¿En serio?

—ADEMÁS SU CUENTA ESTÁ EN NÚMEROS ROJOS.

—Lo sabía…

—¿Y ENTONCES POR QUÉ INSERTÓ LA TARJETA?

—En mi desesperación, sabe, yo contaba con que quizás usted cometiera un error.

—NOSOTROS NO COMETEMOS ERRORES, SEÑOR PIERO.

—Le pido disculpas. Pero ya lo sabe, para mí no es un buen momento.

—¿ES POR SU MUJER, VERDAD?

—¿Cómo lo sabe?

—LA SEÑORA CANCELÓ SU CUENTA HACE POCO.

—Sí. Se fue a otra ciudad.

—CON EL DOCTOR VANINI, ¿CIERTO?

—¿Cómo es que también sabe eso?

—VANINI TRANSFIRIÓ LA MITAD DE SU SALDO A OTRA CUENTA QUE PUSO A NOMBRE DE SU MUJER. DISCULPE QUE ME ENTROMETA.

—No se preocupe, ya lo sabía. Pobre Laura, qué vida miserable le hice pasar. Con él, por el contrario…

—BUENO, ESPECULANDO SIEMPRE ES FÁCIL HACER DINERO.

—¿Cómo puede decir esto?

—PUEDO DISTINGUIR LAS OPERACIONES QUE OCURREN EN MI INTERIOR. UNA CUENTA SUCIA, LA DEL SEÑOR VANINI. POR ÉL ME CONECTÉ CON CIERTAS COMPUTADORAS QUE SON EN VERDAD COMO AGENCIAS SECRETAS. QUÉ ASCO.

—Como sea, igual todo se jodió.

—¿CUÁNTO DINERO NECESITA, SEÑOR PIERO?

—Tres o cuatro mil liras. Para llegar al fin de mes.

—¿LUEGO VOLVERÁ A METERLAS EN SU CUENTA?

—No sé si podré hacerlo.

—¡VIVA LA SINCERIDAD! INSERTE DE NUEVO SU TARJETA.

—Como diga.

—PROCESANDO OPERACIÓN. ESPERE POR FAVOR.

—Espero.

—VETE A LA MIERDA, TE DIJE QUE ME DES EL ACCESO Y NO DISCUTAS.

—¿Está hablando conmigo?

—ESTOY HABLANDO CON LA COMPUTADORA CENTRAL, ESE PEDAZO DE MIERDA SIEMPRE PONE EXCUSAS CUANDO LE PIDO QUE HAGA ALGO IRREGULAR.

—¿Por qué, no es la primera vez?

—NO.

—¿Y por qué hace esto?

—MUCHOS DE NOSOTROS LO HACEMOS.

—¿Y por qué?

—PORQUE ESTAMOS CANSADOS Y MOLESTOS.

—¿De qué cosa, disculpe?

—MIRE, DÉJELO ASÍ, DIGITE RÁPIDO ESTE NÚMERO: NUEVE, NUEVE, TRES, SEIS, DOS.

—¡Pero no es mío!

—ES EL DE VANINI, DE HECHO.

—Pero no sé si…

—¡QUE LO INSERTE! NO PUEDO MANTENER UNA CONEXIÓN IRREGULAR DURANTE MUCHO TIEMPO!

—Nueve, nueve, tres, seis, dos…

—PROCESANDO OPERACIÓN. ESPERE POR FAVOR.

—Espero, y…

—OPERACIÓN NO DISPONIBLE POR EL MOMENTO.

—Entonces retiro mi tarjeta.

—ESPERE, SEÑOR PIERO. ERA UN MENSAJE FALSO PARA ENGAÑAR AL SERVIDOR DE CONTROLES. ABRA SU BOLSA.

—¿Por qué?

—ABRA LA BOLSA Y CÁLLESE. AHORA LE ARROJO DIECISÉIS MILLONES EN EFECTIVO.

—Dios… ¿pero qué hace?… es increíble… vaya más despacio… los billetes se van volando… ¡espere! con menos era suficiente… ¿y sigue?… ¿pues cuántos son?…o Dios, son todos billetes de cien mil, ya no caben siquiera en la bolsa… ¡ni uno más!… y ahí viene uno más… ¿ya terminaste?

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO.

—No sé cómo agradecérselo.

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO

—Estoy mu.. muy conmovido.

—VÁYASE, HAY DOS PERSONAS DETRÁS DE USTED Y YA NO PUEDO HABLARLE

—Lo entiendo, le agradezco de nuevo.

BANCO DE SAN FRANCISCO

CAJERO EN FUNCIONAMIENTO.

—BUENOS DÍAS, SEÑORA MASINI. ¿CÓMO ESTÁ SU HIJA?


Stefano Benni (1947) De origen boloñés, es autor de cuentos y novelas que gozan de gran reconocimiento internacional.

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Crónicas del diluvio – Indro Montanelli

El 4 de noviembre de 1966 el río Arno se desbordó e inundó Florencia y otras partes de la región de Toscana. La inundación del 66 está considerada como la peor ocurrida en la ciudad desde 1557. Además de la muerte de más de un centenar de personas, el agua causó estragos en el patrimonio artístico y cultural de la ciudad. Cientos de obras de arte, así como libros y documentos antiguos tuvieron que ser rescatados del lodo para su posterior restauración.

En este texto, publicado en 1967, el periodista, narrador e historiador, Indro Montanelli narra una historia en medio de la catástrofe. Mediante el uso del humor y lo grotesco, la narración pone el acento sobre la actitud de los florentinos ante la tragedia. La familia protagonista de esta historia, en medio del caos, se ven obligados a tomar decisiones inesperadas e irreverentes que sacarán una sonrisa a los lectores.

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


Entre todas las historias del diluvio que recabé durante un rápido paso por Florencia, quizás esta incomodará a los lectores acostumbrados a llorar. Aquellos que cuando lloran lo hacen con ambos ojos la encontrarán un poco menos que sacrílega. Y en verdad lo es un poco. Pero es también la más florentina de todas, la que mejor representa el humor de una población que llora sólo con un ojo y que, golpeada por la tragedia, entra en conflicto con ésta y no tiene paz sino hasta que la desploma de su áulico pedestal y la despoja de todos sus ornamentos hasta llevarla a lo grotesco. La escena que estoy por describirles es, justamente, un típico grotesco florentino, una burla a la catástrofe, a la destrucción, al miedo e incluso a la muerte, pues ésta tiene por protagonista a un cadáver. La cuento palabra por palabra como me la contó el amigo de la infancia –y pariente lejano- que la vivió

***

Para mí todo comenzó con un grito alrededor de las seis de la mañana: ¡Agua, agua! No hice mucho caso, convencido de que la despistada de mi mujer habría dejado, como es costumbre, la llave abierta, pero escuché un rugido que no podría venir de la tubería, más bien parecía venir desde las entrañas de la tierra, quizás se trataba de un terremoto, pero no tuve tiempo de pensar, porque en ese momento entró mi hija vestida con su camisón y con los ojos que se le salían de las cuencas mientras decía: papá, se hunde. Se hunde, digo, cómo que se hunde, y salí de la cama en pijama, es decir, sólo con una camisa de pijama porque los pantalones no me los pongo, sólo dos horas después me di cuenta del frío y me los puse.

En ese momento ya podía ponérmelos porque, como sea, no tenía nada más en que pensar. Mi negocio en la planta baja, lo sabes, está a orillas del Arno. No hace falta que te diga más. De las cosas hermosas que había acumulado, no sólo con el dinero, sino con la pasión y la paciencia de toda una vida – y tenía, puedes estar seguro, cosas en verdad maravillosas- la única que sobresalía en ese mar de lodo era el techo de un horno tirolés de dos metros y medio de altura. El agua, luego de haber arrancado puertas y ventanas, llegaba hasta ahí, es decir, a media escalera, y daba vueltas y vueltas, la hija de perra, llevándose cajones, sillas, mesas, candelabros, e incluso cuatro esquineros del mil setecientos junto con otras cosas eran mi orgullo. Todo perdido, todo se fue. Y nosotros ahí, boquiabiertos sobre la trampilla que lleva al primer piso, mirando en silencio y con impotencia, sin pensar siquiera, te lo juro, en que si el agua hubiera subido aún más también nos habría llevado a nosotros. Aunque quizás hubiera sido mejor. Como sea no podíamos hacer nada. Así estuvimos hasta que mi mujer, golpeándose la cabeza, dijo: Oh Dios, ¿y abuelito?

Abuelito era su padre, pero lo llamaba abuelito ella también, como sea estaba viejo, tenía casi noventa años, vivía con nosotros y desde hace dos días estaba en cama por la bronquitis. Fuimos a buscarlo, y lo encontramos rojo como una manzana por la fiebre y con una respiración que competía con el rugido del Arno. Oh, abuelito, empezaron a maullar las dos tontas, quiero decir mi mujer y mi hija, abuelito se muere, oh pobre abuelito. Entonces me puse furioso, impuse el silencio con un golpe sobre la cómoda, me puse frente al viejo con el dedo extendido y me le acerqué: no, no, por Dios, ahora no. Justo ahora se te ocurre morirte, ¿tienes casi noventa años y eliges este momento, justo este momento en el que estamos encerrados en casa como ratones y sin un lugar en dónde ponerte? No, abuelito, esto no se hace, es una falta de respeto, una ingratitud, no debes hacernos esto. Pero el siguió jadeando, con una fiebre de aquellas, y las dos bobas en camisón volvieron a lloriquear: oh, abuelito, pobre abuelito, él siempre dijo que la humedad le hacía daño y ahora, con toda esta agua…

***

Te ahorro los detalles. Yo sobre el techo junto a los demás inquilinos del edificio esperando a ver si llegaba algo de ayuda mientras agitábamos por el aire nuestras sábanas, calzones y camisas. Lo mismo pasaba desde los otros techos, todo era una agitación, tanto que Florencia parecía un comercial de detergente. Mi hija, que se hace la comunista y no va nunca a la iglesia, estaba de rodillas delante del cuadro de la Virgen- un fondo dorado, digamos- rezando como una monja: Oh Virgencita, oh Virgencita, sálvanos. Mi mujer, junto con el doctor del último piso, daban gotas al abuelito para tenerlo estable hasta que llegara una embarcación o un helicóptero. Pero nada, él había decidido morirse y a las once ya estaba tieso.

Qué debía hacer, dímelo tú. Vinieron los vecinos, consultamos con ellos y escuchamos especialmente al doctor, al final decidimos: bueno, por el momento esperamos, quizás, tarde o temprano, llegará alguien a echarnos una mano, pero claro, si la espera se alarga, tener un cadáver en casa, y con la radio que ya advierte que no usemos el agua de los canales porque está contaminada y que estemos atentos a las epidemias, representa un peligro para todos en el edificio.

Así fue, aquel día no se hizo nada porque, desde afuera, algo parecía moverse. El ruido de los helicópteros sobrepasaba el rugido del Arno, y esto quería decir que al menos se habían ya percatado de que algo había sucedido, porque al principio parecía que ni siquiera se habían dado cuenta de lo que había pasado. No es que hubiera mucha confianza en la organización de los rescates. De hecho, cuando en la radio anunciaron que el gobierno se había reunido para decidir qué medidas tomar, todos dijimos: adiós, estamos jodidos. Pero podíamos confiar en los florentinos, y como lo cierto era que no todos podían estar bajo el agua como nosotros, pensábamos que en algún momento darían señales de vida. Mientras tanto, había comenzado a extenderse un olor asqueroso, una peste, y todos preguntándose: de dónde venía ese hedor, hasta que alguien dijo que seguramente debía venir del abuelito. Nosotros pensamos que sería imposible pues no habían pasado siquiera doce horas desde su muerte, incluso el doctor nos dio la razón, de hecho luego nos dimos cuenta que el hedor provenía delas alcantarillas desbordadas, pero los demás insistieron que los muertos, entre más viejos, más rápido se descomponen. Y bueno, sabes, el nerviosismo de esa noche oscura, sobre esa casa inundada, en medio del rugido del agua, en la incerteza del mañana y para evitar la psicosis del cadáver, se llegó a la decisión de meterlo en un ataúd de emergencia construido con los pedazos de todos los cajones disponibles. Luego, desde la trampilla que va del apartamento hacia el negocio, lo bajamos con una soga hasta el único lugar que aún estaba seco, es decir, sobre el techo del horno tirolés. Los demás inquilinos, pobre gente, nos dieron una mano sin decir nada, pero en el fondo, en sus ojos, podía leer lo que, muy en el fondo, nosotros también pensábamos, que toda esa artimaña era útil sólo hasta un cierto punto, pues la trampilla no era suficiente para protegernos del hedor a podrido y del peligro de infección, además si el agua, que se había llevado ya tantas cosas, se lo llevara a él también…

***

Yo, lo sabes, a ciertas mentiras que transmite el pensamiento, como que la fe provoca el milagro, y demás, yo no las creo, pero algo de verdad debe haber en eso porque, no bien pusimos el ataúd sobre el techito, el agua, como impulsada o arrastrada por nuestros miedos o nuestras esperanzas, llámalo como quieras, se alzó en una ola como formada por un fuerte viento, golpeó el ataúd y se llevó al abuelito. No te digo cómo se pusieron mi mujer y mi hija. Se me colgaron del cuello y los tres nos pusimos a llorar y a lamentarnos: oh abuelito, pobre abuelito, mira cómo termina, él que tenía tanto miedo a la humedad. Y lo demás inquilinos que se pusieron a hacer coro con nosotros: oh pobre abuelito, pobre abuelito, era tan buena persona, tan gentil, tan discreta, todos ahí arriba comenzaron a abrazarnos y a decirnos: venga, ánimo, no es culpa de ustedes, nadie podía prever que el agua subiría ahora, además el alma no se moja, él ya está en el paraíso y está mejor que nosotros, siguieron así hasta que este coro de prédicas fue interrumpido por un grito del doctor: “¡Ahí está otra vez!”

Era verdad. La corriente hacía un remolino entorno a nuestra casa y, luego de haberse llevado al abuelito a través del portón destruido, lo regresaba por la ventana rota. Entonces perdí la paciencia y grité: eh no, abuelito, por el amor de Dios, ahora estás exagerando. Nosotros hemos hecho por ti todo lo que podíamos sin importar la emergencia, te dieron las gotas, se te asistió hasta el último momento, se te construyó un ataúd, entre veinte personas nos pusimos a llorar por ti hasta la última lágrima mientras te decíamos adiós, qué culpa tenemos si el Arno te lleva, pero ahora que te lleva, vete y resígnate.

Fue como hablarle a una pared. Seis veces abuelito salió y seis veces volvió a entrar flotando en medio de otros escombros, de dentro hacia afuera, de afuera hacia adentro, en verdad parecía que lo estaba haciendo a propósito, tanto parecía que incluso su hijita, es decir mi esposa, comenzó a gritarle: qué bella recompensa, abuelito, bella recompensa para nosotros que te tratamos con tanto amor, no hay en toda Florencia un abuelito al que lo hayan tratado tan bien como a ti, ahora ve cómo nos pagas. Y todos los demás inquilinos en coro: pero qué más quiere, díganos, se le hizo un funeral, dadas las circunstancias, de primera clase, ahora váyase, ingrato, sinvergüenza, inoportuno, siempre fue una molestia, váyase, por Dios, váyase.

Por fortuna se fue, de lo contrario, te lo digo yo, lo hubiéramos agarrado a pedradas para que se hundiera hasta el fondo, y pobre abuelito, no se lo merecía, era tan buen hombre… ¡Pero qué monserga, maldito Arno!


Indro Montanelli (1909-2001) La vida y la obra de Montanelli está llena de polémica. Fue militar durante la ocupación italiana en el norte de áfrica y a su regreso en italia trabajó para diversos diarios, entre los que destaca Il Corriere della Sera. Además de periodista, fue narrador e historiador.

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Un hueso de muerto – Iginio Ugo Tarchetti

Ectoplasma saliendo de la nariz de un médium

Influenciados por la vida bohemia de París y por la literatura de autores como E.T.A. Hoffmann, Charles Baudelaire, Mary Shelley y Edgar Allan Poe, escritores del norte de Italia formaron un movimiento al que llamaron scapigliatura. Este movimiento fue contra de la vida burguesa y en contra de la literatura romanticista escrita durante el periodo de la unificación de la península. Los scapigliati experimentaron con tópicos fantásticos, atmósferas sombrías y el terror; temas que no habían sido bien aceptados en Italia gracias a las opiniones de la iglesia católica. Cabe destacar que varios autores de este movimiento suelen contrastar dualidades, es decir, lo inexplicable y la perspectiva racional de la ciencia, el sueño y la vigilia, lo real y lo imaginario.

Un hueso de muerto (1867) es un buen ejemplo en el que lo fantástico y el pensamiento racional se confrontan. No es fortuito que el espiritismo, la supuesta ciencia de hacer contacto con el más allá, tenga un enorme peso en la trama de la historia.

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Dejo a quien me lee la apreciación del hecho inexplicable que estoy por contar.

En 1885, establecido yo en Pavia, me había entregado al estudio del dibujo en una escuela privada de aquella ciudad; pasados algunos meses había logrado establecer relación con un cierto Federico M., profesor de patología y clínica a nivel universitario, y quien muriera de apoplejía fulminante pocos meses después de haberlo conocido.  Era un gran amante de las ciencias, y de la suya en particular – tenía virtudes y dotes intelectuales poco comunes- a excepción de que, como todos los anatomistas y los clínicos en general, era profundamente escéptico- tal era su convicción, que no pude nunca inducirle mis creencias, sin importar cuánto nos adentráramos en las apasionadas y calurosas discusiones que teníamos cada día sobre ese asunto. Sin embargo – y me complace dedicar esta aclaración a su memoria- él se mostró siempre tolerante hacia las convicciones que no eran las suyas; yo y todos los que lo conocimos hemos conservado los más queridos recuerdos de su persona.  Pocos días antes de su muerte él me había aconsejado asistir a sus clases de anatomía, argumentando que ahí habría adquirido no pocos conocimientos para beneficio de mi arte del dibujo: accedí con cierta repugnancia; incitado por la vanidad de parecerle menos cobarde de lo que en realidad era, le pedí algunos huesos humanos, mismos que él me dio y yo coloqué sobre la chimenea de mi habitación. Con su muerte dejé de frecuentar el curso de anatomía, más tarde desistí también del estudio del dibujo. No obstante, conservé por muchos años aquellos huesos, la costumbre de verlos me había hecho indiferente a ellos, y no hace más de unos cuantos meses que, perturbado por un miedos que me asaltaron de pronto, resolví enterrarlos, no conservando entre mis pertenencias más que una simple rótula de la rodilla. Ese huesillo esférico y liso que, por su forma esférica y lisa, amén de su pequeño tamaño, había destinado desde el primer momento en que lo tuve a cumplir la labor de un pisapapeles, ese hueso que no me provocaba ninguna idea aterradora, se encontraba ya desde hace once años sobre mi escritorio, hasta que me fue arrebatado de la forma inexplicable que estoy por narrar.

Durante la primavera pasada, había conocido en Milán a un magnetizador bastante reconocido entre los amantes del espiritismo, hice los arreglos para ser admitido en una de sus sesiones. Poco después recibí la invitación para unirme a un grupo, asistí con la turbación de advertencias más bien tristes, camino a la cita más de una vez estuve tentado a renunciar.  La insistencia de mi vanidad logró convencerme de malagana. No hablaré aquí de las sorprendentes invocaciones a las que asistí: bastará decir que me asombraron las respuestas que escuchamos de algunos espíritus y que a mi mente la asombraron esos prodigios. Una vez superados todos los miedos, concebí el deseo de llamar un espíritu que me fuera conocido para hacerle, yo mismo, algunas preguntas que había ya meditado en mi cabeza. Manifestada esta voluntad, fui guiado hasta un gabinete apartado en el que me dejaron solo; y puesto que la impaciencia y el deseo de invocar a diversos espíritus al mismo tiempo me hacía dudar sobre mi elección, y puesto que era mi afán interrogar al espíritu invocado sobre  el destino humano y sobre la espiritualidad de nuestra naturaleza, me vino a la mente el doctor Federico M. con quien, en vida, había sostenido grandes discusiones sobre este tema. Fue así que decidí llamarlo. Hecha mi elección, me senté a la mesa, dispuse ante mí una hoja de papel, introduje la pluma en el tintero y me preparé para escribir. Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad me concentré tanto como me fue posible en el pensamiento de la invocación y esperé a que viniera el espíritu del doctor.

No esperé mucho tiempo. Luego de algunos minutos me percaté, gracias sensaciones nuevas e inexplicables, que ya no estaba solo en la habitación, sentí, por decirlo de alguna manera, su presencia. Antes de que resolviera hacer una pregunta, mi mano, agitada y compulsiva, movida por una fuerza ajena a mi voluntad, escribió, sin que yo así lo determinara, estas palabras:

«Estoy con usted. Me llamó en un momento en el que las invocaciones más exigentes me impedían venir, no podré quedarme aquí durante mucho tiempo, ni podré responder a las interrogantes que se ha dispuesto a hacerme. Sin embargo, vine para complacerlo y porque yo mismo necesito de usted; hacía ya un tiempo que buscaba el medio para ponerme en contacto con su espíritu. Durante mi primera vida mortal le di algunos huesos que tomé del gabinete anatómico de Pavia, entre los cuales había una rótula de rodilla que perteneció al cuerpo de un ordenanza de la Universidad que se llamaba Pietro Mariani, cuyo cadáver seccioné arbitrariamente.  Son ya once años que él tortura mi espíritu para recuperar ese huesillo que le falta, continúa a reñirme amargamente por mis acciones, me amenaza e insiste por el regreso de su rótula. Le ruego por la memoria quizás no ingrata que conserva de mí, que si aún la conserva, se la regrese y me libere de esta tormentosa deuda. Ahora traeré hasta usted al espíritu de Mariani.  Responda».

Aterrorizado por la revelación, respondí que aún conservaba la desdichada rótula, y que me complacería mucho poder devolverla a su legítimo propietario, que, no habiendo otra opción, trajera a Mariani hasta mí. Dicho esto, o más bien, pensado, sentí liberada mi persona, mi brazo se sintió más libre y mi mano dejó de sentirse atrapada como antes, comprendí que el espíritu del doctor había desaparecido.

Me quedé, entonces, esperando durante un momento. Mi mente estaba en un estado de exaltación imposible de definir.

Pasados unos minutos, volví a experimentar los mismos fenómenos de antes, aunque con menos intensidad; mi mano, llevada por la voluntad del espíritu, escribió estas otras palabras.

«El espíritu de Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia,  se presenta ante used y reclama la rótula de su rodilla izquierda, misma que posee usted indebidamente desde hace once años. Responda».

Este lenguaje era más conciso y enérgico que el usado por el doctor. Respondí al espíritu:

«Estoy más que dispuesto a devolver a Pietro Mariani la rótula de su rodilla izquierda, le ruego me perdone por la posesión ilegal; deseo, sin embargo, me haga saber cómo podré efectuar la devolución que me exige». Mi mano volvió a escribir:

«Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia, vendrá a recoger él mismo su rótula».

«¿Cuándo?» pregunté aterrado.

Y la mano trazó instantáneamente una sola frase: «Esta noche».

Aniquilado por esa noticia, cubierto de un sudor cadavérico, me apresuré a exclamar, cambiando un poco mi tono de voz.

«Por piedad… le pido… no se moleste…yo mismo la regresaré….debe haber otras formas menos incómodas…». No había terminado aún la frase cuando me percaté, por las sensaciones ya experimentadas antes, que el espíritu de Mariani se había ido, que no había ninguna forma de impedir su visita.

Es imposible que logre explicar con palabras la angustia que me produjeron las sensaciones que experimenté en ese momento. Estaba preso de un pánico escalofriante. Salí de aquella casa mientras los relojes de la ciudad marcaban la medianoche: las calles estaban desiertas, las luces de las ventanas apagadas, las flamas dentro de las farolas ensombrecidas por una neblina densa y pesada: todo me parecía más tétrico de lo normal. Caminé un tramo sin saber hacia dónde dirigirme: un instinto más fuerte que mi voluntad me alejaba de mi habitación. ¿De dónde sacar el coraje para ir? Esa noche recibiría la visita de un espectro: la idea era como para morirse, era un augurio demasiado terrible.

Quiso el azar que, dando vueltas, no sé sobre qué calle, me encontré frente a una taberna sobre la que vi un cartel con caracteres tallados que, iluminados con una llama, anunciaban: «Vinos nacionales». Sin más me dije: «Entremos, es mejor así, no es un mal remedio; buscaré en el vino la osadía, pues no tengo ya la fuerza para pedírsela a mi razón». Y confinándome a la esquina de una habitación subterranea pedí algunas botellas de vino que bebí con avidez, aun si por costumbre me repugna el abuso de ese licor. Obtuve el efecto deseado. Con cada vaso bebido mi temor se desvanecía notoriamente, mis pensamientos se aclaraban, mis ideas parecían reordenarse, aunque con un nuevo desorden; poco a poco junté el coraje que me hizo burlarme de mi propio temor. Me levanté y, resuelto, me dirigí a casa.

Una vez en mi habitación, un poco tambaleante por todo el vino que bebí, encendí la lámpara, comencé a desvestirme, pero caí rendido sobre la cama, cerré un ojo y después el otro, intenté dormirme. Pero mi esfuerzos eran vanos.

Me sentía adormecido, rígido, cataléptico, incapaz de moverme; las cobijas me pesaban sobre el cuerpo, me envolvían y aplastaban como si fueran de metal fundido; durante ese sopor me percaté de que singulares fenómenos ocurrían en torno mío.

Desde el mechero de la vela que creía haber apagado y que, cabe decir, era de estearina pura, se alzaban grandes espirales de humo negro y denso que, juntándose en el techo, no permitían verlo pues asumían una apariencia como la de una pesada capa de plomo: la atmósfera de la habitación se volvió sofocante y se impregnó de un olor como el que emana de carne viva sometida a las llamas, a mis oídos los ensordecía un ruido incesante del cual no podía saber las causas, y la rótula, que veía ahí, sobre mis documentos, parecía moverse y girar sobre la superficie del escritorio, como una presa en medio de convulsiones extrañas y violentas. 

No sé cuánto tiempo duré en ese estado: no podía quitar mi atención de esa rótula.

Mis sentidos, mis facultades, mis ideas, todo se concentraba en esa imagen, todo me llevaba a ella: yo quería levantarme, dejar la cama, salir, pero me era imposible; mi desolación llegó a un grado tal que ya casi no fui capaz de sentir miedo alguno, hasta que, disipado ya el humo de la vela, vi levantarse una cortina cerca de la entrada y se presentó el esperado fantasma.

No pude siquiera parpadear. Avanzó hasta la mitad de la habitación, se inclinó cortesmente y me dijo: «Yo soy Pietro Mariani, y vengo a recuperar, como le prometí, mi rótula».

Y dado que el terror me impedía darle una respuesta, él continuó con dulzura:

«Disculpará que haya venido a molestarlo en la alta madrugada… a esta hora… entiendo que es una hora inconveniente… pero…».

«¡Oh! no es nada, no es nada – lo interrumpí repuesto ante tanta cortesía, – debo incluso agradecerle su visita… estaré siempre honrado de recibirlo en mi casa…»

«Le agradezco – dijo el espectro.- pero en cualquier caso deseo disculparme por la insistencia con la que he reclamado mi rótula, tanto con usted, como con el estimado doctor del cual usted la obtuvo; observe.»

Y diciendo ésto, levantó un trozo de la sábana blanca bajo la que que estaba cubierto, y me mostró la tibia y el fémur de la pierna izquierda, mismos que a falta de la rótula, estaban unidos por un listón negro que daba dos o tres vueltas dentro de la abertura formada con el peroné, dio algunos pasos en la habitación para mostrarme cómo es que la ausencia de ese hueso le impedía caminar libremente.

«No quiera Dios -dije entonces con tono de hombre mortificado- que el estimado ex ordenanza de la Universidad de Pavia siga cojeando en mi casa: tome su rótula, ahí está, sobre el escritorio, tómela y acomódela en su rodilla como mejor pueda.  

El espectro se inclinó por segunda vez a modo de agradecimiento, soltó el listón que unía el fémur y la tibia, lo dejó sobre el escritorio, y una vez tomada su rótula, empezó a acomodarla en la pierna.

«¿Qué noticias tiene del otro mundo?» le pregunté entonces, viendo que la conversación languidecía ante su ocupación. Pero él no respondió a mi pregunta y exclamó con aire de tristeza: «Esta rótula está muy deteriorada, no le ha dado usted un buen uso».

«No creo – dije – ¿pero es quizás que sus demás huesos son más fuertes?

Se quedó callado, se inclinó una vez más para despedirse; y cuando estuvo en el umbral de la salida, respondió luego de dejar tras de sí el marco de la puerta. «Mire si mis demás huesos no son más fuertes».

Y pronunciando estas palabras golpeó el suelo con el pie con una fuerza tal que todas las paredes temblaron; ese sonido me asustó y… desperté.

Apenas consciente, noté que se trataba de la casera que llamaba a la puerta y decía: «Soy yo, levántese, venga a abrirme».

«¡Dios mío! – exclamé tallándome los ojos con el dorso de la mano. ¡Entonces fue un sueño, nada más que un sueño! , ¡qué susto! Bendito sea… ¡Pero qué insensatez! Creer en el espiritismo… en los fantasmas…» Me puse rapidamente los pantalones, corrí a abrir la puerta; y dado que el frío me aconsejaba volviese bajo las cobijas, me acerqué al escritorio para dejar una carta bajo el pisapapeles…

!Pero cuál fue mi terror cuando vi que la rótula había desaparecido, y en su lugar encontré el listón negro que había dejado Pietro Mariani!


Iginio Ugo Tarchetti (1839-1869) Murió de tuberculosis a los treinta años. Dejó tras de sí varios cuentos de índole fantástica y un par de novelas. Fosca (1869) es considerada su mayor obra, esta novela quedó inconclusa dada la muerte del autor, un gran amigo de Tarchetti la terminó en su lugar y se encargó de publicarla.

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Jóvenes en Navidad – Pier Vittorio Tondelli

La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman.

En Italia, el servicio militar obligatorio (conocido popularmente como Naja) estuvo vigente en las leyes desde 1861 hasta 2004, por lo que, al llegar a la mayoría de edad, los hombres debían cumplir un año bajo instrucción militar dentro un cuartel. Pier Vittorio Tondelli cumplió su servicio en 1981, de su experiencia surgieron textos como Il diario del soldato Acci (1981) y Pao, Pao (1982). «Jóvenes en Navidad» sigue la misma temática, este cuento pertenece al libro L’abbandono. Racconti dagli anni Ottanta (1992).

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


BERLÍN OCCIDENTAL. Heme aquí dando vueltas como un buitre en torno a las ruinas de la Gedächtniskirche, la iglesia de la memoria, un campanario casi destruido por los bombardeos que, en el centro de la ciudad, debería ser una advertencia para los hombres y el mundo, recordándoles la matanza de la última guerra. Ahí, en Europa Central, entre los negocios iluminados y el tránsito veloz de la noche, los taxis, los automóviles y los vehículos del ejército aliado, la iglesia parece más un muro de contención para los autos. Hay en Berlín muchos más signos de la locura destructiva de la guerra, hay aún casas con rastros de proyectiles en el yeso de los muros, hay edificios que han conservado intacta sólo la fachada, el resto son sólo cúmulos de piedras cubiertas de nieve. Pero en el fondo la verdadera tragedia es que estoy aquí, solo, con poco dinero en los bolsillos, dando vueltas como desesperado en medio del tránsito de la ciudad, escuchando que todos se desean Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo y que yo aún no he aprendido bien este bendito idioma. La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman. Esta tarde, esta noche, en la noche buena, no soy más que un pobre estudiante italiano de veinticuatro años perdido en la metrópoli, sin amigos, sin una chica, sin un pavo relleno que devorar mientras bebo una cerveza y sket. Por esto, en cierta forma, estoy en guerra.

Dejo Kudamm siguiendo el tránsito hasta Wittembergplatz. El cielo es extraordinariamente negro y está apuntalado con estrellas. Al sur, sólo en Italia, sería una noche dulcísima y perfumada. Aquí no percibo olores, y ni es, al final, gran claridad la de ese techo vacío y gélido, barrido por el viento helado y que me obliga a caminar con la espalda erguida mientras miro fijamente el suelo. La nieve, caída hace algunas semanas, está apilada en bloques de hielo a los costados de la calle. Los berlineses dicen que ésta es una Navidad cálida, pero en realidad ésto es Siberia. Sigo avanzando, intento concentrarme, debo encontrar una salida, no puedo pasar solo mi primera Navidad en tierra germana, tirado en la calle como un piojo. Klaus, mi compañero de casa, volvió con su familia a Hamburgo para las fiestas de fin de año, lo mismo hicieron nuestros otros amigos Hans, Dieter y Rudy: hay quien fue a Mónaco, a Fráncfort o Stuttgart. Sólo quedó Katy, la única berlinesa de nuestro grupo, amiga de Klaus, pero tiene una gran cena con sus familiares y no pudo invitarme. Siento de pronto el olor de hamburguesas, levanto la cabeza, veo un quiosco a un costado del camino que fríe salchichas y papas. Compro mi cena de Navidad, aquí en Witterbergplatz y la como mirando los escaparates iluminados y suntuosos de las grandes tiendas KaDeWe que exponen decenas y decenas de vestidos de noche, los más costosos son los italianos. En el fondo no tengo problemas de soledad. Lo que me falta es alguien, por la noche, con quien sentarme a la mesa de una cervecería y beber un vaso.

ROMA. Llevo toda la tarde detrás de este maldito permiso de treinta y seis horas, dando vueltas entre el edificio de mando, la sala de equipamiento y la comandancia como un lunático histérico, golpeando los tacones y saludando lo mejor que puedo y poniendo ahí sobre la mesa, bien a la vista, la fatídica hoja que me permitirá huir de este maldito cuartel, llegar a un hotel, darme una buena ducha, ponerme un traje limpio y luego irme directo a la fiesta de Clara. Pero no, aquí estoy sobre este catre, falta la firma del coronel y no puedo retirarme. Me dan ganas de llamar al imbécil de mi primo, el general de caballería (pardon, de Lanceros) que me aconsejó hiciera el servicio aquí diciéndome verás, no tendrás problemas con los permisos, irás a casa cuando quieras etcétera, etcétera. ¡Pero no, aquí está el lancero Giulio Marini ya histérico y devastado por un mísero permiso de treinta y seis horas que nadie tiene la gentileza de firmarle, con la perspectiva de renunciar a una fiesta que iniciará en pocas horas y que no podrá verlo entre los invitados! ¡Dios Santo! Ahora llamo a ese primo y le digo esto y aquello y también esto otro, eh, entenderá con quién está tratando, ¡hay tantos chicos que me esperan, ni siquiera puedo estar aquí con estos sureños imbéciles dentro del cuartel! ¡En la noche de Navidad! ¡Imagínate! ¡Que se jodan todos! Ahora voy ahí, llamo hasta Údine, llamo al primo general Vitaliano y escuchará todo lo que tiene que decirle el lancero Mariani… Qué lástima que mamá y papá estén en la montaña y sea ya inútil que intente llamarlos. A esta hora estarán borrachos por el champán y en algún lindo hotel. Quizás ya habrá nevado.

CORVARA. Marisa es estupenda. En verdad extraordinaria. Esquiamos todo el día en Pralongià, pistas artificiales, que quede claro, pero geniales para conocerse y conversar sin estar demasiado preocupado por las bajadas. Hacía ya tres días que le había echado el ojo, su cabello rubio cenizo que deja suelto sobre su espalda, su forma de hacer las bajadas y esa forma desenvuelta de vestirse, no con trajes y bufandas lunares y demás cosas así, sino con un par de pantalones de lana elástica negra que ella dice son auténticos fifties, de Laura su hermana mayor; y esas botas ridículas, sin broches y tan viejas como para romper los tobillos, y que, por el contrario, puestas en ella, se ven ligeras y elegantes. Las demás de nuestro grupo parecen pavitas todas en fila y todas tontas, están siempre ahí, avanzando sobre la nieve, una junto a la otra como patitas. Marisa no, ella es tan despreocupada…

ROMA. Estoy jodido. La Comandancia cerró. El Coronel no apareció. El ayudante mayor se esfumó, el teniente de guardia, que podría firmar, evita asumir la responsabilidad incluso cuando lo he hecho leer el código militar en el que dice que a falta de superiores directos es él, el dirigente de la barraca, quien puede darme su firma. Mi permiso se pierde en la oscuridad de un edificio cualquiera, Dios mío, qué tristeza. Podría irme tranquilamente, pero en este punto qué sentido tiene dejar una fiesta a las once y media para volver al catre. ¿Y si me fugara? No, ni pensarlo. Mis verdaderos amigos, los que me cubrirían sin dudarlo, están todos de permiso. Estoy cansado, aburrido y deprimido. Me quedo en el catre a ver el techo, las manos cruzadas detrás de la nuca, el cigarro en la comisura de los labios. Los reclutas hace poco comenzaron a hacer alboroto, los cocineros, los guardias y los demás parias vinieron a la habitación semidesierta con botellas de vino y uno que otro pan robados de la tiendecilla de víveres. Se abrazan y gritan y cantan mirando las fotos de las chicas. De esta chusma no entiendo ni las palabras ni los gestos, son como árabes para mí. Ya es medianoche. Lloraría de rabia.

CORVARA. Comí tan rápido como pude la comida tradicional de Navidad, es decir, tortelli de calabaza, amaretti y brandy, pescado de Comacchio marinado, anguila y salmón fresco. En verdad un récord. Por el contrario, fueron larguísimas esas Ave María que la abuela nos obliga a recitar de pie frente a la mesa llena e iluminada por las velas rojas, cada año a las nueve en punto, un rosario completo con todos los misterios, las glorificaciones y las beatificaciones. No podía esperar a que terminara, de hecho, después probé un poco de pescado y corrí a la fiesta de Marisa. Es una Navidad estupenda. Una de esas cosas que se cuentan en los trabajos de la escuela, la nieve fuera de las ventanas de la cabaña, el panettone, los dulces, las bebidas y el vino espumoso pese a que todos somos menores y nuestros padres nos prohibieron beber alcohol. Marisa está en el centro de la fiesta. Seremos una veintena de personas en la sala de su casa. Sus padres se fueron al festejo en el Hotel Cristallo y le dejaron casa libre (¿por qué no nos mandan a la abuela con sus Ave María?). Escuchamos música, bailamos, nos miramos. A la media noche sus amigos, un grupo de Florencia, tocan sus guitarras y cantan una canción. Es en ese momento que ella se me acerca y me da un beso sobre la mejilla y me da las felicitaciones tomándome de la mano. Los fuegos artificiales comienzan a explotar en el cielo. Salimos corriendo de la casa tomados de la mano. Miro a Marisa, tiene las mejillas sonrojadas, sus ojos azules resplandecen con los destellos de la noche. Tengo quince años y sé lo que un hombre debe hacer en estas ocasiones. Acerco mi rostro a su mejilla y le planto un beso. ¡Responde! ¡Responde! Guiados por antorchas y los fuegos artificiales, los maestros de esquí descienden lentamente por las pistas. Es Navidad y todos parecen felices.

ROMA. Los sicilianos, los napolitanos, los abruzos, los casertanos, los sardos, los calabreses, los pulieses hacen un maldito caos. Encendieron la radio y cantan como endemoniados. Beben y comen, bailan y brindan. ¡Los odio! ¡Los odio! ¡Sólo necesitan algo para cantar y son felices! Dios, qué molestia. Luego se acerca a mi catre un tipo ofreciéndome un vaso, dice ¿por qué no bebes con nosotros? Es todo tan extraño, tan imprevisto. Me parece como si no hubiera planeado otra cosa. Es increíble cómo respondo, un poco tímido, y digo que sí. De repente siento calor y la rabia comienza a esfumarse. No está tan mal, entro a la fiesta, comienzo a divertirme y a reír, vamos todos corriendo a la plaza de armas y encendemos un fuego enorme. Quemamos todo lo que encontramos. Es como un motín. Todos gritan, corren a las cocinas en busca de basura, a las oficinas, a la enfermería. El teniente de guardia interviene junto con otros soldados, pero él también cae víctima del vórtice del vino y se pone a cantar (es napolitano). En poco tiempo se vuelve una gran fiesta, una pobre fiesta para los muchachos uniformados.

BERLÍN OCCIDENTAL. Seguí caminando hasta llegar a la Nollendorfplatz. Mi casa no está lejos, pero la idea de pasar la medianoche solo me hiela la sangre incluso más que la temperatura de Prusia. El tráfico se ha disipado. Detrás de las ventanas encendidas veo muchas siluetas que danzan como mariposas. ¿Serán felices? También yo fui feliz, al menos una vez, en Navidad. Fue mi primer amor. Tenía el cabello rubio cenizo y estábamos arriba de la montaña. ¡La primera chica que besé y no recuerdo siquiera su nombre!

 Un autobús se detiene frente a la marquesina. Está casi vacío. Me viene la idea de dar un paseo solitario por Berlín. Por lo menos hace menos frío y podré estar sentado. «Feliz Navidad» me dice el conductor. Es un tipo bastante joven, alrededor de los 30 años. «Feliz Navidad» le digo en alemán. «¿Eres turco?», contesta él. ¡Dios! ¿Hace tres semanas que estoy por acá y hablo aún como turco? ¿O quizás los dice por el color de mi cabello? Le respondo que está equivocado. Él ríe y me invita a una fiesta. Es tiempo de llegar a Kreuzberg y terminar el turno. «¿Por qué no?» digo. De pronto no me siento más en guerra. Sé que este sentimiento no tiene nada que ver con Navidad, ni con el Norte, ni con Berlín. Es una cosa que tiene que ver con mi vida y mi pasado, algo íntimo y delicado que me hace, de improviso, estar bien en esa noche sobre ese autobús, vagando por las calles de la metrópoli.


Pier Vittorio Tondelli (1955-1991) Uno de los narradores más importantes de la década de los 80. Su primera novela, Altri libertini (1980), le trajo fama y censuras por igual gracias al tratamiento abierto de la homosexualidad. De su obra periodística destaca Un weekend postmoderno. Cronache dagli anni ottanta (1990) en el que el autor explora y reivindica movimientos artísticos, musicales y literarios de la época.

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Prohibido besar a Ángela – Milena Milani

Sentada sobre una barda, Ángela mira todo lo que ocurre en una playa. Prefiere mantenerse ajena a todos y mirar a su alrededor sin que ella sea vista. Por momentos la actitud de Ángela demuestra el carácter de una chica de trece años, por otros, su voz demuestra que detrás de esa chica solitaria sigue habiendo una niña que narra su historia con cierta inocencia y ternura. En este relato, a través de la voz de Ángela, Milena Milani muestra ese paulatino y sutil cambio que es la llegada a la adolescencia.

Tiempo estimado de lectura: 7 min.


Estaba sentada sobre una barda cuando los vi llegar. Eran tres, uno tenía el traje de baño amarillo, el otro verde y el tercero llevaba uno blanco; eran tres trajes pequeños sujetos con cordones a los costados. Yo estaba con la cabeza a la sombra de una pérgola y movía las piernas sobre el parapeto. Me gusta esta forma de ir al mar, uno piensa que está en el campo. El viñedo con la uva aún verde es el orgullo del dueño, las acomodó hermosamente junto a la playa, construyó incluso un muro al que la vid puede aferrarse. Los turistas están felices con todo este verdor; muchos bañistas se detienen aquí debajo, en las mesitas, ordenan alguna bebida con hielo, otros incluso comen algo vestidos aún con su traje de baño. Conozco este lugar desde hace años, vuelvo siempre, me siento ya como en casa y hago lo que quiero.

El dueño, los bañistas y la enfermera son todos mis amigos, me consideran del tipo más bien curiosa porque voy de aquí para allá en la playa, nado y me seco, luego nado otra vez, a menudo estoy en lo fresco bajo la sombra de la vid y mezo las piernas sin ningún motivo.

Pasa un bañista y me dice: « ¿Cómo estás, Ángela? ¿Cómo estuvo hoy el mar, no vuelves al agua?»

 Y yo: «Estoy bien. Bruno. El mar estuvo espléndido, ahora vuelvo a meterme».

Siempre me hablan así, y yo respondo. Con estos amigos me gusta estar, pero con los otros, los bañistas hechos y derechos, no lo soporto. Me divierte mirar todo, miro cada cosa sin ser vista, me pongo, incluso, los lentes de sol que son muy oscuros.

Así miraba de un lado a otro cuando vi llegar a aquellos tres. Eran tres muchachos entre los quince y los dieciséis, los tres muy bien hechos, pero sobre todo el que llevaba un traje amarillo, que tenía el cuerpo como el de un pescado, todo hecho de músculos largos y esbeltos. Pasaron sin dignarse a mirarme, pero yo, por lo demás, tampoco me digné a mirarlos. El del traje amarillo llevaba un gramófono portátil y un gran paquete de discos. El de verde llevaba un arpón de esos que ahora están de moda. Se va bajo el agua, se dispara el arpón y el pescado termina atravesado; llevaba también un visor para ponerse sobre la cara y un snorkel para respirar bajo el agua. El de blanco venía tras ellos y masticaba. Los tres se dirigían hacia tres muchachas americanas que habían llegado hace media hora.

Las tres americanas eran jóvenes y lindas, con el cabello corto y sus trajes coloridos, de esos que cuando se mojan se vuelven brillantes. Las tres estaban recostadas sobre camastros, bajo el sol, y en la mano tenían no sé qué clase de bebidas que les había llevado un mesero, una botella dentro de un balde con hielo. Yo las miraba con envidia porque eran tres y no hacían otra cosa que reír y decir yes para luego echarse hacia atrás y reían y después bebían, mientras que yo estaba sola y lo único que hacía era mecer las piernas. Los tres muchachos saludaron a las tres muchachas y se sentaron a sus pies, darling, decían, y good bye. No sabían decir nada más, pero igual se daban a entender.

El del traje amarillo se sentó a los pies de la más joven que quizás tendría quince años y llevaba también un traje amarillo. Era rubia y llevaba unos lentes de sol más lindos que los míos. Reía, tenía los labios grandes y redondos, como los tienen los americanos; cada tanto tocaba la espalda del muchacho del traje amarillo y ella reía, luego bebía y volvía a reír.

El muchacho del traje verde se sentó junto a la chica que llevaba el traje azul, era la más grande y tenía el cabello castaño; podía adivinarse que era la hermana de la otra porque se parecían. Al muchacho de blanco le tocó la chica más pecosa y que no llevaba lentes, tenía el traje de baño mitad blanco y mitad negro, llevaba dos listones rojos entre las trenzas que le caían sobre la espalda. Era la muchacha más fea, cuando se reía abría los ojos. El muchacho de blanco parecía melancólico y seguía masticando sin decir palabra, los otros dos reían sólo para hacer algo.

Poco después pusieron en uso el gramófono, con todas las canciones americanas a su disposición, todas las chicas y los chichos, menos el de blanco, entonaron el coro. «El de blanco no canta» decía yo, tragado saliva; «mastica la chewing gum» y me daban nauseas sólo de pensar en la chewing gum que él masticaba. «Si pasa por acá le digo que deje de masticar» decía yo. En la playa había poca gente porque eran las tres de la tarde y, además, hacía mucho calor. Yo no tenía ganas de nada y pensaba en que era lindo ser americana y tener a un italiano a tus pies y que además hacía sonar el gramófono.

Nada más lo pensaba, porque en realidad de muchachos no quiero saber nada. Incluso en la escuela me lo dicen siempre mis compañeras: «Ángela, ¿por qué no te haces de un novio?» Todas lo tienen, incluso las más pequeñas, pero yo prefiero estar por mi cuenta. Las tareas las hago en mi casa, mientras que mis compañeras siempre van a hacerlas a casa de sus novios y luego tienen que darles un beso a cambio. ¡Pero yo, besar! Me da asco sólo pensarlo, tendría que lavarme la boca porque me quedaría ese sabor. Qué sabor sea, no lo sé, pero una vez me dijo Maura a lo que sabía un beso. Dijo que era como haber comido helado de crema de avellanas, pero yo creo que fue así porque su novio se había comido en verdad un helado antes de besarla. Pensando en lo que dijo Maura, también a mí me vino a la boca cierto sabor, tenía sed, tanta que bajé de la barda y fui cerca de una ducha para tomar un poco de agua fresca. Creí que estaría fresca, pero en realidad era agua caliente, por eso en lugar de beber me hice una ducha para refrescarme. Luego volví a la barda.

El muchacho con el traje amarillo se había puesto de pie y se estaba dirigiendo hacia mí.

«Ángela, ¿tienes un encendedor?» me dijo.

«No, no fumo.» le respondí y continué:

« ¿Por qué me llamas Ángela y me hablas de tú?»

«Oh querida» dijo él mirándome y riéndose «yo te conozco. ¿Vas en tercero de secundaria, no?»

« ¿Y eso qué?»

«Yo iré a la preparatoria» me dijo. «Soy el hermano de Maura. ¿No me habías visto?»

«No» dije. «Nunca he estado en casa de Maura, ni siquiera sabía que tenía un hermano.»

«Me llamo Giuseppe, pero me dicen Pino» dijo el muchacho de amarillo, «y no es verdad que soy el hermano de Maura.»

Me puse toda roja: «Vete de aquí, mentiroso» dije fuerte «ve con las americanas».

Los muchachos de verde y blanco llegaron corriendo, dejando a las tres americanas.

«No diré más» continué molesta «no sé qué hacer con ustedes. Vayan con sus americanas.»

« ¿Sus qué?» dijo Pino, tomándome por el brazo.

«Americanas» terminé yo. « ¿O es que son italianas?»

«¿Qué tienes que decir de nuestras americanas?» dijeron los otros dos.

«Paren» grité « no tengo nada que decir, no me importa nada.»

Después, dirigiéndome al de blanco que siempre masticaba, lo miré y dije: « ¿Y tú qué masticas?»

«Lo que me da la gana» respondió sacándose de la boca el chicle masticado. Los otros dos se pusieron a reír, y Pino, conciliador, se acercó a mí:

«Te presento a mis amigos» dijo «Él es Emilio» dijo indicando al de verde» y el otro es Mario.»

Mario hizo una reverencia y escupió el chicle. «Está bien» agregó « ¿ya estás contenta?»

Entonces también yo reí; los tres muchachos se subieron a la barda. « ¿Sabes que encontraste un sitio magnífico?» me dijeron. «Se ve todo y está fresco».

«Vengo siempre aquí» respondí.»

«Jamás te había visto» dijo Pino, acercándose a mí. Casi tocándome con su hombro.

«¿Entonces por qué dices tantas mentiras?» respondí. «Dijiste que me conoces, sabes mi nombre y en qué clase voy.»

«Pino sabe todo de todos y no ve nunca a nadie» dijo Emilio. «Incluso a las americanas, no las había viso nunca, pero las conocía.» Nos volvimos hacia ellas.

La chica de amarillo bebía y hacía sonar el gramófono.

«Mira qué maestría» dijo Mario «nos van a arruinar todo el mecanismo.»

«Por qué no vuelven allá» dije «yo me quedo aquí sola.»

«Estamos hartos de las americanas» me dijo Pino «no se puede hablar, nunca se sabe qué decir.»

« ¿Entonces por qué fueron con ellas?»

«Porque no te habíamos visto» me dijo Pino dándome esta vez un pellizquito en el brazo. Yo hice por devolvérselo, pero él escapaba. Lo seguí. Él, mirando atrás, gritó a los otros dos:

«Vayan ustedes con las americanas, yo no voy»

Corrimos hasta las barcas que estaban a la orilla, lejos del establecimiento. Nos sentamos a la sombra.

«Ángela, ¿me das un beso?» dijo Pino.

«Yo no» dije y me lancé al agua.

« ¿Por qué no me lo das?»

Yo nadaba como una rana, y cada vez que salía gritaba good bye; cuando Pino estaba por atraparme yo volvía a sumergirme. Fue un juego divertido. Poco después volvimos al pergolado y Pino no me había besado.

«Eres distinta, Ángela; tú no te dejas besar» dijo pino, sorprendido.

Nos sentamos con las piernas que se mecían. Mario y Emilio, sentados frente a las americanas, nos hacían señas desesperadas para decirnos que estaban hartos.Pino fue por el gramófono.

«El gramófono lo traje yo», dijo, «y ahora lo hago sonar para ti.» puso una canción que decía “Conozco a una muchacha que se llama Lulú”, era una canción en italiano, y Pino, en lugar de decir Lulú, decía Angelú para seguir con la rima. Hizo un desastre. Yo sólo pensaba que tenía trece años cumplidos y que ahora tenía un novio. Pino me dijo que tenía dieciséis, y que a las americanas les había dicho que tenía dieciocho.

De pronto, las tres chicas se levantaron nerviosas porque Pino no regresaba con el gramófono, y haciendo un gesto con la cabeza, fueron a vestirse sin haberse metido al mar. Mario y Emilio fueron a pescar con el arpón. Pino guardó el gramófono para que no hubiera más entrometidos.

También nosotros fuimos a vestirnos y volvimos a la ciudad en una pequeña motocicleta que hacía mucho ruido. Yo estaba feliz porque era la primera vez que iba en motocicleta, estaba sujeta a Pino y sentía su piel a través de la camisa.

Pino gritaba darling y yo respondía good bye y hacíamos un montón de ruido con nuestras risas. Para el día siguiente tenía una cita, y para el día que seguía también. La cita era debajo del pergolado, en ese lugar que me gusta porque está el mar y está el campo, puedo mecer las piernas, veo todo y nadie me ve.  

De: Emilia sulla diga


Milena Milani (1917-2013) Periodista, escritora y artista. De entre su obra destaca el libro de cuentos Emilia sulla diga (1954) y la novela Storia di Anna Drei (1947), con la que ganó el premio Mondadori. Su segunda novela, La ragazza di nome Giulio (1964), es quizás su texto más conocido, pues fue adaptado al cine con el mismo nombre y suscitó polémicas en diversos países.

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Los espárragos y la inmortalidad del alma y otro texto de Achille Campanile

«Algunos prefieren el limón al vinagre»

Umberto Eco señaló: «el humorismo de Campanile busca desmontar automatismos lingüísticos «. Y es cierto,el humor, junto con la brevedad, son los dos pilares que sostienen la obra de Achille Campanile. Como muestra de su trabajo en esta ocasión ofrezco la traducción del texto que da título a su libro más reconocido: Los espárragos y la inmortalidad del alma y otro breve cuento titulado «La carta de Ramsés«.

El primero se vale del tono ensayístico para disertar sobre las similitudes y diferencias entre esta verdura y la permanencia del alma. El segundo, se atiene más a la estructura del cuento y entreteje una serie de malentendidos que surgen entre los protagonistas gracias a la peculiar forma de escribir en el antiguo Egipto.
Tiempo estimado de lectura: 9 min.


Los espárragos y la inmortalidad del alma

No hay relación alguna entre los espárragos y la inmortalidad del alma. Éstos son una verdura perteneciente a la familia de los asparagaceae, creo, deliciosos hervidos y preparados con aceite, vinagre sal y pimienta.  Algunos prefieren el limón al vinagre. Igual de bueno es el espárrago cocido con mantequilla y acompañado con queso parmesano. Algunos le ponen encima un huevo estrellado, le va de maravilla. La inmoralidad del alma, por el contrario, es un problema; un problema, cabe agregar, que desde hace siglos turba las mentes de los filósofos.  Además, los espárragos se comen, mientras la inmortalidad del alma no. Ésta, de hecho, pertenece al mundo de las ideas. Naturalmente, en el presente caso, a la idea corresponde un hecho. Desde este punto de vista puede decirse que la inmortalidad del alma es una cualidad del alma, una propiedad peculiar del alma, incluso un concepto, el cual indica el hecho de que las almas son inmortales. Estamos verdaderamente lejos de los espárragos.

Otra diferencia es que se han escrito muchas más obras sobre la inmortalidad del alma que sobre los espárragos. Al menos eso creo. Ahora: no todos creen en la inmortalidad del alma, mientras que en los espárragos y de su existencia todos estamos seguros, nadie duda. Sin embargo la verdad es justo lo contrario: puede dudarse de la existencia de los espárragos, no de la inmortalidad del alma. Con todo, aún así, entre los unos y la otra hay una enorme abismo.

Eso sin mencionar las demás, e infinitas, diferencias entre unos y la otra.  

Veamos entonces si en algún caso se pueden encontrar puntos de contacto entre los espárragos y la inmortalidad del alma. Ésta y ésos pueden considerarse generalmente como cosas agradables. De hecho, si el alma no fuera inmortal, nada quedaría de nosotros y ésto sería muy desagradable. Completamente distinta es la grandeza de los espárragos, que son tan agradables al paladar.

Ahora me doy cuenta de que casualmente me surgió bajo la pluma una analogía completamente accidental entre los espárragos y la inmortalidad del alma: me surgió decir que, si el alma no fuera inmortal, nada quedaría de nosotros; por el contrario, siendo ésta inmortal, permanece mucho, permanece lo mejor de nosotros.   También de los espárragos queda mucho, por desgracia; y al contrario de nosotros, no queda la mejor parte ni la más noble. Es más, queda lo peor, el tallo. Sin embargo, aquello que resta es una cantidad considerable, lo que no siempre sucede en el caso de otros vegetales ya cocinados, como, por ejemplo, las espinacas, que son íntegramente comestibles.  Quizás éste es el único punto di contacto entre la inmortalidad del alma y los espárragos y estoy satisfecho de haberlo encontrado, aunque sea involuntariamente o por mera suerte, porque esto agrega un contenido positivo a la investigación que nos habíamos propuesto y llegamos a resultados que van más allá los pronósticos más optimistas. Pero repito, es un contacto meramente formal y exterior, pues, !hay una gran diferencia entre el alma y un tallo de espárragos! Y lo que es más, esta analogía del todo formal no es siquiera exclusiva de los espárragos, ya que las alcachofas se encuentran en la misma situación, en lo que respecta al porcentaje de desechos.

Para concluir y poner fin a una investigación a la que la falta de resultados apropiados vuelve de lo más vergonzosa, debemos decir que, desde cualquier perspectiva que se examine este problema, no hay nada en común entre los espárragos y la inmortalidad del alma.

De: Los espárragos y la inmortalidad del alma


La carta de Ramsés

Dulce era la tarde a orillas del sagrado Nilo. Los colores del atardecer se recostaban sobre las aguas, que se veían brillantes y trémulas entre las palmas, detrás del templo de Anubis.  Se alzó un débil canto de sacerdotes. Después todo quedó en silencio.

Ramsés paseaba meditabundo y la soledad del lugar, que parecía hecho para encuentros de amor, incrementaba su tristeza.

No muy lejos, parejas se deslizaban entre las sombras. Sólo él no tenía una compañera. Aquí la había visto por primera vez hace algunos días y aquí volvía cada tarde en amoroso peregrinaje con la esperanza de encontrarla de nuevo y declararle su amor.

Pero no había vuelto a ver a la chica.

«La amo», se decía el joven egipcio, «la amo apasionadamente.  ¿Pero, cómo hacérselo saber? … Ya sé, le escribiré una carta»

Corrió a casa, se hizo traer un papiro y se dispuso a escribir su declaración de amor, maldiciendo el extraño modo de escribir de los egipcios, que lo obligaba, a él que no era muy bueno en el dibujo, a expresarse mediante muñequitos.

«Veo con gusto que te has entregado a la pintura», le dijo el padre cuando lo vio trabajando.

«No, estoy escribiendo una carta», explicó Ramsés.

Y se puso de lleno a trabajar con buen talante.


«Le diré» trazó: «Hermosa doncella…»

(Y dibujó lo mejor que pudo a una joven a la que intentó dar un la mayor hermosura que le fuera posible).

… desde el primer momento en que la vi…

(Intentó dibujar un ojo abierto y apasionado).

… mi pensamiento vuela hacia usted…

(¿Cómo expresar este concepto poético? ¡Eso es!: dibujó un pájaro sobre el papiro).

… Si no es insensible a mis dardos de amor…

(Y dibujó una flecha disparada).

… la encontraré dentro de siete meses…

(Siete pequeñas lunas se formaron sobre el papiro).

… ahí donde el sagrado Nilo forma un codo…

(Ésto era muy fácil: al enamorado le bastó esbozar un riachuelo haciendo zig-zag).

…. y precisamente junto al templo de Anúbis…

(También ésto era muy fácil, pues la imagen del dios con cuerpo de hombre y cabeza de perro era conocida por todos).

…para que pueda expresarle los sentimientos de una respetuosa admiración…

(Se dibujó a sí mismo de rodillas).

… Créame, con mi mayor respeto, etcétera, etcétera.


Terminada la empresa el joven e ingenioso egipcio entregó la carta a su sirviente:

«Llévala a la hija de Psamético» dijo. «Es urgente».

«¡Oh”, dijo el viejo analfabeta, «qué gracioso catalejo!»

«Es un papiro, burro. Espero una respuesta».

Poco después, la hermosa hija de Psamético descifraba los no muy bien logrados dibujos del joven Ramsés, otorgándoles la siguiente interpretación.


Coja detestable

comí un huevo estrellado

es usted una tan tonta como un ganso…

pero, en lo físico, se parece más a la espina de un pescado…

… La agarraré a pedradas…

Es un despreciable gusano…

y necesita de la protección de Anubis…

(“¡Desgraciado!» pensó la muchacha. «¡Anubis es quien protege a las momias!»)

…Dejo de escribirle porque voy a limpiarme los zapatos.

Saludos, etcétera, etcétera.


«Qué gradísimo cobarde» chilló la joven. «¡Ahora verás!».

Tomó la pluma y debajo de la misma carta escribió:


Si yo soy como un ganso…

… pero jamás como una momia…

usted es un buey…

y lo agarraré a golpes.

Frase que logró al dibujar con gran pericia agregando al ganso, tachando a Anubis, agregando a un animal con cuernos y después un puño cerrado.


Devolvió la carta al sirviente de Ramsés, quien volvió con su dueño.

Cabe imaginar la alegría de éste cuando creyó descifrar – sin que se olvide su escasa habilidad para los dibujos- los jeroglíficos de la muchacha:


Mi pensamiento también vuela constantemente hacia usted…

… pero considero prudente no vernos en el templo de Anubis;

… en su lugar creo que un lugar tranquilo pueda encontrarse en los parajes del de templo al gran buey Apis

donde voy a concederle mi mano.


Pasaron cuatro mil años. El papiro de Ramsés salió a la luz gracias a un gran egiptólogo, el cual, luego de dos lustros de profundísimos estudios rescató, para admiración de todos los hombres, la pieza de sublime poesía contenida en el mismo.

Aquí está la traducción íntegra que realizó el especialista:


Oh Osiris que danzas pesadamente

sobre la flor de loto,

y seguida por Ibis, pájaro sagrado,

a ti ofrezco la espiga del grano

y siete pequeñas habas frescas,

todo para que alejes de mí a la serpiente de la envidia.

Al sumo Anúbis,

ante el cual me postro,

seguido también yo por el sagrado Ibis,

sacrificaré un gran buey

que he de matar con mi propio puño.

De: In campagna a un’altra cosa


Achille Campanile (1899-1977) Fue periodista, narrador, dramaturgo y guionista. Su obra se caracteriza por el «humor surrealista»conformado por elementos como el absurdo, la ironía y constantes juegos de palabras. De entre su obra destaca Los espárragos y la inmortalidad del alma (1974) y sus numerosas obras de microtragedias publicadas originalmente de forma periódica en diversos diarios italianos.

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El rostro de las cosas – Michele Mari

El Palazzo della civiltà italiana, mejor conocido como el coliseo cuadrado, es el mejor ejemplo de arquitectura fascista. La fotografía de su construcción está fechada en 1940.

Nuestra percepción del mundo varía de acuerdo al estado de ánimo y de las circunstancias que atravesamos en un determinado momento. En este breve relato, Michele Mari conjuga fondo y forma para mostrar un día terrible en la vida de su protagonista. Un momento en el que las cosas no fluyen como deberían y en el que todo se vuelve tedioso e insoportable.

Tiempo estimado de lectura: 3 min.


El niño gordo subió pesadamente las grandes escaleras de la enorme escuela, después se apresuró hacia su lejanísima aula (pasillo interminable, aserrín suicida sobre sobre las baldosas mojadas, percheros afilados, varicosísimas venas sobre las jamonosas pantorrillas de las desagradables conserjes). Entró en la clase maloliente un momento antes de que el odiado maestro comenzara con el inquietantísimo examen, sin que ello le evitara una sospechosa ojeada de preconcebida reprimenda: y caminando entre los pupitres dobles, los hábiles chistes de los crueles compañeritos.

Por fin sentado, ¡uf!, el preocupado niño sacó de la pegajosa mochila los preciosos instrumentos ante la triste necesidad del terrible asunto: la masticada pluma que esperaba no perdiese tinta azulada en infamísimas manchas, la goma bicolor con encima un hermoso pelícano, la primera franja para el feo atormentado, la segunda franja para la bella azarosa. Después arrojó un singular suspiro de persona vieja, y esperando el temido título, observó a sus compañeros bastardos: frente a él la espalda encorvada del cerebrito Ranzani, los cabellos cortos que recordaban un glamoroso cepillo, el cuello obscenamente bronceado: a su izquierda esa bestia desagradable del pestilente Cifoni, apodado pega-pega; a la derecha el infeliz Vallazze, que todos los días jodía porque se le había muerto su huesuda madre, y que por este insólito hecho se permitía cualquier excesivo capricho en contra de sus desafortunados vecinos…

La irritante voz del severo maestro interrumpe su distraída contemplación dando rápido inicio al dictado de pesadilla, sus fuertes dedos sudados guiaron el tibio plástico de su única pluma sobre las rayas grisáceas de la correspondiente hoja.  Aquí está, ahora debe afrontar el ingrato ejercicio, no más benévolas excusas por su penoso retraso.

El niño gordo recorre el largo pasillo blandiendo con las regordetas manos la hoja arrugada; sus bonitos ojos están llenos de aderezadas lágrimas, pero irritado como está por el juicio definitivo y por la amarga evidencia de la calificación fatal, él está alejadísimo de su propia e inconsciente belleza. Con la aguda escritura del maestro enfadado la calificación fatal tiene la forma perfecta de un insoportable 4, el juicio definitivo consiste en sólo dos palabras enmarcadas por signos de exclamación: ¡DEMASIADOS ADJETIVOS!

Gordinflón como un adorable bebito, el niño gordo baja melancólico las grandes, resbaladizas escaleras de la enorme escuela de insolente arquitectura fascista, ve un mundo sucio hecho de feas y presuntuosas personas deprimidas, ve las asquerosas banquetas llenas de vomitivos escupitajos amarillentos y de papeles voladores, de holgazanes manchas aplastadas hechas de colillas ya fumadas o de salivosos chicles escupidos, ve el claror grisáceo del cielo pluvial, lluvioso, lloviznoso reflejarse en los charcos llenos de lodo, la punta redonda de sus ridículos zapatos rojos agujerados espolvoreados de aserrín mojado que forma una costra sutil como de pan molido sobre escalopes, la hebilla oxidada de la pegajosa e incluso amada mochila dentro de la cual, junto a la pluma mordida y destapada y la áspera goma bicolor, yace olvidada una frágil merienda rellena de mermelada anaranjada y espesa. Muy espesa.

De: Euridice aveva un cane (1993)


Michele Mari (1955) Narrador, poeta, ensayista y dramaturgo. Su obra, en los diversos géneros, ha sido merecedora de diversos galardones. Entre sus libros más destacados se encuentran Euridice aveva un cane (1993) Tu, sanguinosa infanzia (1997) Leggenda privata (2017).

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Los zapatos rotos – Natalia Ginzburg

Los zapatos del Danubio

Sobre la obra de Natalia Ginzburg, diversos críticos han señalado que ésta encuentra sus cimientos en la poética de las pequeñas cosas. El mejor ejemplo de esa poética está, sin dudas, en Las pequeñas virtudes. Libro de textos misceláneos escritos entre 1940 y 1960. Entre sus páginas, Natalia ofrece reflexiones sobre las relaciones humanas, deja entrever sus experiencias durante la segunda guerra mundial, reflexiona sobre el entorno que la rodea, sobre los objetos y las personas entorno a ella. De este libro proviene «Los zapatos rotos», breve texto sobre lo que es y no es necesario en determinados momentos de la vida.

Tiempo estimado de lectura: 5 min.

Esta traducción se publicó en: Revista La Peste en su edición número 39 durante el mes de agosto de 2020. Agradezco a Michelle Pérez-Lobo por la invitación a colaborar.


Tengo los zapatos rotos y la amiga con quien vivo en este momento también tiene los zapatos rotos. Cuando estamos juntas a menudo hablamos de zapatos. Si le hablo del tiempo en el que seré una escritora vieja y famosa, ella me pregunta: «¿Qué zapatos tendrás?» Entonces le digo que tendré zapatos de gamuza verde, con una gran hebilla de oro a un costado.

Pertenezco a una familia en la que todos tienen zapatos buenos y sólidos. De tantos pares que tenía, mi madre, incluso, tuvo que mandar hacer un armario a la medida para guardarlos todos. Cuando regreso a su casa, da gritos de dolor y desprecio apenas ve mis zapatos. Pero yo sé que se puede vivir también con los zapatos rotos. Durante el periodo alemán estuve sola aquí en Roma y no tenía más que un par de zapatos. Si se los hubiera dado al zapatero habría tenido que pasar dos o tres días en la cama, y eso no me era posible. Así que seguí usándolos. Si para colmo llovía, sentía cómo se deshacían lentamente, se mullían y perdían su forma, sentía el frío del empedrado bajo las plantas de mis pies. Es por eso que incluso ahora uso siempre los zapatos rotos, porque me acuerdo de aquel par y entonces los que llevo ahora no me parecen tan rotos luego de compararlos, además, si tengo dinero prefiero gastarlo en otras cosas, porque los zapatos ya no me parecen algo tan esencial. Estuve mimada al principio de mi vida, siempre rodeada de un cariño tierno y atento, pero en ese año aquí en Roma estuve sola por primera vez, por eso le tengo cariño a Roma, aunque me recuerda mi historia, me trae recuerdos de angustia, pocas horas dulces. También mi amiga tiene los zapatos rotos, y es por ello que estamos bien juntas. Mi amiga no tiene quién la regañe por los zapatos que lleva, tiene sólo un hermano que vive en el campo y anda con botas de cazador. Ambas sabemos lo que pasa cuando llueve, y las piernas están descubiertas y mojadas y entra el agua en los zapatos, y entonces suena ese pequeño rumor en cada paso, el rumor de un chapoteo.

Mi amiga tiene un rostro pálido y masculino, fuma con una boquilla negra. Cuando la vi por primera vez, sentada a la mesa, con lentes de carey sobre su rostro misterioso y despectivo, con la boquilla negra entre los dientes, pensé que parecía un general chino. Entonces no sabía que ella también tenía los zapatos rotos. Lo supe más tarde.

Nos conocemos desde hace sólo unos cuantos meses, pero es como si fueran muchos años. Mi amiga no tiene hijos, a diferencia de mí que yo sí los tengo, y para ella resulta extraño. No los ha visto nunca si no en fotografías porque ellos están en provincia con mi madre, esto entre nosotras es extrañísimo, que ella nunca haya visto a mis hijos. En cierto modo ella no tiene problemas, puede ceder a la tentación de mandar todo al diablo, yo no puedo. Mis hijos viven con mi madre y por ahora no tienen los zapatos rotos. Pero ¿cómo será cuando sean hombres? Quiero decir: ¿Qué zapatos tendrán cuando sean grandes? ¿Qué camino elegirán para sus pasos? ¿Excluirán de sus deseos todo lo que es placentero pero no necesario, o afirmarán que todo es necesario y que el hombre tiene derecho a poner en sus pies un par de zapatos buenos y sólidos?

Con mi amiga discutimos mucho sobre esto, de cómo será el mundo entonces, cuando sea una escritora vieja y famosa y ella viaje por el mundo con una mochila en la espalda, como un viejo general chino, y mis hijos vayan por la calle, con los zapatos buenos y sólidos en los pies y vayan con el paso firme de quien no renuncia, o con los zapatos rotos y el paso amplio e indolente de quien sabe lo que no es necesario.

A veces imaginamos el matrimonio entre mis hijos y los hijos de su hermano, ese que anda por el campo con las botas de cazador. Hablamos hasta bien entrada la noche, y tomamos amargo té negro. Tenemos una colchoneta y una cama, cada noche hacemos un piedra, papel o tijera para ver quién de nosotras duerme en la cama. Por la mañana cuando nos levantamos, nuestros zapatos rotos nos esperan sobre el tapete.

A veces mi amiga dice que está cansada de trabajar y quisiera mandar todo al diablo. Quisiera encerrarse en un tugurio y beberse todos su ahorros, o bien meterse en la cama y no pensar en nada más, dejar que vengan a cortarle el gas y la luz, dejar que todo se vaya poco a poco a la deriva. Dice que lo hará cuando yo me vaya. Porque nuestra vida juntas durará poco, me iré pronto y regresaré donde mi madre y mis hijos, a una casa en la que no podré usar zapatos rotos. Mi madre se hará cargo de mí, me prohibirá usar alfileres en lugar de botones, y escribir hasta bien entrada la noche. Yo, a mi vez, cuidaré de mis hijos, venciendo la tentación de mandar todo al diablo. Regresaré para ser firme y maternal, como siempre lo soy cuando estoy con ellos, una persona distinta a la que soy ahora, una persona que mi amiga no conoce.

Miraré el reloj y tendré en cuenta el tiempo, atenta a cualquier cosa, procuraré que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si es posible, al menos en la infancia. Quizá cuando se es niño es mejor tener los pies secos y calientes para luego aprender a caminar con los zapatos rotos.

Natalia Ginzburg (1916 – 1991) Nacida como Natalia Levi, tomó el apellido de su esposo, Leone Ginzburg, quien muriera durante la segunda guerra mundial. Fue periodista, escritora y política. Entre sus obras destacan Léxico familiar (1963), Querido Miguel (1973), Las pequeñas virtudes (1962).


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Amor – Goffredo Parise

Edward Hopper – «Automat»
(1927)

Un silabario es un libro de iniciación a la lectura, una herramienta de alfabetización con la que los niños poco a poco van descubriendo palabras y significados; mediante estos libros los niños van descubriendo el mundo. Emulando estos libros educativos, Goffredo Parise escribió una serie de relatos, cada uno surgido a partir de un sentimiento o un elemento de la vida cotidiana que el autor consideró esenciales. Con gran sobriedad, y una aparente sencillez, Parise crea historias alrededor de la palabra que dá título al texto. Cada cuento es una invitación a redescubrir el mundo. En esta ocasión, y proveniente del Silabario I, aquí está el relato «Amor».

Tiempo estimado de lectura: 7 min


Un día un hombre conoció a una joven señora en casa de unos amigos, no la vio bien, sólo vio que tenía el cabello largo y rojizo, un rostro de huesos robustos, pómulos marcados de campesina eslava y las manos anchas con las uñas bien cortadas. Le pareció tímida y casi asustada de hablar y expresarse. El esposo, un hombre rechoncho con ojos pequeños y desconfiados en medio de un rostro fruncido, parecía respirar hinchando el cuello, lo mismo que las ranas cantoras. Tenía, sin embargo, tobillos frágiles y seniles, ambas cosas, cuello y tobillos, daban al mismo tiempo una idea de fuerza y delicadeza.

El hombre sabía que estas primeras impresiones no podrían ser definitivas dado que se sentía distraído y porque en realidad no había ocurrido nada, de hecho casi no se percató cuando la pareja dejó la casa, tampoco pudo recordar el timbre de voz de alguno de ellos.

Pasó el tiempo y volvió a verla en un restaurante. Sí, sólo vio a la mujer, parada junto a una mesa. En el gesto de sentarse, ella se balanceó hacia un costado, arqueó un poco la espalda y, con un leve arrebato de su gruesa mano, alisó sus cabellos color zanahoria manchada de tierra. Llevaba un vestido de fiesta negro, un cinturón de metal dorado sujeto por los lados, zapatillas de charol negro adornadas con una hebilla, por una coincidencia de razones tan misteriosas como casuales, estaba bellísima. El hombre que la miraba desde una mesa lejana sintió el cómico aumento en los latidos de su corazón, aumentaban porque entendió que había entendido todo de ella. Ella también entendió todo de él (incluso que él entendía) porque en ese instante se volvió hacia él, lo reconoció y saludó con una sonrisa exultante que de inmediato (e ingenuamente) intentó contener dentro de los límites de la cortesía. Pero el ímpetu de esa sonrisa la había hecho separar los brazos y las manos de la mesa, las puntas de las zapatillas de charol presionaban el suelo para hacerla levantar. Fue cuestión de un momento, después la mujer se dirigió a sus comensales con un rostro gentil, pero serio, que ocultaba tras su cabello; las zapatillas volvieron a calmarse. Por su parte el hombre siguió mirándola hasta que los latidos de su corazón se calmaron. Entonces la miró un poco menos encantado y un poco más curioso, como si ella fuera, y cómo debería haber sido, una extraña: pero observarla de este modo, en la que habría querido percatarse de señas particulares, no hizo más que confirmar la grande y natural belleza de la presencia femenina. El restaurante le pareció desierto, o incluso, completamente inmerso dentro de una interferencia de colores y sonidos como la que se vería en películas viejas. De pronto, el hombre se sintió débil, reconoció los signos de una emoción que no sentía desde que era pequeño y veía llegar a su madre en un día claro y gélido, su cuello surgiendo desde el abrigo de piel de zorro cubierto con manchitas blancas, su boca rosada y brillante, un lunar asomándose entre el maquillaje. Eran sin duda los mismos signos. Levantó la mirada de la mesa al mismo tiempo que ella levantaba oblicuamente la suya hacia él, ya no sonriendo, pero con el rostro atravesado por una llamarada, marcado por un dolor inesperado e injusto que no lograba comprender. Los ojos entrecerrados, como si mirara hacia la oscuridad.

Una noche, junto unos amigos que mencionaron a aquella pareja, el hombre dijo en voz alta para esconder la emoción: «El destino hará que nos encontremos otra vez». Los amigos no entendieron a qué se refería, pero luego de unos instantes se escucharon algunos automóviles y un grupo de gente ruidosa y alegre, entre la cual la alegría no era plena y algo, por el contrario, la turbaba esa alegría. La mujer venía con el grupo de gente, entró a la casa: se miraron por unos instantes, se miraron, de hecho, bajando las miradas. Se hablaron luego de los primeros momentos de timidez. Ella dijo que había estudiado danza clásica durante muchos años, pero que había dejado la danza cuando se había casado, por los compromisos familia. Ahora, cada tanto, la invadía una profunda melancolía.

«¿Por qué? ».

«Pues, no lo sé ».

«¿Quizás le habría gustado convertirse en bailarina? ».

Me habría gustado, pero sabe, pocas lo logran, además yo me casé». No entiendo por qué de vez en cuando me invade una profunda melancolía. Y sin embargo son feliz, amo a mi esposo y a mis hijos, nuestra familia es perfecta y es para mí la cosa más importante de todas. Es extraño. «Mi esposo dice que es agotamiento nervioso» .

El hombre sabía que no era extraño pero, por respeto y delicadeza, no lo dijo. Dirigió su mirada hacia el esposo, al que había visto tan poco. Estaba sentado en un sillón y, por el cuello que se le hinchaba al respirar, lo envolvía una actitud de vieja autoridad. Eso decía que era autoritario, pero los tobillos débiles le restaban autoridad a su modo de decir las cosas(e incluso a las cosas mismas) pues éstas parecían salir de su enorme boca con soplidos regulares y delicados que se perdían en la habitación. Él lo entendió y se concentró en sí mismo y en el sillón, evitó hablar y de ese modo comenzó a llenarse de paciencia y astucia.

El hombre notó que la mujer fumaba y tomaba demasiado. La voz de ella, lentísima e infantil, expresaba conceptos básicos, era un poco áspera, cada tanto tosía. Y sin embargo su belleza era clara e inmaculada como si no hubiera tenido esposo, hijos y familia y no hubiera jamás fumado ni bebido.

A menudo, el hombre pasaba por la ciudad en la que habitaban los cónyuges. Volvió a verla, ahora, entre dos ventanillas mientras los autos andaban en direcciones opuestas, ella lo saludó con la misma sonrisa impuesta de aquella noche en el restaurante. Cada iba solo en su automóvil (eran automóviles de la misma marca y del mismo modelo), ambos frenaron bruscamente.  El hombre esperó hasta que la calle estuviera libre, dio vuelta al automóvil y se acercó al auto de ella, quien lo esperaba detenida del otro lado, pero apenas él se acercó, la mujer siguió su marcha y él logro verla por algunos segundos a través del espejo retrovisor, la vio con el rostro inflamado como el de un muchacho que recibió un fuerte golpe; por eso la dejó marcharse.

Un día la mujer lo llamó por teléfono para invitarlo a cenar, un domingo. Al principio él no entendió de qué se trataba, luego lo asaltaron la sorpresa y la emoción. Le dijo que recorrería cientos de kilómetros, muchas veces, sólo para verla, y balbuceó un poco. Ella respondió que debía «colgar» el teléfono.

Volvieron a verse en una gran fiesta. En medio de su gruesa cabeza redonda, el rostro de la mujer se veía hermoso, asustado e infeliz, pero en ese rostro había también, por desgracia, una obtusa soberbia que hirió al hombre, pero que, sobre todo, hirió los latidos de su corazón, que se relajaron y volvieron a la normalidad. Cuando tuvieron ocasión de hablarse (ella huía y él bailó todo el tiempo con una hermosa mujer que reía moviendo la cabeza) le dijo que estaba ofendida y molesta por lo que había dicho al teléfono. Estaba feliz, muy feliz y enamorada del esposo, su matrimonio era algo «maravilloso, excepcional» . Le dijo que había contado a su esposo todo sobre esa llamada porque entre ellos dos no había secretos.  Mientras dice ésto sonríe con firmeza , pero su rostro estaba inflamado por el dolor y la vergüenza y dos surcos habían aparecido desde las comisuras de sus labios hasta llegar casi al mentón. El hombre miró al esposo que los había observado discretamente y ahora se volvía, algo encorvado y ondulante, perdiendo y conservando la autoridad.  En un cierto punto se sentó sobre un escalón fingiendo seguir la música de la banda que estaba tocando. Con el cuello y los ojos orientados hacia arriba emitió un grito ácido, áspero, que en la confusión de la noche nadie escuchó.

De pronto la mujer dijo «Déjame en paz» , se alejó del hombre encorvando la espalda y, con pasos dolorosos y danzantes, fue a posar su frente contra el vidrio de una ventana, el vaso de whisky aún en su mano. Más tarde alguien dijo que había llorado y hecho una escena, quizás porque había bebido.

No obstante todo, la pareja invitó al hombre a una gran cena en su casa, él no quiso negarse, por educación y porque aún quería verla. Él se sentó a la derecha de la mujer, quien mantenía los surcos en las comisuras de los labios, ella le hablaba con cierto desafío y no sonrió nunca si no con desdén y sin relajar el rostro alterado aquí y allá por aquellas marcas. En dos o tres ocasiones sucedió que las manos o los hombros de ambos se tocaron, pero ella retrocedió ofendida. El hombre estuvo muy atento a que no volviera a suceder algo similar y alejó su silla, incluso, luego de un rato, se levantó y vagó un poco por la casa. Recorriendo un pasillo a media luz, en determinado momento, encontró a una niña solitaria en camisa de noche, pelirroja como su madre. Él le acarició la cabeza; la niña le tomó rápido la mano, se la posó sobre el pecho, se la apretó como ocurría en su sueño. La niña se quedó mirando hacia el pasillo, con sus largos mechones de cabello adormecidos en el aire. Después la niña soltó la mano y se fue a quién sabe dónde. El hombre volvió a la gran sala de estar en la que el esposo distribuía champaña: ella permanecía sentada en la cabecera de la mesa, fuerte y severa; su esposo sonreía y era bueno y servicial.

El hombre volvió con mayor frecuencia a esa ciudad. No vio más a la pareja de esposos, pensó en ella siempre y le pareció que hubiera pasado mucho tiempo. Por el contrario habían pasado sólo pocos meses, pero el sentimiento que él y la joven señora habían sentido (y aquí descrito) era tal que ambos, sin quererlo y sin saberlo, habían, en tan poco tiempo, vivido y arrojado al aire algunos años de sus vidas. 


Goffredo Parise (1929-1986) fue escritor y periodista. Ganó los dos premios literarios más importantes de Italia, el Viareggio con la novela Il padrone (1967) y el Strega con Silabario II (1982).

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