El Metágrafo

Intercambio literario a través de la traducción

Categoría: No ficción

En otras palabras – Jhumpa Lahiri

Lago di Como

En otras palabras es una carta de amor al italiano y el testimonio íntimo de un autora que desea, con todo su ser, aprender este idioma. Jhumpa Lahiri, una reconocida escritora estadounidense de origen bengalí; ganadora de premios como el Pulitzer y el PEN/Hemingway award, narra en primera persona sus aproximaciones a la lengua de Dante. Desde el nacimiento de su amor por la lengua, su lucha cotidiana y constante para aprenderlo, hasta su drástica decisión de mudarse a Roma para sumergirse por completo en el idioma.

Aquí sólo dejo una pequeña selección de sus ensayos, escritos originalmente en italiano. En otras palabras es, sin duda, una lectura indispensable para todo aquel que aprende una segunda lengua, cualquiera que esta sea.


El cruce

Quiero cruzar un pequeño lago. Es verdaderamente pequeño y, sin embargo, el otro lado me parece demasiado distante, más allá de mis capacidades. Sé que a la mitad el lago es muy profundo, incluso si sé nadar tengo miedo de encontrarme sola en el agua, sin ningún soporte.

Se encuentra, el lago del que hablo, en un lugar apartado, aislado. Para llegar a él hay que caminar un poco, a través de un bosque silencioso. Del otro lado se ve una cabaña, la única construcción sobre la orilla. El lago se formó luego de una glaciación, hace miles de años. El agua está limpia pero es oscura, sin corrientes, más densa que el agua salada. Luego de entrar, a algunos metros de la orilla, ya no se ve el fondo.

Por la mañana observo a quienes vienen al lago conmigo. Veo cómo lo atraviesan de una forma tan desenvuelta y relajada, cómo se detienen un momento frente a la cabaña, luego vuelven. Cuento sus brazadas. Los envidio.

Durante un mes nado en círculos, sin arrojarme hacia el lago. Es una distancia considerable, la circunferencia respecto al diámetro. Me toma más de media hora hacer este recorrido. Permanezco siempre cerca de la orilla. Puedo detenerme, si me canso puedo ponerme de pie. Un buen ejercicio, pero nada emocionante.

Después, una mañana, hacia el final del verano, me encuentro ahí con dos amigos. Decidí  atravesar el lago con ellos y llegar por fin a la caseta del otro lado. Estoy cansada de estar solamente en la orilla.

Cuento las brazadas. Sé que mis compañeros están en el agua conmigo, pero sé que estamos solos. Luego de unas ciento cincuenta brazadas me encuentro ya a la mitad, la parte más profunda. Continúo. Luego de otras cien vuelvo a ver el fondo.

Llego al otro lado, lo logré sin problemas. Veo la cabaña, hasta ahora lejana, a dos pasos de mí. Veo las distantes, pequeñas siluetas, de mi marido y de mis hijos. Parecen inalcanzables, pero sé que no es así. Luego de atravesar, la orilla conocida se vuelve el otro lado: acá se vuelve allá. Llena de energía vuelvo a atravesar el lago. Me emociono.

Durante veinte años he estudiado el italiano como si nadara a lo largo de la orilla del lago. Siempre junto a mi lengua dominante, el inglés. Siempre caminando por la costa. Fue un buen ejercicio. Beneficioso para los músculos y para el cerebro, pero ciertamente no fue emocionante. Si se estudia una lengua extranjera de este modo, es imposible ahogarse. El otro idioma está siempre ahí para sostenerte, para salvarte. Pero no basta flotar sin la posibilidad de hundirse, de llegar hasta el fondo. Para conocer una nuevo idioma, para sumergirse, hay que alejarse de la orilla. Sin salvavidas. Sin contar con la tierra firme.

Algunas semanas luego de haber atravesado el pequeño lago escondido, hago otro cruce. Mucho más largo pero nada agotador. Será el primer gran viaje de mi vida. Esta vez voy en barco, atravieso el océano atlántico para vivir en Italia. 


El diccionario 

El primer libro italiano que compro es un diccionario de bolsillo, con definiciones en inglés. Estoy a punto de ir a Florencia por primera vez, en 1994. Voy a una librería de Boston, con un nombre italiano: Rizzoli. Una hermosa librería, refinada, que ya no existe.

No compro una guía turística, aun si es mi primera visita a Italia y no conozco nada de Florencia. Gracias a un amigo, tengo ya la dirección de un hotel. Soy estudiante, tengo poco dinero. Creo que un diccionario es más importante.

El que escojo tiene una portada de plástico, verde, indestructible, impermeable. Es ligero, más pequeño que mi mano. Tiene, más o menos, el mismo tamaño que un jabón. En la contraportada dice que contiene cerca de cuarenta mil palabras italianas.

Cuando, dando vueltas por la Galería degli Ufizzi, entre las habitaciones casi desiertas, mi hermana se da cuenta de que ha perdido el sombrero, abro el diccionario. Voy a la parte en inglés para aprender cómo se dice sombrero en italiano. De algún modo, seguramente equivocado, digo al guardia que hemos perdido un sombrero. Milagrosamente, entiende lo que digo, dentro de poco encontramos el sombrero.

Desde entonces, durante años,  cada vez que voy a Italia, llevo conmigo este diccionario. Lo llevo dentro de mi bolsa. Busco las palabras cuando voy por la calle, cuando vuelvo al hotel luego de un paseo, cuando intento leer un artículo en el periódico. Me guía, me protege, me explica todo.

Se vuelve un mapa y una brújula sin el cuál yo estaría perdida. Se vuelve una suerte de padre, autoritario, sin el cual no puedo salir. Lo considero un texto sagrado, lleno de secretos, de revelaciones.

En la primera página, en un determinado momento, escribo: “intenta buscar”.

Este fragmento casual, esta ecuación léxica, puede ser una metáfora del amor que siento por el italiano. Una cosa que, al final, no es otra cosa que un intento obstinado, una prueba continua.

Veinte años luego de haber comprado mi primer diccionario, decido mudarme a Roma para una estancia larga. Antes de partir, pregunto a un amigo, que vivió ahí durante mucho tiempo, si me sirve un diccionario electrónico, una app para el celular, para buscar cualquier palabra en cualquier momento. 

Ríe. Me dice: “Dentro de poco vivirás en un diccionario italiano”.

Tiene razón. Luego de un par de meses en Roma, poco a poco me doy cuenta de que no puedo revisar el diccionario tan a menudo. Cuando salgo, tiende a quedarse dentro de mi bolsa, encerrado. En consecuencia, empiezo a dejarlo en casa. Me doy cuenta de un avance. De un sentimiento de libertad y, al mismo tiempo, de pérdida. De haber crecido al menos un poco.

Hoy tengo muchos otros diccionarios sobre mi escritorio, más grandes, corpulentos. Tengo dos monolingües, sin ningún término en inglés. Ahora la portada del pequeño se ve un poco descolorida, algo sucia. Las paginas se volvieron amarillas. Algunas se están cayendo del lomo.

Se queda, por lo regular, sobre una cómoda, así puedo revisar fácilmente una palabra cuando leo. Este libro me permite leer otros libros, abrir la puerta de un nuevo idioma. Me acompaña, incluso ahora, cuando voy de vacaciones, durante los viajes. Se ha vuelto una necesidad. Si por algún motivo, cuando parto, me olvido de traerlo conmigo, me siento incómoda, tal como me sentiría si olvidara el cepillo de dientes o unos zapatos extra.

Ahora aquel diccionario parece más un hermano que un padre. Y sin embargo me sirve, aún me guía. Sigue lleno de secretos. Este libro, tan pequeño, sigue siendo más grande que yo.


El exilio

Mi relación con el italiano se desarrolla en el exilio, en un estado de separación.

Cada lengua pertenece a un lugar específico. Puede migrar, puede difundirse. Pero por lo general está ligada a un territorio geográfico, un País. El italiano pertenece sobre todo a Italia, mientras yo vivo en otro continente, en el que no se le puede encontrar fácilmente. 

Pienso en Dante, que esperó ocho años antes de hablar con Beatriz. Pienso en Ovidio expulsado de Roma en un lugar lejano, en un puesto de avanzada lingüístico, rodeado de extraños

Pienso en mi madre, que escribe poesías en bengalí, en América. Ella no puede encontrar, incluso luego de cincuenta años luego de haberse mudado, un libro escrito en su lengua.

En un cierto sentido me acostumbré al exilio lingüístico. Mi lengua madre, el bengalí, en América es extranjera. Cuando se vive en un País en el que la propia lengua madre se considera extranjera, puede sentirse una sentimiento de extrañamiento continuo. Se habla una lengua secreta, desconocida, privada de correspondencias con el ambiente. Una falta que crea una distancia de sí. 

En mi caso hay otra distancia, otro cisma. No conozco el bengalí a la perfección. No sé leerlo, tampoco escribirlo. Hablo con acento, sin autoridad, por eso siempre he sentido una desconexión entre él y yo. En consecuencia considero que mi lengua madre es, paradójicamente, una lengua extranjera.

En cuanto al italiano, el exilio tiene un aspecto distinto. No bien nos conocimos, el italiano y yo nos alejamos. Mi nostalgia parece una tontería y, sin embargo, la siento.

¿Como es posible, sentirme exiliada de una lengua que no es la mía, que no conozco? Quizás porque soy una escritora que no pertenece del todo a ninguna lengua.

Compro un libro. Se titula Teach yourself italian . Un título exhortativo, lleno de esperanza, de posibilidades. Como si fuera posible aprender solos.

Luego de estudiar latín por muchos años, los primeros capítulos de este manual me parecen fáciles. Logro memorizar alguna conjugación, hacer algunos ejercicios. Pero no me gusta el silencio, la soledad del proceso autodidacta. Parece alejado, equivocado. Como si estudiara el funcionamiento de un instrumento musical sin jamás tocarlo.

Decido, en la universidad, escribir mi tesis de doctorado sobre la influencia de la arquitectura italiana en algunos dramaturgos ingleses del siglo diecisiete. Me pregunto la razón por la cual ciertos dramaturgos decidieron ambientar sus tragedias, escritas en inglés, en los palacios italianos. La tesis hablará de otro cisma entre la lengua y el ambiente. El argumento me da un segundo motivo para estudiar el italiano.

Voy a cursos iniciales. La primera maestra es una señora milanés que vive en Boston. Hago las tareas, paso los exámenes. Pero cuando intento leer La campecina de Moravia, luego de dos años de estudio, la entiendo duras penas. Subrayo casi cada palabra de cada página. Tengo que revisar continuamente el diccionario. 

En la primavera del 2000 voy a Venecia, siete años después de mi primer viaje a Florencia. Llevo conmigo, además del diccionario, una libreta en la que tomo, en la última página, apuntes que podrían serme útiles: ¿podría decirme? ¿En dónde se encuentra? ¿Cómo se hace para ir? Recuerdo la diferencia entre buono bello. Me siento preparada. En realidad, en Venecia, apenas logro pedir las indicaciones en la calle, pedir el servicio de despertador en el hotel. Logro ordenar en un restaurante e intercambiar algunas palabras con la empleada. Nada más. Aunque haya vuelto a Italia, me siento exiliada de la lengua.

Unos meses después recibo una invitación del Festival de la literatura de Mantua. Ahí encuentro a mis primeros editores italianos. Una de ellos es, además, mi traductora. La editorial tiene un nombre español, Marcos y Marcos. Ellos son italianos. Se llaman Marco y Claudia.

Tengo que hacer todas las entrevistas, mis presentaciones, en inglés. Hay siempre un intérprete junto a mi. Sigo, más o menos, el italiano, pero no logro expresarme, explicarme, sin el inglés. Me siento limitada. No es suficiente lo que he aprendido en América, en un salón. Mi comprensión es tan escueta que, aquí en Italia, no me ayuda. La lengua me parece, todavía, un portón cerrado. Estoy en la entrada, veo hacia el interior, pero el portón no se abre.

Marco y Claudia me dan la llave. Cuando menciono que he estudiado un poco de italiano y que quisiera mejorarlo, dejan de hablar conmigo en inglés. Pasan a su idioma, aun cuando yo sólo puedo responderles de forma muy sencilla. Sin importar mis errores, sin importar que yo no entienda completamente todo lo que dicen. Sin importar que ellos hablan un inglés mucho mejor de cuanto yo hablo el italiano.

Ellos toleran mis errores. Me corrigen, me alientan, me ofrecen las palabras que me faltan. Hablan con claridad, con paciencia. Así como los padres con los niños. Como se aprende una lengua madre. Me doy cuenta de que no aprendí el inglés de esta forma.

Claudia y Marco, quienes tradujeron y publicaron mi primer libro en italiano, quienes me reciben en Italia por primera vez como una escritora, me regalan este avance. Gracias a ellos, en Mantua, me encuentro finalmente dentro de la lengua. Porque al final, para aprender un idioma, para sentirse conectados a ella, es necesario tener un diálogo, aun si infantil, aun si imperfecto.


La imposibilidad

En un número de “Nuovi argomenti”, leyendo una entrevista al novelista Carlos Fuentes, encuentro esto: “Es en extremo útil saber que nunca se podrá alcanzar ciertas cimas”.

Fuentes se refiere a ciertas obras maestras de la literatura -obras geniales como Don Quijote, por ejemplo- que permanecen intocables. Creo que estas cimas tienen un doble rol, considerable, para los escritores: nos hacen aspirar a la perfección y nos recuerdan nuestra mediocridad.

Como escritora, en cualquier idioma, debo considerar la presencia de grandes autores. Tengo que aceptar la naturaleza de mi contribución respecto a la de ellos. Incluso sabiendo que no podré nunca escribir como Cervantes, como Dante o como Shakespeare, sigo escribiendo. Debo lidiar con la ansiedad que estas cimas pueden causar. De otro modo no podría escribir.  

Ahora que escribo en italiano, la observación de Fuentes me parece aún más pertinente. Tengo que aceptar la imposibilidad de alcanzar la veta que me inspira, pero que al mismo tiempo me quita espacio. Ahora la cima no es la obra de otro escritor más brillante que yo, sino el corazón del la lengua en sí misma. Aun sabiendo que non lograré entrar en este corazón, busco, mediante la escritura, alcanzarlo.

Me pregunto si estoy nadando contracorriente. Vivo en una época en la que casi todo parece posible, en que nadie quiere aceptar límite. Podemos enviar un mensaje en instante, podemos ir de un lado del mundo al otro en apenas un días. Podemos ver con claridad a una persona que no está junto a nosotros. Gracias a la tecnología, no hay espera, no hay distancia. He aquí el motivo por el que se puede decir con tranquilidad que el mundo es más pequeño respecto al pasado. Estamos siempre conectados, siempre conectados, accesibles. La tecnología rechaza la distancia, hoy más que nunca.

Y sin embargo, este proyecto mío en italiano me vuelve consciente de las distancias enormes entre los idiomas. Una lengua extranjera puede significar una separación total. Puede representar, aun hoy, la ferocidad de nuestra ignorancia. Para escribir en una nuevo idioma, para entrar en su corazón, ninguna tecnología ayuda. No se puede acelerar el proceso, no se le puede abreviar. El avance es lento, accidentado, sin atajos. Entre más entiendo la lengua, más se complica. Más me acerco, más se aleja. Todavía hoy la distancia entre el italiano y yo sigue siendo insuperable. He dedicado casi la mitad de mi vida para dar apenas unos pasos. Para llegar sólo hasta aquí.

En este sentido, la metáfora del pequeño lago que quería cruzar, con la que comencé esta serie de reflexiones, está equivocada. Porque en realidad una lengua no es un lago sino un océano. Un elemento tremendo y misterioso, una fuerza de a naturaleza delante de la cual tengo que inclinarme.

En italiano me falta una perspectiva completa. Me falta la distancia que me ayudaría. Tengo solamente la distancia que me estorba.


Jhumpa Lahiri (1967) Autora hindú-americana, conocida especialmente por sus relatos. Su libro debut Interpreter of maladies le valió el Premio Pulitzer y el PEN/Hemingway Award. Su segundo conjunto de relatos Unnacostumed Earth fue galardonado con el Premio Internacional de Cuento Frank O’ Connor. Sus novelas también han cultivado diversos galardones. Su obra reflexiona sobre la vida de los inmigrantes hindúes en Estados Unidos. Vive desde hace años en Roma y tiene dos libros escritos en italiano In altre parole (2015) y Dove mi trovo (2019).

Read more

E se io muoio da partigiano – Cartas de condenados a muerte de la Resistencia italiana

Memorial a los partisanos caídos
Biblioteca pública Salaborsa, Bologna

En 1952 Piero Malvezzi y Giovanni Pirelli antologaron los últimos escritos de hombres y mujeres capturados por las tropas fascistas o alemanas. El resultado de su ardua labor de archivo fue publicado por Einaudi y reúne las últimas palabras de 112 partisanos que esperaban la muerte frente al pelotón de fusilamiento.

En esta brevísima selección, lo mismo que en la antología original, se buscó mostrar la pluralidad que había entre las filas de la resistencia. Gente de diversos estratos sociales, de diversos contextos y edades,que compartían el mismo ideal.

Tiempo estimado de lectura: 13 min.


Nota:
Cuando es pertinente se indica, junto al año de nacimiento, el nombre de lucha con el que cada partisano se hacía llamar.


Queridísima Anna,

estoy aquí contigo, en mi último escrito antes de ir hacia mi condena. Muero feliz de haber hecho mi deber como Verdadero Patriota. Querida mía, sé fuerte que desde el cielo rezaré por ti. Sólo tú has sido un consuelo para mí en estos momentos de gran dolor, lograba consolarme sólo contigo. Cuando venías, me parecía que mi vida se volvía más bella, me sentía aliviando, sentía que podía seguir adelante. ¿Te acuerdas, Anna, de aquel día en que me viste llorar y a ti también te salieron grandes lágrimas de los ojos, mi pequeña y querida Anna, y luego tus cabellos secaron las lágrimas de los míos? Querida, ahora te cuento un poco de mi vida y comienzo pronto “el día 27 fui hecho prisionero y me llevaron a la cárcel de Vercelli donde entré sin que me interrogaran. La mañana del 29 me llevaron delante de todos los fascistas de Vercelli. No respondí a sus preguntas, mis únicas palabras fueron estas: no sé nada no soy partisano”. Me enfrentaron a miles de cosas para hacerme decir que sí lo era, pero de mi boca no salía ninguna palabra y pensaba que era mejor morir. El día 31 me torturaron por primera vez y me arrancaron las pestañas y las cejas. El día 1 fue la segunda tortura “me arrancaron las uñas, las uñas de las manos y los pies, luego me dejaron al sol; no puedes ni imaginarlo, pero fui paciente y de mi boca no salía ningún lamento”. El día 2 fue la tercera tortura “me pusieron los pies sobre velas encendidas mientras estaba amarrado a una silla. Todo el cabello se me volvió blanco, pero no hablé y me dejaron en paz. El día 4 me llevaron a una sala en la que había una mesa sobre la cual me recostaron, pusieron un cable alrededor de mi cuello y durante diez minutos dejaron la corriente encendida. Me llevaron ahí durante tres días. El día 6, a las 5 de la tarde, me preguntaron si había terminado de escribir todo lo que tenía que decir. No les respondí y quise saber cuál sería mi final, qué debería hacer para decírselo a mi querida Anna. Me dijeron mi tremenda condena y me mostré muy orgulloso, pero cuando me devolvieron a mi espantosa celda, me arrodillé de nuevo y me puse a llorar. Tenía en mis manos tu foto, pero no se reconocía ya tu rostro por las lágrimas y los besos que te di. Querida Anna, debes perdonarme, sé fuerte para sobrellevar este horrendo delito y hazte de valor, pues llevarás a tu amor fusilado sobre los hombros. Pero Dios paga no sólo los sábados, lo hace todos los días. Sé buena Anna, que el tiempo se va y no vuelve y la muerte se acerca.

Querida Ana, debes prometerme una sola cosa, que sabrás vengar la sangre de un inocente que grita por venganza contra los fascistas. En tu corazón no debe haber dolor, sino el orgullo de un Patriota. También te ruego que conserves como recuerdo mi listón tricolor, que lo lleves siempre sobre el corazón y me muestres como un verdadero Patriota. Anna, no llores por mí pues ya los has hecho por tu papá muerto. Yo desde el cielo te estaré mirando donde sea que vayas, te seguiré a todos lados. Me encuentro en manos de los Verdugos, si me vieras, Anna, no me reconocerías por el estado hasta el que me han llevado. Estoy muy delgado, gris. Parezco tu abuelo. Pero todo esto no basta, lo peor vendrá mañana sin que puedan ayudarme ni tú ni mis padres, sin ver más a nadie. Cuánto dolor pasará mi madre.

Te ruego, Anna, cuando termine la guerra ve a Turín, a casa de mi hermana, y cuenta lo que pasó en mis días como prisionero. Dile que por ella me enfrento a esta muerte y que le deseo que no le hagan nada malo como lo que hicieron a su hermano, que también para ella llegará el día del resurgimiento; ella dirá que es culpa mía. Anna, sé fuerte, soporta esta pesada cruz que llevarás hasta lo alto del cielo. Ahora en verdad debo acabar. Me duelen mucho las manos y no dejan de sangrar.

Saludos y besos, reza por mí que desde el cielo yo haré por ti.

Antonio Fossati

De Antonio Fossati no se conserva más que su carta, misma que pertenece al archivo del Cuerpo de Voluntarios por la Libertad con sede en Milán.


8 de febrero de 1944

Querido hermano Giovanni,

disculpa si luego de todos los sacrificios que has hecho por mí, todavía me permito enviarte esta carta. No puedo ocultarte que en media hora seré fusilado; te pido que des a mis hijas toda la ayuda que te sea posible. Tú sabes que crecimos sin un padre y lo mismo quiso el destino para mis hijas.

Deseo sólo el bien para ti y  para tu familia, acepta esto como la última despedida de tu hermano.

Giuseppe

Te molesto con una cosa más: ven a Novara a recoger mi paletó y todo lo demás. Ciau, tu hermano

Giuseppe

Giuseppe Bianchetti (1909) Se mantuvo ajeno al movimiento de resistencia, durante la insurrección de Villadossola, entre el 8 y el 11 de noviembre del 43, un grupo de partisanos le encomendaron, por mera casualidad, que acompañara hasta un puesto médico a un militar alemán que había caído prisionero y estaba herido. Tiempo después, el mismo militar lo reconoció, lo golpeó y lo denunció para ser arrestado. Fue fusilado en Novara por un pelotón alemán el 9 de febrero de 1944. Tenía 34 años.


Cuneo, 14 de noviembre 1944

Como ya será de su conocimiento, fui arrestada por la Brigada Negra: me encuentro en Cuneo, en las escuelas, estoy bien  y estoy tranquila.

Sólo les ruego que no hagan mucha platica sobre mí y que alejen de ustedes a ciertas mujeres a las cuales debo mi encarcelamiento.

Sólo esta certeza puede hacerme feliz y, sobre todo, me resigna ante mi suerte. Ustedes no se preocupen, yo sé cómo ser fuerte.

Los pienso siempre y estoy siempre cerca.

Mucho cariño                                                                                   

Maria Luisa

Maria Luisa Alessi (Marialuisa, 1911): Formó parte del Partido Comunista Italiano. Fue capturada el 8 de noviembre de 1944 por los oficiales de la 5ta Brigada Negra mientras se encontraba convaleciente en su casa. Fue sometida a diversos interrogatorios y fusilada el 26 de noviembre en la plaza de la estación de Cuneo. Tenía 33 años.


Macerata, 20 diciembre 1943

Queridos padres,

Su Mario, cuando reciban esta carta, no estará más en el mundo de los vivos.

La llamada justicia humana truncó su vida en el mundo de los vivos.

No lloren, no desesperen, estaré siempre cerca de ustedes y a menudo vendré a visitarlos.

Piensen que no estoy muerto, sino que estoy vivo, vivo en el mundo de la verdad,

Mamá, papá, María, no es un adiós, es un hasta luego.

Mi alma está por iniciar una vida nueva en la nueva era.

Deseo que mi habitación permanezca como está… yo vendré a visitarlos.

Perdónenme si puse la Patria antes que a ustedes.

Hasta luego.

Su Mario

Mario Batà (1917) Estudiante de ingeniería, nacido en Roma en 1917. Fue capturado en 1943 por el Tribunal Alemán de Macerata. Fue fusilado a los 21 años el 20 de diciembre por un pelotón alemán. Fue condecorado con la Medalla de Oro al Valor Militar.


15.10.1944

Queridísimos padres,

les escribo estas pocas líneas para hacerles saber que mi salud es buena y que espero la suya esté igual, no se preocupen por mí porque yo estoy bien. Si no reciben noticias mías no se alarmen.

Reciban muchos saludos y besos.

Suyo

Nino

*Esta carta fue escrita pocas horas antes del fusilamiento, cuando la condena ya había sido dictada.

Benedetto Bocchiola (Marco, 1924) Entre marzo y junio del 44 se dedica a la recolección y reacondicionamiento de armas para la resistencia en las montañas. Durante los meses siguientes formó parte de ataques contra las tropas nazifascistas. Fue arrestado el 10 de octubre de 1944 por las SS italianas, el tribunal a cargo de su condena fue mixto, con representantes del fascismo y del nacismo. Las SS lo fusilaron el 15 de octubre del 44. Tenía 20 años.


3 de abril 1944

Gianna, mi hija adorada,

Es la primera y última carta que te escribo, y te escribo antes a ti, en estas, mis últimas horas, porque sé que en ti seguiré viviendo.

Seré fusilado al alba por un ideal, una fe que tú, hija mía, un día entenderás por completo.

No llores nunca por mi ausencia, como yo nunca lo he hecho: tu Papi no morirá nunca. Él te mirará y te cuidará igual: te amará siempre hasta el infinito como lo hace ahora y como lo ha hecho siempre; desde que te sintió viva dentro del vientre de tu Madre. Sé que no moriré porque tu Mamá ahora también será tu Papi: tu Papi al que quieres tanto, al que quieres sólo para ti, el que es sólo tuyo y lo celas tanto.

Vuelca sobre tu Madre todo el cariño que tienes hacia a tu Papi: ella te amará con todo mi amor, te curará también por mí, te llenará con mis besos y con mis caricias.

Si supieras cuántas cosas quisiera decirte, pero mientras escribo mi pensamiento divaga, galopa en el tiempo futuro que habrá para ti. Mi pensamiento está feliz. No importa si no digo todo ahora, te lo diré siempre, de vez en cuando, con la boca de tu Madre, pues mi alma entrará en su corazón cuando abandone el mío.

Que tu madre esté siempre por sobre todas las cosas.

Ve siempre con la frente en alto por la muerte de tu Padre.

Tu Papi

Cocca, querida mía, mi esposa bella, mi naricita de oro. Acabo de escribirle a Gianna y ahora estoy aquí contigo. No escribí antes a ella y después a ti: materialmente, con la pluma sí lo hice; pero no con el corazón, ni el pensamiento, ni el espíritu. Ahora más que nunca no me es posible verla a ella sin verte a ti y viceversa: para mí siempre han sido un todo indivisible, como cuando la llevabas dentro. ¿Recuerdas?

No te diré gran cosa; no es necesario: dentro de poco estaré dentro de ti y hablaré a tu corazón más profundamente, totalmente.

Sabes por qué muero. Tenlo siempre presente y hazlo presente a todos, especialmente a nuestra niña, nuestra sangre, nuestra vida. No debes llorar por mi final: yo no he tenido un solo momento de arrepentimiento: ve con la frente en alto.

No perdí la vida inconscientemente: intenté salvarme por ti, por mi niña, por mi fe. Esta última le daba sentido a mi vida. Por eso la entregué con gusto. Tú y la niña tendrán que perdonarme. Bendíganme y ámenme siempre: lo necesito tanto. Educa a nuestra hija como sólo tú puedes hacerlo: tendrás en ella todo el apoyo moral y espiritual que ya no tendrás en mí.

Estén siempre tranquilas, incluso si no siempre felices. Yo no les faltaré; me sentirán cerca de ustedes, más de lo que pueda parecer en un primer momento.

Desde el punto de vista, digámosle, material, encontrarás apoyo y consejo con mis amigos. Dirígete siempre a ellos, especialmente a Fausto: me quieren mucho y estoy seguro de que para ellos serás siempre la esposa de su querido amigo.

Tu Padre y tu Madre te sabrán confortar.

En los justos límites de lo posible piensa en mi madre.

No sé si será posible que tengas mi cadáver. Si sí, ponlo donde quieras, en una modestísima tumba donde tú y la niña me pongan una flor.

Las miserias que dejo atrás pertenecen a ti a nuestra hija. Te pido, sin embargo, que des el reloj de mi padre, el de oro con una cadena, a Fabio. Dáselo cuando puedas.

Apenas te sea posible ve a la Dirección de las cárceles a recoger las cosas que envié, entre las cuales van la fe, el reloj con la cadena de oro, la pluma estilográfica, el lápiz y las llaves.

Si te es posible conserva mis libros y recoge los que aún están en el Instituto.

Las mancuernillas dáselas a Fausto para que me recuerde.

Cocca mía, me detengo, no por mí, sino por ti, no quiero hacerte daño. Como sea estoy contigo.

Perdóname, tesoro mío, hermosa alma mía, habita mis besos por toda la eternidad.

Tu esposo

4 abril 1944

Ángeles míos

Nos alargaron la vida 24 horas para someternos a un interrogatorio.

Ha sido un día llena de pensamientos. Toda la vida me pasó por delante, pero más que otra cosa, sobre todo, tú, esposa mía, tú, hija mía.

El capellán que nos asiste, y con el que tuve una agradable charla, me dijo que cumpliendo con ciertos requisitos, es posible recuperar el cadáver. Háganlo, a mí no me importa nada, pero sé que para ustedes puede y podrá ser un consuelo; si, después, hicieras la tumba en un lugar donde un día (muy lejano) pudieras acostarte a dormir conmigo, yo estaría contento. Esperaré ese día con toda mi ser, pero espero que sea lejano, de tal modo que puedas ver a los hjos de nuestra hija mucho más grandes de lo que yo pude ver a mi niña.

El mundo mejorará, ténganlo por seguro: y para esto ha sido necesaria mi vida, ustedes serán bendecidas.

Yo las bendigo por reconfortarme, por el gran apoyo que me da la certeza de ser recordado y amado por ustedes dos. Voy tranquilo frente al pelotón de fusilamiento. Mi fe me hace ir con una sonrisa.

Llévenme en sus corazones durante toda la vida, como yo durante toda la eternidad.

Tu esposo, tu papi

Paolo Braccini (Verdi, 1907) Docente universitario, encargado de la cátedra de zootecnia general y especial en la universidad de Turín. Luego del 8 de septiembre, comenzó sus actividades con el movimiento clandestino de Turín. Incluso sabiéndose perseguido por la policía fascista, dirigió la organización de las Brigadas Justicia y Libertad. Fue arrestado el 31 de marzo de 1944 y procesado durante los días 2, 3 y 4 de abril. Tenía 36 años.

Read more

Funciona con WordPress & Tema de Anders Norén