El Metágrafo

Intercambio literario a través de la traducción

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Crónicas del diluvio – Indro Montanelli

El 4 de noviembre de 1966 el río Arno se desbordó e inundó Florencia y otras partes de la región de Toscana. La inundación del 66 está considerada como la peor ocurrida en la ciudad desde 1557. Además de la muerte de más de un centenar de personas, el agua causó estragos en el patrimonio artístico y cultural de la ciudad. Cientos de obras de arte, así como libros y documentos antiguos tuvieron que ser rescatados del lodo para su posterior restauración.

En este texto, publicado en 1967, el periodista, narrador e historiador, Indro Montanelli narra una historia en medio de la catástrofe. Mediante el uso del humor y lo grotesco, la narración pone el acento sobre la actitud de los florentinos ante la tragedia. La familia protagonista de esta historia, en medio del caos, se ven obligados a tomar decisiones inesperadas e irreverentes que sacarán una sonrisa a los lectores.

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


Entre todas las historias del diluvio que recabé durante un rápido paso por Florencia, quizás esta incomodará a los lectores acostumbrados a llorar. Aquellos que cuando lloran lo hacen con ambos ojos la encontrarán un poco menos que sacrílega. Y en verdad lo es un poco. Pero es también la más florentina de todas, la que mejor representa el humor de una población que llora sólo con un ojo y que, golpeada por la tragedia, entra en conflicto con ésta y no tiene paz sino hasta que la desploma de su áulico pedestal y la despoja de todos sus ornamentos hasta llevarla a lo grotesco. La escena que estoy por describirles es, justamente, un típico grotesco florentino, una burla a la catástrofe, a la destrucción, al miedo e incluso a la muerte, pues ésta tiene por protagonista a un cadáver. La cuento palabra por palabra como me la contó el amigo de la infancia –y pariente lejano- que la vivió

***

Para mí todo comenzó con un grito alrededor de las seis de la mañana: ¡Agua, agua! No hice mucho caso, convencido de que la despistada de mi mujer habría dejado, como es costumbre, la llave abierta, pero escuché un rugido que no podría venir de la tubería, más bien parecía venir desde las entrañas de la tierra, quizás se trataba de un terremoto, pero no tuve tiempo de pensar, porque en ese momento entró mi hija vestida con su camisón y con los ojos que se le salían de las cuencas mientras decía: papá, se hunde. Se hunde, digo, cómo que se hunde, y salí de la cama en pijama, es decir, sólo con una camisa de pijama porque los pantalones no me los pongo, sólo dos horas después me di cuenta del frío y me los puse.

En ese momento ya podía ponérmelos porque, como sea, no tenía nada más en que pensar. Mi negocio en la planta baja, lo sabes, está a orillas del Arno. No hace falta que te diga más. De las cosas hermosas que había acumulado, no sólo con el dinero, sino con la pasión y la paciencia de toda una vida – y tenía, puedes estar seguro, cosas en verdad maravillosas- la única que sobresalía en ese mar de lodo era el techo de un horno tirolés de dos metros y medio de altura. El agua, luego de haber arrancado puertas y ventanas, llegaba hasta ahí, es decir, a media escalera, y daba vueltas y vueltas, la hija de perra, llevándose cajones, sillas, mesas, candelabros, e incluso cuatro esquineros del mil setecientos junto con otras cosas eran mi orgullo. Todo perdido, todo se fue. Y nosotros ahí, boquiabiertos sobre la trampilla que lleva al primer piso, mirando en silencio y con impotencia, sin pensar siquiera, te lo juro, en que si el agua hubiera subido aún más también nos habría llevado a nosotros. Aunque quizás hubiera sido mejor. Como sea no podíamos hacer nada. Así estuvimos hasta que mi mujer, golpeándose la cabeza, dijo: Oh Dios, ¿y abuelito?

Abuelito era su padre, pero lo llamaba abuelito ella también, como sea estaba viejo, tenía casi noventa años, vivía con nosotros y desde hace dos días estaba en cama por la bronquitis. Fuimos a buscarlo, y lo encontramos rojo como una manzana por la fiebre y con una respiración que competía con el rugido del Arno. Oh, abuelito, empezaron a maullar las dos tontas, quiero decir mi mujer y mi hija, abuelito se muere, oh pobre abuelito. Entonces me puse furioso, impuse el silencio con un golpe sobre la cómoda, me puse frente al viejo con el dedo extendido y me le acerqué: no, no, por Dios, ahora no. Justo ahora se te ocurre morirte, ¿tienes casi noventa años y eliges este momento, justo este momento en el que estamos encerrados en casa como ratones y sin un lugar en dónde ponerte? No, abuelito, esto no se hace, es una falta de respeto, una ingratitud, no debes hacernos esto. Pero el siguió jadeando, con una fiebre de aquellas, y las dos bobas en camisón volvieron a lloriquear: oh, abuelito, pobre abuelito, él siempre dijo que la humedad le hacía daño y ahora, con toda esta agua…

***

Te ahorro los detalles. Yo sobre el techo junto a los demás inquilinos del edificio esperando a ver si llegaba algo de ayuda mientras agitábamos por el aire nuestras sábanas, calzones y camisas. Lo mismo pasaba desde los otros techos, todo era una agitación, tanto que Florencia parecía un comercial de detergente. Mi hija, que se hace la comunista y no va nunca a la iglesia, estaba de rodillas delante del cuadro de la Virgen- un fondo dorado, digamos- rezando como una monja: Oh Virgencita, oh Virgencita, sálvanos. Mi mujer, junto con el doctor del último piso, daban gotas al abuelito para tenerlo estable hasta que llegara una embarcación o un helicóptero. Pero nada, él había decidido morirse y a las once ya estaba tieso.

Qué debía hacer, dímelo tú. Vinieron los vecinos, consultamos con ellos y escuchamos especialmente al doctor, al final decidimos: bueno, por el momento esperamos, quizás, tarde o temprano, llegará alguien a echarnos una mano, pero claro, si la espera se alarga, tener un cadáver en casa, y con la radio que ya advierte que no usemos el agua de los canales porque está contaminada y que estemos atentos a las epidemias, representa un peligro para todos en el edificio.

Así fue, aquel día no se hizo nada porque, desde afuera, algo parecía moverse. El ruido de los helicópteros sobrepasaba el rugido del Arno, y esto quería decir que al menos se habían ya percatado de que algo había sucedido, porque al principio parecía que ni siquiera se habían dado cuenta de lo que había pasado. No es que hubiera mucha confianza en la organización de los rescates. De hecho, cuando en la radio anunciaron que el gobierno se había reunido para decidir qué medidas tomar, todos dijimos: adiós, estamos jodidos. Pero podíamos confiar en los florentinos, y como lo cierto era que no todos podían estar bajo el agua como nosotros, pensábamos que en algún momento darían señales de vida. Mientras tanto, había comenzado a extenderse un olor asqueroso, una peste, y todos preguntándose: de dónde venía ese hedor, hasta que alguien dijo que seguramente debía venir del abuelito. Nosotros pensamos que sería imposible pues no habían pasado siquiera doce horas desde su muerte, incluso el doctor nos dio la razón, de hecho luego nos dimos cuenta que el hedor provenía delas alcantarillas desbordadas, pero los demás insistieron que los muertos, entre más viejos, más rápido se descomponen. Y bueno, sabes, el nerviosismo de esa noche oscura, sobre esa casa inundada, en medio del rugido del agua, en la incerteza del mañana y para evitar la psicosis del cadáver, se llegó a la decisión de meterlo en un ataúd de emergencia construido con los pedazos de todos los cajones disponibles. Luego, desde la trampilla que va del apartamento hacia el negocio, lo bajamos con una soga hasta el único lugar que aún estaba seco, es decir, sobre el techo del horno tirolés. Los demás inquilinos, pobre gente, nos dieron una mano sin decir nada, pero en el fondo, en sus ojos, podía leer lo que, muy en el fondo, nosotros también pensábamos, que toda esa artimaña era útil sólo hasta un cierto punto, pues la trampilla no era suficiente para protegernos del hedor a podrido y del peligro de infección, además si el agua, que se había llevado ya tantas cosas, se lo llevara a él también…

***

Yo, lo sabes, a ciertas mentiras que transmite el pensamiento, como que la fe provoca el milagro, y demás, yo no las creo, pero algo de verdad debe haber en eso porque, no bien pusimos el ataúd sobre el techito, el agua, como impulsada o arrastrada por nuestros miedos o nuestras esperanzas, llámalo como quieras, se alzó en una ola como formada por un fuerte viento, golpeó el ataúd y se llevó al abuelito. No te digo cómo se pusieron mi mujer y mi hija. Se me colgaron del cuello y los tres nos pusimos a llorar y a lamentarnos: oh abuelito, pobre abuelito, mira cómo termina, él que tenía tanto miedo a la humedad. Y lo demás inquilinos que se pusieron a hacer coro con nosotros: oh pobre abuelito, pobre abuelito, era tan buena persona, tan gentil, tan discreta, todos ahí arriba comenzaron a abrazarnos y a decirnos: venga, ánimo, no es culpa de ustedes, nadie podía prever que el agua subiría ahora, además el alma no se moja, él ya está en el paraíso y está mejor que nosotros, siguieron así hasta que este coro de prédicas fue interrumpido por un grito del doctor: “¡Ahí está otra vez!”

Era verdad. La corriente hacía un remolino entorno a nuestra casa y, luego de haberse llevado al abuelito a través del portón destruido, lo regresaba por la ventana rota. Entonces perdí la paciencia y grité: eh no, abuelito, por el amor de Dios, ahora estás exagerando. Nosotros hemos hecho por ti todo lo que podíamos sin importar la emergencia, te dieron las gotas, se te asistió hasta el último momento, se te construyó un ataúd, entre veinte personas nos pusimos a llorar por ti hasta la última lágrima mientras te decíamos adiós, qué culpa tenemos si el Arno te lleva, pero ahora que te lleva, vete y resígnate.

Fue como hablarle a una pared. Seis veces abuelito salió y seis veces volvió a entrar flotando en medio de otros escombros, de dentro hacia afuera, de afuera hacia adentro, en verdad parecía que lo estaba haciendo a propósito, tanto parecía que incluso su hijita, es decir mi esposa, comenzó a gritarle: qué bella recompensa, abuelito, bella recompensa para nosotros que te tratamos con tanto amor, no hay en toda Florencia un abuelito al que lo hayan tratado tan bien como a ti, ahora ve cómo nos pagas. Y todos los demás inquilinos en coro: pero qué más quiere, díganos, se le hizo un funeral, dadas las circunstancias, de primera clase, ahora váyase, ingrato, sinvergüenza, inoportuno, siempre fue una molestia, váyase, por Dios, váyase.

Por fortuna se fue, de lo contrario, te lo digo yo, lo hubiéramos agarrado a pedradas para que se hundiera hasta el fondo, y pobre abuelito, no se lo merecía, era tan buen hombre… ¡Pero qué monserga, maldito Arno!


Indro Montanelli (1909-2001) La vida y la obra de Montanelli está llena de polémica. Fue militar durante la ocupación italiana en el norte de áfrica y a su regreso en italia trabajó para diversos diarios, entre los que destaca Il Corriere della Sera. Además de periodista, fue narrador e historiador.

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Un hueso de muerto – Iginio Ugo Tarchetti

Ectoplasma saliendo de la nariz de un médium

Influenciados por la vida bohemia de París y por la literatura de autores como E.T.A. Hoffmann, Charles Baudelaire, Mary Shelley y Edgar Allan Poe, escritores del norte de Italia formaron un movimiento al que llamaron scapigliatura. Este movimiento fue contra de la vida burguesa y en contra de la literatura romanticista escrita durante el periodo de la unificación de la península. Los scapigliati experimentaron con tópicos fantásticos, atmósferas sombrías y el terror; temas que no habían sido bien aceptados en Italia gracias a las opiniones de la iglesia católica. Cabe destacar que varios autores de este movimiento suelen contrastar dualidades, es decir, lo inexplicable y la perspectiva racional de la ciencia, el sueño y la vigilia, lo real y lo imaginario.

Un hueso de muerto (1867) es un buen ejemplo en el que lo fantástico y el pensamiento racional se confrontan. No es fortuito que el espiritismo, la supuesta ciencia de hacer contacto con el más allá, tenga un enorme peso en la trama de la historia.

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Dejo a quien me lee la apreciación del hecho inexplicable que estoy por contar.

En 1885, establecido yo en Pavia, me había entregado al estudio del dibujo en una escuela privada de aquella ciudad; pasados algunos meses había logrado establecer relación con un cierto Federico M., profesor de patología y clínica a nivel universitario, y quien muriera de apoplejía fulminante pocos meses después de haberlo conocido.  Era un gran amante de las ciencias, y de la suya en particular – tenía virtudes y dotes intelectuales poco comunes- a excepción de que, como todos los anatomistas y los clínicos en general, era profundamente escéptico- tal era su convicción, que no pude nunca inducirle mis creencias, sin importar cuánto nos adentráramos en las apasionadas y calurosas discusiones que teníamos cada día sobre ese asunto. Sin embargo – y me complace dedicar esta aclaración a su memoria- él se mostró siempre tolerante hacia las convicciones que no eran las suyas; yo y todos los que lo conocimos hemos conservado los más queridos recuerdos de su persona.  Pocos días antes de su muerte él me había aconsejado asistir a sus clases de anatomía, argumentando que ahí habría adquirido no pocos conocimientos para beneficio de mi arte del dibujo: accedí con cierta repugnancia; incitado por la vanidad de parecerle menos cobarde de lo que en realidad era, le pedí algunos huesos humanos, mismos que él me dio y yo coloqué sobre la chimenea de mi habitación. Con su muerte dejé de frecuentar el curso de anatomía, más tarde desistí también del estudio del dibujo. No obstante, conservé por muchos años aquellos huesos, la costumbre de verlos me había hecho indiferente a ellos, y no hace más de unos cuantos meses que, perturbado por un miedos que me asaltaron de pronto, resolví enterrarlos, no conservando entre mis pertenencias más que una simple rótula de la rodilla. Ese huesillo esférico y liso que, por su forma esférica y lisa, amén de su pequeño tamaño, había destinado desde el primer momento en que lo tuve a cumplir la labor de un pisapapeles, ese hueso que no me provocaba ninguna idea aterradora, se encontraba ya desde hace once años sobre mi escritorio, hasta que me fue arrebatado de la forma inexplicable que estoy por narrar.

Durante la primavera pasada, había conocido en Milán a un magnetizador bastante reconocido entre los amantes del espiritismo, hice los arreglos para ser admitido en una de sus sesiones. Poco después recibí la invitación para unirme a un grupo, asistí con la turbación de advertencias más bien tristes, camino a la cita más de una vez estuve tentado a renunciar.  La insistencia de mi vanidad logró convencerme de malagana. No hablaré aquí de las sorprendentes invocaciones a las que asistí: bastará decir que me asombraron las respuestas que escuchamos de algunos espíritus y que a mi mente la asombraron esos prodigios. Una vez superados todos los miedos, concebí el deseo de llamar un espíritu que me fuera conocido para hacerle, yo mismo, algunas preguntas que había ya meditado en mi cabeza. Manifestada esta voluntad, fui guiado hasta un gabinete apartado en el que me dejaron solo; y puesto que la impaciencia y el deseo de invocar a diversos espíritus al mismo tiempo me hacía dudar sobre mi elección, y puesto que era mi afán interrogar al espíritu invocado sobre  el destino humano y sobre la espiritualidad de nuestra naturaleza, me vino a la mente el doctor Federico M. con quien, en vida, había sostenido grandes discusiones sobre este tema. Fue así que decidí llamarlo. Hecha mi elección, me senté a la mesa, dispuse ante mí una hoja de papel, introduje la pluma en el tintero y me preparé para escribir. Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad me concentré tanto como me fue posible en el pensamiento de la invocación y esperé a que viniera el espíritu del doctor.

No esperé mucho tiempo. Luego de algunos minutos me percaté, gracias sensaciones nuevas e inexplicables, que ya no estaba solo en la habitación, sentí, por decirlo de alguna manera, su presencia. Antes de que resolviera hacer una pregunta, mi mano, agitada y compulsiva, movida por una fuerza ajena a mi voluntad, escribió, sin que yo así lo determinara, estas palabras:

«Estoy con usted. Me llamó en un momento en el que las invocaciones más exigentes me impedían venir, no podré quedarme aquí durante mucho tiempo, ni podré responder a las interrogantes que se ha dispuesto a hacerme. Sin embargo, vine para complacerlo y porque yo mismo necesito de usted; hacía ya un tiempo que buscaba el medio para ponerme en contacto con su espíritu. Durante mi primera vida mortal le di algunos huesos que tomé del gabinete anatómico de Pavia, entre los cuales había una rótula de rodilla que perteneció al cuerpo de un ordenanza de la Universidad que se llamaba Pietro Mariani, cuyo cadáver seccioné arbitrariamente.  Son ya once años que él tortura mi espíritu para recuperar ese huesillo que le falta, continúa a reñirme amargamente por mis acciones, me amenaza e insiste por el regreso de su rótula. Le ruego por la memoria quizás no ingrata que conserva de mí, que si aún la conserva, se la regrese y me libere de esta tormentosa deuda. Ahora traeré hasta usted al espíritu de Mariani.  Responda».

Aterrorizado por la revelación, respondí que aún conservaba la desdichada rótula, y que me complacería mucho poder devolverla a su legítimo propietario, que, no habiendo otra opción, trajera a Mariani hasta mí. Dicho esto, o más bien, pensado, sentí liberada mi persona, mi brazo se sintió más libre y mi mano dejó de sentirse atrapada como antes, comprendí que el espíritu del doctor había desaparecido.

Me quedé, entonces, esperando durante un momento. Mi mente estaba en un estado de exaltación imposible de definir.

Pasados unos minutos, volví a experimentar los mismos fenómenos de antes, aunque con menos intensidad; mi mano, llevada por la voluntad del espíritu, escribió estas otras palabras.

«El espíritu de Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia,  se presenta ante used y reclama la rótula de su rodilla izquierda, misma que posee usted indebidamente desde hace once años. Responda».

Este lenguaje era más conciso y enérgico que el usado por el doctor. Respondí al espíritu:

«Estoy más que dispuesto a devolver a Pietro Mariani la rótula de su rodilla izquierda, le ruego me perdone por la posesión ilegal; deseo, sin embargo, me haga saber cómo podré efectuar la devolución que me exige». Mi mano volvió a escribir:

«Pietro Mariani, ex ordenanza de la Universidad de Pavia, vendrá a recoger él mismo su rótula».

«¿Cuándo?» pregunté aterrado.

Y la mano trazó instantáneamente una sola frase: «Esta noche».

Aniquilado por esa noticia, cubierto de un sudor cadavérico, me apresuré a exclamar, cambiando un poco mi tono de voz.

«Por piedad… le pido… no se moleste…yo mismo la regresaré….debe haber otras formas menos incómodas…». No había terminado aún la frase cuando me percaté, por las sensaciones ya experimentadas antes, que el espíritu de Mariani se había ido, que no había ninguna forma de impedir su visita.

Es imposible que logre explicar con palabras la angustia que me produjeron las sensaciones que experimenté en ese momento. Estaba preso de un pánico escalofriante. Salí de aquella casa mientras los relojes de la ciudad marcaban la medianoche: las calles estaban desiertas, las luces de las ventanas apagadas, las flamas dentro de las farolas ensombrecidas por una neblina densa y pesada: todo me parecía más tétrico de lo normal. Caminé un tramo sin saber hacia dónde dirigirme: un instinto más fuerte que mi voluntad me alejaba de mi habitación. ¿De dónde sacar el coraje para ir? Esa noche recibiría la visita de un espectro: la idea era como para morirse, era un augurio demasiado terrible.

Quiso el azar que, dando vueltas, no sé sobre qué calle, me encontré frente a una taberna sobre la que vi un cartel con caracteres tallados que, iluminados con una llama, anunciaban: «Vinos nacionales». Sin más me dije: «Entremos, es mejor así, no es un mal remedio; buscaré en el vino la osadía, pues no tengo ya la fuerza para pedírsela a mi razón». Y confinándome a la esquina de una habitación subterranea pedí algunas botellas de vino que bebí con avidez, aun si por costumbre me repugna el abuso de ese licor. Obtuve el efecto deseado. Con cada vaso bebido mi temor se desvanecía notoriamente, mis pensamientos se aclaraban, mis ideas parecían reordenarse, aunque con un nuevo desorden; poco a poco junté el coraje que me hizo burlarme de mi propio temor. Me levanté y, resuelto, me dirigí a casa.

Una vez en mi habitación, un poco tambaleante por todo el vino que bebí, encendí la lámpara, comencé a desvestirme, pero caí rendido sobre la cama, cerré un ojo y después el otro, intenté dormirme. Pero mi esfuerzos eran vanos.

Me sentía adormecido, rígido, cataléptico, incapaz de moverme; las cobijas me pesaban sobre el cuerpo, me envolvían y aplastaban como si fueran de metal fundido; durante ese sopor me percaté de que singulares fenómenos ocurrían en torno mío.

Desde el mechero de la vela que creía haber apagado y que, cabe decir, era de estearina pura, se alzaban grandes espirales de humo negro y denso que, juntándose en el techo, no permitían verlo pues asumían una apariencia como la de una pesada capa de plomo: la atmósfera de la habitación se volvió sofocante y se impregnó de un olor como el que emana de carne viva sometida a las llamas, a mis oídos los ensordecía un ruido incesante del cual no podía saber las causas, y la rótula, que veía ahí, sobre mis documentos, parecía moverse y girar sobre la superficie del escritorio, como una presa en medio de convulsiones extrañas y violentas. 

No sé cuánto tiempo duré en ese estado: no podía quitar mi atención de esa rótula.

Mis sentidos, mis facultades, mis ideas, todo se concentraba en esa imagen, todo me llevaba a ella: yo quería levantarme, dejar la cama, salir, pero me era imposible; mi desolación llegó a un grado tal que ya casi no fui capaz de sentir miedo alguno, hasta que, disipado ya el humo de la vela, vi levantarse una cortina cerca de la entrada y se presentó el esperado fantasma.

No pude siquiera parpadear. Avanzó hasta la mitad de la habitación, se inclinó cortesmente y me dijo: «Yo soy Pietro Mariani, y vengo a recuperar, como le prometí, mi rótula».

Y dado que el terror me impedía darle una respuesta, él continuó con dulzura:

«Disculpará que haya venido a molestarlo en la alta madrugada… a esta hora… entiendo que es una hora inconveniente… pero…».

«¡Oh! no es nada, no es nada – lo interrumpí repuesto ante tanta cortesía, – debo incluso agradecerle su visita… estaré siempre honrado de recibirlo en mi casa…»

«Le agradezco – dijo el espectro.- pero en cualquier caso deseo disculparme por la insistencia con la que he reclamado mi rótula, tanto con usted, como con el estimado doctor del cual usted la obtuvo; observe.»

Y diciendo ésto, levantó un trozo de la sábana blanca bajo la que que estaba cubierto, y me mostró la tibia y el fémur de la pierna izquierda, mismos que a falta de la rótula, estaban unidos por un listón negro que daba dos o tres vueltas dentro de la abertura formada con el peroné, dio algunos pasos en la habitación para mostrarme cómo es que la ausencia de ese hueso le impedía caminar libremente.

«No quiera Dios -dije entonces con tono de hombre mortificado- que el estimado ex ordenanza de la Universidad de Pavia siga cojeando en mi casa: tome su rótula, ahí está, sobre el escritorio, tómela y acomódela en su rodilla como mejor pueda.  

El espectro se inclinó por segunda vez a modo de agradecimiento, soltó el listón que unía el fémur y la tibia, lo dejó sobre el escritorio, y una vez tomada su rótula, empezó a acomodarla en la pierna.

«¿Qué noticias tiene del otro mundo?» le pregunté entonces, viendo que la conversación languidecía ante su ocupación. Pero él no respondió a mi pregunta y exclamó con aire de tristeza: «Esta rótula está muy deteriorada, no le ha dado usted un buen uso».

«No creo – dije – ¿pero es quizás que sus demás huesos son más fuertes?

Se quedó callado, se inclinó una vez más para despedirse; y cuando estuvo en el umbral de la salida, respondió luego de dejar tras de sí el marco de la puerta. «Mire si mis demás huesos no son más fuertes».

Y pronunciando estas palabras golpeó el suelo con el pie con una fuerza tal que todas las paredes temblaron; ese sonido me asustó y… desperté.

Apenas consciente, noté que se trataba de la casera que llamaba a la puerta y decía: «Soy yo, levántese, venga a abrirme».

«¡Dios mío! – exclamé tallándome los ojos con el dorso de la mano. ¡Entonces fue un sueño, nada más que un sueño! , ¡qué susto! Bendito sea… ¡Pero qué insensatez! Creer en el espiritismo… en los fantasmas…» Me puse rapidamente los pantalones, corrí a abrir la puerta; y dado que el frío me aconsejaba volviese bajo las cobijas, me acerqué al escritorio para dejar una carta bajo el pisapapeles…

!Pero cuál fue mi terror cuando vi que la rótula había desaparecido, y en su lugar encontré el listón negro que había dejado Pietro Mariani!


Iginio Ugo Tarchetti (1839-1869) Murió de tuberculosis a los treinta años. Dejó tras de sí varios cuentos de índole fantástica y un par de novelas. Fosca (1869) es considerada su mayor obra, esta novela quedó inconclusa dada la muerte del autor, un gran amigo de Tarchetti la terminó en su lugar y se encargó de publicarla.

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Jóvenes en Navidad – Pier Vittorio Tondelli

La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman.

En Italia, el servicio militar obligatorio (conocido popularmente como Naja) estuvo vigente en las leyes desde 1861 hasta 2004, por lo que, al llegar a la mayoría de edad, los hombres debían cumplir un año bajo instrucción militar dentro un cuartel. Pier Vittorio Tondelli cumplió su servicio en 1981, de su experiencia surgieron textos como Il diario del soldato Acci (1981) y Pao, Pao (1982). «Jóvenes en Navidad» sigue la misma temática, este cuento pertenece al libro L’abbandono. Racconti dagli anni Ottanta (1992).

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


BERLÍN OCCIDENTAL. Heme aquí dando vueltas como un buitre en torno a las ruinas de la Gedächtniskirche, la iglesia de la memoria, un campanario casi destruido por los bombardeos que, en el centro de la ciudad, debería ser una advertencia para los hombres y el mundo, recordándoles la matanza de la última guerra. Ahí, en Europa Central, entre los negocios iluminados y el tránsito veloz de la noche, los taxis, los automóviles y los vehículos del ejército aliado, la iglesia parece más un muro de contención para los autos. Hay en Berlín muchos más signos de la locura destructiva de la guerra, hay aún casas con rastros de proyectiles en el yeso de los muros, hay edificios que han conservado intacta sólo la fachada, el resto son sólo cúmulos de piedras cubiertas de nieve. Pero en el fondo la verdadera tragedia es que estoy aquí, solo, con poco dinero en los bolsillos, dando vueltas como desesperado en medio del tránsito de la ciudad, escuchando que todos se desean Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo y que yo aún no he aprendido bien este bendito idioma. La guerra, la verdadera guerra, dice Klaus, es ésta: no el odio que impulsa a la gente una contra la otra, sino la distancia que separa a las personas que se aman. Esta tarde, esta noche, en la noche buena, no soy más que un pobre estudiante italiano de veinticuatro años perdido en la metrópoli, sin amigos, sin una chica, sin un pavo relleno que devorar mientras bebo una cerveza y sket. Por esto, en cierta forma, estoy en guerra.

Dejo Kudamm siguiendo el tránsito hasta Wittembergplatz. El cielo es extraordinariamente negro y está apuntalado con estrellas. Al sur, sólo en Italia, sería una noche dulcísima y perfumada. Aquí no percibo olores, y ni es, al final, gran claridad la de ese techo vacío y gélido, barrido por el viento helado y que me obliga a caminar con la espalda erguida mientras miro fijamente el suelo. La nieve, caída hace algunas semanas, está apilada en bloques de hielo a los costados de la calle. Los berlineses dicen que ésta es una Navidad cálida, pero en realidad ésto es Siberia. Sigo avanzando, intento concentrarme, debo encontrar una salida, no puedo pasar solo mi primera Navidad en tierra germana, tirado en la calle como un piojo. Klaus, mi compañero de casa, volvió con su familia a Hamburgo para las fiestas de fin de año, lo mismo hicieron nuestros otros amigos Hans, Dieter y Rudy: hay quien fue a Mónaco, a Fráncfort o Stuttgart. Sólo quedó Katy, la única berlinesa de nuestro grupo, amiga de Klaus, pero tiene una gran cena con sus familiares y no pudo invitarme. Siento de pronto el olor de hamburguesas, levanto la cabeza, veo un quiosco a un costado del camino que fríe salchichas y papas. Compro mi cena de Navidad, aquí en Witterbergplatz y la como mirando los escaparates iluminados y suntuosos de las grandes tiendas KaDeWe que exponen decenas y decenas de vestidos de noche, los más costosos son los italianos. En el fondo no tengo problemas de soledad. Lo que me falta es alguien, por la noche, con quien sentarme a la mesa de una cervecería y beber un vaso.

ROMA. Llevo toda la tarde detrás de este maldito permiso de treinta y seis horas, dando vueltas entre el edificio de mando, la sala de equipamiento y la comandancia como un lunático histérico, golpeando los tacones y saludando lo mejor que puedo y poniendo ahí sobre la mesa, bien a la vista, la fatídica hoja que me permitirá huir de este maldito cuartel, llegar a un hotel, darme una buena ducha, ponerme un traje limpio y luego irme directo a la fiesta de Clara. Pero no, aquí estoy sobre este catre, falta la firma del coronel y no puedo retirarme. Me dan ganas de llamar al imbécil de mi primo, el general de caballería (pardon, de Lanceros) que me aconsejó hiciera el servicio aquí diciéndome verás, no tendrás problemas con los permisos, irás a casa cuando quieras etcétera, etcétera. ¡Pero no, aquí está el lancero Giulio Marini ya histérico y devastado por un mísero permiso de treinta y seis horas que nadie tiene la gentileza de firmarle, con la perspectiva de renunciar a una fiesta que iniciará en pocas horas y que no podrá verlo entre los invitados! ¡Dios Santo! Ahora llamo a ese primo y le digo esto y aquello y también esto otro, eh, entenderá con quién está tratando, ¡hay tantos chicos que me esperan, ni siquiera puedo estar aquí con estos sureños imbéciles dentro del cuartel! ¡En la noche de Navidad! ¡Imagínate! ¡Que se jodan todos! Ahora voy ahí, llamo hasta Údine, llamo al primo general Vitaliano y escuchará todo lo que tiene que decirle el lancero Mariani… Qué lástima que mamá y papá estén en la montaña y sea ya inútil que intente llamarlos. A esta hora estarán borrachos por el champán y en algún lindo hotel. Quizás ya habrá nevado.

CORVARA. Marisa es estupenda. En verdad extraordinaria. Esquiamos todo el día en Pralongià, pistas artificiales, que quede claro, pero geniales para conocerse y conversar sin estar demasiado preocupado por las bajadas. Hacía ya tres días que le había echado el ojo, su cabello rubio cenizo que deja suelto sobre su espalda, su forma de hacer las bajadas y esa forma desenvuelta de vestirse, no con trajes y bufandas lunares y demás cosas así, sino con un par de pantalones de lana elástica negra que ella dice son auténticos fifties, de Laura su hermana mayor; y esas botas ridículas, sin broches y tan viejas como para romper los tobillos, y que, por el contrario, puestas en ella, se ven ligeras y elegantes. Las demás de nuestro grupo parecen pavitas todas en fila y todas tontas, están siempre ahí, avanzando sobre la nieve, una junto a la otra como patitas. Marisa no, ella es tan despreocupada…

ROMA. Estoy jodido. La Comandancia cerró. El Coronel no apareció. El ayudante mayor se esfumó, el teniente de guardia, que podría firmar, evita asumir la responsabilidad incluso cuando lo he hecho leer el código militar en el que dice que a falta de superiores directos es él, el dirigente de la barraca, quien puede darme su firma. Mi permiso se pierde en la oscuridad de un edificio cualquiera, Dios mío, qué tristeza. Podría irme tranquilamente, pero en este punto qué sentido tiene dejar una fiesta a las once y media para volver al catre. ¿Y si me fugara? No, ni pensarlo. Mis verdaderos amigos, los que me cubrirían sin dudarlo, están todos de permiso. Estoy cansado, aburrido y deprimido. Me quedo en el catre a ver el techo, las manos cruzadas detrás de la nuca, el cigarro en la comisura de los labios. Los reclutas hace poco comenzaron a hacer alboroto, los cocineros, los guardias y los demás parias vinieron a la habitación semidesierta con botellas de vino y uno que otro pan robados de la tiendecilla de víveres. Se abrazan y gritan y cantan mirando las fotos de las chicas. De esta chusma no entiendo ni las palabras ni los gestos, son como árabes para mí. Ya es medianoche. Lloraría de rabia.

CORVARA. Comí tan rápido como pude la comida tradicional de Navidad, es decir, tortelli de calabaza, amaretti y brandy, pescado de Comacchio marinado, anguila y salmón fresco. En verdad un récord. Por el contrario, fueron larguísimas esas Ave María que la abuela nos obliga a recitar de pie frente a la mesa llena e iluminada por las velas rojas, cada año a las nueve en punto, un rosario completo con todos los misterios, las glorificaciones y las beatificaciones. No podía esperar a que terminara, de hecho, después probé un poco de pescado y corrí a la fiesta de Marisa. Es una Navidad estupenda. Una de esas cosas que se cuentan en los trabajos de la escuela, la nieve fuera de las ventanas de la cabaña, el panettone, los dulces, las bebidas y el vino espumoso pese a que todos somos menores y nuestros padres nos prohibieron beber alcohol. Marisa está en el centro de la fiesta. Seremos una veintena de personas en la sala de su casa. Sus padres se fueron al festejo en el Hotel Cristallo y le dejaron casa libre (¿por qué no nos mandan a la abuela con sus Ave María?). Escuchamos música, bailamos, nos miramos. A la media noche sus amigos, un grupo de Florencia, tocan sus guitarras y cantan una canción. Es en ese momento que ella se me acerca y me da un beso sobre la mejilla y me da las felicitaciones tomándome de la mano. Los fuegos artificiales comienzan a explotar en el cielo. Salimos corriendo de la casa tomados de la mano. Miro a Marisa, tiene las mejillas sonrojadas, sus ojos azules resplandecen con los destellos de la noche. Tengo quince años y sé lo que un hombre debe hacer en estas ocasiones. Acerco mi rostro a su mejilla y le planto un beso. ¡Responde! ¡Responde! Guiados por antorchas y los fuegos artificiales, los maestros de esquí descienden lentamente por las pistas. Es Navidad y todos parecen felices.

ROMA. Los sicilianos, los napolitanos, los abruzos, los casertanos, los sardos, los calabreses, los pulieses hacen un maldito caos. Encendieron la radio y cantan como endemoniados. Beben y comen, bailan y brindan. ¡Los odio! ¡Los odio! ¡Sólo necesitan algo para cantar y son felices! Dios, qué molestia. Luego se acerca a mi catre un tipo ofreciéndome un vaso, dice ¿por qué no bebes con nosotros? Es todo tan extraño, tan imprevisto. Me parece como si no hubiera planeado otra cosa. Es increíble cómo respondo, un poco tímido, y digo que sí. De repente siento calor y la rabia comienza a esfumarse. No está tan mal, entro a la fiesta, comienzo a divertirme y a reír, vamos todos corriendo a la plaza de armas y encendemos un fuego enorme. Quemamos todo lo que encontramos. Es como un motín. Todos gritan, corren a las cocinas en busca de basura, a las oficinas, a la enfermería. El teniente de guardia interviene junto con otros soldados, pero él también cae víctima del vórtice del vino y se pone a cantar (es napolitano). En poco tiempo se vuelve una gran fiesta, una pobre fiesta para los muchachos uniformados.

BERLÍN OCCIDENTAL. Seguí caminando hasta llegar a la Nollendorfplatz. Mi casa no está lejos, pero la idea de pasar la medianoche solo me hiela la sangre incluso más que la temperatura de Prusia. El tráfico se ha disipado. Detrás de las ventanas encendidas veo muchas siluetas que danzan como mariposas. ¿Serán felices? También yo fui feliz, al menos una vez, en Navidad. Fue mi primer amor. Tenía el cabello rubio cenizo y estábamos arriba de la montaña. ¡La primera chica que besé y no recuerdo siquiera su nombre!

 Un autobús se detiene frente a la marquesina. Está casi vacío. Me viene la idea de dar un paseo solitario por Berlín. Por lo menos hace menos frío y podré estar sentado. «Feliz Navidad» me dice el conductor. Es un tipo bastante joven, alrededor de los 30 años. «Feliz Navidad» le digo en alemán. «¿Eres turco?», contesta él. ¡Dios! ¿Hace tres semanas que estoy por acá y hablo aún como turco? ¿O quizás los dice por el color de mi cabello? Le respondo que está equivocado. Él ríe y me invita a una fiesta. Es tiempo de llegar a Kreuzberg y terminar el turno. «¿Por qué no?» digo. De pronto no me siento más en guerra. Sé que este sentimiento no tiene nada que ver con Navidad, ni con el Norte, ni con Berlín. Es una cosa que tiene que ver con mi vida y mi pasado, algo íntimo y delicado que me hace, de improviso, estar bien en esa noche sobre ese autobús, vagando por las calles de la metrópoli.


Pier Vittorio Tondelli (1955-1991) Uno de los narradores más importantes de la década de los 80. Su primera novela, Altri libertini (1980), le trajo fama y censuras por igual gracias al tratamiento abierto de la homosexualidad. De su obra periodística destaca Un weekend postmoderno. Cronache dagli anni ottanta (1990) en el que el autor explora y reivindica movimientos artísticos, musicales y literarios de la época.

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El rostro de las cosas – Michele Mari

El Palazzo della civiltà italiana, mejor conocido como el coliseo cuadrado, es el mejor ejemplo de arquitectura fascista. La fotografía de su construcción está fechada en 1940.

Nuestra percepción del mundo varía de acuerdo al estado de ánimo y de las circunstancias que atravesamos en un determinado momento. En este breve relato, Michele Mari conjuga fondo y forma para mostrar un día terrible en la vida de su protagonista. Un momento en el que las cosas no fluyen como deberían y en el que todo se vuelve tedioso e insoportable.

Tiempo estimado de lectura: 3 min.


El niño gordo subió pesadamente las grandes escaleras de la enorme escuela, después se apresuró hacia su lejanísima aula (pasillo interminable, aserrín suicida sobre sobre las baldosas mojadas, percheros afilados, varicosísimas venas sobre las jamonosas pantorrillas de las desagradables conserjes). Entró en la clase maloliente un momento antes de que el odiado maestro comenzara con el inquietantísimo examen, sin que ello le evitara una sospechosa ojeada de preconcebida reprimenda: y caminando entre los pupitres dobles, los hábiles chistes de los crueles compañeritos.

Por fin sentado, ¡uf!, el preocupado niño sacó de la pegajosa mochila los preciosos instrumentos ante la triste necesidad del terrible asunto: la masticada pluma que esperaba no perdiese tinta azulada en infamísimas manchas, la goma bicolor con encima un hermoso pelícano, la primera franja para el feo atormentado, la segunda franja para la bella azarosa. Después arrojó un singular suspiro de persona vieja, y esperando el temido título, observó a sus compañeros bastardos: frente a él la espalda encorvada del cerebrito Ranzani, los cabellos cortos que recordaban un glamoroso cepillo, el cuello obscenamente bronceado: a su izquierda esa bestia desagradable del pestilente Cifoni, apodado pega-pega; a la derecha el infeliz Vallazze, que todos los días jodía porque se le había muerto su huesuda madre, y que por este insólito hecho se permitía cualquier excesivo capricho en contra de sus desafortunados vecinos…

La irritante voz del severo maestro interrumpe su distraída contemplación dando rápido inicio al dictado de pesadilla, sus fuertes dedos sudados guiaron el tibio plástico de su única pluma sobre las rayas grisáceas de la correspondiente hoja.  Aquí está, ahora debe afrontar el ingrato ejercicio, no más benévolas excusas por su penoso retraso.

El niño gordo recorre el largo pasillo blandiendo con las regordetas manos la hoja arrugada; sus bonitos ojos están llenos de aderezadas lágrimas, pero irritado como está por el juicio definitivo y por la amarga evidencia de la calificación fatal, él está alejadísimo de su propia e inconsciente belleza. Con la aguda escritura del maestro enfadado la calificación fatal tiene la forma perfecta de un insoportable 4, el juicio definitivo consiste en sólo dos palabras enmarcadas por signos de exclamación: ¡DEMASIADOS ADJETIVOS!

Gordinflón como un adorable bebito, el niño gordo baja melancólico las grandes, resbaladizas escaleras de la enorme escuela de insolente arquitectura fascista, ve un mundo sucio hecho de feas y presuntuosas personas deprimidas, ve las asquerosas banquetas llenas de vomitivos escupitajos amarillentos y de papeles voladores, de holgazanes manchas aplastadas hechas de colillas ya fumadas o de salivosos chicles escupidos, ve el claror grisáceo del cielo pluvial, lluvioso, lloviznoso reflejarse en los charcos llenos de lodo, la punta redonda de sus ridículos zapatos rojos agujerados espolvoreados de aserrín mojado que forma una costra sutil como de pan molido sobre escalopes, la hebilla oxidada de la pegajosa e incluso amada mochila dentro de la cual, junto a la pluma mordida y destapada y la áspera goma bicolor, yace olvidada una frágil merienda rellena de mermelada anaranjada y espesa. Muy espesa.

De: Euridice aveva un cane (1993)


Michele Mari (1955) Narrador, poeta, ensayista y dramaturgo. Su obra, en los diversos géneros, ha sido merecedora de diversos galardones. Entre sus libros más destacados se encuentran Euridice aveva un cane (1993) Tu, sanguinosa infanzia (1997) Leggenda privata (2017).

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Los zapatos rotos – Natalia Ginzburg

Los zapatos del Danubio

Sobre la obra de Natalia Ginzburg, diversos críticos han señalado que ésta encuentra sus cimientos en la poética de las pequeñas cosas. El mejor ejemplo de esa poética está, sin dudas, en Las pequeñas virtudes. Libro de textos misceláneos escritos entre 1940 y 1960. Entre sus páginas, Natalia ofrece reflexiones sobre las relaciones humanas, deja entrever sus experiencias durante la segunda guerra mundial, reflexiona sobre el entorno que la rodea, sobre los objetos y las personas entorno a ella. De este libro proviene «Los zapatos rotos», breve texto sobre lo que es y no es necesario en determinados momentos de la vida.

Tiempo estimado de lectura: 5 min.

Esta traducción se publicó en: Revista La Peste en su edición número 39 durante el mes de agosto de 2020. Agradezco a Michelle Pérez-Lobo por la invitación a colaborar.


Tengo los zapatos rotos y la amiga con quien vivo en este momento también tiene los zapatos rotos. Cuando estamos juntas a menudo hablamos de zapatos. Si le hablo del tiempo en el que seré una escritora vieja y famosa, ella me pregunta: «¿Qué zapatos tendrás?» Entonces le digo que tendré zapatos de gamuza verde, con una gran hebilla de oro a un costado.

Pertenezco a una familia en la que todos tienen zapatos buenos y sólidos. De tantos pares que tenía, mi madre, incluso, tuvo que mandar hacer un armario a la medida para guardarlos todos. Cuando regreso a su casa, da gritos de dolor y desprecio apenas ve mis zapatos. Pero yo sé que se puede vivir también con los zapatos rotos. Durante el periodo alemán estuve sola aquí en Roma y no tenía más que un par de zapatos. Si se los hubiera dado al zapatero habría tenido que pasar dos o tres días en la cama, y eso no me era posible. Así que seguí usándolos. Si para colmo llovía, sentía cómo se deshacían lentamente, se mullían y perdían su forma, sentía el frío del empedrado bajo las plantas de mis pies. Es por eso que incluso ahora uso siempre los zapatos rotos, porque me acuerdo de aquel par y entonces los que llevo ahora no me parecen tan rotos luego de compararlos, además, si tengo dinero prefiero gastarlo en otras cosas, porque los zapatos ya no me parecen algo tan esencial. Estuve mimada al principio de mi vida, siempre rodeada de un cariño tierno y atento, pero en ese año aquí en Roma estuve sola por primera vez, por eso le tengo cariño a Roma, aunque me recuerda mi historia, me trae recuerdos de angustia, pocas horas dulces. También mi amiga tiene los zapatos rotos, y es por ello que estamos bien juntas. Mi amiga no tiene quién la regañe por los zapatos que lleva, tiene sólo un hermano que vive en el campo y anda con botas de cazador. Ambas sabemos lo que pasa cuando llueve, y las piernas están descubiertas y mojadas y entra el agua en los zapatos, y entonces suena ese pequeño rumor en cada paso, el rumor de un chapoteo.

Mi amiga tiene un rostro pálido y masculino, fuma con una boquilla negra. Cuando la vi por primera vez, sentada a la mesa, con lentes de carey sobre su rostro misterioso y despectivo, con la boquilla negra entre los dientes, pensé que parecía un general chino. Entonces no sabía que ella también tenía los zapatos rotos. Lo supe más tarde.

Nos conocemos desde hace sólo unos cuantos meses, pero es como si fueran muchos años. Mi amiga no tiene hijos, a diferencia de mí que yo sí los tengo, y para ella resulta extraño. No los ha visto nunca si no en fotografías porque ellos están en provincia con mi madre, esto entre nosotras es extrañísimo, que ella nunca haya visto a mis hijos. En cierto modo ella no tiene problemas, puede ceder a la tentación de mandar todo al diablo, yo no puedo. Mis hijos viven con mi madre y por ahora no tienen los zapatos rotos. Pero ¿cómo será cuando sean hombres? Quiero decir: ¿Qué zapatos tendrán cuando sean grandes? ¿Qué camino elegirán para sus pasos? ¿Excluirán de sus deseos todo lo que es placentero pero no necesario, o afirmarán que todo es necesario y que el hombre tiene derecho a poner en sus pies un par de zapatos buenos y sólidos?

Con mi amiga discutimos mucho sobre esto, de cómo será el mundo entonces, cuando sea una escritora vieja y famosa y ella viaje por el mundo con una mochila en la espalda, como un viejo general chino, y mis hijos vayan por la calle, con los zapatos buenos y sólidos en los pies y vayan con el paso firme de quien no renuncia, o con los zapatos rotos y el paso amplio e indolente de quien sabe lo que no es necesario.

A veces imaginamos el matrimonio entre mis hijos y los hijos de su hermano, ese que anda por el campo con las botas de cazador. Hablamos hasta bien entrada la noche, y tomamos amargo té negro. Tenemos una colchoneta y una cama, cada noche hacemos un piedra, papel o tijera para ver quién de nosotras duerme en la cama. Por la mañana cuando nos levantamos, nuestros zapatos rotos nos esperan sobre el tapete.

A veces mi amiga dice que está cansada de trabajar y quisiera mandar todo al diablo. Quisiera encerrarse en un tugurio y beberse todos su ahorros, o bien meterse en la cama y no pensar en nada más, dejar que vengan a cortarle el gas y la luz, dejar que todo se vaya poco a poco a la deriva. Dice que lo hará cuando yo me vaya. Porque nuestra vida juntas durará poco, me iré pronto y regresaré donde mi madre y mis hijos, a una casa en la que no podré usar zapatos rotos. Mi madre se hará cargo de mí, me prohibirá usar alfileres en lugar de botones, y escribir hasta bien entrada la noche. Yo, a mi vez, cuidaré de mis hijos, venciendo la tentación de mandar todo al diablo. Regresaré para ser firme y maternal, como siempre lo soy cuando estoy con ellos, una persona distinta a la que soy ahora, una persona que mi amiga no conoce.

Miraré el reloj y tendré en cuenta el tiempo, atenta a cualquier cosa, procuraré que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si es posible, al menos en la infancia. Quizá cuando se es niño es mejor tener los pies secos y calientes para luego aprender a caminar con los zapatos rotos.

Natalia Ginzburg (1916 – 1991) Nacida como Natalia Levi, tomó el apellido de su esposo, Leone Ginzburg, quien muriera durante la segunda guerra mundial. Fue periodista, escritora y política. Entre sus obras destacan Léxico familiar (1963), Querido Miguel (1973), Las pequeñas virtudes (1962).


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Amor – Goffredo Parise

Edward Hopper – «Automat»
(1927)

Un silabario es un libro de iniciación a la lectura, una herramienta de alfabetización con la que los niños poco a poco van descubriendo palabras y significados; mediante estos libros los niños van descubriendo el mundo. Emulando estos libros educativos, Goffredo Parise escribió una serie de relatos, cada uno surgido a partir de un sentimiento o un elemento de la vida cotidiana que el autor consideró esenciales. Con gran sobriedad, y una aparente sencillez, Parise crea historias alrededor de la palabra que dá título al texto. Cada cuento es una invitación a redescubrir el mundo. En esta ocasión, y proveniente del Silabario I, aquí está el relato «Amor».

Tiempo estimado de lectura: 7 min


Un día un hombre conoció a una joven señora en casa de unos amigos, no la vio bien, sólo vio que tenía el cabello largo y rojizo, un rostro de huesos robustos, pómulos marcados de campesina eslava y las manos anchas con las uñas bien cortadas. Le pareció tímida y casi asustada de hablar y expresarse. El esposo, un hombre rechoncho con ojos pequeños y desconfiados en medio de un rostro fruncido, parecía respirar hinchando el cuello, lo mismo que las ranas cantoras. Tenía, sin embargo, tobillos frágiles y seniles, ambas cosas, cuello y tobillos, daban al mismo tiempo una idea de fuerza y delicadeza.

El hombre sabía que estas primeras impresiones no podrían ser definitivas dado que se sentía distraído y porque en realidad no había ocurrido nada, de hecho casi no se percató cuando la pareja dejó la casa, tampoco pudo recordar el timbre de voz de alguno de ellos.

Pasó el tiempo y volvió a verla en un restaurante. Sí, sólo vio a la mujer, parada junto a una mesa. En el gesto de sentarse, ella se balanceó hacia un costado, arqueó un poco la espalda y, con un leve arrebato de su gruesa mano, alisó sus cabellos color zanahoria manchada de tierra. Llevaba un vestido de fiesta negro, un cinturón de metal dorado sujeto por los lados, zapatillas de charol negro adornadas con una hebilla, por una coincidencia de razones tan misteriosas como casuales, estaba bellísima. El hombre que la miraba desde una mesa lejana sintió el cómico aumento en los latidos de su corazón, aumentaban porque entendió que había entendido todo de ella. Ella también entendió todo de él (incluso que él entendía) porque en ese instante se volvió hacia él, lo reconoció y saludó con una sonrisa exultante que de inmediato (e ingenuamente) intentó contener dentro de los límites de la cortesía. Pero el ímpetu de esa sonrisa la había hecho separar los brazos y las manos de la mesa, las puntas de las zapatillas de charol presionaban el suelo para hacerla levantar. Fue cuestión de un momento, después la mujer se dirigió a sus comensales con un rostro gentil, pero serio, que ocultaba tras su cabello; las zapatillas volvieron a calmarse. Por su parte el hombre siguió mirándola hasta que los latidos de su corazón se calmaron. Entonces la miró un poco menos encantado y un poco más curioso, como si ella fuera, y cómo debería haber sido, una extraña: pero observarla de este modo, en la que habría querido percatarse de señas particulares, no hizo más que confirmar la grande y natural belleza de la presencia femenina. El restaurante le pareció desierto, o incluso, completamente inmerso dentro de una interferencia de colores y sonidos como la que se vería en películas viejas. De pronto, el hombre se sintió débil, reconoció los signos de una emoción que no sentía desde que era pequeño y veía llegar a su madre en un día claro y gélido, su cuello surgiendo desde el abrigo de piel de zorro cubierto con manchitas blancas, su boca rosada y brillante, un lunar asomándose entre el maquillaje. Eran sin duda los mismos signos. Levantó la mirada de la mesa al mismo tiempo que ella levantaba oblicuamente la suya hacia él, ya no sonriendo, pero con el rostro atravesado por una llamarada, marcado por un dolor inesperado e injusto que no lograba comprender. Los ojos entrecerrados, como si mirara hacia la oscuridad.

Una noche, junto unos amigos que mencionaron a aquella pareja, el hombre dijo en voz alta para esconder la emoción: «El destino hará que nos encontremos otra vez». Los amigos no entendieron a qué se refería, pero luego de unos instantes se escucharon algunos automóviles y un grupo de gente ruidosa y alegre, entre la cual la alegría no era plena y algo, por el contrario, la turbaba esa alegría. La mujer venía con el grupo de gente, entró a la casa: se miraron por unos instantes, se miraron, de hecho, bajando las miradas. Se hablaron luego de los primeros momentos de timidez. Ella dijo que había estudiado danza clásica durante muchos años, pero que había dejado la danza cuando se había casado, por los compromisos familia. Ahora, cada tanto, la invadía una profunda melancolía.

«¿Por qué? ».

«Pues, no lo sé ».

«¿Quizás le habría gustado convertirse en bailarina? ».

Me habría gustado, pero sabe, pocas lo logran, además yo me casé». No entiendo por qué de vez en cuando me invade una profunda melancolía. Y sin embargo son feliz, amo a mi esposo y a mis hijos, nuestra familia es perfecta y es para mí la cosa más importante de todas. Es extraño. «Mi esposo dice que es agotamiento nervioso» .

El hombre sabía que no era extraño pero, por respeto y delicadeza, no lo dijo. Dirigió su mirada hacia el esposo, al que había visto tan poco. Estaba sentado en un sillón y, por el cuello que se le hinchaba al respirar, lo envolvía una actitud de vieja autoridad. Eso decía que era autoritario, pero los tobillos débiles le restaban autoridad a su modo de decir las cosas(e incluso a las cosas mismas) pues éstas parecían salir de su enorme boca con soplidos regulares y delicados que se perdían en la habitación. Él lo entendió y se concentró en sí mismo y en el sillón, evitó hablar y de ese modo comenzó a llenarse de paciencia y astucia.

El hombre notó que la mujer fumaba y tomaba demasiado. La voz de ella, lentísima e infantil, expresaba conceptos básicos, era un poco áspera, cada tanto tosía. Y sin embargo su belleza era clara e inmaculada como si no hubiera tenido esposo, hijos y familia y no hubiera jamás fumado ni bebido.

A menudo, el hombre pasaba por la ciudad en la que habitaban los cónyuges. Volvió a verla, ahora, entre dos ventanillas mientras los autos andaban en direcciones opuestas, ella lo saludó con la misma sonrisa impuesta de aquella noche en el restaurante. Cada iba solo en su automóvil (eran automóviles de la misma marca y del mismo modelo), ambos frenaron bruscamente.  El hombre esperó hasta que la calle estuviera libre, dio vuelta al automóvil y se acercó al auto de ella, quien lo esperaba detenida del otro lado, pero apenas él se acercó, la mujer siguió su marcha y él logro verla por algunos segundos a través del espejo retrovisor, la vio con el rostro inflamado como el de un muchacho que recibió un fuerte golpe; por eso la dejó marcharse.

Un día la mujer lo llamó por teléfono para invitarlo a cenar, un domingo. Al principio él no entendió de qué se trataba, luego lo asaltaron la sorpresa y la emoción. Le dijo que recorrería cientos de kilómetros, muchas veces, sólo para verla, y balbuceó un poco. Ella respondió que debía «colgar» el teléfono.

Volvieron a verse en una gran fiesta. En medio de su gruesa cabeza redonda, el rostro de la mujer se veía hermoso, asustado e infeliz, pero en ese rostro había también, por desgracia, una obtusa soberbia que hirió al hombre, pero que, sobre todo, hirió los latidos de su corazón, que se relajaron y volvieron a la normalidad. Cuando tuvieron ocasión de hablarse (ella huía y él bailó todo el tiempo con una hermosa mujer que reía moviendo la cabeza) le dijo que estaba ofendida y molesta por lo que había dicho al teléfono. Estaba feliz, muy feliz y enamorada del esposo, su matrimonio era algo «maravilloso, excepcional» . Le dijo que había contado a su esposo todo sobre esa llamada porque entre ellos dos no había secretos.  Mientras dice ésto sonríe con firmeza , pero su rostro estaba inflamado por el dolor y la vergüenza y dos surcos habían aparecido desde las comisuras de sus labios hasta llegar casi al mentón. El hombre miró al esposo que los había observado discretamente y ahora se volvía, algo encorvado y ondulante, perdiendo y conservando la autoridad.  En un cierto punto se sentó sobre un escalón fingiendo seguir la música de la banda que estaba tocando. Con el cuello y los ojos orientados hacia arriba emitió un grito ácido, áspero, que en la confusión de la noche nadie escuchó.

De pronto la mujer dijo «Déjame en paz» , se alejó del hombre encorvando la espalda y, con pasos dolorosos y danzantes, fue a posar su frente contra el vidrio de una ventana, el vaso de whisky aún en su mano. Más tarde alguien dijo que había llorado y hecho una escena, quizás porque había bebido.

No obstante todo, la pareja invitó al hombre a una gran cena en su casa, él no quiso negarse, por educación y porque aún quería verla. Él se sentó a la derecha de la mujer, quien mantenía los surcos en las comisuras de los labios, ella le hablaba con cierto desafío y no sonrió nunca si no con desdén y sin relajar el rostro alterado aquí y allá por aquellas marcas. En dos o tres ocasiones sucedió que las manos o los hombros de ambos se tocaron, pero ella retrocedió ofendida. El hombre estuvo muy atento a que no volviera a suceder algo similar y alejó su silla, incluso, luego de un rato, se levantó y vagó un poco por la casa. Recorriendo un pasillo a media luz, en determinado momento, encontró a una niña solitaria en camisa de noche, pelirroja como su madre. Él le acarició la cabeza; la niña le tomó rápido la mano, se la posó sobre el pecho, se la apretó como ocurría en su sueño. La niña se quedó mirando hacia el pasillo, con sus largos mechones de cabello adormecidos en el aire. Después la niña soltó la mano y se fue a quién sabe dónde. El hombre volvió a la gran sala de estar en la que el esposo distribuía champaña: ella permanecía sentada en la cabecera de la mesa, fuerte y severa; su esposo sonreía y era bueno y servicial.

El hombre volvió con mayor frecuencia a esa ciudad. No vio más a la pareja de esposos, pensó en ella siempre y le pareció que hubiera pasado mucho tiempo. Por el contrario habían pasado sólo pocos meses, pero el sentimiento que él y la joven señora habían sentido (y aquí descrito) era tal que ambos, sin quererlo y sin saberlo, habían, en tan poco tiempo, vivido y arrojado al aire algunos años de sus vidas. 


Goffredo Parise (1929-1986) fue escritor y periodista. Ganó los dos premios literarios más importantes de Italia, el Viareggio con la novela Il padrone (1967) y el Strega con Silabario II (1982).

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Aníbal Rama – Paolo Volponi

Computadora IBMS/360
(1964)

Un artículo de Il Corriere della Sera fechado en enero de 2017 lleva el siguiente encabezado: «Cuando Volponi creó a Steve Jobs». El diario italiano usa este título como una brevísima introducción al relato Aníbal Rama, la comparación entre el fundador de Apple y el personaje no es exagerada, pues en este cuento, Paolo Volponi se imaginó a un hombre cuyo mayor deseo era llevar las grandes computadoras industriales al alcance de todos. Hay que destacar, sin embargo, que Volponi escribió este relato de ciencia ficción en 1967, más de diez años antes de la fundación de la empresa de la manzana (1976) y la producción de sus primeras computadoras personales.

Tiempo estimado de lectura: 12 min.


Por la mañana, mientras se levanta, se concede gradualmente a la conciencia de su satisfacción: quiere recuperarla de a poco junto a los elementos habituales y domésticos del despertar, mezclarla con las cosas a su alrededor hasta obtener la consistencia de su suerte. Se encuentra ante un gran día, ante una victoria que será incluso más grande y que se afianza en la existencia segura de las cosas, en su físico, que se entrega a ese sistema perfecto que éste ha establecido y que se le muestra como otra prueba más del motivo de su satisfacción.

            El día anterior, sobre todo por la noche, completó, en un emocionante momento, los cálculos de una invención extraordinaria: lograr que computadora electrónica, con la que trabaja en la oficina de proyectos en una gran industria, quintuplique sus capacidades y obtenga resultados que ninguna otra máquina en el mundo puede conseguir.

            Cultivó su invención en secreto y durante mucho tiempo, dedicándose por completo fuera y dentro de la fábrica, teniendo siempre al lado de cada idea, discurso y comportamiento, una especie de pensamiento paralelo, una segunda columna en la cual apuntar toda novedad. No ha pensado nunca que su investigación pudiera ser inútil; era consciente de que no debía guiarse por el ansia de su descubrimiento, de su realidad o de cualquier insuficiencia u obstáculo de su vida: la consciencia de su victoria es una satisfacción plena y segura, una que puede medir y que considera un punto de partida hacia responsabilidades nuevas, las que tendrá y con las que lidiará hasta llegar a convertirse en uno de los diseñadores más importantes de la industria.

            Él, el diseñador, el ingeniero en electrónica, Aníbal Rama, pretende ese día mostrar e ilustrar su proyecto, amén de los cálculos pertinentes, al diseñador en jefe de la empresa; está confiado y en todas las cosas que tiene a su alrededor encuentra el espejo de esta confianza; es más, cada cosa, ella misma, e incluso el sistema en el cual se encuentra, son la prueba de la firmeza y la exactitud de sus convicciones, incrementan con su aportación material, con su peso, la confianza de Aníbal.

            Está feliz, pero la felicidad es un elemento constante de su vida y de todas sus relaciones: con la mujer y el pequeño hijo, con los colegas, con todo hecho social: felicidad como inteligencia, armonía, atención a las cosas, crítica de las circunstancias, posibilidad de intervención.

Esa misma mañana llega a la empresa junto con muchos otros y entra, con confianza, más bien con respeto, en los cubículos escuadrados, de catedral, del departamento de electrónica. Llega a su lugar, revisa sus cartas, mira las máquinas enormes y sumisas, pero también misteriosas, y luego de dar una vuelta alrededor de éstas, hace la solicitud para hablar con el diseñador en jefe. Le es concedida la entrevista y comienza a exponer su proyecto. Antes incluso de que llegue a alguna ilustración técnica que pueda demostrar la originalidad de su invención, el jefe lo detiene con discursos genéricos y banales sobre las relaciones entre la investigación y la industria, entre la industria y las exigencias del mercado, industria y costos, industria y posibilidades de realización, trabajo humano, etc. Aníbal insiste, porque tiene confianza en el hombre que tiene enfrente, incluso más que en su invención. Por ello no advierte, durante su discurso, ninguna necesidad de cautela y esas banalidades no le parecen dignas de un hombre en la posición de su jefe; por lo que las refuta con convicción y con ingenuidad creyendo que debe ayudar al jefe mismo a liberarse de ellas: pero al final, no ha podido evitar conflictos.

             El conflicto sucede porque, durante su discurso, entraron en la oficina del director otros diseñadores, aplicados subalternos colegas de Rama. El servilismo está en el ambiente, en las formas tradicionales y habituales en cualquier jerarquía. Al final, la dirección de la empresa que ha ya construido una serie de computadoras no puede aceptar la idea de modificarlas cambiándoles la presentación para el mercado y las ventas. El proyecto de Rama, incluso si posible, necesitaría, a juicio de los diseñadores y de los técnicos, al menos un año para su estudio y manufactura, necesitaría también, cosa incluso más complicada, que durante ese tiempo la fábrica no vendiera sus máquinas, incurriendo así en gastos imposibles y asentándose en el mercado hasta descalificarse comercialmente.

            Rama dice: «No estoy de acuerdo con sus proyecciones y creo que en seis meses mi variante podría no sólo ser estudiada sino también fabricada». «Un prototipo, quizás», dice el diseñador en jefe. «No, – responde Rama, – al menos una serie lista para modificar todas las máquinas que ya están hechas».

« ¡Pero sería una serie imperfecta, en el supuesto de que fuera posible construir tomando como base un proyecto apenas esbozado! No hay planos, tampoco hay un estudio de los materiales, de las tecnologías, de los tiempos de trabajo. Mis proyecciones son precisas: ¡pasaría un año de estudios para al final estar seguros en un noventa por de que esta variante es imposible!».

            Rama dice: «Este hombre es divino y no puede, por ahora, tener un tercer ojo, pero esta máquina la construimos nosotros y entonces podremos en verdad darle un tercer ojo: no haciéndolo traicionaríamos incluso nuestro propio trabajo y el objetivo de la investigación y la industria».

            El conflicto es inevitable e invitan a Rama a calmarse, pero él reacciona tan ingenua como teatralmente. Es un inventor y se siente tal, se convierte románticamente en uno delante de aquellos que lo juzgan no con mucha ciencia y con poquísima caridad.

            Aníbal se erige en su sorpresa y dice «Construiré mi máquina solo». «Bien, – le responde el jefe, inténtalo». « ¿Puedo hacerlo aquí dentro?» «No, aquí debe trabajarse seriamente». «Entonces – dice Aníbal – lo que sucede aquí dentro ya no me interesa».

« ¿Qué quiere decir?».

«Quiere decir que renuncio».

«Está bien, decida como quiera, pero ahora estos problemas ya no son técnicos. Diríjase a los compañeros en la oficina para notificar su renuncia».

 «Sí -dice Aníbal. – me haré echar». Hace una pequeña pausa y agrega: «Me quedaré aquí 30 días para completar el trabajo que tengo en curso, de acuerdo con sus normativas».

            Desde ese momento comienza frenéticamente a diseñar y construir su mecanismo, en las horas de descanso, por la mañana, por la noche, en casa, sirviéndose de todo, de piezas de los juguetes del hijo como de los utensilios domésticos de la esposa. Construye una máquina, una pequeña máquina que se mueve, avanza, que oscila y que muerde el aire con un ritmo y con una agresividad que no dejan duda de su potencia. Entre Aníbal y esta máquina hay una conexión perfecta: la máquina le responde casi como si fuera un perrito y se inserta en la vida doméstica como anillo al dedo. Mientras la familia come, la máquina espera en el piso o en una esquina de la mesa. Luego de un mes su cuerpo está hecho: Aníbal ha logrado completarla el día mismo en que debe abandonar la fábrica. Se trata ahora de hacer pruebas sobre el gran cuerpo de la computadora electrónica, para ver si en verdad el nuevo anexo la mejorará y dará los resultados que Aníbal ha calculado y declarado.

            La noche del día en que dejó la empresa, Aníbal vuelve a la fábrica, se acerca a los portones furtivamente, lleva guantes, sombrero, una gruesa bufanda. Lleva en la mano una gran caja negra, moldeada extrañamente como un estuche de instrumento musical. Logra entrar en la fábrica, infiltrarse en el sector de las computadoras, donde brillan las blancas esquinas de máquinas misteriosas, de las cuales emana una luz consistente, que se extiende como un pensamiento. Con un actuar rápido y con la seguridad de un ladrón o de un cirujano Aníbal llega hasta el sitio deseado: se quita el exceso de ropa y se detiene junto a la gran computadora: le desmonta algunas piezas, rápidamente, y las deja sobre el piso; abre su estuche, saca su máquina y comienza a montarla. A medida que ensambla, pone las piezas de su máquina a un lado de la computadora, como un brazo más. Este trabajo rápido y seguro, se desarrolla durante toda la noche. Poco antes del alba la máquina está montada, entonces se acerca a la computadora, la enciende, le impone furiosamente una tarea y luego espera mientras la máquina procede: su ruido es preciso, sus índices se mueven; cada parte funciona perfectamente, sincronizada, activa: sus luces se encienden y apagan, sus cables vibran, sus teclas están tensas y las hendiduras sobre su interfaz parecen ansiosas, listas para morder; cintas perforadas se deslizan por los lados; al final llega una tarjeta que arroja el resultado. Aníbal se mete la tarjeta en el bolsillo, desmonta su máquina, la acomoda dentro del estuche, sale de la fábrica justo a tiempo; sube a su automóvil y vuelve a casa.

            El día siguiente, con el resultado obtenido, compila numerosas quinielas de fútbol. Espera tranquilo el domingo, sentado en el sillón, con la máquina a sus pies. La máquina funcionó perfectamente y el resultado es correcto. Corroboradas sus respuestas, que le hacen ganar casi todos los premios, los días siguientes va a cobrar, disfrazándose oportunamente para no ser reconocido como el único vencedor. Con esta enorme suma de dinero ordena a la industria, que ha tenido que abandonar, una computadora y todo el material eléctrico que se le ocurre.

            Pretende construir en su casa y poseer la máquina que diseñó, con este instrumento podrá realizar, y llevar hasta sus últimas consecuencias; sus proyectos: se volverá el hombre más potente de la tierra.

Un día, un camión de mudanza avanza lentamente alrededor de su casa, busca en las calles cercanas el gran edificio o el gran banco que ha podido hacerse con un computadora; da vueltas hasta que los choferes y el técnico que los acompaña corroboran que el número cívico escrito en la orden de entrega corresponde con el de una pequeña casa de los suburbios junto a la que hay un viejo cobertizo. La esposa y el hijo, para que Aníbal no pueda ser reconocido por los hombres de la empresa, reciben la entrega de la computadora y piden que la dejen sobre el pasto, una parte en el jardín delante de la casa y otra parte dentro del garaje, y otra dentro del viejo cobertizo.

            Desde ese mismo momento Aníbal comienza a construir su máquina. La esposa es partícipe del asunto y le hace segunda perfectamente, se vuelve también ella, en el fondo, una pequeña máquina al servicio de Aníbal, con cierta coquetería particular que él no logra controlar ni prever y que se vuelve la constante novedad de su amor y el estímulo para seguir con sus investigaciones; el modo de bajar los ojos, la boca, la nariz, los hoyuelos estrechos y las palabras, son las cosas que dan a Aníbal, junto con las distancia de cinco millones de años luz hasta la última estrella conocida, el sentido de la profundidad del universo. La misma profundidad la advierte en la maldad y en los desprecios del hijo, en sus maravillosas invenciones, en los ojos y en los ataques al mundo real y circundante, en los ataques a la tierra, a los árboles, a los animales, a los insectos.

Aníbal trabaja y la máquina está prácticamente en funcionamiento durante todo el día. La mujer está también orgullosa de esta máquina, una parte de la cual, entrando desde el jardín, le invade la cocina. La máquina funciona y parece entenderse con Aníbal de un modo directo o con un lenguaje para ella desconocido que le provoca celos: entonces se acerca a los manómetros y hace una mueca a la máquina en funcionamiento.

Hasta que la construcción completa hubo terminado: los últimos repetidores fueron conectados. Aníbal puede preparar las primeras operaciones. Luego de haber realizado estas operaciones se divierte con la familia durante media hora recabando resultados domésticos como el número de gotas de lluvia que caen sobre su techo durante un año o el número de veces que cada uno sonríe o que sonríen todos juntos. Después comienza a preparar las grandes operaciones que tiene ya claras en la mente, marcadas en un libro que está siempre sobre la mesa frente a la parte central de la máquina.

Empieza a configurar las operaciones: se trata de hacer todos los pronósticos posibles para la lotería, las quinielas, sorteos y próximas extracciones en las ruletas, carreras de caballos, carreras de perros, y así para los mismos eventos en otras partes de Europa y América. Para prever los resultados de las carreras de caballos, por ejemplo, en la operación captura el peso del animal, de la montura, del jockey, el pedigrí de los caballos, las probabilidades estadísticas de victoria del jockey, la densidad de la niebla, la velocidad de los vientos, la dificultad del terreno y demás datos infinitos. Para los partidos de fútbol, por ejemplo, captura todo sobre las estadísticas de los resultados, las formaciones, hasta calcular, por ejemplo, del partido de Trieste, la fuerza promedio con la que gira del balón. Así para todos los demás eventos.

            Comienza la operación práctica. La máquina trabaja y él espera: los resultados que obtiene son siempre precisos.

            Gana por todos lados, arrasa. No se da abasto con los cobros. Se ha hecho incluso de un camioncito para ir a reclamar las sumas de las victorias. Acumula todo el dinero en el viejo cobertizo junto a la casa, entre las puertas caídas y bajo el techo caído.

Un ladronzuelo del vecindario comienza a monitorear sus salidas, sus paseos extraños y sus disfraces: finalmente ve un saco lleno de billetes y piensa que Aníbal es un falsificador. El ladrón se acerca al cobertizo y mira la inmensa montaña de dinero: libras esterlinas, francos, dólares, marcos, etc.

Aníbal lo sorprende en ese momento y el ladrón dice: « ¡La industria es buena, y la cantidad de la producción es verdaderamente asombrosa! ¡Pero me parece que no es conveniente apostar por la cantidad, sino por la calidad! ¡Es mejor fabricar pocos dólares, pero hacerlos bien en lugar de tener esta montaña de papel! ¿Se imagina usted para distribuirla toda?»

El ladrón es gentil y sensato y Aníbal lo hace socio de su negocio. Le da mucho dinero y le explica que ese dinero es real pero que solo no le sirve para nada, como no serviría de nada gastarlo para estar bien y divertirse. Con el dinero, cuando consiga la suma necesaria, construirá una gran industria para fabricar las más potentes computadoras del mundo, las más potentes y también las más pequeñas, de tipo doméstico, que sirvan a las familias, a cada hombre, para resolver sus propios problemas de cálculo, de previsión y de programación.

El ladrón se marcha con una parte de ese dinero, pero ahora está fascinado con Aníbal y su idea, así que vuelve para asociarse.

Con la ayuda del ladrón Aníbal dispone de una doble capacidad para la recolección y almacenaje del dinero.

Son dos camioncitos que viajan y en poco tiempo el cobertizo está lleno de papel moneda.

En este punto Aníbal deja las operaciones de juego y comienza a estudiar los nuevos elementos a capturar en la máquina para saber exactamente en qué parte de Italia podrá construir su fábrica de computadoras. Captura nociones geográficas, sociológicas, artísticas, antropológicas, nociones de higiene, escolaridad, aptitudes, criminalidad; nociones sobre los vientos, la humedad, la nieve y las lluvias hasta que programa la máquina. La máquina trabaja más de lo usual, como consciente de la importancia de sus respuestas. Es casi como si tuviera una labor, hasta finalmente indica el valle del Metauro, entre Urbino, Urbania y Fermignano: ahí estarían las condiciones favorables, que van desde el clima, la gentileza de los hombres, hasta el número suficiente de desempleados jóvenes y con buenas características de inteligencia, actitud y escolaridad. Los desempleados que interesarían a la empresa son 347, con edades de entre 18 y 28 años. De cada uno de éstos la máquina dio un perfil: edad peso, escolaridad, enfermedades, altura, y demás cosas.

Con estos 347 perfiles, Aníbal parte, junto con su familia, al descubrimiento del lugar y los hombres. Se instala en Urbino y recorriendo el lugar encuentra y descubre, día tras día, a los 347 individuos.

Aníbal no tiene los nombres, pero apenas uno de los hombres declara alguno de sus datos, Aníbal puede cotejarlo con todos los demás y mencionarlos al interesado: cuánto pesa, cuánto mide, grado de estudios, enfermedades sufridas, cuánto miden sus padres.

Expone su idea hasta que ha contactado a los 347, de manera individual o en grupos, ilustra su idea de construir junto a ellos una industria para la construcción de computadoras.

A cada uno de ellos les otorga en efectivo la suma de cinco millones de liras, para ello hace llegar camiones y remolques coordinados por el ladrón. Con los cinco millones cada uno debe instruirse, viajar, satisfacer las exigencias que lo turban, pagar viejas deudas, deshacerse de los deseos insatisfechos, prepararse para trabajar con tranquilidad y conciencia en la fábrica a fundar: luego de un año Aníbal comenzará con los trabajos. Mientras tanto él estudiará los planos de la fábrica, cuya arquitectura será después discutida, junto a aquellos que entrarán a trabajar.

Aníbal sabe ya que de los 347 convocados sólo 222 volverán al cabo de un año. No sabe cuáles son esos 222, porque la máquina no le proporcionó los nombres.

Cuando se presenta a la cita en un café de Urbino cerca de la plaza del mercado ha ya dispuesto 222 sillas y un refrigerio para 222. Pero a la hora indicada llegan sólo 22 personas. Aníbal espera junto a su mujer, su hijo y el ladrón. Espera, pero al final las personas son sólo 22: los demás desaparecieron, cada uno con sus cinco millones de liras: compraron una granja, una casa o migraron, se mudaron a la costa, satisfechos y escondidos. Demostraron la avaricia, la falta de iniciativa, el egoísmo, la incerteza, la astucia de tantos.

Los 22 que se presentaron son jóvenes y confiables. Aníbal está consternado y siente miedo cuando se percata que los otros no llegarán; está aterrorizado y abatido no sólo por la ingratitud humana, sino también porque su máquina, en la que ha apostado todo y en la cual cree con toda su fe, dio un resultado inexacto.

Entonces entrega a los 22 más dinero, dejando suspendido cualquier trabajo con ellos. Si no regresa, disfrutarán del dinero.

Vuelve a casa y se presenta ante el prototipo de la máquina como ante un desafío. Captura una vez más las operaciones, minuciosamente, punto por punto, no dejando fuera nada: vientos, corrientes, humedad, nociones geográficas, históricas, todo. Mientras la máquina trabaja él le da vueltas y revisa cada pieza, atento a cada componente, sigue el flujo de los mecanismos, recorre el cobertizo y el jardín alrededor de la máquina. Sigue así hasta que se percata que una fila de hormigas avanza con orden y camina, como evidentemente había hecho la vez anterior, a través de su ruta natural, rutinaria, y ahora histórica, sobre uno de los cables más sensibles que se encuentran al lado de la máquina y fuera del cobertizo. Aníbal interrumpe con delicadeza la fila, sopla para alejar las hormigas y nota que el cable hace un ligerísimo movimiento para acomodarse en el lugar adecuado. La máquina trabaja con velocidad; llega finalmente el resultado: 22, tales son los hombres con los que puede contar. El viejo resultado de 222 se obtuvo porque el cable, bajo la presión de la fila de hormigas, se había movido ligeramente.

Entonces, feliz y victorioso, Aníbal retoma su proyecto y corre al encuentro de los 22 jóvenes que son suficientes para realizar, junto a él, la nueva empresa.


Paolo Volponi (1924-1994) es considerado uno de los máximos exponentes de la literatura industrial producto del boom económico italiano. Además de escritor fue político y diplomático. Entre sus obras más destacadas se encuentran Memorial (1962), La máquina mundial (Premio Strega, 1965), Corporal (1974) y El planeta irritable (1978)

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Perro como yo – Curzio Malaparte

Curzio Malaparte y Febo
Lipari: 1934

Luego de ciertos conflictos con el partido fascista, Curzio Malaparte fue enviado a un exilio interno en la isla de Lipari. Fue ahí donde adoptó a Febo, un perro al que dedicaría no pocas páginas. «Perro como yo» es un fragmento de la novela más celebrada de Malaparte, La piel. En este breve texto, Malaparte deja constancia de la amistad única que sólo puede entablarse entre un hombre y su perro.

Tiempo estimado de lectura: 7 min.


Si no fuera un hombre, y no fuera el hombre que soy, quisiera ser un perro. No ya, como Cecco Angiolieri, para ladrar y morder, sino para asemejarme a Febo. Quisiera ser un perro como él: de pelo corto, de un pálido color lunar, manchado aquí y allá con zonas rojizas, de vientre delgado, de piernas rápidas y musculosas. La cabeza la quisiera fina y larga, las orejas en punta, los ojos azules. Y poder correr por las tierras, entrar en selvas en ríos en prados en montes, poseer la naturaleza mediante sentidos distintos a los que poseen los hombres. Poder inventar el mundo, e intentar, así, corregir los errores de la creación no desde el punto de vista humano, como intentan los hombres, sino desde el de un perro. Quisiera ser un perro justo por todo aquello que más tiene de animal, y que más revela en él un instinto lejanísimo del que tiene el hombre, una dignidad, una libertad, una moral distinta.

Antes del alba salir a cazar por los bosques y pantanos, detrás de olores tejidos en el aire como hilos invisibles, olfateando las huellas de las alas de los pájaros en el aire acidulado de la mañana, y los leves signos triangulares de sus patitas rojizas en el azul y verde suspendidas sobre prados y ríos. El olor lejano de los fuegos de enebro en los montes, el sabor fuerte del mar. Y de vez en cuando, volviéndome atrás, gozar ya no por panoramas de nubes, de montañas, de llanuras, sino por panoramas de olores: allá no la selva propiamente, mas el olor de la selva. Ahí abajo no el camino, mas el olor del camino. El olor de los montes, no los montes. El olor del carretero y del caballo sobre la vía polvorienta, no el carretero y su caballo. Admirable la dignidad del perro de frente a la naturaleza, un estado, diría, casi viril, un estado estoico, que revela no sólo la serenidad de una razón ajena a pretextos pictóricos y sentimentales, experimentada ante los desengaños de las imágenes, sino una sabiduría suprema, un alto equilibrio de los sentidos, una consciencia clara del propio ser en relación al inquieto, y romántico, mundo de la naturaleza.

Una naturaleza rica en olores, no en colores; de sonidos, no de imágenes. Y esencial justo por su armonía sin forma. De tal modo que no me enfrentaría al peligro, al que subyacen los hombres, de verse traicionados y corrompidos por lo que ellos llaman belleza. Que la hierba susurre, que el agua de la corriente fluya limpia entre orillas florecidas, que las hojas murmuren en el viento que las lleva, que los árboles, los montes y las nubes surjan en el aire transparente: yo no tendría que defenderme de las artes mágicas de la naturaleza, de los engaños de las apariencias que ésta continuamente crea y destruye, ni de los sentimientos que ésta inspira en el ánimo humano. Sino paseando libre por verdes selvas, entre la hierba, en aguas felices, obedecería sólo a la íntima fuerza animal, y sólo contaría para mí el ritmo de mi sangre, la elástica potencia de los músculos. Digna de noble envidia es esta libertad del perro frente a las tentaciones de la naturaleza, su extraño dominio del libre albedrío. Y si bien parece que el perro depende del hombre, y que le sea esclavo, su destino es autónomo, libre y solitario.

De mi amigo Febo, más que de los hombres, su cultura y su vanidad, aprendí que la moral es gratuita, un fin en sí misma, que ni siquiera se propone salvar el mundo: si no crear siempre nuevos pretextos al propio desinterés, al propio juego libre. El encuentro entre un hombre y un perro es siempre el encuentro entre dos espíritus libres, entre dos formas de dignidad, entre dos morales desinteresadas. El más gratuito de los encuentros. No hay momento, de toda mi vida, del cual tenga un recuerdo tan vívido y puro como el de mi primer encuentro con Febo.

Me encontraba exiliado desde hace algunos meses en la isla de Lipari: y no bastándome el abierto horizonte marino para devolverme el sentido de mi libertad moral, debilitado por mis sufrimientos físicos, y temiendo, como suele ocurrir, que la tristeza de mi selvática soledad, entre gente sospechosa de cada uno de mis pensamientos como de una amenaza o de una traición, y del estado incierto de mi salud, afectada por un una fiebre continua, me hicieran decaer de esa condición de dignidad, incluso del orgullo, que es normalmente la natural condición de mi espíritu, me persuadí de que lo mejor para mí era elegir un compañero, un amigo.

Desconfiaba de los hombres, quizás únicamente como espontanea reacción a su propia desconfianza. Elegí un animal, un perro: pareciéndome que un perro fuera el más adecuado para ser un amigo desinteresado, el que me impidiera que poco a poco me inclinara, me humillara, cayera en ese estado de indiferencia y postración que es el estado más cercano a la mezquindad. Había visto desde hace unos días un cachorro, de esos que los pastores de la isla llaman “chernegui”, y que vienen de las costas de Asia, de la familia de los lebreles. Tenía el pelo claro, todo lleno marcas de sarna. Pasaba el día escondido bajo la quilla de los barcos encallados en la playa. Por la noche seguía las jaurías de perros callejeros que partían hacia los montes en busca de corderos perdidos en medio de flores de retama y zarzas, para comerlos vivos, impulsados por el hambre y la feral naturaleza; y al alba bajaban a la costa, a la espera del pez descartado que los pescadores dejan sobre la orilla frente al muelle. Al principio su desconfianza fue amarga. Luego, un buen día, me siguió: y son ya seis años que él comparte conmigo mi fortuna e infortunio, que se convirtió en el elemento más íntimo y más noble de mi vida.

A menudo, por la noche, del alto y ventoso umbral de mi casa sobre el mar, en las ansiosas vigilas a las que me condenaba mi maligna fiebre, miraba los botes de los pescadores salir hacia la luna, escuchando el sonido lamentoso de los nichos marinos alejándose en la plateada niebla. En el monte se encendían los fuegos de los pastores, los perros callejeros ladraban en las selvas de retama, el mar respiraba dulcemente frente a mi puerta. Y luego me daba cuenta que Febo me miraba con un triste y noble reproche en los ojos afectuosos. Entonces me venía una extraña vergüenza, casi un arrepentimiento, de mi tristeza; una suerte de pudor frente a él. Sentía que Febo, en esos momentos, me despreciaba: con dolor, con delicado afecto, pero que en verdad había, en su mirada, una sombra de piedad y, al mismo tiempo, de desprecio. Así, poco a poco, lo tuve no sólo como un compañero, sino como un juez. Él era el custodio de mi dignidad.

A veces, cuando la soledad más invadía mi corazón, advertía en sus ojos no esa expresión de espera paciente que muchos leen en los ojos del perro: sino una mirada larga, pesada, llena de oscuros significados. Sentía su presencia como la de una sombra de mi sombra. Era como un reflejo de mi espíritu. Él me ayudaba, con su sola presencia, a reencontrar esa distancia entre el bien y el mal, que es la primera condición para la serenidad y la sabiduría de la vida humana. E incluso hoy, quizá más que entonces, siento que Febo me asemeja, que él no es otra cosa más que el reflejo de mi consciencia, de mi vida secreta. El retrato de mí mismo, de todo aquello que en mí existe de manera más profunda, íntima, más instintiva. Mi espectro, diría.

Ahora reconozco en él mis rasgos más misteriosos, mis momentos más inciertos, mis dudas, mis temores, mis esperanzas. Es mía esta dignidad suya frente a los hombres, mío este orgulloso coraje frente a la vida, este desprecio por los fáciles sentimientos humanos. Mía es su consciencia moral. Pero más incluso que yo, él es sensible a los oscuros presagios, a las voces de la naturaleza. Su extrema sensibilidad me llena a menudo de un extraño temor en el que la esperanza no tiene gran parte. Ni qué decir cuando él escucha llegar, desde lejos, las horas tristes y los pensamientos negros, similares a insectos muertos que el viento lleva quién sabe a dónde. Pero cuando, echado a mis pies, con las orejas altas, los ojos atentos, advierte a mi alrededor una presencia invisible, una sombra, una larva que se acerca, o se aleja, acariciándome la cabeza, espiándome detrás del vidrio de la ventana. Por los movimientos de Febo entiendo si la misteriosa presencia está cerca o lejos; y cuando se alza de golpe, y ladra feroz y desesperado, y luego calla sereno, y viene a posar su hocico sobre mis rodillas, sé que la sombra se ha ido, que ningún peligro amenaza más mi descanso o mi trabajo.

Un día Febo me mirará con mirada de adiós, se alejará por siempre. Como Alcestis, él saldrá de mi casa volviéndose atrás cada tanto: en los ojos azules, velados por lágrimas, veré un supremo sentimiento de piedad y amor. Mi único amigo, el más querido de mis hermanos, me dejará para siempre. No volverá más. Me quedaré solo junto al fuego, el libro abierto sobre las rodillas, y no tendré el coraje de volver el rostro hacia la puerta abierta. Pero estoy seguro que Febo, de pronto, me llamará desde lejos. Su ladrido cansado me llamará desde el fondo de la noche. Y yo sé que iré tras él, para seguir el destino suyo y mío. Nos alejaremos bajo la luna, entre la hierba alta, siguiendo el río, y Febo ladrará contento: así nos iremos los dos, como dos viejos amigos, como dos queridos hermanos, retozando, corriendo uno detrás del otro en ese feliz juego sin retorno.


Curzio Malaparte (1898-1957) Seudónimo Kurt Erich Suckert, fue periodista, escritor y diplomático. Trabajó para el gobierno de Mussolini, lo que permitió que su obra mostrara duras críticas al fascismo desde una posición muy cercana al mismo, razón por la cual algunas de sus obras fueron censuradas o publicadas originalmente en francés. Entre su obra destacan: La piel (1949), Kaputt (1944), Técnica del golpe de estado (1931) y el póstumo Muss: el gran imbécil (1999).

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El juego del robo – Luigi Malerba

Lambretta L1 Special
(Fuente: Lambretta.com)

Un padre preocupado por la apatía de su hijo accede a regalarle una motoneta para que así, al menos, tenga alguna distracción. Luego de enterarse del uso que el adolescente da a la Lambretta, el narrador se siente, paradójicamente, más tranquilo y feliz por la mejoría que ve en la actitud del muchacho.

Tiempo estimado de lectura: 6 min.


Los quince años son una edad muy incierta y confusa, lo veo en mi hijo. Siempre agitado, y siempre distraído como si viviera en las nubes. Hay días que se pone frente a la televisión apagada y se queda ahí durante horas, qué pensará, me pregunto, qué imaginará cuando mira la pantalla negra y sin imágenes. Estoy preocupado por él y creo tener todas las razones para estarlo. No sé cómo afrontar la situación, cada vez que intento hablarle me responde con tonterías, o bien, si el asunto no le gusta, se pone nervioso y va a encerrarse en su cuarto y no lo veo sino hasta la mañana siguiente cuando sale para ir a la escuela.

Hablé con los padres de algunos de sus compañeros y me pareció que con sus hijos se encuentran más o menos en las mismas circunstancias, tienen la misma incomprensión , la misma distancia e indiferencia que existe entre mi hijo y yo. No sé qué les pasa por la cabeza a estos muchachos. Incluso intenté espiarlos cuando estaban juntos y descubrí que se dicen grandes insultos, pero un discurso coherente no llegué a escucharlo. No saben hablar ni siquiera entre ellos.

Me preocupa sobre todo el vacío en el que viven. Me preocupa que mi hijo mire la televisión apagada, me preocupa que no tenga un diálogo con alguien, su falta de intereses y de entusiasmo, sus silencios. No lee las noticias, no va al cine, no va a bailar. Yo era muy distinto, pero ya se sabe que hoy las cosas han cambiado.  Alguien me dijo intenta con las cachetadas, pero yo me rehúso, soy un padre moderno y no me quiero golpear a mi hijo sólo porque mira la televisión apagada o porque entre nosotros no existe el diálogo. Sin mencionar que, a los quince años, mide ya un metro setenta y cinco y no quisiera que le pasara por la cabeza ponerme las manos encima, nunca se sabe.

Desde hace tiempo que le digo hazte de un hobby para que te distraigas, o un juego como el tenis o el fútbol o el salto con garrocha, un deporte que además de divertirte te mantenga sano. Por mí incluso el billar es mejor que nada, pero él comenzó a reírse como si yo hubiera dicho una cosa extraña y ridícula. Si no te gusta el billar ¿por qué no intentas con los bolos, la patineta o el frisbee? Así le hice ver que estoy más actualizado de lo que pensaba y que no hay nada de qué reírse. Sé que cuando un joven se apasiona por un juego, incluso si descuida la escuela al menos tiene la cabeza en algo que no implica mayores riegos. Naturalmente pienso en las drogas. Hoy las drogas son la pesadilla de todos los padres como un tiempo lo fueron las enfermedades venéreas. Hoy se cura hasta la sífilis pero al parecer contra las drogas, esas pesadas, no hay nada qué hacer.

Hará un mes desde que mi hijo me pidió que le comprara una Lambretta. De entada me sorprendí, pero me dije mejor la Lambretta que la drogas. Con cierta cautela para no molestarlo, le hice algunas preguntas. Me acordé de una prima mía que hace unos años le compró una motocicleta a su hijo y él se fue y nunca lo volvieron a ver. De vez en cuando manda una postal desde Baden-Baden, desde Hamburgo, desde Marsella, desde Ámsterdam y todo termina ahí. Muchos besos y nada más. Hace un mes llegó una postal desde Helsinki. ¿Qué hará en Helsinki? No querría que me pasara algo similar con mi hijo, me dije, y entonces le compré una Lambretta usada, con el motor averiado pero que por fuera la habían dejado como nueva.  Con esta no puede irse lejos, pensé.

No tenía ninguna intención de escaparse de la casa. Es más, desde que le compré la Lambretta podría decirse que superó el asco de hablar conmigo, cada tanto me dirige la palabra. Hasta me explicó para qué usa la Lambretta, me contó que juega al juego del robo junto con un amigo suyo. Menos mal, me dije, si se apasiona por un juego finalmente podré estar tranquilo, quizás le pase esta mala actitud, quizás estará más tranquilo, tal vez, sólo tal vez terminará por sincerarme sus confidencias como solía ser entre padres e hijos.  

Una noche llegó a casa todo sudado y con la chamarra rota. Se sentó frente a mí y me contó que se había divertido como un loco. Así me enteré de qué trata el juego del robo. Me explicó que se juega de a dos: uno maneja la Lambretta y el otro dirige el juego. Dan vueltas por las callejuelas alrededor del Campo de las flores donde no hay nuca policías y les arrebatan la bolsa a las mujeres que pasan por ahí. Al principio, y como práctica, comenzaron robándole la bolsa a las viejitas que no pueden correr y que por eso suponen el riesgo más mínimo. Luego de un mes de prácticas se enfocaron en las turistas, de preferencias las turistas extranjeras.

Le pregunté qué hacen con las bolsas y me explicó que las devuelven por correo cuando entre los documentos encuentran alguna dirección, de lo contrario las arrojan al Tíber. Dice que enviaron una a Minneapolis en Estados Unidos y que enviaron otras a Canadá, Brasil e incluso a Australia y Japón. ¿Y al dinero qué le hacen? Ese nos lo quedamos nosotros, respondió, si no el juego pierde sentido y deja de ser divertido. Además el dinero sirve para los gastos, la gasolina para la Lambretta, las reparaciones, los envíos de las bolsas a las propietarias y demás cosas. Ten en cuenta, me dijo, que a menudo encontramos moneda extranjera y perdemos mucho en el cambio clandestino.

A menudo las mujeres asaltadas se ponen a gritar y a seguirnos, esto lo hace más emocionante, confesó mi hijo. Cuando finalmente llegamos a un lugar seguro y lejano nos carcajeamos y luego vamos a una pizzería o al cine. El dinero lo dividimos siempre a la mitad entre mi compañero y yo, también los gastos los dividimos. Nos turnamos para manejar y el que está atrás elige a la víctima y le arrebata la bolsa, ésta es la regla del juego. En verdad que se divierten mucho, qué afortunados.

Desde que juega al juego del robo mi hijo ha mejorado. Por la mañana va a la escuela, regresa después de la una y media, hace su tarea y después sale con la Lambretta. De vez en cuando su amigo viene a la casa y hacen la tarea juntos antes de salir. A veces es mi hijo el que va a casa de su amigo, especialmente cuando tienen tarea de matemáticas, el padre es ingeniero y les ayuda con las equivalencias, las ecuaciones y a resolver problemas. Yo de matemáticas no entiendo nada, pero con gusto los escucho recitar poemas que deben aprenderse de memoria, Valentino de Pascoli, «¡Oh! ¡Valentino vestido de nuevo, como los arbustos de espinas!, Pastores de Abruzzo de D’Annunzio, «Septiembre, vamos.  Es tiempo de migrar», El infinito de Leopardi, «Siempre querida me fue esta solitaria colina», bellísima. Siempre me han gustado los poemas y muchos de los tiempos en que fui a la escuela todavía los recuerdo, así puedo ayudarlos a repasar sin siquiera mirar el libro.

A menudo mi hijo vuelve a casa tarde por la noche, cuando ya estoy en cama, pero si vuelve temprano nos sentamos frente a la televisión y miramos juntos algún programa y al final intercambiamos opiniones. Lejos quedó la época en la que pasaba horas frente a la pantalla apagada. Si en la televisión no hay nada interesante me habla del juego del robo, siempre con mucho entusiasmo. Una noche me dijo que lograron robar cinco bolsas, su amigo y él. Cada tanto le hago alguna recomendación porque me da siempre miedo que durante las fugas entre las callejuelas llenas de tráfico puedan atropellar a alguien. Le hice prometerme que con el dinero del próximo robo se pagarán un seguro. Me dijo que lo harán, son dos buenos muchachos y, desde hace un tiempo, incluso alegres y despreocupados como deben serlo a su edad.

La otra noche llegaron a casa más alegres de lo normal y me anunciaron que se habían comprado una Kawasaki. Tuve que bajar del edificio para poder verla. Me dijeron que me quedara tranquilo, que ya habían arreglado todo lo del seguro y la licencia. Jamás me subiré a una Kawasaki, pero tengo que admitir que en verdad es un hermoso objeto.

En Dopo el pescecane, Bompiani, 1979.


Luigi Malerba (1927-2008) Seudonimo de Luigi Bonardi. Su obra se clasifica entre la neovanguardia y formó parte del Grupo 63. Escribió cuentos, novelas y guiones para cine y televisión. Sus textos se caracterizan por la irracionalidad y el uso preciso de la ironía.

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